La gerente de RH (3): La ansiedad de un maduro por el placer

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Ahora, la cosa es que no podía llevarme la tanga a la casa. No imagino que pasaría si por algún descuido alguien de la familia llegara a encontrarla, pero ya pensaría en eso más tarde. Por el momento solo quería disfrutar de ese elixir para mis sentidos. Aprovechando que ya no había nadie en la oficina me metí al baño con toda calma, bajé mis pantalones y me senté en la tasa.

Extendí con toda confianza esta divina prenda y pude verla con tranquilidad para disfrutarla. Tenía una pequeña macha que apenas se percibía porque era blanquecina también. Estaba húmeda aun de su sudor del día y de los flujos naturales de su vagina. Extendí delicadamente la tela que queda justo cubriendo su vulva y dejé que mis papilas gustativas platicaran con esa humedad y me contaran cual era el sabor de esta mujer que me obsesionaba.

Dejé que la punta de mi lengua fuera recorriendo cada fragmento de tela, llegando incluso a ese hilo que pasa sin tapar por completo su culito. Iba tratando de captar y guardar en mi memoria cada fragmento de sabor, de olor, de ese néctar que emanaba sensualidad. Tenía un sabor entre salado y dulzón, pero el aroma… Era más que hipnótico. Sin darme cuenta ya tenía pegada por completo la tanga en mi nariz y mi otra mano frotaba frenéticamente mi miembro. A un ritmo rápido, apresurado, juvenil me atrevería a decir.

Ya no solo respiraba agitado, era rítmico. En mi imaginación solo estaba ella, sentada en mi cara, frotando su vulva, dejando que sus labios se abrieran con la fricción en mi nariz y en mi boca, sintiendo el movimiento de su cadera recorrer por completo desde mi barbilla hasta mi frente. Yo solo sacando la lengua y moviéndola para recorrer sus labios y su ano en cada frotada que hacía. Así estuve hasta que esa explosión casi volcánica hizo sacar un gran chorro de semen que fue a dar a la pueta del sanitario y termino en mi ropa interior y parte de mis pantalones. Respiré hondo y abrí los ojos. Estaba extasiado. Después de unos segundos volví a la realidad.

Me puse a limpiar mi pantalón y mi ropa, después la puerta. Limpié lo mejor que pude mi pene y me dispuse a retirarme. Sali del baño y fui directo a mi lugar. En uno de los cajones, en la parte mas profunda y debajo de muchos papeles que estaban guardados decidí guardar la tanga de la jefa. No me podía ir así a casa.

Durante todo el trayecto me fui con la sensación de ese aroma, llegué a casa y al ver a mi esposa no me pude aguantar, ella ya estaba en la habitación, yo solo entré al baño, me lavé las manos, la cara y salí, me quité la ropa, entre a la cama y la empecé a besar apasionadamente. Ella se desconcertó un poco, pero siguió el juego. Tenía mucho tiempo que no la besa de esa forma. La escuchaba suspirar y sentía como se agitaba. Bajé mi mano a su entrepierna y sentí como está totalmente mojada. No espere más, le empecé a besar hacia abajo. Llegue a sus pezones, los devoraba con ansias, quería meterme esas tetas tan ricas a mi boca.

Las apretaba mientras mi lengua las recorría por completo. Seguí mi trayectoria hacia el sur. Llegué a su ombligo, seguí. Al sentir su vello púbico me excite aún más. Ya despedía un aroma que me ponía como toro embravecido. Ella quiso cerrar sus piernas un poco, pero las abrí gentilmente pero decidido. Deje que mi boca se llenara de ella. La sentía retorcerse de placer, gemía, pedía más. Yo llevé mis manos hacia su pecho y los masajeaba mientras mi boca seguía devorando su sexo. Ya no me podía aguantar más. Subí un poco, sujeté mi miembro y lo dirigí hacia su intimidad, al estar en la entrada pude sentir en el glande como hervía, ese calor me incito a meterlo por completo.

Ella soltó un gemido sórdido. Empecé ese vaivén fuerte, violento. Nuestras caderas chocaban y en cada embestida ella gemía aún más fuerte. Yo tenía los brazos apoyados a un costado de ella. La miraba fijamente y sin darme cuenta, dejé de ver la cara de mi esposa y comencé a ver la de la licenciada Georgina. Veía esa blancura de su piel contrastando con el rojo de sus labios. Escuchaba su voz gimiendo y diciendo – Señor Hugo, por favor no se detenga, échemelos todos, quiero sentir su leche dentro de mí.

Esa visión me puso aún más caliente. Ya no estaba pensando con claridad. Veía en segundos a mi esposa y en momentos a la licenciada, es como si estuviera enloqueciendo de placer. Empecé a solo penetrarla de la manera más fuerte que podía hasta que de repente sentí un chorro que explotó de la vagina de mi mujer mojando mis testículos, mi pierna y parte de la cama, sus piernas temblaban y casi enseguida sentí esa cosquilla emerger de mi pelvis, mi verga se puso aún más tiesa hasta que por fin exploté.

Lo poco que me quedaba del día salió dentro de mi esposa, bufaba como toro, me costó trabajo recobrar el aliento, pero por fin lo logré. Me gire y quede recostado boca arriba, ambos sudados, exhaustos, con una sonrisa amplia y satisfactoria.

-Pero Hugo, que sorpresa me has dado ahora sí. No esperaba que me fueras a coger y mucho menos como cuando nos casamos.

-Ay mi vida, es que te deseaba tanto, no imaginas que tan caliente me pone el pensar en ti (en parte era cierto, siempre me ha gustado mi esposa, pero en esta ocasión no dejaba de pensar en mi jefa).

Solo pusimos una toalla sobre lo mojado del colchón, nos cobijamos y nos acurrucamos para dormir.

Dormí como tenía mucho que no descansaba. Abrí los ojos a la primera alarma, me paré de inmediato, prendí el boiler y mientras esperaba a que se calentara el agua, planché mi ropa, me hice de desayunar. Para cuando mi esposa se levantó se quedó sorprendida de todo lo que ya había avanzado.

-Míralo, ahora si me dejaste sorprendida mi amor. Hasta parece que este trabajo nuevo te está cambiando, estas empezando a ser como eras al principio. No digo que esté mal, me gusta de hecho, pero si se me hace raro como en unos días ya eres otro.

-Es bueno que no nos olvidemos de nosotros amor, menos por la rutina.

Me fui a bañar para salir a tiempo. Quería llegar a la oficina antes que todos para poder oler de nuevo esa prenda, poder grabarme ese olor antes de que el tiempo lo difuminara de la tela.

Cuando llegue a Tacubaya, ya el camión estaba saliendo, corrí para poder subirme. No me importaba que fuera algo lleno. Lo que deseaba con fervor era llegar antes que todos. Llegué a la mitad del pasillo y bajé mi mochila para no obstaculizar el pasillo. Regularmente traigo unos mosquetones en el cinturón, esto para anclar las llaves y para lo que pudiera ofrecerse (en ocasiones servía para poder anclar la mochila e intentar tocar a alguien en el trayecto. Es muy funcional).

Mas adelante subió algo de gente, pero en lugar de avanzar, dejé que fueran pasándose para yo no moverme de la mitad del pasillo, no me gusta ir hasta el fondo. En la parada del cablebus se subió una chica con vestido blanco, estampado de flores, muy parecido al que la jefa traía el día de ayer. Desde que la vi sentí ese hormigueo de intentar algo más. Discretamente iba viendo que parte del pasillo tomaba para poder colocarme del otro lado y quedar espalda con espalda. Para mi buena fortuna tomo el lado contrario al que yo venía y al mirar tenía que llegar casi a donde yo estaba, ya que seguía subiendo gente y el chofer con ese grito tradicional chilango: “sígase recorriendo, hay que hacer dos filas en el pasillo, gracias”

La chica en cuestión era morena clara, pelo suelto, una chamarra que apenas si llegaba a la cintura, traía los audífonos puestos y venia con el celular en la mano. Cuando llegó justo detrás de mí, su nalga izquierda quedo completamente recargada sobre la mía. Ella no hizo ningún ademan de disgusto ni nada por el estilo, siguió mirando su teléfono y con la otra mano se sujetó del pasamos. Yo ya tenía la mochila en el piso y la mano completamente libre. En el primer arrancón me aventuré y recargue el dorso de mi mano muy ligeramente para observar si pasaba algo y nada.

No paso nada, seguimos avanzando y cada vez con mas confianza fui abriendo la palma de la mano y la ponía muy cerca al borde superior de su nalga, para que en cada movimiento del camión, por si sola se fuera pegando. Después de unos minutos de ver que no se incomodaba o no se daba cuenta decidí en un movimiento algo brusco del camión sustituir mi nalga por mi mano. Cuando nos volvimos a quedar pegados mi mano ya estaba completamente recargada sobre ella. Pude sentir la tela fresca, ligera y una nalga perfectamente delineada y firme.

De inmediato supe que usaba tanga porque se sentía solo la tela del vestido. Eso me puso muy ardiente. Dejaba que mi mano viajara libremente entre sus nalgas. Sentía la línea entre ambas y discretamente con mi dedo medio indagaba muy suave. Así nos fuimos algo de la ruta hasta que ella empezó a pedir permiso para bajar. No me había fijado y prácticamente ya casi llegaba a donde me tenía que bajar.

Me alisté, me fui recorriendo y 2 paradas más adelante descendí del camión con el miembro semi erecto y con la sensación de que algo baboso estaba en la punta. Me apresure a caminar a la oficina. Subí al segundo piso y afortunadamente no había llegado nadie. Fui al baño para limpiarme bien, dejarme presentable y volver a mi lugar.

Continuará.

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