Día 3: Miércoles. En el sofá de mi casa

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T. Lectura: 7 min.

Contexto: Soy una mujer casada muy joven. Mi esposo Cris tuvo que salir 15 días por motivos de trabajo fuera de la ciudad. Dejó encargado de su taller mecánico a un Negro de 1.90 de estatura quien, sin saberlo mi marido, siempre me acosaba cada que me veía en la calle. No le dije nada a Cris porque significaba perder esa oportunidad de empleo temporal. Pensé que podría controlar la situación con el Negro trabajando durante los 15 días en el taller contiguo a la casa, pero la realidad fue otra…

Era el tercer día sin Cris, mi marido y el Negro ya había abusado de mí en los días anteriores. Lo sucedido fue en contra de mi voluntad, pero muy en el fondo, su enorme miembro me estaba provocando sensaciones nuevas de placer indescriptible. Obvio no lo podía aceptar y tenía que fingir molestia y comportarme como una mujer fielmente casada.

Me miré al espejo del baño esa tarde y decidí vestirme como si fuera a salir a una cena elegante… aunque no tenía planes de salir de casa. Quería sentirme poderosa, deseada, aunque fuera solo para mí misma. O eso me repetí.

Elegí un top gris ajustado de manga larga con hombros descubiertos (off-shoulder), que dejaba al descubierto mi abdomen plano y bronceado. Debajo, una minifalda beige clara ajustada a mi cuerpo resaltando mi trasero que ahora ya sabía que era admirado no solo por el Negro, sino por los amigos de mi marido que me veían con morbo y deseo cuando yo caminaba, esa mini tenía una pequeña abertura frontal en el muslo que se abría cada vez que daba un paso.

Me puse pantimedias color piel muy finas y transparentes, casi invisibles, que hacían que mis piernas se vieran más largas y suaves. Encima, unas medias con liguero negro estampadas con patrón floral delicado en todo el largo y ancho, sujetas por ligas que se clavaban sutilmente en mis piernas. Las medias negras de encaje eran perfectas: elegantes, pero con ese aire prohibido que me ponía la piel de gallina.

Me puse mis zapatillas de color gris claro de charol brillante, slingback con correa en el empeine estilo Mary Jane y un broche con un diamante en el frente que brillaba con cada movimiento. La suela color madera asomaba como un secreto caro cada vez que cruzaba mis piernas. Amo los tacones altos; me hacen caminar con ese balanceo lento y sensual que siento hasta en el clítoris. Me pinté los labios de rojo intenso, me puse pestañas largas tipo D color negro, y recogí mi cabello rubio largo en una coleta alta pulida, lacia, peinada hacia atrás con algunos mechones finos sueltos alrededor de mi rostro.

Me puse unos pendientes pequeños tipo aro dorado, un collar delicado con un dije diminuto, uñas claras. Todo moderno, elegante, discreto… pero con un toque que gritaba “mírame”.

Bajé a la sala de estar, encendí la televisión y me senté en el sofá grande, cruzando mis piernas para que la abertura de la falda se abriera un poco y las medias florales negras contrastaran con la piel clara de las pantimedias. Sonreí pícara ante mi propio reflejo en la pantalla apagada. Sabía que el Negro se aparecería pronto tal y como lo advirtió el primer día que me cogió en la calle. Y sabía que, cuando llegara hasta donde estaba, yo iba a fingir que no quería que entrara a la casa cuando se le ocurriera.

En eso la puerta del taller se abrió y cerró con fuerza. Se escucharon pasos pesados acercándose, el Negro irrumpió en la sala, todavía con el overol manchado de grasa, el olor a aceite y sudor masculino llenando el espacio. Sus ojos se clavaron en mí de inmediato: con mi blusa que dejaba ver mi abdomen, puso especial atención en la minifalda que se subía un poco al sentarme, en las medias florales negras que subían hasta el muslo… y especialmente en mis stilettos gris claro que brillaban bajo la luz de la lámpara.

—Carajo… ¿y esto? —dijo con voz ronca, acercándose sin prisa—. Te vestiste como para ir a una fiesta, putita. ¿O es para mí?

Mantuve la vista en la televisión, fingiendo que no lo escuchaba, aunque mi pulso ya estaba acelerado.

—Solo estoy viendo tele, ¿qué haces aquí, Negro? Vete al taller.

Él apagó la pantalla con el control y se paró frente a mí, bloqueándome la vista.

—A ver puta de mierda, te dije que yo te iba a coger cuando yo quisiera y ahora te me antojas más así como vienes vestida — y con rapidez sacó su enorme verga y mientras se masturbaba al verme, me ordenó: —Arrodíllate en el sofá. Ahora.

—¿Pero qué te crees, Negro asqueroso, que vas a venir a darme órdenes a mi propia casa?

— Tú decides, putita, o te arrodillas tú o yo te arrodillo a la fuerza.

Un poco de miedo se apoderó de mí, porque estaba ahí, sola sin ayuda, bajo sus órdenes y dudé un segundo, bajando la mirada, apretando mis labios rojos. Quería aparentar que no quería obedecerlo, que me estaba resistiendo… pero mi cuerpo ya estaba cediendo. Me arrodillé en el sofá, de a un costado del Negro. Mis zapatillas se clavaron en los cojines, los tacones altos hacían que mi culo se elevara un poco más.

Ya para entonces su miembro estaba bien parado y muy duro. Me giró la cara con dos dedos bajo la barbilla.

—Anda putita, Chúpame la verga, chupa, chupa como la puta que eres, Julieta. Y hazlo bien o te rompo el culo sin lubricante.

Abrí la boca despacio, envolviéndolo con los labios rojos. Lo lamí primero, la lengua recorriendo la cabeza de su enorme pene, luego lo metí más profundo, succionando con ritmo lento. Él me agarró de la coleta alta y empezó a moverme la cabeza, follándome la boca con embestidas controladas pero profundas. Gemí bajito alrededor de él, el sabor salado de su semen iba invadiéndome y escurriendo por mi garganta, mis pestañas largas rozando sus muslos cada vez que mi boquita comía su enorme miembro de ébano.

—Mmmmm putona, esa boca que tienes… joder, qué bien chupas cuando te pones de puta elegante —gruñó, mirando mis tacones grises—. Esos tacones me están excitando verlos mientras me la estás mamando. No sé qué tienen, pero me dan ganas de cogerte con ellos puestos.

Siguió metiendo y sacando su verga en mi boca hasta que estaba mi garganta llena de su pene, sentí mi saliva escurriendo por mi barbilla. Luego me sacó su verga de mi boca y me tumbó en el sofá en posición misionera.

—Ya quiero cogerte, puta, ya me la mamaste lo suficiente y si sigues te voy a vaciar otra vez mi lechita en tu garganta.

—Eres un tosco, negro, feo, maldigo la hora en que te conocí.

—Calla, puta barata que se ve que te encanta mi verga, con estas cogidas que te voy a dar, te vas a volver adicta y después tú solita me vas a buscar para que te coja.

—Estás loco, negro estúpido, yo tengo marido y él me atiende sexualmente.

—Estoy seguro que mi verga no se compara con la de Cris y una verga como la mía, jamás lo volverás a sentir, así que calla y ábreme las piernas que la cabeza de mi miembro va a tocar el fondo de tu vagina.

Con cada cogida que el negro me estaba dando iba yo comprobando su alarde, en efecto, su verga era enorme, grande, gruesa y tenía que aceptar que su semen salado era adictivo, pero no podía aceptarlo delante de él porque me vería muy puta. Yo estaba segura que ese negro malnacido andaría presumiendo con sus amigotes que me estaba cogiendo a placer como su putita. Para cuidar un poco mi prestigio, no me quedaba otra de hacerme la difícil y por lo menos hablarle de manera despectiva y hacerle creer que estaba siendo obligada t sometida por su fuerza y sus amenazas.

Todo eso pasaba por mi mente cuando el Negro me subió la minifalda beige, rasgó las pantimedias finas en mi entrepierna –el sonido del nylon rompiéndose me hizo jadear–, y me dio una penetrada vaginal de golpe muy salvaje. Su verga me embistió sin parar durante cinco minutos más o menos, su bombeo era profundo y constante. Yo de manera instintiva le subí las piernas a su cintura y crucé mis zapatillas para afianzarme a su cuerpo que no dejaba de mover con ansiedad al cogerme. El negro mientras estaba amasando mis pechos por encima del crop top gris, pellizcando los pezones provocándome un dolor que se confundía con placer.

—Mira putita, qué rica te ves así… con esas medias negras de encaje y esos tacones que me excita verlos mientras estoy abusando de ti —dijo mientras me propinaba sus salvajes embestidas, de alguna manera me cogía a mí y se estaba cogiendo mis zapatillas, como si fuera un fetiche. Pues cuando veía mis tacones en el armario, mi cuerpo se estremecía al revivir el indescriptible momento de placer que había yo vivido con esas zapatillas cuando las traía puestas.

Cuando me estaba bombeando con su verga entrando y saliendo de mi vagina me comenzó a caldear y también su lengua entraba y salía de mi boquita, era como si me cogiera dos veces al mismo tiempo. Mi excitación llegó al máximo y me corrí varias veces, temblando debajo de ese Negro abusivo, pero fingí que era solo un espasmo, que no quería admitirlo. Primero sacó su lengua de mi boca y luego sacó su miembro de ébano, lo apoyó en mi culo y lo empujó despacio.

—No… por ahí no… —murmuré, fingiendo resistencia, pero abriendo las piernas un poco más.

—Relájate, putita. Que te voy a partir el culo con mi verga, tú sabes que te traigo ganas desde que te conocí y por fin se me va a hacer sumirte mi enorme pedazo de carne en ese delicioso culo que mueves exquisito al caminar.

Para someterme puso una de sus manotas grasientas en mi boca y la otra amasando mi culo que tantas ganas le tenía desde que me vio por primera vez. No dijo más y su vergota entró centímetro a centímetro, el ardor inicial que sentí al principio fue convirtiéndose en placer intenso. Me folló el culo durante otros cinco minutos más, yo flexionaba estremecida la punta de mis zapatillas hacía el frente con cada embestida del placer que me estaba dando ese sucio Negro con olor a aceite de auto. Sus embestidas fueron lentas al principio y luego más rápidas, Mis tacones se clavaban en los cojines del sillón, la suela impecable se iba asomando cada vez que me hacía levantar mis piernas. El Negro gruñía mirando mis medias negras de encaje estiradas, mis pantimedias rotas y mis stilettos brillantes.

—Mmmm puta, Este culo que tienes… junto con tus medias… y esos tacones afilados… me vuelven loco, puta de mierda.

Sus bombeos se fueron intensificando mientras yo me acariciaba mi clítoris, su salvajismo fue aumentando de fuerza, yo me corrí una y otra vez de sentir tanto placer en mis entrañas y no tardó en correrse dentro de mi interior, lanzando un rugido de placer, llenándome el culo de enormes cargas de semen caliente. Cuando por fin terminó, se desvaneció sobre mí, sentí su enorme peso sobre mi cuerpo, su olor a sudor y a aceite de auto provocaron una experiencia de placer que nunca antes había sentido.

El Negro se quedó quieto un momento, respirando pesado, luego poco a poco, centímetro a centímetro fue retirando su monumental verga de mi culo dilatado. Su verga parecía un dinosaurio dormido con gotas de semen escurriendo por la punta y cayendo sobre mi culo aun tembloroso por la salvaje cogida que me había propinado ese Negro infeliz.

El negro se incorporó y me dejó ahí, exhausta sobre los cojines, la minifalda subida, las pantimedias rasgadas, las zapatillas todavía bien puestas, los tacones afilados apuntando al frente. Y me quedé callada después de semejante abuso. Pero yo ya no sentía culpa. Solo un deseo reprimido que ardía más fuerte que nunca. Fingí que no me había gustado, que solo había cedido porque él me obligó… pero en el fondo sabía que era el mejor sexo de mi vida. Y él lo sabía también.

Se subió el cierre y me miró con posesión.

—Ya me está gustando este trabajo, puta de mierda, primero el taller y luego venir a cogerte, creo que debería cobrar el doble a tu marido, ja ja ja. — Expresó el Negro abusador y luego me ordenó.— Mañana te quiero con falda más corta y tacones más altos. Y sin hacerte la difícil, ¿ehh putita?

Sin voltear a mirarlo y sin mostrar ninguna expresión, solo asentí en silencio, discreta y sumisa. El negro presumido dijo todavía. —Así me gusta, putona, que me obedezcas y hagas lo que yo te digo. Ya te lo dije, ya eres mi puta, ya eres mía y de nadie más y tu culo solo te lo voy a partir yo, ¿entendido? —Yo lo miré de reojo y volví le dije que sí con la cabeza. El Negro me ordenó. Quiero escucharte que me digas que sí, no solo quiero que me muevas la cabeza.

—Sí, Negro, pero eso no quita el odio que siento por ti.

—No me importa tu odio, solo me importa tu culo y te lo voy a partir cuando se me dé la gana.

Mientras él salía, me quedé en el sofá, sintiendo su semen escurrir todavía saliendo de mi culo, mis labios rojos todavía hinchados por los besos de lengua que me dio, y muy discretamente me quedé dibujando una sonrisa pícara solo para mí. Al paso que íbamos sentía que ya no podía esperar a mañana.

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