Mi patrón, mi rey mago

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T. Lectura: 6 min.

Cuando era más joven, para hacerme unos pesos extra mientras estudiaba, decidí publicar mi número en una página como niñera. Trabajé en varios hogares sin problemas, hasta que me llamó la familia de David.

Una mañana llegué al trabajo minutos antes de las ocho. Era lunes 6 de enero, día de Reyes, y la ciudad ardía con ese calor espeso que se instala en verano antes de que el sol se levante del todo.

Toqué el portero eléctrico, la mochila contra la cadera pesaba. David, mi jefe, tardó segundos en contestar. Su voz salió por el parlante, grave y un poco ronca.

—¿Sí?

—Soy yo —dije.

Hubo un pequeño silencio. Después el zumbido del portón me indicó que pase.

Subí las escaleras despacio, había algo en esos segundos previos a entrar que me dejaban una mezcla de expectativa y precaución que me confundía.

Cuando llegué al piso, la puerta del departamento ya estaba entreabierta, como tantas otras veces, entonces entré.

El living estaba iluminado por la luz del sol que entraba por la ventana y por las pequeñas luces del árbol de Navidad que seguía armado en un rincón.

La mujer de David era de esas personas que no lo desarmaban antes de Reyes. A mí me parecía lindo; las luces titilaban provocando una calma festiva.

Él estaba sentado en el sillón con una taza de café en una mano y el celular en la otra. Tenía una expresión de concentración, creo que leía noticias. Sus brazos descansaban sobre sus piernas, y los tatuajes predominaban en su piel.

Levantó la vista cuando cerré la puerta.

—Buen día, Mer.

—Buen día.

Nada más. Un saludo habitual.

Dejé la mochila en el comedor y fui a la cocina como si el lugar me perteneciera. Después de más de un año trabajando ahí, la rutina ya era automática: botella de agua en la mesada, celu en silencio, y un vistazos rápidos al cuarto del nene.

Todavía dormía. David ya me había dicho más de una vez: cuando el bebé dormía profundo, era difícil despertarlo antes de las diez.

Sentía su mirada mientras andaba en la cocina, no necesitaba girarme para confirmarlo, nunca había sido bueno disimulando, y yo tampoco era inocente en ese juego silencioso que tenía con él desde hacía meses.

—Qué calor hace —dijo desde el sillón.

—Si, estamos en enero —contesté sin mirarlo.

—Pero hoy está más pesado de lo habitual.

Sonreí un poco. Era su forma de empezar a charlar. Sabía que nada tenía que ver el clima.

—Ya vengo —avisé, tomando la mochila otra vez.

—Dale.

El baño estaba al costado del pasillo. Cerré la puerta y dejé la mochila al borde de la bañera. Me solté el pelo y saqué lo que había llevado para estar más cómoda durante el día: un short ajustado negro y una musculosa gris escotada y de breteles finos.

Nada muy llamativo, solo un poco más liviano que la ropa con la que había llegado.

Me cambié mirando de reojo mi reflejo en el espejo. La tela gris marcaba la forma de mi cuerpo con naturalidad; dejaba ver lo suficiente como para que él encontrara material.

Me acomodé el collar plateado sobre el pecho y respiré hondo. Sabía bien que cuando saliera me iba a mirar, y tampoco me molestaba.

Abrí la puerta, volví, y no miraba su celular. Sus ojos recorrieron mi cuerpo sin ninguna intención de esconder lo que estaba haciendo.

—¿Qué pasó?

—Nada —dijo, dejando el celular sobre la mesa ratona.

—Me mirás como si hubiera pasado algo.

—Capaz pasó.

Caminé al sillón en lugar de ir al cuarto del nene y me senté, dejando distancia prudente entre los dos. Apoyé la espalda contra el respaldo y estiré las piernas un poco hacia adelante.

—¿Durmió bien? —pregunté.

—Como una piedra.

—Que bueno.

El silencio se instaló entre nosotros, no era incómodo; era denso, cargado de cosas que ninguno decía en voz alta. David tomó la taza de café y dio otro sorbo sin dejar de mirarme.

—Te queda bien esa ropa —comentó finalmente.

Bajé la mirada hacia mi ropa, fingiendo analizarla.

—Es ropa para estar en casa nomás, o de laburo.

—Sos terrible, Mer.

—¿Por qué?

—Porque sabés exactamente lo que hacés.

—No tengo idea de qué habla.

Nos miramos durante unos segundos más de lo normal. En algún momento me di cuenta de que el corazón me latía un poco más rápido. Entonces me levanté.

—Voy a acomodar las cosas del nene antes que se despierte.

Pasé por delante de él, sintiendo su presencia muy cerca mientras iba hacia el pasillo. Había dado dos pasos cuando su mano atrapó mi muñeca.

No fue brusco, solo firme. Me detuve y giré la cabeza lentamente. Él seguía sentado, inclinado hacia adelante y sus ojos clavados en los míos.

—David… —murmuré.

—Decime que no —dijo en voz baja.

Solté una pequeña risa nerviosa.

—Sos un boludo.

Él se levantó despacio, acercándose hasta quedar frente a mí. Su mano se apoyó en mi cintura, y el calor de su palma atravesó la tela del short como una corriente.

—Vení —repitió.

No llegué a responder. Su boca encontró la mía y mis manos subieron a su pecho. El beso se volvió más profundo y lento.

Cuando nos separamos un poco, lo miré con una mezcla de incredulidad y diversión.

—Tu mujer nos mata si se entera —dije.

—Me importa una mierda.

—Y el nene está acá.

—Que no moleste.

Lo empujé suavemente hacia el sillón. Él se dejó caer sorprendido por el gesto. Yo me quedé de pie frente a él y sonreí con picardía.

—¿Así que te vuelvo loco?

—No tenés idea.

Me acerqué, y sin apartar la mirada, me senté en él. Sus manos fueron a mi culo y nuestros labios volvieron a juntarse en un beso pausado mientras nuestras respiraciones agitadas se hacían eco en el living.

Luego, su boca bajó por mi cuello, dejando un rastro de calor que me hizo estremecer, hasta detenerse en el centro de mi pecho.

La tela de la musculosa se mojó con su baba, y el roce de sus labios en mis pezones duros me sacudió por completo. Nos frotamos ahí, en el sillón, con ropa de por medio y un ritmo torpe.

Sentía su cuerpo respondiendo bajo el mío, la dureza de su pene parado presionando contra mi vagina a través de las telas, era una prueba tangible de su deseo que me calentaba.

Con un movimiento ágil me paré, quedé de pie frente a él, que se inclinó hacia adelante e hizo que su boca encuentre mi entrepierna, tocando y mordisqueando sobre la tela del short.

—Acá no —susurré, tirando de su mano para que se levantara.

Me siguió sin decir nada hacia su habitación. La puerta estaba entreabierta y la empujé sin dudar. Caímos en el colchón en un torbellino de besos. Sus manos recorrían mis piernas, mis tetas, como si quisiera memorizar cada rincón de mi cuerpo.

En un movimiento, se recostó de espaldas, llevándome con él, y me quedé mirándolo desde arriba. Sonreí y bajé por su torso hasta arrodillarme en el suelo, al borde de la cama.

Bajé su short con lentitud, sintiendo su mirada clavada en mis dedos. No era una verga muy grande, pero en ese momento, era lo que quería.

La tomé en mi mano, sintiendo su calor y su pulso, y luego la llevé a mi boca. La lamí con delicadeza, recorriendo cada detalle con la punta de la lengua, notaba cómo su respiración se cortaba y agitaba más con cada movimiento.

Después de un rato, me detuve y me senté a su lado. Se incorporó, buscando en la mesita de luz. Sacó un preservativo del cajón y lo abrió con la boca. Lo observé mientras se lo ponía.

Cuando terminó, sus ojos me encontraron de nuevo. Me levanté de la cama apenas un segundo, el tiempo justo para bajarme el short negro y dejarlo caer al suelo.

Luego fue él quien se acercó para bajarme la tanga él mismo, despacio. Su dedo trazó la línea de mi cintura antes de tirar de la tela, y yo me giré, apoyando las manos en el colchón y poniéndome en cuatro.

Lo vi reflejado, detrás de mí, con el cuerpo tenso y la mirada fija en mi culo.

Se colocó detrás de mí y sentí la punta de su pene rozar mis labios vaginales antes de que los penetrara. El movimiento fue lento, profundo, y me obligó a respirar hondo para no hacer un ruido.

Se quedó así un instante, completamente dentro, y después empezó a moverse.

Al principio, el ritmo fue pausado, casi medido, pero pronto comenzó a aumentar la velocidad. Cada embestida era más fuerte que la anterior.

—Te quería tener así hace meses —susurró él, con la voz rota por el esfuerzo—. Mirarte con esos shorts, esa sonrisa de puta… sabía que ibas a ser mía.

Sus palabras sucias me quemaban, me llenaban de una vergüenza excitante que me hacía desear más.

Apoyé la frente en el colchón, entregándome por completo a su ritmo. El sonido de nuestros cuerpos chocando era lo único que se escuchaba en la habitación, un ritmo feroz y clandestino.

Unos minutos después, lo sentí tensarse, y con una serie de espasmos dentro de mí, acabó en el preservativo. Fue rápido, ya que su bebé dormía a solo unos metros de distancia.

Cuando volvimos de la habitación el departamento parecía otro, aunque en realidad no había cambiado nada. Las luces del árbol seguían titilando en el living y la mañana se había vuelto un poco más clara detrás de las cortinas.

David fue directo al baño sin decir demasiado. Yo me quedé en el pasillo, acomodándome la musculosa sobre el cuerpo, tratando de volver a una versión más presentable de mí misma.

Escuché el agua de la ducha correr detrás de la puerta cerrada, me até el pelo otra vez y respiré hondo un par de veces. El corazón todavía me latía fuerte.

No era exactamente culpa lo que sentía. O sí, pero mezclada con otra cosa. Algo más caliente.

Pensé en la esposa de David por un segundo, inevitablemente. En lo amable que siempre había sido conmigo, en la confianza tranquila con la que me dejaba al nene cada mañana. Esa idea se instaló en algún rincón de mi cabeza como una piedrita incómoda en el zapato.

El agua de la ducha se cortó. David salió del baño unos minutos después, con una remera negra que se pegaba apenas a su cuerpo.

Me miró apenas mientras agarraba las llaves del auto de la mesa. Yo levanté las cejas, cruzándome de brazos.

—Qué cara —le dije.

—¿Qué cara?

—Esa.

Se encogió de hombros con una naturalidad irritante.

—Voy al gimnasio.

Claro que iba al gimnasio. David siempre iba al gimnasio después de desayunar, y después al trabajo, como si su vida estuviera organizada alrededor de ese ritual de pesas y heavy metal.

Justo en ese momento, desde el fondo del departamento, se escuchó el primer quejido del nene despertándose.

Después David abrió la puerta.

—Nos vemos, Mer.

Y se fue.

El ruido de la puerta cerrándose me devolvió de golpe a la realidad. Caminé hasta el cuarto del nene mientras el llanto empezaba a subir de volumen.

El cuarto estaba en penumbra. El nene se movía inquieto en la cuna, con la cara arrugada de sueño.

—Bueno, bueno… ya va —murmuré, levantándolo con cuidado.

Lo apoyé contra mi hombro mientras caminaba hasta la cocina para preparar la mamadera. El departamento estaba silencioso otra vez, salvo por los pequeños ruidos del bebé acomodándose contra mí.

Abrí la heladera, saqué la leche, calenté el agua. Los movimientos me salían automáticos, repetidos mil veces desde que había empezado a trabajar ahí.

Pero mi cabeza estaba en otro lado. Cada tanto, como un reflejo involuntario, volvía a la mañana que acababa de pasar. A la forma en que todo había empezado con algo tan simple como una mirada.

Preparé la mamadera y me senté otra vez en el sillón del living con el nene en brazos. Él se acomodó enseguida, buscando la tetina con la ansiedad torpe de los bebés recién despiertos.

Lo miré mientras tomaba, concentrado en su pequeño mundo de leche tibia y sueño.

Y entonces no pude evitar sonreír, había algo irónico en la escena. El hijo, tranquilo en mis brazos, tomando su mamadera con la naturalidad de cualquier mañana, y yo ahí, apenas media hora después de haber probado una mamadera muy distinta.

—Si tu vieja supiera… —pensé para mí misma.

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