Mi hermana Brittney (2)

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T. Lectura: 12 min.

Tomé su pie entre mis labios, con la media todavía puesta. Lo succioné despacio, con ternura, como si fuera lo más natural del mundo. La tela fina se humedeció contra mi lengua. Sentí el calor de sus dedos finos y delicados, la forma perfecta, el pulso sutil debajo. Lo lamí con cuidado, rodeándolo, succionándolo con una presión suave pero constante. Brittney soltó un gemido bajito, sorprendido pero claramente placentero.

—Oh… eso… eso se siente diferente… pero sigue —murmuró, sin abrir los ojos, la voz temblorosa—. No pares… se siente tan relajante…

Luego mi saliva se mezclaba con el calor de su piel a través de la tela. Cada dedo recibía atención completa: lo rodeaba, lo lamía, lo chupaba con una intensidad que ya no era solo “masaje”. Mis manos sostenían su pie con reverencia, masajeando al mismo tiempo la planta mientras mi boca trabajaba arriba.

Ella respiraba más agitada ahora. Sus muslos se tensaron ligeramente sobre el sofá. El vestido se había subido lo suficiente para que viera la sombra oscura donde las medias terminaban. Pero ninguno de los dos dijo nada. Era como si el momento se hubiera vuelto demasiado íntimo para romperlo con palabras.

Mi propio cuerpo estaba en llamas. La erección presionaba contra su otro pie, que seguía descansando sobre mí sin moverse. Sabía que ella lo sentía. Sabía que yo estaba perdido.

Después de varios minutos que parecieron eternos, solté su pie derecho con un último beso suave en la planta. Ella abrió los ojos lentamente, las mejillas sonrojadas, la mirada vidriosa.

—Wow… nunca me habían hecho algo así —susurró, con una sonrisa pequeña y tímida—. Se sintió… increíble. Gracias, hermanito. De verdad.

No se movió. Sus pies seguían sobre mi regazo. El aire entre nosotros estaba cargado de electricidad. Ninguno de los dos mencionó lo que acababa de pasar. Pero ambos lo sabíamos.

El límite acababa de romperse… de la forma más inocente y al mismo tiempo más peligrosa posible.

Brittney se quedó mirándome un segundo más, con las mejillas que tenían ese rubor suave que no se iba. Sus pies seguían sobre mi regazo, uno todavía húmedo por mi saliva a través de la media, el otro descansando con naturalidad. Ninguno de los dos dijo nada sobre lo que acababa de pasar. Era como si hubiéramos entrado en un acuerdo silencioso: no nombrarlo, no cuestionarlo, solo dejar que siguiera existiendo.

De pronto ella suspiró, un sonido largo y cansado, y se incorporó un poco sobre los codos.

—Sabes qué… —dijo en voz baja, casi como si estuviera pensando en voz alta—. No tengo muchas ganas de salir esta noche. Las chicas van a estar en el mismo bar de siempre, con la misma música de siempre… y la verdad, después de esto —hizo un gesto vago con la mano hacia sus pies y hacia mí— me siento tan relajada que no quiero moverme.

Se mordió el labio inferior un instante, ese gesto nervioso que siempre hacía cuando estaba decidiendo algo importante.

—¿Te molesta si me quedo? Podemos ver una película o algo… como antes. Solo nosotros dos.

—No me molesta para nada —respondí, y era verdad. Mi voz salió tranquila, pero por dentro el pulso me retumbaba en los oídos.

Ella sonrió, esa sonrisa pequeña y genuina que me recordaba a cuando éramos más chicos. Quitó los pies de mi regazo con lentitud, pero no se levantó del sofá. En cambio, giró el cuerpo hacia mí, recogió las piernas debajo de ella y se acomodó más cerca. El vestido se arrugó un poco en las caderas, subiéndose lo justo para que viera la línea donde las medias terminaban y empezaba la piel suave de sus muslos.

—Entonces… ¿sigues con el masaje? —preguntó, bajando la voz como si fuera un secreto—. Los pies ya se sienten mucho mejor, pero… no sé, las pantorrillas me duelen un poco también. De tanto tacón. ¿Me las masajeas un ratito más arriba? Solo un poco. Prometo que no te pido más después.

Lo dijo con esa mezcla de timidez y confianza que siempre había tenido conmigo. No era una orden. Era una petición de hermana menor que sabía que su hermano mayor nunca le decía que no.

Asentí sin palabras.

Ella estiró una pierna hacia mí, apoyando el talón en mi muslo otra vez. Empecé por la pantorrilla derecha. Mis manos rodearon la curva firme y suave, presionando con los pulgares en líneas ascendentes. La media se deslizaba bajo mis dedos, sedosa y caliente. Sentía cada músculo relajarse, cada tendón ceder. Subí despacio, centímetro a centímetro, hasta llegar justo debajo de la rodilla. Brittney cerró los ojos y soltó un suspiro largo, casi un gemido suave.

—Ahí… justo ahí —murmuró—. Se siente tan bien cuando aprietas un poco más fuerte.

Mis manos subieron un poco más, rozando ahora la parte trasera del muslo, donde la media se volvía más fina y la piel empezaba a asomarse por debajo del borde. No crucé la línea… todavía. Solo masajeaba la zona límite, sintiendo el calor que emanaba de su interior, el leve temblor que recorría su pierna cada vez que presionaba más profundo.

Ella abrió los ojos y me miró directo.

—¿Puedo… pedirte algo más? —susurró, la voz un poco temblorosa—. Las medias me molestan un poco. ¿Me ayudas a quitármelas?

Mi respiración se detuvo un segundo. Asentí de nuevo.

Ella se recostó más contra el respaldo, levantó las caderas apenas lo necesario y empezó a bajar la media de la pierna derecha con lentitud. La tela se deslizó como una caricia inversa, revelando la piel pálida, suave, ligeramente sonrosada por el calor acumulado. Cuando llegó al tobillo, extendió la pierna hacia mí.

—Ayúdame con esta parte… se atasca un poco en el talón.

Tomé la media con cuidado. Mis dedos rozaron la piel desnuda de su tobillo, luego la planta del pie, todavía tibia y sensible. La quité despacio, dejando que mis pulgares rozaran la planta una última vez. Ella soltó un pequeño jadeo cuando la tela se separó por completo.

La misma con la otra pierna. Ahora sus piernas estaban desnudas desde los muslos hacia abajo, la piel expuesta brillando bajo la luz tenue de la sala. El vestido seguía subido, cubriendo lo justo, pero dejando ver la curva interior de sus muslos, la sombra suave donde se unían.

—Gracias… —susurró, y en lugar de bajar las piernas, las dejó extendidas sobre mí otra vez. Esta vez sin medias. Piel contra piel. El calor era directo, intenso, imposible de ignorar.

Sus pies desnudos descansaban sobre mis muslos. Pequeños, delicados, con esa curva perfecta en la planta. Sentí su calor directo en mi entrepierna, donde la erección ya era evidente y dolorosa.

Brittney no dijo nada sobre eso. Solo me miró, con los ojos entrecerrados.

—¿Sigues con las piernas? —preguntó en voz muy baja—. Ahora sin medias… se siente diferente. Más… intenso.

Mis manos volvieron a sus pantorrillas, subiendo despacio. Esta vez la piel estaba desnuda, suave como terciopelo caliente. Subí hasta los muslos, masajeando la parte exterior primero, luego la interior, acercándome cada vez más al borde del vestido. Ella no se movió para detenerlo. Al contrario, abrió un poco más las piernas, como si necesitara más espacio para respirar.

Mis pulgares rozaron la cara interna del muslo, justo donde la piel era más sensible. Brittney soltó un gemido suave, casi inaudible, y sus caderas se movieron apenas, un movimiento instintivo.

—Más arriba… un poquito más —susurró, la voz ronca.

Mis manos subieron. Sentí el calor que emanaba de entre sus piernas, el leve temblor de sus muslos. No toqué nada prohibido… todavía. Solo masajeaba la zona límite, sintiendo cómo su respiración se aceleraba, cómo su pecho subía y bajaba más rápido bajo el escote del vestido.

Ella extendió una mano y la puso sobre la mía, guiándola un centímetro más arriba. No dijo nada. Solo me miró, con los ojos brillantes, la boca entreabierta.

El aire estaba cargado. El silencio era ensordecedor. Ninguno de los dos hablaba de lo que estaba pasando. Pero ambos lo sabíamos.

El nivel acababa de subir… y ya no había vuelta atrás.

El silencio entre nosotros se había vuelto tan denso que casi se podía tocar. Brittney seguía recostada contra el respaldo del sofá, con las piernas desnudas extendidas sobre mi regazo, la piel pálida y tibia brillando bajo la luz tenue de la lámpara de pie. El vestido satinado negro se había arrugado en las caderas, subido lo suficiente para que el borde inferior rozara la parte más alta de sus muslos, dejando a la vista sutilmente su ropa interior fina de encaje y el aire entre sus piernas parecía vibrar con una calidez que yo podía sentir desde donde estaba.

Mis manos seguían en sus muslos, inmóviles por un instante, los pulgares descansando justo en la zona límite que había masajeado antes. Ella no había retirado su mano de la mía. Al contrario: sus dedos se habían entrelazado con los míos en un gesto lento, casi inconsciente, guiándome un centímetro más arriba. No dijo nada. Solo respiraba un poco más rápido, el pecho subiendo y bajando bajo el escote profundo del vestido, el colgante de oro moviéndose con cada inhalación como un péndulo hipnótico.

—Más arriba… —susurró al fin, la voz tan baja que casi se perdió en el sonido de nuestra propia respiración—. Solo un poquito más… por favor.

No era una orden. Era una súplica suave, temblorosa, como si ella misma estuviera sorprendida de estar diciendo esas palabras. Mis pulgares obedecieron. Subieron despacio por la cara interna de sus muslos, rozando la piel que se volvía más sensible, más caliente a cada centímetro. Sentí el leve temblor de sus músculos, el modo en que se tensaban y luego se relajaban bajo mi toque. La piel era suave y tibia, ligeramente húmeda por el sudor sutil de la tarde y por la excitación que ya no podíamos negar.

Cuando mis dedos llegaron al borde donde el vestido terminaba y su ropa interior comenzaba, ella soltó un pequeño jadeo. No era de sorpresa; era de placer puro. Sus caderas se movieron apenas, un movimiento instintivo hacia adelante, buscando más contacto. Mis pulgares rozaron la piel justo al lado de su intimidad, por encima de la delgada prenda sin tocarla directamente todavía, solo trazando círculos lentos y firmes en esa zona prohibida que ardía bajo mis yemas.

Brittney abrió los ojos y me miró. Sus pupilas estaban dilatadas, los iris casi negros en la penumbra. No había vergüenza en su mirada; solo deseo crudo, mezclado con esa confianza absoluta que siempre había tenido en mí.

—Sigue… —murmuró, y esta vez su voz era ronca, entrecortada—. No pares… se siente tan… intenso.

Mis manos subieron un poco más. Ahora mis palmas enteras cubrían la parte interna de sus muslos, los pulgares rozando los labios exteriores de su sexo a través de la tela de la ropa interior. Sentí el calor húmedo que emanaba de ella, la forma en que su cuerpo respondía: un pulso sutil, un temblor que recorría todo su interior. Ella separó las piernas un poco más, lo justo para darme espacio, y sus caderas se elevaron ligeramente del sofá en un arco suave.

Toqué. Primero con la yema de un dedo, solo un roce ligero sobre la tela, sintiendo la humedad que ya había empapado el satinado. Brittney soltó un gemido bajo, profundo, y su mano libre se aferró al respaldo del sofá. Sus uñas se clavaron en la tela.

—Ahí… justo ahí… —susurró, los ojos cerrándose de nuevo.

Deslicé el dedo con más presión, trazando la forma de sus labios mayores a través de sus bragas. La tela era fina, casi inexistente ahora por lo mojada que estaba. Sentí cada pliegue, cada curva suave y caliente. Ella se movió contra mi mano, un movimiento lento y rítmico, buscando más fricción. Mi otra mano subió por su muslo exterior, rodeando su cadera, sosteniéndola para que pudiera moverse con más libertad.

El vestido empezó a subir solo con sus movimientos. Centímetro a centímetro, hasta que el borde quedó arrugado en su cintura. Ahora no había nada entre nosotros: su sexo casi expuesto, rosado, brillante de excitación, los labios hinchados y abiertos ligeramente por el deseo. El aroma dulce mezclándose con su perfume habitual.

Mis dedos volvieron a tocarla, esta vez deslizando sutilmente la prenda íntima hacia a un lado. Deslicé la yema del índice por el centro de sus labios íntimos, recogiendo su humedad, subiendo hasta el clítoris sensible. Cuando lo rocé en círculos lentos, Brittney arqueó la espalda y soltó un gemido más alto, casi un grito ahogado.

—Oh… sí… así… —jadeó, las caderas moviéndose en pequeños círculos contra mi mano.

Aumenté la presión, frotando su clítoris con movimientos circulares firmes mientras mi dedo medio se deslizaba entre sus labios, sintiendo lo mojada que estaba, lo caliente, lo apretada. Entré solo la punta, despacio, sintiendo cómo sus paredes internas se contraían alrededor de mí en un espasmo involuntario. Ella gimió de nuevo, más fuerte, y su mano bajó para cubrir la mía, guiándome para que entrara más profundo.

—Más… por favor… más adentro… —suplicó, la voz rota por el placer.

Obedecí. Mi dedo medio se hundió completamente, curvándose hacia arriba para rozar ese punto sensible dentro de ella. Al mismo tiempo, mi pulgar siguió frotando su clítoris en círculos rápidos y precisos. Brittney empezó a temblar, las piernas abiertas al máximo, los muslos tensos alrededor de mi mano. Su respiración se volvió jadeante, entrecortada, con pequeños gemidos que escapaban cada vez que yo presionaba más profundo.

—Voy a… voy a correrme… —susurró, llena de placer—. No pares… no pares…

Aceleré el ritmo. Mi dedo entraba y salía con más fuerza, curvándose cada vez para golpear ese punto exacto. Mi pulgar frotaba su clítoris sin piedad, sintiendo cómo se hinchaba más bajo mi toque. De pronto su cuerpo se tensó por completo: espalda arqueada, cabeza echada hacia atrás, un gemido largo y profundo que se convirtió en un grito ahogado.

Se vino con fuerza. Sus paredes internas se contrajeron alrededor de mi dedo en espasmos intensos, una oleada tras otra. Su humedad se derramó sobre mi mano, caliente y abundante. Temblaba entera, los muslos cálidos apretando mi muñeca, el pecho subiendo y bajando con respiraciones rápidas y entrecortadas.

Cuando el orgasmo empezó a bajar, se quedó quieta un momento, jadeando, con los ojos cerrados y una sonrisa pequeña y exhausta en los labios. Luego abrió los ojos y me miró, todavía temblando ligeramente.

—Nunca… nunca me había sentido así —susurró, la voz ronca y suave al mismo tiempo—. Gracias… por no parar.

No retiró mi mano. En cambio, la mantuvo allí, con mi dedo todavía dentro de ella, sintiendo los últimos espasmos suaves. Se inclinó hacia adelante despacio, acercó su rostro al mío. Sus labios rozaron mi mejilla primero, un beso suave, inocente casi. Luego se movió un centímetro más… y sus labios encontraron los míos.

Tomé su pie entre mis labios, con la media todavía puesta. Lo succioné despacio, con ternura, como si fuera lo más natural del mundo. La tela fina se humedeció contra mi lengua. Sentí el calor de sus dedos finos y delicados, la forma perfecta, el pulso sutil debajo. Lo lamí con cuidado, rodeándolo, succionándolo con una presión suave pero constante. Brittney soltó un gemido bajito, sorprendido pero claramente placentero.

—Oh… eso… eso se siente diferente… pero sigue —murmuró, sin abrir los ojos, la voz temblorosa—. No pares… se siente tan relajante…

Luego mi saliva se mezclaba con el calor de su piel a través de la tela. Cada dedo recibía atención completa: lo rodeaba, lo lamía, lo chupaba con una intensidad que ya no era solo “masaje”. Mis manos sostenían su pie con reverencia, masajeando al mismo tiempo la planta mientras mi boca trabajaba arriba.

Ella respiraba más agitada ahora. Sus muslos se tensaron ligeramente sobre el sofá. El vestido se había subido lo suficiente para que viera la sombra oscura donde las medias terminaban. Pero ninguno de los dos dijo nada. Era como si el momento se hubiera vuelto demasiado íntimo para romperlo con palabras.

Mi propio cuerpo estaba en llamas. La erección presionaba contra su otro pie, que seguía descansando sobre mí sin moverse. Sabía que ella lo sentía. Sabía que yo estaba perdido.

Después de varios minutos que parecieron eternos, solté su pie derecho con un último beso suave en la planta. Ella abrió los ojos lentamente, las mejillas sonrojadas, la mirada vidriosa.

—Wow… nunca me habían hecho algo así —susurró, con una sonrisa pequeña y tímida—. Se sintió… increíble. Gracias, hermanito. De verdad.

No se movió. Sus pies seguían sobre mi regazo. El aire entre nosotros estaba cargado de electricidad. Ninguno de los dos mencionó lo que acababa de pasar. Pero ambos lo sabíamos.

El límite acababa de romperse… de la forma más inocente y al mismo tiempo más peligrosa posible.

Brittney se quedó mirándome un segundo más, con las mejillas que tenían ese rubor suave que no se iba. Sus pies seguían sobre mi regazo, uno todavía húmedo por mi saliva a través de la media, el otro descansando con naturalidad. Ninguno de los dos dijo nada sobre lo que acababa de pasar. Era como si hubiéramos entrado en un acuerdo silencioso: no nombrarlo, no cuestionarlo, solo dejar que siguiera existiendo.

De pronto ella suspiró, un sonido largo y cansado, y se incorporó un poco sobre los codos.

—Sabes qué… —dijo en voz baja, casi como si estuviera pensando en voz alta—. No tengo muchas ganas de salir esta noche. Las chicas van a estar en el mismo bar de siempre, con la misma música de siempre… y la verdad, después de esto —hizo un gesto vago con la mano hacia sus pies y hacia mí— me siento tan relajada que no quiero moverme.

Se mordió el labio inferior un instante, ese gesto nervioso que siempre hacía cuando estaba decidiendo algo importante.

—¿Te molesta si me quedo? Podemos ver una película o algo… como antes. Solo nosotros dos.

—No me molesta para nada —respondí, y era verdad. Mi voz salió tranquila, pero por dentro el pulso me retumbaba en los oídos.

Ella sonrió, esa sonrisa pequeña y genuina que me recordaba a cuando éramos más chicos. Quitó los pies de mi regazo con lentitud, pero no se levantó del sofá. En cambio, giró el cuerpo hacia mí, recogió las piernas debajo de ella y se acomodó más cerca. El vestido se arrugó un poco en las caderas, subiéndose lo justo para que viera la línea donde las medias terminaban y empezaba la piel suave de sus muslos.

—Entonces… ¿sigues con el masaje? —preguntó, bajando la voz como si fuera un secreto—. Los pies ya se sienten mucho mejor, pero… no sé, las pantorrillas me duelen un poco también. De tanto tacón. ¿Me las masajeas un ratito más arriba? Solo un poco. Prometo que no te pido más después.

Lo dijo con esa mezcla de timidez y confianza que siempre había tenido conmigo. No era una orden. Era una petición de hermana menor que sabía que su hermano mayor nunca le decía que no.

Asentí sin palabras.

Ella estiró una pierna hacia mí, apoyando el talón en mi muslo otra vez. Empecé por la pantorrilla derecha. Mis manos rodearon la curva firme y suave, presionando con los pulgares en líneas ascendentes. La media se deslizaba bajo mis dedos, sedosa y caliente. Sentía cada músculo relajarse, cada tendón ceder. Subí despacio, centímetro a centímetro, hasta llegar justo debajo de la rodilla. Brittney cerró los ojos y soltó un suspiro largo, casi un gemido suave.

—Ahí… justo ahí —murmuró—. Se siente tan bien cuando aprietas un poco más fuerte.

Mis manos subieron un poco más, rozando ahora la parte trasera del muslo, donde la media se volvía más fina y la piel empezaba a asomarse por debajo del borde. No crucé la línea… todavía. Solo masajeaba la zona límite, sintiendo el calor que emanaba de su interior, el leve temblor que recorría su pierna cada vez que presionaba más profundo.

Ella abrió los ojos y me miró directo.

—¿Puedo… pedirte algo más? —susurró, la voz un poco temblorosa—. Las medias me molestan un poco. ¿Me ayudas a quitármelas?

Mi respiración se detuvo un segundo. Asentí de nuevo.

Ella se recostó más contra el respaldo, levantó las caderas apenas lo necesario y empezó a bajar la media de la pierna derecha con lentitud. La tela se deslizó como una caricia inversa, revelando la piel pálida, suave, ligeramente sonrosada por el calor acumulado. Cuando llegó al tobillo, extendió la pierna hacia mí.

—Ayúdame con esta parte… se atasca un poco en el talón.

Tomé la media con cuidado. Mis dedos rozaron la piel desnuda de su tobillo, luego la planta del pie, todavía tibia y sensible. La quité despacio, dejando que mis pulgares rozaran la planta una última vez. Ella soltó un pequeño jadeo cuando la tela se separó por completo.

La misma con la otra pierna. Ahora sus piernas estaban desnudas desde los muslos hacia abajo, la piel expuesta brillando bajo la luz tenue de la sala. El vestido seguía subido, cubriendo lo justo, pero dejando ver la curva interior de sus muslos, la sombra suave donde se unían.

—Gracias… —susurró, y en lugar de bajar las piernas, las dejó extendidas sobre mí otra vez. Esta vez sin medias. Piel contra piel. El calor era directo, intenso, imposible de ignorar.

Sus pies desnudos descansaban sobre mis muslos. Pequeños, delicados, con esa curva perfecta en la planta. Sentí su calor directo en mi entrepierna, donde la erección ya era evidente y dolorosa.

Brittney no dijo nada sobre eso. Solo me miró, con los ojos entrecerrados.

—¿Sigues con las piernas? —preguntó en voz muy baja—. Ahora sin medias… se siente diferente. Más… intenso.

Mis manos volvieron a sus pantorrillas, subiendo despacio. Esta vez la piel estaba desnuda, suave como terciopelo caliente. Subí hasta los muslos, masajeando la parte exterior primero, luego la interior, acercándome cada vez más al borde del vestido. Ella no se movió para detenerlo. Al contrario, abrió un poco más las piernas, como si necesitara más espacio para respirar.

Mis pulgares rozaron la cara interna del muslo, justo donde la piel era más sensible. Brittney soltó un gemido suave, casi inaudible, y sus caderas se movieron apenas, un movimiento instintivo.

—Más arriba… un poquito más —susurró, la voz ronca.

Mis manos subieron. Sentí el calor que emanaba de entre sus piernas, el leve temblor de sus muslos. No toqué nada prohibido… todavía. Solo masajeaba la zona límite, sintiendo cómo su respiración se aceleraba, cómo su pecho subía y bajaba más rápido bajo el escote del vestido.

Ella extendió una mano y la puso sobre la mía, guiándola un centímetro más arriba. No dijo nada. Solo me miró, con los ojos brillantes, la boca entreabierta.

El aire estaba cargado. El silencio era ensordecedor. Ninguno de los dos hablaba de lo que estaba pasando. Pero ambos lo sabíamos.

El nivel acababa de subir… y ya no había vuelta atrás.

El silencio entre nosotros se había vuelto tan denso que casi se podía tocar. Brittney seguía recostada contra el respaldo del sofá, con las piernas desnudas extendidas sobre mi regazo, la piel pálida y tibia brillando bajo la luz tenue de la lámpara de pie. El vestido satinado negro se había arrugado en las caderas, subido lo suficiente para que el borde inferior rozara la parte más alta de sus muslos, dejando a la vista sutilmente su ropa interior fina de encaje y el aire entre sus piernas parecía vibrar con una calidez que yo podía sentir desde donde estaba.

Mis manos seguían en sus muslos, inmóviles por un instante, los pulgares descansando justo en la zona límite que había masajeado antes. Ella no había retirado su mano de la mía. Al contrario: sus dedos se habían entrelazado con los míos en un gesto lento, casi inconsciente, guiándome un centímetro más arriba. No dijo nada. Solo respiraba un poco más rápido, el pecho subiendo y bajando.

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