Año nuevo con Luis

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T. Lectura: 10 min.

¡Hola! Me llamo Mer y soy una gran aficionada a la escritura. Siempre me gustó escribir, ordenar pensamientos en palabras y volver a los momentos importantes de mi vida para entenderlos mejor.

En estos relatos voy a contar cómo viví mi sexualidad el último tiempo, como si fuera una especie de novela. No porque todo haya sido extraordinario, sino porque estuvo lleno de decisiones, dudas y emociones que todavía hoy sigo intentando comprender.

No sé exactamente qué van a pensar de estas historias. Solo espero que, al leerlas, puedan acompañarme en ese recorrido y que, de alguna manera, les guste tanto como a mí me gustó escribirla.

Durante mucho tiempo, Luis había sido solo mi profesor. El que entraba al aula con carpetas bajo el brazo, el que hablaba con calma cuando explicaba algo complicado, el que caminaba entre bancos mientras tomábamos apuntes.

Yo lo miraba más de lo que debería haber mirado a un profesor, eso es cierto, pero todo quedaba ahí: en miradas que nadie notaba, en fantasías que solo existían en mi cabeza.

En 2023 yo era su alumna y él era correcto, distante, impecablemente profesional. Si alguna vez se dio cuenta de cómo lo miraba, nunca lo dejó ver. Y yo tampoco hice nada para que lo supiera.

Pero el año siguiente cambió algunas cosas.

Ya no era mi profesor. Empezamos a hablar por WhatsApp por cualquier excusa tonta de la carrera, después por otras que ya no tenían nada que ver con la cursada.

A veces me alcanzaba en el auto hasta la parada del colectivo y charlábamos un rato hasta que yo me bajara. Siempre había algo en esos momentos, una tensión rara que ninguno nombraba.

Durante meses fue así: miradas un poco más largas de lo normal, mensajes a cualquier hora, conversaciones inocentes que dejaban algo flotando entre los dos.

Hasta que llegó esa madrugada de Año Nuevo y todo cambió. Un mensaje me llegó a las tres y siete de la mañana.

Yo estaba tirada en la cama, todavía con el maquillaje y el vestido de la celebración puesto, mirando el techo como si en algún momento fuera a pasar algo interesante.

Desde el living llegaban las risas de mis hermanas y sus amigos que habían llegado después del brindis. Charlas, música, y vasos chocando cada tanto. A mí ya me había cansado todo eso y me había ido a mi pieza aburrida.

Cuando el celular vibró en la mesa de luz, lo agarré sin demasiada expectativa. Era Luis.

Mensaje: Feliz año, Mer. Espero que lo estés empezando lindo.

Sonreí sola. Siempre tan correcto, siempre tan profesor. Escribí despacio.

Mensaje: Gracias, profe. Feliz año para usted también.

Mandé el mensaje y me quedé mirando la pantalla. A los pocos segundos aparecieron los tres puntitos de escritura.

Mensaje: ¿Qué estás haciendo a esta hora?

Solté un pequeño suspiro, la verdad era bastante simple.

Mensaje: Aburrida.

Los tres puntitos aparecieron otra vez. Desaparecieron. Volvieron.

Mensaje: Mi familia se fue hace un rato… Si querés venir a tomar algo.

Leí el mensaje una vez. Después otra. Me quedé unos segundos con el celular apoyado sobre el pecho mientras una sonrisa lenta empezaba a dibujarse en mi cara.

No sabía exactamente qué iba a pasar, pero sí sabía bien que lo deseaba hacía tiempo. Desde el aula.

Desde esas veces en que se acercaba a mi banco para explicarme algo y yo levantaba la vista, demasiado cerca de él, sintiendo su perfume y esa voz con la que hablaba cuando enseñaba.

Yo asentía como si estuviera concentrada, pero en realidad estaba mirando sus ojos, las pequeñas líneas alrededor cuando sonreía, la forma en que apoyaba la mano sobre el escritorio mientras hablaba.

Sacudí la cabeza y volví al celular. Vamos a ver qué pasa, pensé.

Mensaje: Bueno, páseme la ubicación.

Pasadas las cuatro, el Uber me dejó en la puerta. El barrio estaba en silencio, con ese aire pesado que queda después de los festejos de Año Nuevo.

Caminé hasta la entrada, y por un segundo me quedé frente a la puerta, respirando hondo. No estaba nerviosa exactamente, pero sí tenía esa sensación en el cuerpo que aparece cuando sabés que algo está por pasar.

Toqué el timbre. Escuché pasos del otro lado, y la puerta se abrió.

Luis apareció con una camisa blanca, el pelo corto y un reloj brillando en su muñeca. Tenía la misma expresión amable de siempre, esa que usaba en clase con los alumnos.

Cuando me vio… se quedó completamente congelado. Lo vi recorrerme con la mirada, sin poder disimularlo.

El vestido escotado.

Las piernas al descubierto.

Los labios carmesí.

Sentí un cosquilleo en el estómago y, al mismo tiempo, una pequeña satisfacción.

—Hola, profe —dije con naturalidad.

Parpadeó, como si recién reaccionara.

—Mer…

—¿Puedo pasar?

—Sí, claro… Pasá.

Entré. Su casa era chica pero acogedora. El living estaba iluminado por una lámpara de pie que proyectaba una luz cálida sobre el sillón gris que ocupaba el centro del ambiente.

Había guirnaldas que seguían encendidas, y en la mesa baja había dos copas y una sidra lista, como si hubiera estado preparando ese momento.

—Estaba listo parece.

Luis carraspeó, incómodo.

—Bueno… es Año Nuevo.

Una música suave sonaba muy bajo desde algún parlante.

Me senté en el sillón, cruzando las piernas con naturalidad. Las lentejuelas blancas del vestido lo tenían impactado. Luis sirvió la sidra y me alcanzó una copa. Nuestros dedos se rozaron apenas cuando la tomé.

—¿Cómo empezaste el año? —preguntó él, tratando de sonar casual.

—Con mi familia —respondí, llevándome la copa a los labios—. Mis hermanas siguen con amigos en casa.

—Ah, que bueno.

—¿Y usted?

—Con mis hijos y mis viejos. Se fueron hace un rato.

Asentí mientras tomaba un sorbo de sidra. Lo miré con calma, recorriendo sus detalles: las entradas en el cabello fino, la barba rasurada, la forma en que sus hombros tensaban la tela de la camisa.

No era exactamente un hombre guapo, pero tenía algo que me había hecho pensar en él demasiadas veces.

Apoyé el codo en el respaldo del sillón y me incliné apenas hacia su lado.

—Nunca imaginé estar solita con usted…

Levantó la vista de golpe.

—Mer…

—¿Qué?

—No digas esas cosas.

Sonreí apenas.

—¿Qué cosas?

—Sabés a qué me refiero.

Lo observé unos segundos en silencio, disfrutando un poco de su incomodidad.

—¿Siempre fue tan serio fuera del aula también?

—No es eso.

—Entonces qué es.

No respondió. Tomó un trago y miró hacia otro lado. Yo me acerqué apenas más en el sillón, invadiendo un poco su espacio. Podía sentir su calor, su perfume, el mismo que recordaba del aula.

—¿Se acuerda cuando se acercaba a mi asiento para explicarme cosas?

Frunció el ceño.

—Claro que me acuerdo.

—A mí me encantaba.

—Mer…

—Podía sentir su perfume —dije en voz baja—. Y pensaba que estaba demasiado cerca.

Sentía su mirada fija en mí, pero no me moví. Al contrario. Levanté la mano y la apoyé sobre su pecho, sintiendo la tela suave de la camisa y el ritmo de su corazón.

—Profe… —empecé a decir, pero no terminé la frase.

Su mano me sujetó por la cintura y me acercó con una decisión que no había mostrado en toda la noche. La otra mano subió hasta mi rostro y me besó.

Fue un beso brusco, intenso, lleno de todo lo que había estado conteniendo durante meses. Sentí cómo me tiraba más cerca y, en un movimiento rápido, terminé sentada sobre sus piernas, con su brazo rodeando mi cintura para sostenerme.

Lo primero que hice, sin separarme de su boca, fue llevar mis manos hacia su camisa. Sentí los botones bajo mis dedos, duros y pequeños.

Uno por uno, los fui desabrochando con una lentitud que parecía torturarlo. Cada vez que se abría un poco más, sentía su respiración cortarse contra mis labios.

Cuando el último cedió, separé la tela y me aparté apenas para mirarlo.

Su pecho era más peludo de lo que imaginaba, un vello oscuro y rizado que se extendía hasta su abdomen. Me incliné y besé su piel, sentí el calor y su sabor sobre mi lengua.

Bajé despacio, dejando un rastro de besos húmedos mientras mis manos seguían explorando.

Mientras yo hacía eso, sentí cómo sus manos se movían con urgencia. Escuché el clic metálico del cinturón al desabrocharse, el roce de la cremallera de su pantalón al bajar, y luego el sonido suave de la tela al caer sobre el piso.

Y entonces vi su pito erecto, apuntando hacia mí, más gordo y largo de lo que mis fantasías habían logrado construir. Se lo tocaba mientras yo lo observaba sin disimulo.

Sentí una oleada de calor que me recorrió entera y, sin pensarlo dos veces, bajé hasta arrodillarme en la cerámica fría.

Lo tomé con una mano, sentí el peso, el calor, la piel suave y tensa al mismo tiempo. Acerqué la boca y le di un beso lento en la punta. Él soltó un gemido bajo.

Empecé a chupar con delicadeza, moviendo la cabeza con cuidado, saboreándolo. Pero la delicadeza duró poco.

La urgencia se apoderó de mí. Aumenté el ritmo, llevándolo más profundo, hasta sentí la saliva empezar a desbordarse por mi comisura, un hilo brillante que caía sobre mi barbilla.

Sentí sus manos en mi pelo, primero con suavidad, pero pronto los dedos se enredaron en las hebras y apretaron con fuerza. No fue una sugerencia, fue una orden.

Me empujó hacia abajo, despacio al principio, hasta que sentí cómo llenó mi boca por completo. El control era total, y yo me rendí a él, dejando que guiara cada movimiento.

Mientras él me usaba, mis manos no se quedaron quietas. Las deslicé por sus muslos hasta encontrar sus huevos, pesados y tibios en mi palma. Empecé a acariciarlos con el pulgar, un movimiento rítmico que se sincronizaba con mi boca.

De tanto en tanto, me apartaba apenas, con la saliva goteando, y le daba un mordisquito suave en el glande, justo donde sabía que lo haría temblar.

Cada vez que lo hacía, sentía cómo sus dedos apretaban más fuerte en mi cuero cabelludo.

De repente, sentí soltar sus manos. Buscó mi espalda y encontró los breteles del vestido. Con un solo movimiento, los deslizó hacia abajo. La tela cayó por mi torso y mis tetas quedaron al aire, los pezones duros por el momento y la excitación.

Empecé a mover la cabeza con más fuerza, con más rabia, y sentía cómo rebotaban con cada cabezazo, un peso delicioso que me recordaba lo expuesta que estaba, lo sucios que éramos.

Con un tirón suave pero firme del pelo, me hizo parar. Me quedé de pie frente a él, con el aliento entrecortado. Sus ojos bajaron hasta mi entrepierna y supe qué quería.

—Levantalo —dijo, con la voz ronca.

Agarré la tela del vestido y la subí despacio, sobre mis caderas, hasta que quedó todo recogido en mi vientre. Me quedé ahí, con la tanga blanca a la vista, el último pedazo de modestia que me quedaba.

Él extendió una mano y con un solo dedo, la corrió hacia abajo. La tela se deslizó por mis muslos hasta mis tobillos y la pateé a un costado sin mirar.

Me tomó por la cintura y me hizo girar, dándole la espalda. Me senté sobre sus piernas, sintiendo el calor de su piel contra la mía, el vello de su pecho rozándome la espalda.

Agarré su pija con una mano, todavía húmeda de mi saliva, y la guié hasta mi entrada. La sentí pulsar contra mi concha, pidiendo paso.

Bajé con delicadeza, dejando que me llenara despacio, centímetro a centímetro. Una vez adentro, me quedé quieta un segundo, acostumbrándome a su tamaño.

Empecé a moverme, con sentadas suaves, largas, casi reverenciales. Pero él no quería suavidad.

Agarró mis caderas con ambas manos y empezó a mover su pelvis con fuerza, hacia arriba, encontrándome cada vez que bajaba.

Las penetraciones se volvieron profundas, haciéndome temblar entera. No pude evitar gemir, un sonido que venía de lo más hondo, de ese lugar donde guardaba el deseo.

Hacía tanto tiempo que esperaba este momento, desde que lo veía cruzar el aula, desde que soñaba con esto en mi cama. Y ahora, finalmente, estaba pasando.

Con un movimiento brusco, me levantó de sus piernas y me giró. Me empujó suavemente hacia adelante, hasta que mis manos se apoyaron en el sillón.

Entendí enseguida. Me puse en cuatro, con el vestido todavía sobre mi cintura y la espalda arqueada, esperándolo.

Se colocó detrás de mí y me penetró de un solo golpe, tan profundo que grité. Se movía como un animal, sin pausas, con una fuerza que me sacudía por completo.

De repente, sentí su palma contra mi nalga, y luego otra, y otra. Cada nalgada era un golpe de dolor que se mezclaba con el placer de su pija entrando y saliendo.

Con la otra mano, me jaló del pelo hacia atrás, obligándome a enderezar la espalda y a mirarlo por encima del hombro.

—Mirame, Mer —sopló en mi oído—. Mirame la puta que te parió.

Era un toro. Y las palabras que salían de su boca eran sucias, pero me calentaban. Me decía que era su favorita, su nena mala, que había soñado con esto tantas veces. Cada frase me empujaba más cerca del límite.

Después de un rato, se detuvo y me hizo girar otra vez, acostándome sobre el sillón. Se inclinó sobre mí y empezó a lamer mis tetas, pasando su lengua por mis pezones hasta que se pusieron duros.

Empezó a morderlos, pequeños mordiscos que me hacían arquear la espalda. Los pellizcaba entre sus dedos, los estiraba, y para rematar, escupía sobre ellos y volvía a lamerlos, humedeciéndolo todo.

Mientras hacía eso, sentí cómo su otra mano bajaba por mi vientre y, sin aviso, me metía dos dedos por la concha, metiéndolos con la misma fuerza con la que me había cogido antes.

Estaba agotada. El cuerpo me pesaba, cada músculo temblaba, sentía la transpiración fría en la piel. Estaba adolorida, pero más viva que nunca. Él debió verlo en mi cara, porque su intensidad cambió.

Se acostó sobre mí con cuidado, apoyando su peso en los codos, y me la metió despacio. No había urgencia, no había rabia. Mientras me penetraba, me besaba con una ternura que no esperaba.

Era el momento más romántico de esa noche, un contrapaso perfecto a todo lo demás. Sentía los pelos de su pubis raspar contra mi clítoris con cada embestida, una fricción constante que me mantenía excitada, que me recordaba lo que costó llegar ahí, y que aún quería más.

Así estuvo un rato, en ese ritmo lento, en ese beso que no terminaba. Pero su respiración empezó a cambiar, a cortarse. El movimiento de su cadera se volvió más errático.

Gimió contra mi boca, un sonido ahogado de placer puro, y gritó mi nombre cuando estaba a punto de acabar. En el último segundo, me la sacó con un movimiento rápido y sentí su semen chorreando sobre mi vagina.

Se quedó quieto un momento, y después me besó de nuevo, miró todo lo que había dejado en mi piel, y con los dedos, lo desparramó en los labios de mi concha.

Mientras yo lo gozaba, me metió los dedos con fuerza por última vez, moviéndolos adentro con una urgencia final. Y entonces exploté. Un orgasmo tan intenso que me dejó sin aire, sin fuerzas, solo el eco de su nombre en mi boca.

Me quedé quieta un par de minutos, con los ojos cerrados, escuchando solo el sonido de nuestra respiración volviendo a la normalidad.

El peso de su cuerpo sobre el mío era reconfortante, pero el desorden era total. Con un suspiro, me levanté suavemente.

—Ya vuelvo —murmuré.

Me levanté con las piernas temblando y caminé hasta el baño. La luz del foco me cegó un segundo. Me miré en el espejo y casi no me reconocí.

El pelo era un desastre, con el rímel corrido en los ojos, los labios hinchados y rojos, el vestido arrugado en mi cintura, y en mis muslos, el brillante semen de él.

Abrí el grifo y dejé correr el agua tibia. Tomé una toalla, la humedecí y me limpié despacio, con cuidado, me ardía un poco.

Después me lavé la cara, quitándome el maquillaje, y mientras lo hacía, me acomodé el vestido, bajándolo hasta que cubrió mis piernas. Subí los breteles, los acomodé sobre mis hombros, y me pasé los dedos por el pelo, intentando darle algún tipo de orden.

Me miraba y no me reconocía. Respiré hondo y salí del baño.

Luis estaba en el living, en pija, sirviendo algo en las copas otra vez. Cuando escuchó el ruido se dio vuelta. Por un instante ninguno de los dos dijo nada, solo nos miramos.

Sentí otra vez ese cosquilleo leve en el estómago, pero ahora era distinto.

—Creo que ya me voy a casa —dije finalmente, con una media sonrisa.

Luis asintió despacio, como si la idea ya le hubiera pasado por la cabeza.

—¿Querés que te pida un Uber?

—Ya lo pedí —respondí, levantando un poco el celular—. Llega en un rato.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero ya no era incómodo. Era más bien una pausa, de esas que aparecen cuando dos personas saben que algo cambió y todavía no encuentran las palabras exactas para decirlo.

Me acerqué un poco más.

Luis levantó la mano y, con un gesto suave, tomó uno de mis aros largos de strass, haciéndolo oscilar entre sus dedos mientras lo miraba brillar. Después volvió la mirada hacia mí.

—¿Sabés algo? —murmuró.

—¿Qué?

Sonrió apenas, con esa mezcla de timidez y seguridad que tenía cuando se relajaba.

—Sos muy hermosa.

Sentí que se me escapaba una risa baja.

—Eso suena muy romántico para una alumna.

—No sos mi alumna —respondió él.

Nos miramos un instante más, y entonces fue inevitable. Me acerqué un paso y lo besé.

O quizás fue él el que se acercó; nunca sé bien cuál de los dos empezó. Solo sentí su mano rodeando mi cintura y su boca sobre la mía otra vez.

Cuando nos separamos, mi celular vibró en la mano. El Uber había llegado. Miré la pantalla y suspiré.

—Llegó.

Luis asintió, todavía cerca, y se puso un short. Caminamos juntos hasta la puerta. La calle estaba casi vacía, con la luz pálida del amanecer empezando a aparecer detrás de las casas. Me di vuelta antes de salir.

—Bueno, profe…

Él levantó una ceja, divertido.

—¿Otra vez profe?

Sonreí.

—Nos vemos.

No era un adiós definitivo, los dos lo sabíamos.

Caminé hasta el auto, y antes de subir, vi hacia atrás una vez más. Luis seguía en la puerta, mirándome con esa expresión tranquila que ya empezaba a volverme loca. Le hice un pequeño gesto con la mano, y después me subí al Uber.

Mientras el auto arrancaba, tuve la sensación clara —casi inevitable— de que esa madrugada no era el final de nada, en realidad, recién era el principio.

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