Disfrutando bajo la segunda piel

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Ella llevaba semanas mirando el paquete negro que había llegado por correo. Hoy, por fin, había llegado el momento un fin de semana para estar completamente a solas. La casa estaba en silencio, las luces bajas. Se duchó con agua tibia, se secó con cuidado y espolvoreó talco por todo su cuerpo para que el látex se deslizara como una caricia. Sobre la cama esperaba el traje completo, un catsuit negro brillante con capucha integrada, corsé incorporado, guantes largos, y, a su lado, la máscara de gas negra, reluciente, con sus filtros redondos y gruesos, y correas de látex que coincidían perfectamente con el traje y amoldado a su cuerpo.

Empezó por los pies. Tomó las perneras enrolladas y metió primero un pie, luego el otro. El látex frío y elástico abrazó sus tobillos como una mano suave pero decidida. Tiró despacio hacia arriba, sintiendo cómo el material se estiraba y se pegaba a sus pantorrillas, a sus rodillas, a sus muslos. Cada centímetro que subía era una revelación, le encantaba sentirse confinada, la piel quedaba sellada, moldeada, convertida en una superficie lisa y resplandeciente. Cuando llegó a las caderas, dio un tirón más firme. El látex se ajustó perfectamente sobre sus glúteos y su pelvis, envolviéndola en una presión uniforme que la hizo suspirar de placer. Se sentía ya más ligera, más definida.

Ajusto los brazos. Introdujo las manos en las mangas largas; los guantes integrados se ajustaron dedo por dedo, cubriéndolos por completo. Sintió el látex apretado alrededor de sus muñecas, donde colgaban pequeñas argollas metálicas. Pasó los hombros y el torso con lentitud. El traje abrazó sus pechos y su cintura, creando una segunda piel que la contenía y la realzaba al mismo tiempo. Se miró un instante en el espejo, y le fascino la imagen devolvía el reflejo, ya era otra. Levantó la capucha del catsuit y la colocó sobre su cabeza. El látex descendió con suavidad, cubriendo su cabello, sus orejas y gran parte de su rostro, dejando solo aberturas para los ojos, la nariz y la boca. El collar integrado se cerró alrededor de su cuello, frío y firme.

Ahora venía el momento que más ansiaba. Tomó la máscara de gas. Primero pasó las correas por detrás de la capucha, ajustándolas con cuidado para que quedara perfectamente sellada contra el látex. Colocó la máscara sobre su rostro, el olor a goma impregno sus sentidos, el borde de goma gruesa presionó contra su piel y contra el traje, creando un sello hermético. El mundo cambió al instante. Su respiración se volvió más audible, más profunda, filtrada a través de los cartuchos. El olor a látex y goma llenó todos sus sentidos. Ajustó las correas una por una, tirando con firmeza hasta que la máscara quedó inmóvil, fusionada con la capucha. Solo sus ojos quedaban visibles a través de los cristales ligeramente tintados; el resto de su cara había desaparecido bajo aquella máscara negra y amenazante.

Por último, tomó los cordones del corsé. Los fue ajustando uno a uno, tirando con paciencia. Su cintura se estrechaba poco a poco, obligándola a mantener una postura erguida y elegante. Cada tirón enviaba una ola de calor por su cuerpo: la compresión era deliciosa, controlada, excitante. Cuando estuvo satisfecha, colocó el pequeño candado en el collar y oyó el clic metálico que lo sellaba todo.

Se acercó al espejo de cuerpo entero. La mujer que la observaba, era una figura completamente negra, brillante, con curvas perfectas que el látex resaltaba bajo la luz. La máscara de gas le daba un aspecto impersonal, misterioso y profundamente erótico. Giró sobre sí misma y el material crujió suavemente. Cada movimiento hacía que el látex se estirara y se contrajera contra su piel, enviando pequeñas descargas de placer por todo su ser.

Caminó por la habitación con pasos lentos y seguros. La restricción de los guantes, la presión del corsé, la capucha y, sobre todo, la máscara de gas la hacían sentir poderosa, elegante y completamente envuelta en una sensación de goce profundo. Su respiración resonaba dentro de la máscara, cada inhalación y exhalación amplificada, recordándole constantemente que estaba sellada, protegida y transformada.

Se tumbó en la cama y deslizó las manos enguantadas por sus brazos y sus caderas. El roce del látex contra látex era hipnótico. Respiraba con dificultad a través de los filtros, y ese esfuerzo mismo la excitaba más. Se sentía viva, transformada, libre dentro de aquella prisión brillante y voluntaria, entonces tomo unos de sus juguetes sexuales, un vibrador y empezó una orgia onanista que le nublo los sentidos. Pasó horas así, simplemente existiendo dentro del traje y la máscara: moviéndose, posando, respirando el placer de estar completamente sellada, moldeada y absolutamente dueña de cada sensación. Introduciéndose diversos implementos en sus orificios lo que no hizo más que incrementar su placer.

Y en ese momento, supo que aquella segunda piel —con su máscara de gas— no se la quitaría pronto. Era suya. Y ella era suya dentro de ella.

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