Bendición del hijo (5)

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Habían pasado casi tres semanas desde aquella tarde en que mamá fue a la oficina y Mario se la folló sobre el escritorio como un animal. Tres semanas en las que todo cambió para mí.

Todo había mejorado para mí en la empresa, mejor sueldo, un mejor puesto y menos horas de trabajo.

Yo sabía perfectamente quién había hecho todo el trabajo.

Era mamá.

Su cuerpazo, sus tetas, ese culo redo y firme que parecía hecho para ser agarrado… todo eso me había abierto puertas que ni siquiera sabía que existían.

Y cada vez que la miraba, sentía cómo ese morbo oscuro crecía dentro de mí como algo vivo. Ya no me bastaba con saber que Mario la había usado. Quería más. Quería verla ceder otra vez de una forma… más lenta, más sucia, más mía.

Quería observarla mientras otro hombre la tocaba, mientras ella intentaba resistirse con esa voz tímida y recatada que tanto me ponía, pero terminaba abriendo las piernas porque no sabía decir “no” cuando la presión era la correcta. Quería verla avergonzada, sonrojada, con los ojos llenos de lágrimas mientras su cuerpo la traicionaba delante de mí.

El plan empezó a formarse esa misma noche, mientras ella terminaba de lavar los platos.

Estaba de espaldas a mí, con esa bata corta de algodón que se le subía cada vez que se inclinaba sobre el fregadero. El borde inferior apenas cubría la curva inferior de su culo, dejando a la vista esa piel bronceada y suave que tanto me obsesionaba. Me quedé sentado en la mesa, mirándola fijamente, imaginando ya cómo iba a desarrollarse todo.

Primero necesitaba un espectador nuevo. Alguien más tosco, más repulsivo que Mario, alguien que la hiciera sentir aún más humillada. Luis, el vecino del piso de abajo, era perfecto. Sesenta y cinco años, viudo, gordo, calvo, siempre sudado, con esa barriga que le colgaba y esas manos grandes y ásperas de plomero jubilado. Lo había visto varias veces mirando el culo de mamá cuando subía las escaleras. Sabía que la deseaba, aunque nunca se había atrevido a decir nada.

Decidí que él sería el siguiente.

El plan era simple, pero efectivo:

Estaba a punto de levantarme cuando vi por la ventana del balcón que Luis salía al pasillo con una bolsa de basura en la mano. Era la oportunidad perfecta. Me acerqué por detrás a mamá, la rodeé por la cintura y le hablé bajito al oído, pegando mi pecho a su espalda.

—Ma… acabo de ver a Luis sacando la basura. ¿No crees que deberíamos invitarlo a pasar un rato? El pobre está solo desde que enviudó… y hoy es viernes.

Paula se tensó entre mis brazos. Dejó de lavar el plato que tenía en las manos y giró un poco la cabeza.

—¿Invitarlo? ¿Ahora? Hijo, ya es tarde… y yo estoy en bata.

Sonreí contra su cuello y apreté suavemente su cintura.

—Precisamente por eso. Está solo, ma. Solo un rato, tomamos algo, charlamos… nada del otro mundo. Tú siempre dices que hay que ser buenos vecinos.

Ella dudó. Sentí cómo su respiración se aceleraba un poco. Sabía que no quería, pero también sabía que le costaba decirme que no.

—Andrés… no sé. Me da vergüenza que me vea así.

—No pasa nada —le susurré, deslizando una mano por su cadera—. Ponte la bata un poquito más cerrada si quieres. Yo me encargo de todo.

Antes de que pudiera negarse, abrí la ventana del balcón y llamé al vecino con voz amistosa:

—¡Luis! ¡Buenas noches! ¿Tiene un segundo?

El viejo se detuvo en seco, miró hacia arriba y levantó la mano.

—Muchacho… ¿todo bien?

—Baje un momento, por favor. Mi mamá y yo estamos tomando algo y pensamos que le vendría bien un trago. ¡Venga, no sea malazo!

Luis dudó solo un segundo. Vi cómo sus ojos se iluminaron cuando mencioné a mamá. Dejó la bolsa de basura y empezó a subir las escaleras.

Cerré la ventana y me giré hacia Paula. Ella me miraba con los ojos muy abiertos, las mejillas ya empezando a sonrojarse.

—Andrés… ¿qué estás haciendo?

—Relájate, ma —le dije con calma, acercándome para ajustar un poco el escote de su bata, dejando que se viera un poco más —. Solo vamos a tomar algo. Tú siéntate con nosotros, sé amable… y déjate llevar. ¿Sí?

Paula tragó saliva. Sus tetas subían y bajaban más rápido bajo la tela. Sabía que no tenía escapatoria.

—Está bien… —susurró casi sin voz—. Pero solo un rato.

Cuando sonó el timbre, fui yo quien abrió la puerta.

Luis entró oliendo a cigarro rancio y sudor viejo, con su barriga prominente y esa camisa manchada que apenas le cerraba. Sus ojos se clavaron inmediatamente en mamá, que estaba de pie junto a la mesa, intentando cerrar un poco más la bata.

—Buenas noches, señora Paula… —balbuceó, tragando saliva audiblemente—. No quería molestar.

—No molesta, Luis —respondió ella con esa voz dulce y nerviosa que tanto me excitaba—. Pase, siéntese. ¿Quiere una cervecita? ¿O algo más fuerte?

El viejo se sentó en el sofá sin quitarle los ojos de encima. Yo serví tres vasos de ron con cola, cargándole un poco más el de mamá. Me senté en el sillón de al lado, dejando que ella quedara en medio de los dos en el sofá de tres puestos.

La noche acababa de empezar.

Y yo ya estaba duro solo de imaginar cómo iba a desarrollarse mi plan.

Los primeros minutos fueron incómodos. Luis hablaba de su tubería rota, mamá respondía con monosílabos, cruzando las piernas y tratando de que la bata no se le subiera demasiado. Yo solo observaba, bebiendo despacio, dejando que el ron hiciera su trabajo.

Cuando los vasos estuvieron por la mitad y las mejillas de mamá ya estaban rosadas, decidí que era el momento.

—Oigan… ¿por qué no jugamos algo para que no sea tan aburrido? —propuse con tono casual, como si se me acabara de ocurrir.

Mamá me miró con desconfianza.

—¿Qué cosa, hijo?

—Verdad o se atreve —dije sonriendo—. Es inocente. Solo para pasar el rato. ¿Qué dicen?

Luis soltó una risa ronca, sus ojos brillando de interés.

—Hace años que no juego eso… pero me parece bien.

Paula se removió incómoda en el sofá.

—Andrés… no sé si sea buena idea. Yo no soy buena para esos juegos.

—Vamos, ma —insistí, mirándola a los ojos—. Solo un rato. Si te sientes incómoda, paramos. Además, Luis es de confianza. ¿Verdad, Luis?

El viejo asintió rápidamente, sin apartar la mirada del escote de mamá.

—Claro, señora. Solo por diversión.

Paula dudó un buen rato, mordiéndose el labio inferior. Finalmente suspiró y asintió con la cabeza, resignada.

—Está bien… pero solo unas cuantas rondas.

Sonreí por dentro. El juego acababa de comenzar.

Y yo ya sabía exactamente cómo iba a hacer que mamá terminara perdiendo… una y otra vez.

Me incliné hacia adelante y serví otra ronda de ron con cola, cargando un poco más el vaso de mamá. Luego levanté el mío.

—Yo empiezo —dije—. Verdad o se atreve, Luis.

El viejo se rascó la barriga y soltó una carcajada.

—Verdad, muchacho. No quiero empezar fuerte.

Sonreí.

—¿Alguna vez ha mirado el culo de mi mamá cuando sube las escaleras?

Paula se puso roja al instante y me miró con los ojos muy abiertos.

—Andrés… ¡eso no se pregunta!

Luis tragó saliva, pero no pudo evitar sonreír con picardía. Sus ojos bajaron un segundo hacia las piernas de mamá antes de responder.

—Pues… sí. Varias veces. Es difícil no mirar, señora Paula. Usted tiene… muy buen porte.

Mamá se tapó la cara con las manos, muerta de vergüenza. Yo sentí cómo mi polla se endurecía dentro del pantalón.

—Tu turno, ma —le dije con calma—. Verdad o se atreve.

Ella bajó las manos lentamente. Tenía las mejillas ardiendo.

—Verdad… —susurró, casi sin voz.

La miré fijamente.

—¿Te mojas cuando un hombre te mira el culo de forma descarada, como lo está haciendo Luis ahora?

Paula soltó un gemidito ahogado y apretó los muslos. Sus tetas subían y bajaban rápido bajo la bata.

—Andrés… por favor…

—Responde, ma —insistí con voz baja y firme—. Es el juego.

Ella tragó saliva varias veces. Su voz salió temblorosa, casi un susurro:

—…Sí. A veces… me pasa.

Luis soltó un gruñido bajo de satisfacción. Yo sonreí y le hice un gesto con la cabeza.

—Tu turno, Luis.

El viejo se acomodó en el sofá, acercándose un poco más a mamá. Su barriga casi rozaba el brazo de ella.

—Señora Paula… verdad o se atreve.

Paula dudó. Sabía que si elegía verdad podía ser peor. Finalmente, con la voz entrecortada, murmuró:

—Se… se atreve.

Luis sonrió con todos los dientes.

—Entonces… quiero que se abra un poquito más la bata. Solo un botón. Quiero ver mejor esas tetas tan lindas que tiene.

Paula se quedó congelada. Sus ojos buscaron los míos, suplicantes.

—Hijo…

—Hazlo, ma —le dije suavemente, pero sin dejarle escapatoria—. Es solo un botón. No seas mal perdedora.

Con las manos temblando, Paula levantó una mano y desabrochó el primer botón de la bata. La tela se abrió lo justo para que se viera el valle profundo entre sus tetas y el borde superior de sus pezones rosados. Luis soltó un suspiro ronco, sin disimular el hambre en su mirada.

—Joder, señora… qué maravilla —murmuró.

Mamá cerró los ojos, avergonzada, pero no volvió a cerrar la bata.

Me recosté en el sillón, disfrutando del espectáculo. Mi polla ya estaba completamente dura.

—Siguiente ronda —anuncié—. Ahora me toca a mí.

Miré a mamá directamente a los ojos.

—Verdad o se atreve, ma.

Ella ya sabía que no tenía salida. Su voz salió rota, casi un hilo:

—Se atreve…

Sonreí despacio.

—Entonces… quiero que te sientes en el regazo de Luis. Solo un minuto. Y que le des un beso en la mejilla… como agradecimiento por ser tan buen vecino.

Paula soltó un sollozo bajito. Sus ojos se llenaron de lágrimas de vergüenza.

—Andrés… no me hagas esto…

—Hazlo —le dije con calma.

Ella se quedó quieta unos segundos eternos. Luego, con las piernas temblando, se levantó del sofá y se acercó al viejo. Luis abrió las piernas con una sonrisa ansiosa. Paula se sentó de lado en su regazo, su culo redo acomodándose sobre los muslos gordos del vecino. El contraste era brutal: la piel suave y bronceada de mamá contra la carne flácida y sudada de Luis.

Se inclinó y le dio un beso rápido en la mejilla, casi rozando la comisura de sus labios.

—Gracias… por ser buen vecino —susurró, la voz quebrada.

Luis soltó un gruñido de placer y, sin poder contenerse, puso una mano grande y callosa sobre el muslo desnudo de mamá, apretando suavemente.

El minuto se hizo eterno.

Y yo solo podía pensar en cómo iba a hacer que la siguiente ronda fuera mucho peor.

Cuando por fin se levantó, Paula volvió a su sitio en el sofá con las piernas juntas y la bata bien cerrada, pero su respiración ya era agitada y tenía las mejillas rojas como nunca.

Yo no esperé más. Serví otra ronda generosa de ron en los tres vasos y hablé con voz más baja, más grave:

—Se acabó el juego suave. Ahora jugamos de verdad. Verdad o Se Atreve… pero el que elija verdad y no quiera contestar, o el que elija se atreve y se arrepienta, pierde una prenda. Sin excepciones.

Paula negó inmediatamente con la cabeza, nerviosa.

—Andrés, no… esto ya se está pasando de la raya. Yo no quiero seguir.

Me incliné hacia ella, mirándola fijo a los ojos.

—Ma, tú aceptaste jugar. No seas mala perdedora ahora. Además, Luis ya se está divirtiendo. ¿Verdad, Luis?

El viejo sonrió con los dientes amarillos, sin quitarle los ojos de encima.

—Claro que sí, muchacho. La señora está muy linda esta noche… sería una pena que se acabe tan rápido.

Paula intentó levantarse, pero yo puse una mano firme en su muslo y la detuve.

—Siéntate, mamá.

Ella se quedó quieta, temblando. Sus tetas subían y bajaban rápido bajo la bata.

—Empezamos otra vez —dije—. Yo elijo primero. Verdad o se atreve, ma.

—…Verdad —susurró, casi sin voz.

Sonreí con malicia.

—¿Estás mojada ahora mismo?

Paula cerró los ojos con fuerza, avergonzada.

—Andrés… por favor…

—Responde —insistí, más pesado—. ¿Estás mojada o no?

Ella apretó los labios, las lágrimas asomando. Finalmente contestó con un hilo de voz:

—…Sí.

Luis soltó un gruñido de satisfacción.

—Joder, qué rica…

Le tocó a él.

—Señora Paula… se atreve.

Mamá negó con la cabeza, desesperada.

—No… ya no quiero más. Por favor, déjenme ir a mi cuarto.

Yo me acerqué más a ella, mi voz baja y firme contra su oído:

—Si no juegas, le mando el video de la oficina a todas tus amigas de la iglesia. ¿Quieres que vean cómo gemías mientras Mario te llenaba?

Paula soltó un sollozo bajito. Sus hombros se hundieron.

Luis insistió, más pesado:

—Vamos, señora… solo un atrevimiento. Quiero que se quite la bata completamente y se quede solo con el tanga. Solo un minuto. Para que podamos verla bien.

Paula negó otra vez, las lágrimas rodando por sus mejillas.

—No… no puedo… soy tu mamá, Andrés… esto está mal…

Yo puse mi mano en su nuca y la obligué a mirarme.

—Quítatela, mamá. Ahora.

Ella lloró en silencio unos segundos más. Luego, con las manos temblando violentamente, se levantó despacio. Bajó los tirantes de la bata, dejó que cayera al piso y se quedó solo con un diminuto tanga negro que apenas cubría su concha.

Sus tetas medianas pero perfectas quedaron completamente expuestas, los pezones duros y rosados apuntando hacia nosotros. Su culo redo y firme brillaba bajo la luz tenue de la sala.

Luis soltó un gemido ronco.

—Madre de Dios… qué hembra…

Yo me recosté en el sillón, disfrutando del espectáculo, mi polla dura como piedra.

—Buena niña —le dije—. Ahora siéntate otra vez… pero esta vez en el regazo de Luis.

Paula negó con la cabeza, llorando.

—Hijo… te lo suplico… no me hagas esto…

Yo me puse más pesado, la voz fría:

—Siéntate en su regazo ahora mismo, mamá. O le mando el video a todo el mundo.

Luis extendió los brazos, sonriendo.

—Venga, señora Paula… solo un ratito. Sea buena.

Paula sollozó una vez más, pero finalmente se acercó al viejo. Se sentó a horcajadas sobre sus gruesos muslos, su culo desnudo acomodándose sobre la barriga prominente de Luis. El viejo puso sus manos grandes en las caderas de ella y la apretó contra él.

Mamá temblaba entera, las tetas pegadas casi a la cara del vecino, llorando bajito.

Yo solo observaba, excitado como nunca.

—Ahora bésalo, ma —ordené—. Un beso de verdad. Con lengua.

Paula negó otra vez, rota.

—Andrés… no… por favor…

—Bésalo —repetí, más duro—. O el video sale mañana.

Con lágrimas corriendo por sus mejillas, Paula se inclinó lentamente. Sus labios temblorosos rozaron los de Luis. El viejo no esperó: metió la lengua en su boca y la besó con hambre, mientras sus manos gordas apretaban el culo desnudo de mi mamá con fuerza.

Yo me quedé mirando, la polla latiendo dentro del pantalón, mientras mi madre, recatada y sumisa, era besada y manoseada por el viejo repulsivo del piso de abajo.

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