Dilema de una buena tía (3)

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Abrí los ojos y el techo de la habitación giró sobre mí como un torbellino.

Los recuerdos de la noche anterior aún latían con fuerza detrás de mis sienes: la boca de Isabel tragándose por completo el miembro grueso de Diego, los gemidos graves y animales que le arrancaba desde lo más profundo del pecho… y yo, escondida en la oscuridad de mi cuarto, con la mano hundida entre las piernas, masturbándome en silencio al compás de sus jadeos desesperados.

La culpa me revolvió el estómago con violencia. Pero el deseo era más fuerte, más cruel. Mi sexo seguía hinchado, caliente y palpitante, casi doloroso. Tres semanas sin Andrés —tres semanas de silencio absoluto— habían convertido mi cuerpo en un desierto reseco que ardía por cualquier chispa.

Y Diego… Diego se había convertido en una hoguera.

Ya no podía seguir así. Necesitaba que alguien pusiera orden en esta casa, que frenara esta locura antes de que nos consumiera a todos.

Pensé en doña Carmen.

Mi suegra. Viuda desde hacía ocho años, estricta, casi devota. Siempre con faldas que le cubrían las rodillas, blusas abotonadas hasta el cuello y esa mirada severa que parecía condenar el pecado incluso antes de que naciera.

Creí que su presencia sería el freno que yo ya no podía imponerme. Su rigidez moral, su sentido del decoro, su autoridad… todo eso calmaría el ambiente.

Lo que nunca imaginé fue el efecto que su llegada provocaría en Diego.

El muchacho tímido y encorvado de los primeros días había desaparecido por completo. En su lugar había surgido un joven consciente de su cuerpo, de su tamaño y, sobre todo, del extraño poder que ejercía sobre nosotras dos.

Y lo peor de todo: ya no solo lo notaba.

Lo disfrutaba.

Desde que doña Carmen llegó, su mirada ya no era tímida ni esquiva. Ahora se posaba con descaro en el contorno de sus caderas bajo el vestido, en el leve balanceo de sus pechos aún firmes bajo la tela modesta, en el rubor que trepaba por su cuello cada vez que lo sorprendía mirándola.

Ella fingía no darse cuenta.

Yo ya no podía fingir.

El primer incidente ocurrió esa misma tarde, después del almuerzo.

Diego había dicho que iba al baño. Minutos después, escuchamos un grito ahogado seguido de un golpe seco.

Doña Carmen entró en la cocina pálida como un papel, con una mano sobre el pecho y la respiración agitada.

—Sofía… —murmuró con voz temblorosa—. Tienes que hablar seriamente con ese muchacho. Acabo de encontrármelo en el pasillo… completamente desnudo. Su… su miembro estaba completamente erecto. Dijo que no podía agacharse por el yeso del brazo y que se le había caído el calzoncillo, pero… Dios mío, Sofía… estaba enorme.

La imagen se clavó en mi mente como un hierro al rojo: Diego de pie, expuesto, el pene grueso, venoso y completamente duro, con la punta brillante.

Apreté los puños hasta que me dolieron los nudillos y fui directamente a su habitación. Abrí la puerta sin llamar.

Diego estaba recostado en la cama, completamente desnudo. Con la mano buena se masturbaba con lentitud, de forma deliberada y obscena. Su miembro, grueso y surcado de venas, se erguía con soberbia, brillando por la saliva que usaba como lubricante.

Al verme, retiró la mano de golpe e intentó cubrirse con la almohada, pero ya era demasiado tarde.

—¿Se puede saber qué demonios estás haciendo, Diego? —pregunté con voz baja y ronca.

Él bajó la mirada, fingiendo humildad.

—Ya le conté a Martha. No puedo agacharme por el yeso. Me duele mucho el brazo cuando intento terminar y… estoy muy cargado, Sofía. Antes del accidente me corría varias veces al día. A veces hasta tres o cuatro. Ahora llevo días sin poder hacerlo bien. Me duele. Me duele de verdad.

Hizo una pausa y levantó la vista, mirándome directamente a los ojos con una sinceridad peligrosa.

—La enfermera del hospital… e Isabel también. Ellas me ayudaban. Me masturbaban hasta el final. Decían que era parte de mi recuperación.

De pronto entendí. Elena al teléfono: “La enfermera… se quedaba mirando a Diego.” Era esto lo que le molestaba. Era esto exactamente.

Mi hermana había visto primero, actuado rápido, cerrado la puerta. Y yo, ciega, había venido a ocupar el lugar de la primera tentación. Peor: había traído a la segunda conmigo.

Ellas me ayudaban. Decían que era parte de mi recuperación.

La misma excusa enfermiza. La enfermera la inventó, Isabel la confirmó, y yo estaba lista para reclamar mi turno.

Elena había visto antes lo que yo tardé en ver: que Diego ejercía un poder que ninguna de nosotras sabíamos resistir.

Un poder que mi hermana, madre soltera, viuda de su propio matrimonio, había identificado y temido lo suficiente como para buscar refugio en el trabajo, en la ausencia, en el silencio.

Y que yo, en mi desesperación por sentirme deseada, había confundido con deber familiar.

Horas después, la tensión en la casa se había vuelto densa, casi irrespirable.

Diego estaba tirado en el sofá viendo televisión con un short de algodón fino que no ocultaba absolutamente nada. El contorno de su erección se marcaba con obscena claridad contra la tela.

Doña Carmen fue a llevarle un vaso de agua. Cuando regresó a la cocina, jadeaba ligeramente y tenía las mejillas encendidas.

—Sofía… —susurró, acercándose como si temiera que él pudiera oírla—. Está otra vez completamente erecto. Lo veo todo. La forma, el tamaño… Es imposible no mirarlo. Ese chico no puede estar así todo el día. No es normal. Es… inhumano.

Fuimos las dos al salón.

Diego no apartó la mirada de la pantalla, pero sabíamos que era consciente de nuestra presencia. Su erección no había bajado ni un milímetro. Parecía un desafío silencioso.

—Diego, tenemos que hablar —dije cruzándome de brazos.

Él bajó la vista, pero no hizo ningún intento por cubrirse.

—No sé cómo controlarlo, tía —respondió con voz cansada, casi de niño frustrado—. Estoy encerrado aquí, sin poder salir… y mi cuerpo no entiende.

Hizo una pausa, mirándose las manos con genuina confusión.

—Antes del accidente me bastaba con… ya sabe. Dos, tres minutos y listo. Pero ahora… —levantó la vista, desvalido—. La enfermera del hospital me explicó que el yeso cambia la circulación. Que la sangre se acumula más. Que necesito más tiempo, más… ayuda.

Su voz se quebró ligeramente.

—He intentado hacérmelo solo, de verdad. Pero con una mano me canso antes de llegar. Y cuando estoy cerca, el dolor del brazo me distrae. Es como… como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo terminar sin…

Se detuvo, sonrojándose profundamente.

—Sin que alguien más me toque. Sin la boca de la enfermera, sin las manos de Isabel. Me volví dependiente, tía. Y ahora no puedo… no puedo solito.

La última palabra salió casi un susurro, humillante en su sinceridad.

—Me duele físicamente. Todo el tiempo. Es como una presión que no me deja pensar, ni dormir, ni nada. Solo quiero que pare. Pero no sé cómo.

El silencio que siguió fue tan pesado que pareció detener el tiempo.

Doña Carmen me agarró del brazo con fuerza y prácticamente me arrastró hasta mi habitación. Cerró la puerta con llave.

—Esto no puede seguir así —dijo con la voz temblando de indignación… o de algo más—. El chico está sufriendo. Esa tensión constante no es sana. Un hombre joven no puede estar con esa… esa presión todo el día. Necesita liberarse.

Suspiré y me apreté las sienes con los dedos.

—No es solo eso, Carmen. —Mi voz salió rota, casi un susurro—. Es que… llevo tres semanas sin Andrés. Tres semanas de dormir junto a un hombre que no me toca, de sentirme invisible, de acumular… fuego.

Me llevé las manos al vientre, como si pudiera contener lo que ardía ahí dentro.

—Mi cuerpo no me obedece. Me despierto empapada, con las piernas temblando, sin haber soñado nada. Me ducho y el agua me excita. Veo a Diego en el sofá, con esa… esa cosa marcándose en los pantalones, y siento que me voy a desmoronar. No es solo deseo, Carmen. Es hambre. Es una bestia que no reconozco.

Martha me tomó de las manos. Sus dedos eran fríos, secos, de mujer que no ha tocado a un hombre en años.

—Entonces no te acerques sola —dijo, pero su voz había cambiado. Menos firme, más… calculadora—. Yo estaré ahí. Contigo. Controlando.

—¿Controlando qué? ¿A él o a mí?

Los ojos de Martha brillaron con algo que no supe nombrar.

—A ambos. —Tragó saliva—. Yo comenzaré. Solo la mano, nada más. Pero si él no responde… si necesita más estimulo… tú estarás cerca, sí, pero con ropa. Solo te descubrirás los senos. Desde lejos. Sin que te toque. Eso no es infidelidad, Sofía. Eso es… asistencia visual.

—Y si eso no basta… —mi voz se quebró, temerosa— ¿qué hacemos?

Martha me miró fijamente. Sus ojos ya no eran los de la suegra estricta, sino los de una mujer que había encontrado una grieta en su propia moral.

—Entonces le muestras más —dijo, apresurada, como si las palabras se pudieran escapar si no las decía rápido—. Te volteas. Le enseñas la cola, incluso tu… tu sexo. Desde lejos, sin que te toque. Que te vea, nada más.

—Carmen, eso es…

—¿Qué? —me interrumpió, y vi cómo se ruborizaba hasta las orejas—. ¿Infidelidad? No lo es si no hay contacto. La vista no peca, Sofía. El pecado está en la carne que se une, no en la que se observa. Si él mira y tú no sientes sus manos, si tú no sientes su… su miembro dentro… entonces no has traicionado a nadie.

Su lógica era tan frágil, tan transparente, que casi reí. Pero no reí. Porque mi cuerpo la aceptaba con avidez, buscando el resquicio, la excusa, el permiso.

—Sin contacto, ni penetración —repetí, aferrándome a las palabras como a un salvavidas.

—Sin contacto, ni penetración —confirmó ella, aunque su voz sonó menos convencida—. Se lo debemos a Andrés.

Asentí, pero mi cuerpo ya sabía la mentira. Ya sentía el peso de mis pechos contra la blusa, la humedad que traicionaba mis palabras.

—Se lo debemos a Andrés —repetí.

Era una oración. Una súplica. Un acuerdo que ninguna de las dos creía.

Continuará.

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