Sin límites: La vez que ella me encerró y todos lo supieron

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T. Lectura: 12 min.

Camila tiene una cara inocente, un cuerpo sensual pero no exagerado y una primera impresión que da la sensación de ser dulce y cálida… sin embargo, no es la clase de chica con la que se pueda jugar. No es de las mujeres a las que les rompen el corazón, ni de las que piden aprobación.

Mientras hay mujeres que hacen todo tipo de locuras para que las miren, Camila es de esas por las que otros hacen todo tipo de locuras… porque saben perfectamente quién las está mirando.

Ahí estaba ella, con sus piernas expuestas como de costumbre. Odiaba usar pantalones; le encantaban los vestidos y las faldas cortas que dejaban a la vista sus largas piernas bronceadas naturalmente, con un tono cálido que parecía retener la luz. Su piel se veía suave incluso a la distancia, de ese tipo que invita a imaginar el tacto.

Las tenía cruzadas sobre el sillón, acompañadas de sus pies desnudos, uñas pintadas de blanco, relajados pero firmes contra la tela. Todo en ella transmitía comodidad… pero no descuido.

Era intencional.

Su actitud era confiada, sí… pero también desafiante.

Su mirada era intensa, fija, sostenida apenas un segundo más de lo necesario. Y ahí estaba el problema. Porque sus rasgos finos e inocentes suavizaban todo lo demás, creando una combinación peligrosa entre dulzura y control.

—¿Creíste que lo iba a dejar pasar, verdad? —dijo, mirándome directamente.

No apartó la mirada.

No lo necesitaba.

Hace unos días, como parte de nuestros juegos sexuales, había arrancado mi carro con Camila en el asiento trasero. Ella iba completamente desnuda mientras yo sonreía con una mezcla de burla y anticipación.

Esa noche, las luces se sentían más intensas que de costumbre. Cada semáforo, cada faro reflejándose en los vidrios del carro hacía que todo se sintiera más expuesto, más evidente.

Las miradas de las personas… o al menos así lo sentía yo… parecían saber exactamente lo que ocurría dentro.

Camila, con esa mezcla tan suya de vergüenza y desafío, se cubría los pechos con ambas manos. Sus dedos apenas alcanzaban a ocultar lo suficiente, y aun así no era suficiente.

Lo sabía.

Sabía que estaba completamente desnuda.

Sabía que cualquier mirada lo suficientemente atenta podría descubrirla.

Y aun así…

No se detenía.

No me pedía que parara.

Solo se cubría lo justo… mientras me miraba.

Pasamos por una zona de bares, con largas filas de gente de nuestra edad acumulándose en las calles. Risas, música, conversaciones… todo contrastaba con el silencio cargado dentro del carro.

El morbo crecía.

Se hacía más denso.

Más presente.

Hasta que se volvió inevitable.

Tuve que ordenarle que se tocara.

Que se masturbara para mí en ese asiento.

Que se dejara llevar…

Que perdiera el control…

Que llegara hasta el final.

Y así lo hizo.

Obligada por el pacto… pero guiada por algo más.

Su respiración cambió primero.

Luego sus movimientos.

Su mano se movía entre sus piernas mientras su cuerpo se tensaba poco a poco, mientras intentaba no hacer ruido… mientras intentaba mantener el control.

Pero no lo logró.

Terminó teniendo un orgasmo en un parqueo oscuro, a pocos metros de toda esa gente.

Y lo más importante…

No dijo nada.

No reclamó.

No protestó.

Solo me miró.

Con intensidad.

Con una promesa silenciosa.

Sabía que su turno llegaría… y que cuando lo hiciera, no sería improvisado.

Sería calculado.

Pensado.

Y mucho más peligroso.

—¿Y bien? —dijo ahora, acomodándose apenas en el sillón—. ¿Recuerdas nuestro pacto?

Se inclinó levemente hacia adelante, apoyando el peso de su cuerpo de forma sutil, marcando la curva de sus piernas sin necesidad de exagerar.

—Mientras sea mi turno de dar órdenes, no puedes decir que no. No hay límites a lo que yo te ponga a hacer… y si desobedeces, el pacto se cancela.

La miré sin apartar la vista.

—Sé muy bien las condiciones, Camila. ¿Por qué crees que me negaría? —respondí—. ¿Tan humillante fue que la última vez no tuvieras el control?

Camila no respondió de inmediato.

Sonrió.

Esa sonrisa leve, apenas marcada, que siempre parecía esconder algo más.

—¿Humillante? —repitió—. Interesante forma de verlo…

Cruzó una pierna sobre la otra, lentamente. No era un gesto casual. Nunca lo era.

—Esa noche tuve tres orgasmos gracias a ti… y a tus ideas.

Su mirada se sostuvo en la mía, firme.

—No estoy enojada… de hecho, descubrí algo.

Se acomodó un poco más en el sillón, dejando que sus piernas se abrieran lo justo para insinuar, sin mostrar directamente.

—Que ser humillada… puede ser increíblemente intenso.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue denso.

—No he dejado de pensar en lo que me hiciste hacer.

—Ese día hasta tu amiga te vio desnuda —añadí—. Qué vergonzoso…

Hice una pausa, observando su reacción.

—Pero me alegra que te haya gustado.

Camila soltó una risa suave.

—Me gustó, sí… —dijo sin negarlo.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Por eso hoy… voy a devolverte el favor.

Sus ojos brillaban.

No de emoción.

De intención.

—Quiero que sepas lo rico y delicioso que puede sentirse… cuando soy yo la que está a cargo.

Pausa.

—Ponte de pie.

No dudé.

Me acerqué y me puse frente a ella.

Camila no se levantó.

Siguió sentada.

Observándome.

Evaluando cada reacción.

—Quiero que te bajes los pantalones.

Obedecí.

El sonido de la tela deslizándose pareció más fuerte de lo que realmente era.

—Linda ropa interior… —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. A veces olvido que tienes un pene tan… lindo y de buen tamaño.

Sus ojos bajaron.

Lentamente.

Sin prisa.

—Así que déjame verlo.

Bajé mi ropa interior despacio, liberando mi pene frente a ella.

El aire cambió.

Su mirada no se apartó ni un segundo.

—Quiero que te vendes los ojos —dijo, extendiéndome una venda que había estado a su lado todo este tiempo sin que la notara.

Mi corazón empezó a latir más rápido.

Había algo en esa orden que hacía todo más real.

Más vulnerable.

Aun así, no retrocedí.

Me puse la venda.

Oscuridad total.

El mundo desapareció.

Solo quedó el aire… y la sensación de estar completamente expuesto.

Mi pene, aún flácido, empezó a reaccionar lentamente, endureciéndose por la tensión.

El silencio se alargó.

Demasiado.

Podía sentir su presencia.

Su mirada recorriéndome.

Evaluándome.

Disfrutando.

No me moví.

No dije nada.

Entonces…

Una mano fría tocó mi trasero desde abajo.

Camila estaba en cuclillas.

Podía sentir su cercanía ahora.

Su respiración.

Su aliento rozando mis testículos.

Su boca acercándose.

Sus labios besaron la punta de mi pene.

Su lengua recorrió todo mi tronco, lenta, deliberadamente.

Mi respiración se volvió pesada.

Irregular.

Su boca comenzó a succionarme, con un ritmo pausado, sin apuro, como si quisiera alargar cada segundo.

Sus manos recorrían mis muslos, subiendo y bajando, controlando el ritmo.

—Estoy por venirme… —dije, perdiendo el control.

—Todavía no —respondió con calma.

Se detuvo.

El contraste fue inmediato.

Se puso de pie.

Y me besó.

Un beso profundo, con lengua, intenso… cargado.

—Tienes una verga deliciosa —susurró cerca de mis labios—. Quería que la probaras… a través de mi lengua.

Se rio.

—¿Te gustó?

No respondí.

Pero no hacía falta.

—Claro que sí —añadió—. Te encantó sentir mi lengua llena de tu pene…

Su voz bajó apenas.

—Te gustaría eyacularme toda la boca, ¿verdad?

Otra risa.

—Pero vas a tener que esperar.

Silencio.

Se alejó.

El aire volvió a cambiar.

Escuché una bolsa.

Algo abriéndose.

No podía ver nada.

No sabía qué estaba haciendo.

El tiempo pasó.

Demasiado.

Mi pene comenzó a perder dureza.

—Al fin… —dijo—. Ya bajó esa erección.

Mi mente empezó a llenarse de preguntas.

¿Había estado observándome todo ese tiempo?

Una sensación fría tocó mi pene.

Me estremecí.

Un clic.

Y entonces…

El sonido de la cámara.

Sabía que lo había hecho a propósito.

Para que lo escuchara.

Su mano tiró de la venda.

La oscuridad desapareció.

Miré hacia abajo.

Y lo vi.

Mi pene.

Enjaulado.

Encerrado en un dispositivo de castidad.

Mi reacción fue inmediata.

Incontrolable.

Camila estalló en carcajadas.

Se doblaba de la risa, señalando, disfrutando cada segundo de mi reacción.

—Ay… —dijo entre risas—. Te ves increíble así.

Se acercó.

—Es como joyería… para tu cosita.

Su sonrisa era pura maldad.

—Ahora vístete.

Se inclinó hacia mí.

—Vamos a salir.

El trayecto hacia la zona de bares se sintió distinto esa noche.

No por la ruta.

Sino por la sensación constante.

Cada paso, cada movimiento dentro del pantalón, cada roce… me recordaba que no tenía control. Que algo que siempre había sido mío… ahora no lo era del todo.

Camila conducía tranquila.

Demasiado tranquila.

Como si nada hubiera cambiado.

Como si no supiera exactamente lo que estaba provocando.

—Ya es hora —dijo, estacionándose con precisión—. Baja.

Su tono no admitía dudas.

Bajé del carro.

El aire de la noche me golpeó el rostro, pero no logró despejarme del todo. Había una mezcla incómoda de nervios, excitación y expectativa que no se iba.

Entramos.

La música era fuerte, envolvente. Luces intermitentes, cuerpos en movimiento, calor acumulado.

Y ahí estaban.

Beca… y Jime.

Beca sonrió al verme, como siempre. Había algo en ella que calmaba, que equilibraba. Pero esa noche, incluso su presencia parecía formar parte del juego.

Jime, en cambio, era pura intensidad.

Llevaba una blusa que marcaba sin pudor sus grandes tetas, una falda corta que seguía cada movimiento de sus caderas y una chaqueta roja que parecía amplificar todo lo que era: directa, dominante, imposible de ignorar.

—¡Jimeee! —exclamó Camila, abrazándola con entusiasmo—. Te traje algo que sé que vas a amar.

Mi cuerpo se tensó.

Sin saber exactamente por qué… pero sabiendo que no iba a ser nada bueno para mí.

Camila sacó una pequeña caja de su bolso.

La abrió con calma.

Dentro… un collar.

De apariencia casi infantil: figuras de Hello Kitty, pequeños corazones, estrellas.

Y en el centro…

La llave.

Mi llave.

Sentí cómo el estómago se me encogía.

Jime no dudó. Se lo puso con entusiasmo, agradecida, sonriendo.

Y cuando levanté la vista…

Camila ya me estaba mirando.

Directo.

Disfrutando.

—Buena suerte —susurró cerca de mi oído.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

No era solo la situación.

Era la certeza.

Ella había planeado esto.

Todo.

El alcohol empezó a fluir.

Tragos que iban y venían sin mucho control.

Risas.

Música.

Camila bailaba conmigo, se pegaba, me besaba… y entre cada movimiento, su mano encontraba la forma de deslizarse discretamente por mi pantalón.

Tocando la jaula.

Apenas.

Lo suficiente.

Como para recordarme.

Una y otra vez.

A quién pertenecía el control.

No pasó mucho tiempo antes de que la atención cambiara.

Como siempre.

Camila no tardó en atraer miradas.

En atraer hombres.

En atraer deseo.

Y ahí estaba ella, bailando con otro.

Pegada a él.

Moviéndose con naturalidad.

Como si fuera lo más normal del mundo.

Pero no lo era.

No para mí.

Lo más inquietante…

Era que sus ojos seguían buscándome.

Aun cuando su cuerpo estaba con otro.

Seguía mirándome.

Midiendo.

Evaluando.

Como si cada reacción mía fuera parte del espectáculo.

Intenté concentrarme.

Pensar.

Necesitaba recuperar el control.

Y solo había una forma.

Jime.

Pero no era fácil acercarse a ella.

Estaba en su mundo.

Bailando.

Riendo.

Besándose con otras chicas.

Ignorando completamente cualquier intento de mi parte.

La desesperación empezó a crecer.

Así que hice lo único que podía.

Fui con Beca.

Intenté explicarle.

Pero no terminé.

Su reacción fue inmediata.

Risa.

Sorpresa.

Una mano cubriendo su boca.

—No puede ser… —dijo entre carcajadas—. ¿De verdad lo hizo?

—Esto no me ayuda —respondí, incómodo.

—Lo siento… —dijo—. Camila me contó.

Silencio.

—Y me pidió que no te ayudara.

Eso empeoraba todo.

—¿Jime sabe? —pregunté.

—No.

Peor aún.

Levanté la mirada.

Camila estaba del otro lado del bar.

Bailando.

Pero no realmente.

Porque sus ojos estaban en mí.

Observando.

Disfrutando.

—¿Puedo tocar? —preguntó Beca de pronto, con curiosidad.

No respondí.

Pero tampoco me aparté.

Su mano se apoyó sobre mi pantalón.

Encontró la jaula.

Y no pudo contener la risa.

—No puede ser… es verdad…

—Esto no ayuda —insistí.

—Tienes que decirle a Jime —dijo—. Es la única forma.

No fue fácil.

Jime se resistió.

Se quejó.

Protestó.

Pero terminó cediendo, más por insistencia de Beca que por interés.

—¿Qué es tan urgente? —preguntó, impaciente.

Intenté explicarle.

No me dejó terminar.

—No entiendo por qué estás tan obsesionado con ese collar.

Y entonces…

Camila apareció.

Justo en ese momento.

Como si hubiera estado esperando.

—¿Ya le dijiste? —preguntó riéndose.

—Llegas en medio de… —empezó Beca.

—¿Decirme qué? —interrumpió Jime.

Camila sonrió.

Esa sonrisa.

—Nada… solo vine por agua —dijo—. Pero ya que estamos aquí…

Puso su mano sobre mi hombro.

—Creo que voy a darle sexo oral a ese chico hoy.

Silencio.

—¿Qué? —dijo Jime.

Camila se encogió de hombros.

—Estuve bailando con él… podía sentir su pene. Es grande… y libre.

Me miró.

Directo.

—Y quiero que siga siendo libre… en mi boca.

La tensión se volvió palpable.

—No entiendo qué dices, qué tiene que ver eso con el collar —dijo Jime.

Camila rio suavemente.

—Nada… y todo.

Se acercó un poco más.

—Jime, te voy a dar una pista.

Nos hizo juntarnos.

Sacó su celular.

Mostró una foto.

La llave.

Luego deslizó.

La caja.

“Jaula de castidad”.

Y luego…

Mi pene.

Enjaulado.

La imagen hablaba por sí sola.

El silencio fue inmediato.

Pesado.

Denso.

—Libéralo —dijo Camila—. Pero tú decides cómo y cuando.

Se separó.

—Hoy tú tienes el control.

Y se fue.

Dejándonos ahí.

Con todo.

Jime estalló en risa.

Sin filtro.

Sin control.

Su mano fue directa a mi pantalón.

A la jaula.

—No… esto es demasiado —dijo—. ¿Estás en serio así… mientras ella está con otro tipo?

—Jugar con Camila nunca es buena idea —añadió Beca.

—Definitivamente hiciste algo para merecer esto —dijo Jime.

—¿Puedes quitármelo? —insistí.

Ella dudó.

—Mmm… no sé…

—Por favor —añadió Beca—. Ha estado así toda la noche.

Jime sonrió.

Esa sonrisa peligrosa.

—Está bien.

Pausa.

—Pero a mi manera.

Nos guio entre la gente con paso firme, sin mirar atrás, como si ya supiera que la seguiríamos.

El camino hacia el baño no fue directo.

Se detuvo antes.

Frente a un grupo de chicas.

—¡Holaaa! —dijo con entusiasmo—. Tengo algo increíble que mostrarles.

Las chicas reaccionaron al instante, como si la conocieran de toda la vida. Risas, curiosidad, miradas rápidas.

—Es que me llamaron por algo urgente… —continuó Jime—. Su exnovia le encerró su pene en una jaula por portarse mal. ¿Pueden creerlo?

Las reacciones fueron inmediatas.

Sorpresa.

Risas.

Intercambio de miradas.

—Y lo mejor… —añadió— es que ella ahora mismo está dándole sexo oral a otro tipo.

Eso cambió el tono.

Las miradas hacia mí se volvieron más intensas. Ya no era solo curiosidad… había juicio, morbo, diversión.

Beca se colocó ligeramente detrás de mí, como intentando darme algo de apoyo, aunque sabía perfectamente que esto ya no tenía marcha atrás.

—¿Quieren verlo? —preguntó Jime—. Necesito ayuda para quitarle la jaula… creo que ya tuvo suficiente castigo por hoy.

Aceptaron.

Todas.

Sin dudar.

El baño de mujeres se llenó rápido.

Demasiado rápido.

A pesar de ser amplio, de pronto se sentía cerrado, cargado, lleno de respiraciones, risas contenidas y miradas fijas.

Me colocaron en el centro.

Sin escapatoria.

—Bájate los pantalones —ordenó Jime.

Su tono no era agresivo.

Pero tampoco dejaba espacio para negociar.

Lo hice.

Bajé el pantalón y la ropa interior al mismo tiempo.

Mi pene enjaulado quedó expuesto frente a todas.

El silencio duró apenas un segundo.

Luego…

Explosión.

—Ay, mira su cosita…

—Eso debe incomodar un montón

—¿Qué habrá hecho para que lo castigaran así?

—No puede ser real…

Las voces se mezclaban.

Las miradas recorrían mi cuerpo sin disimulo.

No era solo observación.

Era evaluación.

Jime, todavía riendo, levantó la mano.

—Tomen nota, chicas —dijo—. Así es como se disciplina a un hombre.

Más risas.

Más comentarios.

El calor subía.

La vergüenza también.

Pero junto a ella…

Algo más.

Algo que no quería admitir.

Jime se arrodilló frente a mí.

El collar colgaba de su cuello.

La llave brillaba bajo la luz.

La tomó.

La acercó.

La giró.

Clic.

El sonido fue seco.

Claro.

Definitivo.

La jaula se abrió.

Mi pene quedó libre.

La sensación fue inmediata.

Un contraste fuerte.

Como si el cuerpo reaccionara antes que la mente.

Tomé la jaula sin pensarlo.

La lancé a la basura.

Las chicas aplaudieron.

Literalmente.

Algunas reían.

Otras solo miraban.

Pero ninguna apartaba la vista.

Jime, todavía de rodillas, se inclinó.

Y besó mi pene.

Un gesto rápido.

Pero cargado de intención.

Antes de que la escena pudiera ir más lejos—

—Viene gente —advirtió Beca.

La tensión cambió de golpe.

Salimos.

Rápido.

Justo a tiempo.

Al salir del baño, el aire del lugar se sintió distinto.

Más pesado.

Más consciente.

Y entonces la vi.

Camila.

Saliendo del baño de hombres.

Acompañada del chico.

Su cabello ligeramente desordenado.

Su expresión… satisfecha.

Sus ojos encontraron los míos.

Y sonrió.

No una sonrisa grande.

Una pequeña.

Precisa.

Como si todo hubiera salido exactamente como lo había planeado.

Los guardias empezaron a moverse dentro del lugar.

La música bajó.

Las luces cambiaron.

La gente comenzó a dispersarse.

El ambiente se rompió.

Nos reunimos afuera.

Los cuatro.

Por un momento, nadie dijo nada.

Solo nos mirábamos….

Como intentando procesar lo que acababa de pasar.

Camila fue la primera en moverse.

Se acercó a mí.

Me tomó del cuello.

Y me besó.

Con lengua.

Sin suavizar.

Sin preguntar.

Un beso intenso, marcado, dominante.

Se separó apenas.

—Qué suerte que hoy no perdí ninguna llave… —dijo, mostrándome su llavero.

La sonrisa volvió.

Esa sonrisa.

Sentí la molestia subir.

No dije nada.

No le di esa reacción.

Abrí la puerta del carro.

Me senté atrás.

Junto a Jime.

Beca subió adelante.

Camila arrancó.

El ambiente dentro del carro cambió lentamente.

Primero el silencio.

Luego las risas.

Luego las historias.

—Ese chico… —empezó Camila—. Tenía una verga grande…

Pausa.

—Pero era un pésimo polvo.

Se rio.

—Se vino en mi boca demasiado rápido.

—Bueno, yo sí tengo mucho que contar… —interrumpió Jime.

Y empezó.

El baño.

Las chicas.

La jaula.

Mi cara.

Todo.

Sin filtros.

Beca reaccionaba.

Reía.

Comentaba.

Yo solo escuchaba.

—¿Y cómo se siente tu paquete ahora? —preguntó Beca.

—Mucho mejor —respondí.

Y era verdad.

Pero no completamente.

Porque la sensación… seguía ahí.

—No esperaba que fuera tan intenso —dijo Camila—. Lo siento…

Pausa.

—Pero dime… ¿te gustó?

La miré.

—No puedo creer todo lo que pasó… —respondí—. Y no quiero repetirlo…

Silencio.

—Pero lo tabú… fue interesante.

Sonreí.

Lentamente.

—Aunque más interesante va a ser vengarme.

La miré.

Luego a Jime.

—De las dos.

—De las dos —repetí, sosteniendo la mirada.

Jime soltó una risa nerviosa.

—¿De mí también?

—Claro —respondí—. Te metiste en esto… y nadie sale ileso.

Se acomodó en el asiento, cruzando una pierna sobre la otra, aún con esa mezcla de actitud desafiante y curiosidad.

—Bueno… ¿cómo salgo rápido de esto?

—¿Quieres compensarlo? —pregunté.

—Sí… lo que sea, pero ya no quiero estar metida en su pacto —dijo, señalando a Camila con una media sonrisa.

—Entonces quítate la ropa.

El silencio fue inmediato.

Beca dejó de hablar.

Camila no intervino.

Jime resopló, rodando los ojos, pero no se negó.

Lentamente, se quitó la blusa.

Sus tetas quedaron libres, firmes, naturales, iluminadas apenas por las luces intermitentes de la calle que entraban por las ventanas del carro.

Nadie dijo nada.

Pero todos miraban.

—La ropa interior también —añadí, sin apartar la vista.

Jime se acomodó en el asiento.

Metió los dedos por los costados de su tanga negra.

La deslizó lentamente.

Y quedó completamente desnuda, su vagina sabrosa, humeda y perfectamente formada.

El aire dentro del carro cambió.

Más denso.

Más caliente.

—Vas a hacer dos cosas —dije—. Y con eso estás fuera.

Se inclinó apenas hacia mí.

—Dime.

—Por aquí vive tu ex, ¿verdad?

Asintió.

—Vas a ir a tocar su puerta… así.

Bajó la mirada a su propio cuerpo.

Desnuda.

Expuesta.

Volvió a mirarme.

—Vas a esperar a que te abra… y le vas a decir que esto es un reto.

Pausa.

—Y luego vuelves… y coges conmigo aquí mismo.

El silencio se volvió pesado.

Jime respiró hondo.

Su pecho subió y bajó.

La adrenalina empezó a notarse en su expresión.

—Está bien… —dijo finalmente.

Camila estacionó frente a la casa.

Jime abrió la puerta.

Y salió.

Desnuda.

Corriendo.

—Graben esto, por favor… —dije, sin poder evitar sonreír.

Camila sacó el celular de inmediato.

Beca también.

La puerta de la casa se abrió.

Su ex apareció.

Pijama corta.

Expresión confundida.

Luego…

Sorpresa total.

Jime habló rápido, atropellada.

—Te lo juro, esto es un reto… lo siento mucho…

La otra chica la miró de arriba abajo.

Sin prisa.

Evaluándola.

Y luego…

Sonrió.

Extendió la mano.

Y le tocó una teta.

—Por favor… nunca cambies.

Las risas no tardaron.

Jime soltó un pequeño grito.

Y salió corriendo de vuelta al carro.

Entró de golpe.

—¡Vámonos ya!

Camila arrancó.

Y no pudimos contenernos.

Aplausos.

Risas.

—No puedo creer que hice eso… —dijo Jime, llevándose una mano al pecho—. Tengo la adrenalina al mil…

—¿Ves? —dijo Camila—. A veces la humillación… puede sentirse increíble.

Jime soltó una risa nerviosa.

—Siento como si el corazón se me fuera a salir por los pezones…

Se pasó la mano por el cabello.

—Pero sí… después de esto, te mereces una venganza fuerte. Yo no tenía por qué salir involucrada…

—Eso es justo —respondí.

Me acerqué a ella.

Puse mis manos sobre sus hombros.

—Fue una noche intensa.

Nos miramos.

Y sin pensarlo demasiado…

La besé.

Primero suave.

Luego más profundo.

Jime respondió sin dudar.

Se acomodó sobre mí.

Apoyó las manos en la puerta.

Y comenzó a moverse.

Directo.

Sin pausas.

Sin filtros.

El movimiento del carro acompañaba el ritmo.

Beca bajó primero.

Se despidió con una sonrisa cómplice, cerrando la puerta con cuidado.

Nosotros no paramos.

No disminuimos.

Nada.

Luego llegamos a la casa de Jime.

Camila estacionó.

Y se quedó mirando.

Observando.

Sin intervenir.

Jime llegó al orgasmo rápido.

Su cuerpo se tensó.

Su respiración se quebró.

Y luego vinieron otros más cortos, más contenidos.

Cayó sobre mí, riendo, agotada.

—Esta noche… fue demasiado salvaje —dijo—. Déjenme recoger mis cosas… y… rayos… tendré que disculparme con mi ex…

Se bajó del carro.

Desapareció dentro de la casa.

Y entonces…

Silencio.

Solo quedábamos Camila y yo.

El ambiente cambió.

Más tranquilo.

Pero no menos cargado.

—Sabes… tengo miedo de tu venganza —dijo Camila, mirándome de reojo.

—Lo voy a pensar —respondí—. Después de ver de lo que eres capaz… no sé si quiero seguir con esto.

Camila sonrió.

—Menos mal.

Pausa.

—Pero sabes que no puedes parar.

La miré.

Negué con la cabeza.

—No.

Silencio.

—Nosotros no tenemos límites, ¿verdad?

—No.

Camila estacionó frente a mi casa.

Me acerqué.

Le hablé al oído.

—Espero que te guste lo que voy a hacer contigo… me voy a vengar.

Camila giró el rostro lentamente.

Esa sonrisa volvió.

—Estoy segura de que ya te estás tocando pensando en lo de hoy… —susurró—. Te encanta que tome el control… para luego quitártelo.

La besé.

Fuerte.

Con intención.

—Espero que te haya gustado probar de mi boca los fluidos de Jime… —dije.

Camila no se quedó atrás.

—Y tú los del chico… —respondió—. Aunque sabes que…

Se acercó más.

—Siempre quieres más de mí.

Sonreí.

Abrí la puerta.

Bajé del carro.

Y mientras caminaba hacia mi casa… solo podía pensar en una cosa: qué tan lejos íbamos a llegar… sin límites.

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