Dilema de una buena tía (5)

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La luz de la mañana entraba oblicua por la ventana del salón, limpiando —sin lograrlo— la memoria del aire. Yo estaba sentada en el mismo sofá, el mismo lugar donde horas antes el mundo se había partido en dos. La tela olía a limpiador enérgico, el intento vano de doña Carmen por borrar las manchas. El olor a sexo, sin embargo, parecía haberse incrustado en la arquitectura misma de la casa, un fantasma persistente.

Doña Carmen apareció en el arco de la puerta, ya vestida para salir. Traje sastre beige, impecable. El moño tan tenso que estiraba la piel de sus sienes. Parecía otra mujer. La de ayer —la de los dedos temblorosos y la falda subida— había sido encerrada bajo llave.

—Sofía —dijo, y su voz era el sonido de la tapa de un cofre al cerrarse—. Tengo que ir al notario.

Asentí, sin decir nada.

—No puedo dejarte sola —continuó, y aquí sus ojos se nublaron con algo que no era preocupación, sino suspicacia—. He llamado a Verónica. Vendrá a hacerte compañía.

Verónica. Su hija menor. Veintidós años, criada entre misa dominical y revistas de moda con los hombros tapados. La niña buena. La que aún se sonrojaba si alguien decía “embarazada” en voz alta.

—No es necesario —intenté.

—Es necesario —cortó ella. Era una orden, y también una sentencia. No confiaba en mí. Había visto el abismo en mis ojos y ahora colocaba una celadora en la puerta.

Media hora después, el timbre sonó. Verónica entró con la cautela de quien pisa un campo minado. Vestido hasta la rodilla, mangas tres cuartos, bolsa de tela con un libro. Saludó con una sonrisa tensa, sus ojos escaneando la sala como si buscara evidencia del crimen.

—Mamá me pidió que viniera —dijo, sentándose en el extremo más alejado del sofá—. Que no debías estar sola con Diego.

Ahí estaba: la desconfianza, puesta en palabras por la boca inocente de su hija. Un calor repentino —mezcla de ira y de un morbo retorcido— empezó a crecer en mi pecho. Ella me vigila. Su madre pone a esta niña asustadiza como centinela de mi decencia.

Desde el pasillo, Diego hizo su entrada. Short de deporte holgado, camiseta sin mangas. Se veía descansado, con una tranquilidad en los hombros que contrastaba con la electricidad del aire. Sus ojos pasaron de mí a Verónica, y una leve sonrisa jugueteó en sus labios. Él lo sabía. Sabía por qué ella estaba aquí.

—Hola, Sofía —dijo, y se dejó caer en el sillón individual frente a nosotras. Luego, como si recién notara su presencia, añadió—: Hola. No nos han presentado.

Verónica se puso rígida. No miraba al desconocido directamente; su vista se posaba en su hombro, en la pared, en cualquier lugar que no fuera él. Su incomodidad era tan palpable, tan fresca, que resultaba… divertida. Después del vértigo de ayer, después de la complicidad profana con doña Carmen, ver a esta muchacha luchar contra un rubor básico ante un hombre que ni siquiera conocía era casi cómico.

El morbo creció dentro de mí, serpenteante. Era venganza por la desconfianza de su madre. Era el deseo perverso de arrastrar a otra hacia el mismo fango donde yo ya me revolcaba.

—Verónica, cariño —dije, y mi voz sonó dulce, casi maternal—. Hay algo que deberías saber, ya que tu madre te ha puesto aquí de guardiana.

Ella me miró, alerta.

—Es sobre Diego. Ayer pasó algo… complicado. Tu madre y yo tuvimos que ayudarlo.

Diego bajó la vista, y esta vez no parecía fingir. Una sombra de incomodidad genuina cruzó su rostro.

—¿Ayudarlo? —repitió Verónica, y su voz se quebró apenas en la última sílaba.

—Es una condición médica —dije, dejando que el término flotara sin anclarlo a nada específico—. Una congestión. Dolorosa. Tu madre lo sabe bien. Estuvo aquí conmigo, haciendo lo necesario.

—Yo no… —balbuceó, alejándose un paso—. No entiendo qué quiere que haga.

Me acerqué a ella, lo suficiente para que mi voz bajara a un susurro conspirador, pero no tanto como para perder a Diego de vista.

—Tu madre lo entendió perfectamente —dije—. Ayer estuvo aquí, durante horas. La congestión no se alivia sola, Verónica. Requiere… manipulación. Presión constante. Movimiento.

Sus ojos se ampliaron, buscando en mi rostro alguna señal de que bromeaba.

—¿Manipulación?

—Con las manos —aclaré, y dejé que mi mirada bajara deliberadamente al regazo de Diego, donde el short holgado insinuaba más de lo que ocultaba—. Tu madre se ofreció. Fue ella quien inició el tratamiento. Lo tomó en sus manos, literalmente, hasta que el dolor cedió.

Verónica soltó una risa nerviosa, breve, que se quebró enseguida.

—Eso no… mamá no haría…

—¿No? —la interrumpí, y ahora mi voz cargó un peso casi confesional—. La vi arrodillada frente a él. La oí gemir de esfuerzo, de… ¿cómo decirlo? De empatía física. Cuando terminó, cuando él finalmente se alivió sobre sus manos, ella misma fue a lavarse. Con esa eficiencia que tiene para las tareas desagradables.

El silencio que siguió fue diferente. Más denso. Verónica no palideció ahora; un rubor extraño, casi febril, subió por su cuello.

—¿Y ahora…? —su voz se perdió.

—Ahora ella no está —repetí, y esta vez mi tono no admitía vacilación—. Y el dolor ha vuelto. Míralo, Verónica. ¿Vas a ser menos caritativa que tu madre? ¿Menos eficiente en las tareas… desagradables?

Diego gimió bajo, un sonido que pareció sincronizado con mis palabras. Verónica se estremeció visiblemente.

—Duele —repitió él, más urgente ahora—. Como ayer. Como cuando tía Carmen…

—Tu madre lo hizo —corté, dirigiéndome a ella pero sin apartar la mirada de él—. Varias veces, según entendí. La primera no fue suficiente. Tuvo que repetir. ¿Vas a dejar que tu madre haya trabajado en vano?

Verónica se irguió. El golpe bajo funcionó: ofendida en su orgullo filial, liberada por la lógica retorcida de la deuda heredada.

—¿Qué necesita? —preguntó, y la pregunta fue tan baja que casi se perdió en la alfombra.

—Acércate —ordené—. Ponte frente a él. Así podrás ver lo que tu madre vio. Lo que ella tocó.

Verónica palideció por la imagen involuntaria que debió formarse. Su madre, arrodillada, haciendo lo necesario. El silencio se extendió entre nosotras, denso, mientras ella procesaba.

—Mamá nunca me dijo…

—¿Qué iba a decirte? —interrumpí, suave—. Es delicado. Pero ahora ella no está, y Diego… míralo.

—Yo no… no sé si debería —balbuceó, pero ya no era un rechazo. Era una pregunta, una búsqueda de permiso.

—Tu madre lo haría —dije, y esta vez dejé que mi voz cargara un peso casi confesional—. De hecho, lo hizo. Varias veces. ¿Vas a ser menos caritativa que ella?

El golpe bajo funcionó. Verónica se irguió, ofendida en su orgullo filial, y al mismo tiempo liberada: si era caridad, si su madre lo había hecho primero, entonces no era pecado. Era deber. Era imitación.

—¿Qué necesita? —preguntó, y la pregunta fue tan baja que casi se perdió en la alfombra.

—Acércate —ordené, y mi tono no admitía vacilación—. Ponte frente a él. Así podrás ver.

Sus piernas la llevaron antes que su voluntad. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Diego, el vestido azul formando un charco casto sobre la alfombra. Temblaba, sí, pero también brillaba algo en sus mejillas que no era solo lágrimas.

—Diego —dije—. Muéstrale. Para que entienda.

Él levantó la vista hacia su prima, y en esa mirada hubo algo que no había ensayado: nerviosismo real, la vulnerabilidad de exponerse ante quien no esperaba deseo, solo compasión. Se bajó el short con movimientos lentos, casi reverentes.

Verónica emitió un sonido que no fue grito ni gemido. Sus ojos se fijaron en lo que emergía, y vi cómo se dilataban —no de horror, sino de reconocimiento tardío. Como quien ve por fin una imagen que solo había conocido distorsionada.

—Toca —susurré, agachándome junto a ella—. Solo para que sientas. Es calor, nada más. Calor que necesita salir.

Su mano se movió sola. No esperó orden, no pidió permiso. Los dedos con uñas de rosa pálido se extendieron y rozaron la piel tensa, y el estremecimiento que la recorrió fue tan violento que por un instante temí que se echara a correr.

Pero no. Se quedó. Y cerró los dedos.

—Así —respiró Diego, y su voz se quebró—. Dios, Vero. Así.

—Mueve —le ordené, pero ella ya lo hacía. Torpe, sí. Mecánica, casi furiosa en su concentración. Como quien realiza una tarea que no entiende pero que no puede abandonar a medias.

La observaba, y el morbo me inundaba en oleadas silenciosas. La forma en que su cuello se tensaba al inclinarse. La manera en que su lengua —esa lengua que nunca había pronunciado palabras impuras— humedecía sus labios una y otra vez. No era placer lo que sentía, no todavía. Era trance, la disolución del yo ante un ritual que dos personas mayores le aseguraban que debía completar.

—Más rápido —susurré, y mi propia voz sonaba lejana—. Siente cómo cambia. Cómo se pone más duro. Eso es bueno, Verónica. Eso significa que funciona.

Ella obedeció, y sus movimientos adquirieron una urgencia desesperada. Diego se arqueó, sus manos se aferraron a los brazos del sillón, y en su rostro vi la embriaguez de ser visto, de ser tocado, de ser el centro de esta transgresión que no tenía nombre.

—Está… está pasando algo —jadeó Verónica, y no era pregunta. Era constatación de un fenómeno que escapaba a su comprensión, pero no a su mano.

—Sigue —ordené—. No pares. Tu madre no habría parado.

La mención fue el detonante. Verónica cerró los ojos —no para no ver, sino para sentir mejor— y su puño se convirtió en un pistón desigual, salvaje. Diego gruñó, bajo, animal, y ella no retrocedió. Algo había cambiado en su rostro, más allá del miedo. Una resolución oscura, casi furiosa.

Cuando él se corrió —sobre su mano, sobre su muñeca, sobre el borde mismo de su vestido azul— ella no soltó. Solo abrió los ojos y miró, hipnotizada, la evidencia viscosa de lo que había provocado.

—Bien —dije, y mi voz sonó extrañamente tierna—. Muy bien, Verónica.

Ella seguía arrodillada, jadeando ligeramente, con la mano aún cerrada alrededor de la carne que se ablandaba.

En algún lugar de la casa, un reloj dio la hora. Doña Carmen estaría en el notario, firmando papeles de una herencia que de pronto parecía insignificante.

Yo sonreí, y esta vez no fue perversa. Fue, tal vez, algo peor.

Fue el reconocimiento de que Verónica —su Verónica, su niña buena— acababa de descubrir que el placer de la transgresión no necesita ser comprendido para ser sentido. Que la culpa y el deseo pueden coexistir, entrelazados, indistinguibles.

Que ya no había vuelta atrás.

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