Contexto: Susy es una joven mujer casada muy atractiva quien vive con Cristóbal, su marido, el cual tiene un taller de reparación de automóviles. Sin embargo, a Cris, le sale un trabajo muy lejos de la ciudad y estará fuera por quince días. Para no dejar de atender sus trabajos pendientes que tiene en el taller decide contratar de manera temporal a Norberto (conocido en el ambiente como “el Negro”), un joven veracruzano de apariencia negroide, de 1.90 de estatura a quien le recomendaron por ser hábil en la reparación de autos.
Sin embargo, Norberto ha estado acosando a Susy cada vez que ella sale de su casa a la tienda a comprar lo que necesita. Un día antes de la partida de Cris, éste invita a cenar su asistente temporal para explicarle los pendientes que deberá atender y su presencia sorprende a Susy porque para ella, las faltas de respeto que este intruso le ha propinado la tienen rabiosa, pero no se atreve a decirle nada a su marido porque necesitan el trabajo y decide callar pensando que podría lidiar con la situación.
Sin embargo, Cris, le pide a su mujer que vaya por cervezas y como ya es un poco tarde, Berto, el Negro, se ofrece a acompañarla. Susy no tiene salida y accede. Sin embargo, en el trayecto de ida y vuelta, este hombre la va acosando sexualmente y ante tanta insistencia y alusiones eróticas de situaciones que él le insinúa, la chica se excita y poco antes de regresar, al sentirse acorralada es abusada por el Negro y el tipo le advierte que esto que sucedió se lo repetirá durante los quince días en que su marido esté ausente.
Ella está en un dilema. Negarse a algo que muy en el fondo le gustó, al mismo tiempo de que le causaría un conflicto económico a ella y a su marido, la privaría de vivir de una experiencia extramarital en condiciones que su mismo marido la orilló además de que como este hombre de tez oscura está muy bien dotado… muy en el fondo le apena aceptar que le gustó, pero su conciencia la reprime y no puede ser tan descarada para aceptar abiertamente este sentimiento “prohibido”.
Día 1 (Lunes: Primer día de ausencia de Cris)
Me desperté con el estómago revuelto. Cris se había ido muy temprano al aeropuerto; me dio un beso en la frente, me dijo que me amaba y que volvería en quince días. Quince días. La palabra me dio vueltas en la cabeza mientras me quedaba mirando el techo. Quince días sola en esta casa con él… con el Negro.
Intenté convencerme de que podía controlarlo todo. Que lo de anoche había sido un error, un desliz provocado por el alcohol, la oscuridad y esa maldita adrenalina que me había nublado el juicio. Pero cada vez que cerraba los ojos, sentía de nuevo su peso contra mí, su aliento en mi nuca, el grosor de su miembro abriéndome sin piedad en aquel paraje solitario. Y lo peor: mi cuerpo reaccionaba solo de recordarlo. Los pezones se me ponían duros bajo la sábana, y entre las piernas sentía un calor traicionero que me hacía apretar los muslos.
Me obligué a levantarme. Me puse un short denim de mezclilla azul deslavada, una blusa blanca escotada con tirantes y unas tobilleras blancas caladas con patrón de mariposas con olanes de encaje en los tobillos, esos que tanto le gustaba verme a mi marido. Me calcé unos comodísimos Mary Janes planos con correa en el empeine negros de charol y con un moñito pequeño que suelo usar para estar cómoda en casa. Por rapidez, en esa ocasión no me puse sostén. Me miré al espejo y me odié un poco: me veía demasiado… accesible. Pero no me cambié. Una parte de mí quería ver qué pasaba cuando el Negro me viera así.
A las 8:15 de la mañana escuché el portón del taller. El Negro ya estaba ahí. Escuché su voz grave hablando por teléfono con alguien, riéndose de algo que no entendí. Mi corazón se aceleró tanto que pensé que se me iba a salir del pecho.
Me metí a la cocina y preparé café. Dos tazas. La mía con leche y azúcar, la de él… negra, como él. El pretexto perfecto. “Voy a ser amable, nada más. Le llevo el café y me regreso rápido a la casa”. Me repetí eso como mantra mientras caminaba hacia el taller con la bandeja en las manos.
Cuando abrí la puerta lateral que comunica la casa con el taller, el olor a aceite, metal y gasolina me golpeó. El Negro estaba inclinado sobre el capó de un auto viejo, con una playera gris ajustada que marcaba cada músculo de su espalda ancha. Se enderezó al oírme y se giró lentamente. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo como si ya supiera exactamente lo que había debajo de mi ropa y puso especial atención en mi culo forrado por el short denim de mezclilla deslavada.
—Buenos días, putita —dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel—. ¿Ya me extrañabas?
Tragué saliva. Intenté sonar firme.
—Solo te traje café. Para que empieces bien el día.
Dejó la herramienta sobre la mesa de trabajo y caminó hacia mí con pasos lentos, deliberados. Me quitó la bandeja de las manos y la dejó a un lado sin siquiera mirarla. Luego me tomó de la muñeca y me jaló hacia él.
—No vine a tomar café, Susana. Vine a trabajar… y a cobrar lo que me debes, putita.
—Suéltame, Negro. Esto no puede seguir. Anoche fue… fue un error. Recuerda que mi marido es Cris…
—Cállate con tu marido, puta —me interrumpió, apretándome contra la mesa de trabajo—. Él no está. Y tú sí estás aquí, y estás vestida como si quisieras que te vuelva a partir el culo.
Me sujetó de la cintura y comenzó a besarme de manera salvaje metiendo su lengua en mi boca, mi labial rojo se perdió en los besos que me estaba dando ese hombre.
Como él es más alto, yo me paré de puntitas flexionando mis zapatos para alcanzarlo, mientras me besaba con pasión frotaba primero mi culito como queriendo destrozarlo, luego metió su mano debajo de mi blusa y se dio cuenta de que yo no traía sostén y eso lo excitó más todavía, mis pezones estaban parados, su lengua exploraba mi boca, yo movía mi cuerpo de un lado a otro y mis manos comenzaron a acariciar su verga por encima del pantalón, sin dejar de besarme con su tosca lengua, sacó su miembro pues sabía que yo lo quería tocar y cuando lo sentí puse los ojos en blanco de placer.
Por un momento me acordé de que soy una mujer casada e intenté empujarlo, pero sus manos eran enormes y fuertes. Me giró de un movimiento y me inclinó sobre la mesa, mis pechos quedaron aplastados contra el metal frío, el short pegándose contra mis nalgas. Sentí la erección de su miembro presionando contra mi culo desde atrás.
—No… por favor, Berto… alguien puede vernos desde la calle…
—Que miren —gruñó en mi oído mientras me bajaba el short y la tanga de un tirón hasta los muslos—. Que vean cómo se ve una putita deliciosa como tú cuando le meten una verga de verdad como la mía.
Quise gritarle que se detuviera, que me dejara en paz, pero cuando sentí la cabeza de su miembro rozando mi vagina ya húmeda, las palabras se me atoraron en la garganta. Mi cuerpo me traicionó de nuevo. Estaba mojada. Demasiado mojada.
—Dime que no quieres, puta, estoy seguro de que quieres que te repita la dosis de ayer —me susurró al oído, restregándose contra mí sin penetrarme todavía—Dime que no estás chorreando por tu vagina por sentir esta verga negra dentro de ti.
Apenas iba a abrir la boca para negarlo… pero solo salió un gemido ahogado cuando él empujó de golpe su miembro y me llenó por completo. El dolor y el placer se mezclaron en una explosión que me hizo arquear la espalda. Me agarró de las caderas con fuerza y empezó a embestir sin piedad, cada golpe profundo hacía que la mesa se moviera.
—Así, putita… muévete para atrás. Muéstrame cuánto te gusta sentir mi verga dentro de ti.
Quise resistir. Quise decirle que no, que parara, que me dolía… pero mi cadera empezó a moverse sola, buscando más, acompañando su ritmo. Cada vez que salía casi por completo y volvía a entrar hasta el fondo, sentía que perdía un pedazo más de mí misma. De la Susana que se suponía decente, fiel, casada.
El muy salvaje me tomó del cabello y me echó la cabeza hacia atrás.
—Mírame bien, puta — me ordenó.
Giré la cara como pude. Sus ojos negros me taladraban mientras me seguía follando sin descanso.
—Dime que eres mía, dime que eres mi puta y de nadie más, anda dilo que quiero escucharlo de tu boca.
Apenas si podía articular palabra por el placer que estaba experimentando, no obstante, mi voz salió temblorosa, y respondí:
—Sí, Negro, soy… soy tuya…
Él rugió de satisfacción y aceleró aún más su embestida, me quería destrozar mi vagina, su verga entraba y salía sin parar y yo me corría a chorros y ahogaba mis gemidos de placer para que no se escucharán más allá del taller de mi marido. Sentí que el orgasmo me llegaba como una ola imparable.
Intenté contenerme, morderme el labio, no gritar… pero cuando él se corrió dentro de mí con un gruñido animal, llenándome mis entrañas hasta que sentir que su semen se salía de mi vagina palpitante, yo también exploté en un orgasmo increíble. Mi cuerpo se convulsionó sobre la mesa, las piernas temblándome mis zapatos de charol se flexionaron de placer junto conmigo, tuve un orgasmo tan intenso que por un segundo pensé que me desmayaría.
Cuando el Berto terminó de eyacular, se retiró lentamente, su enorme verga aun goteaba su semen. Sentí su leche caliente escurrir por mis muslos hasta el encaje de mis calcetitas blancas. El Negro me dejó ahí, inclinada, jadeando, con el short y la tanga todavía enredados en las rodillas.
—Límpiate y regresa a tu casa, putita —dijo mientras se subía el cierre—. Pero no te acostumbres a creer que esto fue la última vez. Tengo quince días… y pienso disfrutarte todos y cada uno de ellos.
Me enderecé como pude, subiéndome la ropa con manos temblorosas. No pude mirarlo a los ojos. Salí del taller presurosa, sintiendo su semen todavía dentro de mí, el sabor de la vergüenza en la boca y el calor traicionero entre las piernas.
Cuando cerré la puerta de la casa detrás de mí, me apoyé contra ella y me deslicé hasta el piso. Suspirando en silencio. No por lo que había pasado. Sino porque, muy en el fondo, ya estaba esperando el próximo encuentro con ese descarado.
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