Con un dedo tembloroso, Thiago trazó la línea de la raja de Violeta, recogiendo los restos de su humedad. Llevó su dedo a la boca, saboreando su esencia como si fuera el manjar más preciado. –Profe, no quiero volver a olvidar su sabor, murmuró, su voz ronca de deseo. – Quiero recordarlo toda la vida.
Violeta lo miró a los ojos, su expresión una mezcla de lujuria y ternura. – Por favor, llámame como siempre lo hacías aquí en mi casa, susurró. – Solo Violeta. Thiago asintió, su mirada lasciva mientras respondía: – Está bien, tus palabras son órdenes para mí, Violeta.
Con renovada pasión, Thiago se inclinó hacia ella, besando cada centímetro de su cuerpo como si fuera un mapa que necesitaba memorizar. Sus labios se posaron en sus hombros, en el valle entre sus pechos, y finalmente, en los suaves pliegues de sus labios vaginales. Violeta gimió suavemente, sus manos enredándose en su cabello mientras él la exploraba con devoción.
Sin prisa, Thiago metió dos dedos en su coño, penetrándola con un ritmo frenético que contrastaba con la dulzura de sus besos. Su lengua, ágil y experta, comenzó a masajear su clítoris, enviando ondas de placer a través del cuerpo de Violeta. Ella arqueó la espalda, sus pechos elevándose mientras se agarraba los senos, estrujándolos y pellizcando sus pezones con una urgencia que solo el deseo más intenso puede provocar.
–Thiago… no pares, jadeó Violeta, su voz quebrada por el placer. Sus ojos se cerraron, sus pestañas rozando sus mejillas mientras se rendía a las sensaciones que la invadían. Thiago, en cambio, no apartó la mirada, fascinado por la forma en que su cuerpo respondía a su toque.
El ritmo de sus dedos se intensificó, al igual que la presión de su lengua contra su clítoris. Violeta sintió que se acercaba al borde, su respiración acelerándose mientras el placer se acumulaba en su interior. Sus músculos se tensaron, su cuerpo preparándose para el inevitable clímax que la consumiría.
Y entonces, con un grito ahogado, Violeta alcanzó el orgasmo. Sus ojos se pusieron en blanco, su cuerpo convulsionándose mientras chorros de placer escapaban de su coño. Thiago no se detuvo, continuando su estimulación hasta que los temblores de ella comenzaron a disminuir. Solo entonces, se levantó, su rostro brillante de sudor y satisfacción.
Violeta susurró, su voz llena de asombro y adoración. Ella, aún jadeante, lo miró con una sonrisa perezosa. – Eso… fue increíble, logró decir, su voz aún temblorosa.
Thiago sin darle tiempo para recuperarse. Con un movimiento ágil y decidido, la bajó de la mesa, tomándola en sus brazos como si fuera lo más preciado del mundo. Su mirada intensa se clavó en la de ella, y una sonrisa pícara se dibujó en sus labios. – No es nada comparado con lo que tengo planeado para ti – murmuró, su aliento cálido rozando su oído. Violeta rio suavemente, su cuerpo aun vibrando con las secuelas del orgasmo que acababa de experimentar. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración, y sus mejillas estaban teñidas de un rubor que delataba su excitación.
Thiago la colocó de espaldas, sus manos firmes pero suaves sobre sus caderas. Violeta sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral al notar la intensidad de su mirada mientras la admiraba. Él no podía apartar los ojos de ese cuerpo que tanto anhelaba, especialmente de esas grandes nalgas que se curvaban perfectamente bajo sus palmas. Con un gesto lento y deliberado, Thiago se posicionó detrás de ella, su erección palpitante rozando la entrada de su coño.
Violeta contuvo el aliento cuando él la penetró muy lentamente, cada milímetro de su pene deslizándose dentro de ella con una delicadeza que contrastaba con la urgencia que ambos sentían. Thiago chocó su pelvis contra el culo de Violeta, y ella dejó escapar un gemido ahogado, su cabeza cayendo hacia atrás mientras buscaba su boca con la suya. Pero él no le dio ese consuelo, no aún. En su lugar, repitió el movimiento, esta vez con menos amabilidad, y Violeta comenzó a gemir, sus palabras convertidas en súplicas. – Más fuerte, Thiago… por favor, más fuerte – susurró, su voz ronca por el deseo.
Cada embestida era un golpe de placer que resonaba en su cuerpo. Violeta sentía cómo su vagina se abría, aceptando todo el grosor de su pene, ajustándose a él como si hubiera sido hecho a su medida. Los gemidos de ella se mezclaban con los jadeos de él, y la sala se llenó con el sonido de sus cuerpos chocando, un ritmo que se parecía a aplausos, pero que para ellos era la música más erótica que podían imaginar.
Thiago apretó sus caderas con más fuerza, sus manos dejando marcas rojas en la piel suave de Violeta. Ella, en un movimiento instintivo, subió una pierna a la mesa, ofreciéndole un ángulo nuevo, más profundo. Cada embestida ahora llegaba a lugares que antes no había tocado, y Violeta gimió bajito, tratando de contener los gritos que amenazaban con escapar de su garganta. Sus pezones, duros y erectos, rozaban la piel de Thiago con cada movimiento, añadiendo otra capa de sensaciones a su experiencia.
El sudor comenzaba a brillar en sus cuerpos, mezclándose con el brillo de la lujuria que los consumía. Thiago inclinó su cabeza, mordiendo suavemente el lóbulo de la oreja de Violeta mientras seguía moviéndose dentro de ella. – ¿Te gusta así? – susurró, su voz ronca y llena de deseo. Violeta solo pudo asentir, incapaz de formar palabras coherentes. Su mente estaba nublada, centrada únicamente en las sensaciones que la recorrían.
Ambos estaban al borde, sus cuerpos tensos como cuerdas a punto de romperse. Thiago aceleró el ritmo, sus embestidas más violentas, más desesperadas. Violeta sintió cómo su orgasmo se acercaba, una ola de placer que la envolvía por completo. Sus músculos se contrajeron alrededor de él, y Thiago no pudo contenerse más. Con un gruñido gutural, ambos convulsionaron en un tremendo orgasmo, sus cuerpos unidos en un éxtasis que parecía no tener fin.
Thiago se detuvo, su pene aún duro y palpitante dentro de ella. Lo sacó lentamente, y Violeta sintió un hilo de su semen caliente escapar de su vagina, resbalando por su muslo. Él lo dejó apoyado en el apetitoso ano de Violeta, un gesto que la hizo temblar de anticipación. La sala estaba en silencio, solo interrumpido por sus respiraciones entrecortadas.
Con la cabeza apoyada en mesa del comedor, Violeta recuperó el aliento poco a poco. Sus pechos se inflaban con cada respiración, y su corazón latía con fuerza. – Realmente eres fantástico, Thiago – murmuró, su voz llena de admiración y satisfacción. Él sonrió, sus labios rozando su cuello antes de responder. – Y esto no es más que el comienzo – susurró, prometiendo un futuro lleno de placer y descubrimiento.
Thiago se inclinó sobre ella, sus manos recorriendo su espalda con una ternura que contrastaba con la intensidad de lo que acababa de suceder. Pero su mirada, aunque cálida, estaba cargada de lujuria. Sin decir una palabra, se levantó y se posicionó detrás de Violeta, quien aún estaba apoyada en la mesa. Con un gesto lento y deliberado, le abrió las nalgas, exponiendo su ano a la luz tenue de la sala. Su dedo rozó la entrada varias veces, y Violeta gimió suavemente, anticipando lo que vendría.
– Es todo tuyo – dijo Violeta, levantando un poco más su culo y girando su rostro para mirarlo con una sonrisa pícara. – Hace tiempo que te estaba esperando.
Thiago no necesitó más invitación. Agarró su cabello largo con una mano y, con la otra, guio su pene erecto hacia la entrada de su ano. La penetración fue fluida, casi natural, como si sus cuerpos hubieran sido diseñados para encajar de esa manera. Violeta gimió, su voz llenando la habitación, mientras su ano se abría por completo para recibirlo. Thiago, cegado por el placer y el morbo de estar poseyendo el culo de la profesora que todos deseaban, comenzó a embestirla con energía. Cada movimiento era poderoso, sus huevos golpeando contra las nalgas de Violeta con un ritmo constante y brutal.
Ella, con las manos apoyadas en la mesa, se dejó llevar por el placer. Sus gemidos se volvieron más intensos, más desesperados, mientras Thiago aumentaba la velocidad. En un momento, sus piernas comenzaron a temblar, como si no pudieran sostenerla más. Ambos sabían que estaban al borde, que el clímax era inminente. Y entonces, en un estallido de placer, llegaron al orgasmo al mismo tiempo.
Violeta, abrumada por la intensidad, sintió cómo su cuerpo se tensaba antes de liberar un squirt que mojaba los pies de Thiago con sus jugos vaginales y anales. El líquido caliente corrió por sus piernas, mezclándose con el sudor que ya las cubría. Thiago, aún dentro de ella, sintió cómo su semen llenaba su ano, completándola de una manera que solo él podía hacer.
Cuando finalmente se detuvo, Thiago sacó su pene ya flácido del ano de Violeta. La imagen que vio lo dejó sin aliento: su leche comenzaba a salir lentamente del ano de Violeta, bajando por sus piernas y mojando también su vagina. Con un dedo, recogió un poco de su semen y lo llevó a los labios de Violeta. Ella, con una sonrisa satisfecha, abrió su boca y chupó su dedo, dejándolo limpio y reluciente.
– Hoy yo también he recordado tu sabor – dijo Violeta, su voz suave y llena de satisfacción.
Thiago, con la respiración aún agitada, la miró con una mezcla de gratitud y deseo. – Gracias por este momento, gracias por devolverme un recuerdo – respondió, su voz ronca y cargada de emoción.
Se acercaron y se dieron un beso apasionado, sus lenguas entrelazándose en un baile que parecía no tener fin. Pero, a pesar de la intensidad del momento, Violeta puso una condición antes de dirigirse a la ducha: – Solo nos ducharemos, nada de sexo. Tienes una verga muy grande y estoy adolorida, mi culo hoy no aguantaría un round más con esa verga. Nos bañamos juntos, solo me daré el placer de enjabonar ese escultural cuerpo.
Thiago asintió, aunque su mirada traicionaba su deseo de ignorar la advertencia. Su cuerpo aún ardía de pasión, pero sabía que Violeta tenía razón. Además, al mirar el reloj en la mesa de noche de la habitación de Violeta, se dio cuenta de que eran las 6:20 de la tarde y que tenía que encontrarse con Dianita en su casa a las 7. Se vistió rápidamente, pero no pudo resistirse a un último gesto de posesión. Con sus dos manos, apretó las carnosas nalgas de Violeta, sintiendo su suavidad una vez más.
Ella se sorprendió, pero la caricia la hizo sonreír. – Cuando quieras volver a sentirlas, solo tienes que venir a mi casa – dijo, su voz cargada de promesa. – Son todas tuyas.
Con una sonrisa pícara, Violeta se giró sensualmente y se dirigió hacia la puerta. La cerró muy lentamente, dejando a Thiago con una mezcla de satisfacción y deseo. Antes de que se cerrara por completo, le guiñó un ojo, un gesto que lo dejó sin aliento.
Thiago se quedó inmóvil durante unos segundos, procesando la intensidad del momento, nunca se imaginó que esa tarde descubriría que el secreto de ambos era tener sexo apasionado. Luego, se dio cuenta de que no tenía tiempo que perder. Tomó un taxi y se dirigió a su casa, el corazón aún acelerado por la pasión que había compartido con Violeta, le envió un mensaje a Dianita diciéndole que iba en camino. Eran las 7:00 de la noche cuando llegó a su destino, y allí estaba Dianita, esperándolo afuera, como la primera vez.
Dianita estaba sentada en el muro de la entrada, donde había un jardín precioso. Su cabello brillaba bajo la luz del atardecer, y su figura delicada resaltaba contra el fondo de flores coloridas. Thiago la vio desde el andén y quedó hipnotizado. Realmente, Dianita era una mujer muy hermosa. Mientras ella miraba su teléfono, acomodaba su cabello con una mano, un gesto que la hacía ver aún más atractiva.
De repente, una voz interrumpió su concentración. – Hola, perdona por llegar tarde – dijo Thiago con voz apenada.
Dianita se exaltó al escuchar la voz, estaba concentrada en su teléfono. – Realmente, ni perdiendo la memoria cambias, cierto – dijo con el ceño fruncido. – Es la segunda vez que me dejas esperando fuera de tu casa, solo por unas horas de placer.
Thiago se sorprendió por la respuesta de Dianita. ¿Cómo sabía que acababa de tener sexo? Esta mujer realmente era enigmática. – ¿Qué? ¿Por qué dices eso? – preguntó, claramente mintiendo.
– Es obvio, tienes el cabello mojado y se nota que estás recién bañado – dijo Dianita con los brazos cruzados.
– Pero estás equivocada, estaba en la universidad hablando con algunos profesores y con la profesora Violeta, sobre los temas que tengo atrasados – mintió Thiago, intentando justificar su apariencia.
– No te creo, pero igual no es asunto mío, si tienes o no sexo con tu novia – dijo Dianita, molesta. – Mejor entremos y terminemos el trabajo.
Thiago la miró, sorprendido por su perspicacia, pero no quiso entrar en la discusión. – Está bien, mejor entremos, pero estás equivocada – dijo, intentando mantener la calma.
Ambos entraron a la casa, y los padres de Thiago, que estaban en la sala, los saludaron y se despidieron. Iban a salir a cenar con unos amigos y le dijeron a Thiago que en la cocina había comida, que alcanzaba para los dos. El ambiente era tenso entre los dos, y Dianita no tardó en romper el silencio.
– ¿Cuándo vamos a empezar a hacer el trabajo? – preguntó, con una mezcla de impaciencia y molestia.
Thiago la miró, sabiendo que no se atrevería a decirle que tenían que subir a su habitación, donde estaba el computador. – Es en serio, Thiago, no es la primera vez que vengo a tu casa – dijo Dianita, con el ceño fruncido. – Aunque no lo recuerdes, sé muy bien que tenemos que ir a tu habitación.
Continuará.
Si te ha gustado el capítulo, por favor, no dudes en dejar un comentario y una valoración, lo apreciare mucho. Siempre agradezco las muestras de apoyo de los lectores, son muy importantes para mí.
![]()