Enema

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En el día en que cumplí dieciocho años, mis amigos quisieron celebrarme con una fiesta que olía a juventud desbocada y a promesas rotas. Había marihuana, alcohol y otras sustancias que flotaban en el aire como un velo turbio. Me dolió verlos entregarse a eso, como si la libertad consistiera en perderse. Yo apenas bebí un sorbo de cerveza tibia. Mis dos mejores amigos, igual que yo, nos mantuvimos al margen: bailamos al ritmo de una música que parecía hablarnos solo a nosotros, y luego salimos al patio trasero, donde el frío de la noche nos envolvía como un secreto compartido. Hablamos hasta las dos de la madrugada, riéndonos de nada y de todo, sintiendo que el mundo aún nos pertenecía.

Alguien pasó con un plato de brownies caseros. Comí uno por cortesía, por no rechazar la mano que me lo ofrecía. Al poco rato, el mundo empezó a girar despacio, demasiado despacio. Un mareo dulce y viscoso me subió desde el estómago. Ahora sé que estaba drogado, aunque nunca supe con qué. No fue placer: fue una intrusión ajena en mi cuerpo. Por suerte, el efecto se disipó en una hora, como una fiebre que decide retirarse.

Al día siguiente llegó el precio. Una diarrea feroz que me doblaba en dos. Duró tres días. Pensé en contárselo a mi madre —enfermera de profesión, con manos que sabían de cuerpos rotos y sanados—, pero la vergüenza me selló la boca. Al cuarto día creí que todo había pasado. Al quinto, el cuerpo se cerró como una flor nocturna: estreñimiento brutal, un dolor sordo y constante que me recordaba, con cada paso, que había sido imprudente. Una semana después, rendido, se lo confesé.

—Tengo que llevarte al médico —dijo ella, con esa voz que no admitía réplica.

El médico, un hombre de gestos precisos y mirada cansada, confirmó lo que ya sospechaba. Análisis, garganta, tensión, temperatura. Todo rutinario. «Los brownies», murmuró con una media sonrisa condescendiente. «Todos los chicos lo hacen». Me recetó probióticos para repoblar la flora intestinal y, con naturalidad clínica, un tratamiento de enemas medicados durante siete días.

De vuelta en casa, le conté la verdad completa. Acepté los probióticos. Pero lo del enema… no. Jamás. La idea de que alguien —aunque fuera ella— me introdujera agua en el interior más privado me parecía una violación intolerable. Mi madre me miró con esa mezcla de ternura y autoridad que solo una madre puede tener.

—Te van a poner enemas, hijo. No quiero tener un niño enfermo o muerto en mis manos.

—Mamá, no voy a morir.

—Cierto. Porque yo misma te los voy a administrar.

Me negué. Ella insistió con la fuerza serena de quien ha visto demasiados cuerpos rendirse. «Como enfermera he puesto cientos. No te preocupes. Puede que incluso… lo disfrutes». La palabra quedó suspendida entre nosotros como una promesa que no me atreví a descifrar.

Esa misma tarde lo preparó todo en su habitación. La camilla de masajes que usaba para sus pacientes particulares estaba cubierta con plástico y una sábana blanca impecable. La bolsa de enema colgaba del pie de la lámpara, hinchada de agua tibia y medicamento. Había subido la calefacción; el aire olía a lavanda y a algo más antiguo, a hogar. Me pidió que me desnudara. Toda la ropa. Sentí que el pudor me quemaba la piel. Hacía trece años que no me veía así ante ella. Me quedé desnudo, expuesto, vulnerable como el día en que nací.

—Te afeitas ahí abajo —observó con una suavidad que no esperaba. Sus ojos recorrieron mi pubis sin prisa, sin juicio.

—Muchos lo hacen —balbucí, rojo hasta las orejas.

—Lo sé. Se ve… bien. No hay nada de lo que disculparse.

Me indicó que me tumbara boca arriba, que doblara las rodillas contra el pecho y las sujetara con mis propias manos. Quedé abierto, ofrecido. Mi pene y mis testículos descansaban pesados sobre mi vientre, sin protección posible. El aire fresco rozó mi ano como un aliento ajeno.

—Puede que tengas una erección —dijo con calma profesional—. No te avergüences. Sucede.

La sola mención hizo que el miedo y el deseo se enredaran en mi garganta. Intenté distraerme pensando en los ancianos de la residencia donde trabajaba. Le pregunté si a ellos también…

—A veces —contestó mientras untaba vaselina en la boquilla—. Cuando lo necesitan. Los hombres mayores se excitan con frecuencia. Más que los jóvenes. Y a veces… cuando nadie mira, les ayudo.

La palabra «ayudo» cayó entre nosotros como una caricia prohibida. No quise entenderla del todo. No entonces.

Preparó la boquilla con paciencia de artesana. Sus dedos, largos y seguros, se cubrieron de vaselina. Luego, sin prisa, comenzó a extenderla alrededor de mi ano. Un círculo lento, insistente. Nadie me había tocado nunca allí con esa delicadeza. Era mi madre, y sin embargo el roce era puro fuego líquido. Mi respiración se volvió entrecortada. Y entonces, traicionero, mi pene se irguió: largo, grueso, palpitante, apuntando al techo como un reproche vivo.

—Qué bonito —murmuró ella, casi con reverencia—. Se parece tanto al de tu padre… pero más limpio, más joven. Lo extraño.

No quise pensar en él. En el hombre que nos abandonó cuando yo tenía dos años. Solo me importaba el calor de sus dedos, la forma en que mi cuerpo respondía contra mi voluntad.

Me introdujo el dedo con una lentitud que parecía eterna. Primero la yema, después el nudillo. Giró suavemente, preparándome. «Para que la boquilla entre bien». Luego, más adentro, buscando. Cuando tocó la próstata, un relámpago de placer me atravesó. Sentí ganas de orinar, de correr, de gritar. Mi erección latió con fuerza.

—Voy a revisarte —susurró—. Es importante.

Retiró el dedo con la misma lentitud con que lo había entrado. Luego llegó la boquilla, fría al principio, después cálida. El líquido entró despacio, llenándome, dilatándome. Quinientos centímetros cúbicos de peso íntimo. Me pidió que aguantara diez minutos. El tiempo se hizo eterno.

Entonces sus manos descendieron. Tomó mis testículos con una ternura que nunca había imaginado posible. Los sopesó, los acarició, los exploró con la precisión de quien conoce el cuerpo humano como un mapa sagrado. Al principio sentí vergüenza. Después, solo placer. Un placer profundo, animal, inevitable. Y de pronto, sin que nadie tocara mi pene, el orgasmo me arrasó. Chorros calientes saltaron sobre mi pecho, sobre mi estómago, mientras mi ano se contraía alrededor de la boquilla.

—¡Ay! —exclamó ella, entre sorprendida y divertida—. Eso no debería haber pasado…

Se rio. Una risa baja, cómplice. Y yo, avergonzado hasta la médula, también reí. Porque en ese momento algo se rompió entre nosotros: la última barrera de lo que se considera decente.

El cronómetro sonó. Corrí al baño con el semen goteando por mi vientre, con el líquido del enema pugnando por salir. Y así, cada tarde durante seis días más, se repitió el ritual. Al principio fue involuntario. Después, ya no. Con la boquilla aún dentro o con su dedo presionando mi próstata, ella me masturbaba con una lentitud casi religiosa. Sus manos sabían exactamente cuándo apretar, cuándo aflojar. Mis orgasmos se volvieron largos, profundos, casi dolorosos de tan intensos.

Cuando el tratamiento terminó y mi cuerpo volvió a ser mío, le supliqué un octavo día. Ella me miró con una tristeza dulce.

—Aunque a los dos nos gustó… no debemos seguir. Esto fue medicina. Y también fue amor. Pero ahora vuelve a ser solo amor de madre.

Nunca más volvió a tocarme así. Sin embargo, algo cambió para siempre. Entre nosotros quedó una intimidad nueva, más honda que la sangre: la memoria compartida de un placer que no pedimos, pero que aceptamos. Una conexión que nadie más entendería. Y en las noches, a veces, cuando el silencio de la casa era demasiado grande, yo cerraba los ojos y volvía a sentir sus dedos, su voz, su mirada que me había visto entero, sin máscaras. Y sonreía en la oscuridad, porque supe que, aunque el deseo se había ido, el amor, ese amor extraño, carnal y puro, se había quedado para siempre.

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1 COMENTARIO

  1. Bravo!. Bravisimo!!!. Excelente!!!!. Si pudiera te enviaría un arreglo de flores. Tiene que haber una siguiente parte.

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