Mi cómplice (2): Secretos

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Después de aquella noche en la habitación 402, el aire en la oficina cambió. Ya no era simplemente el día a día del trabajo; era una mezcla densa de complicidad y adrenalina. Mantener la fachada de compañeros de trabajo se convirtió en nuestra obra maestra. Karen seguía siendo la joven talentosa con una altanería que desafiaba a todos, excepto a mí. Yo seguía siendo el consultor sobrado que corregía con un gesto lo que a otros les tomaba horas.

Pero bajo esa superficie de profesionalismo, se gestaba un código que solo nosotros entendíamos.

—Joel, necesito que revises estos avances antes de la reunión de las tres —dijo ella un martes por la mañana, dejando una carpeta sobre mi escritorio.

Se inclinó lo justo. Nadie más lo notaría, pero sentí el ligero temblor de sus dedos sobre mi hombro y cómo su escote se abría unos centímetros más de lo necesario en mi campo de visión cuando giré a verla.

—Déjalos ahí, Karen. Te avisaré cuando estén listos para ser… manejados —respondí sin levantar la vista del monitor.

Ese “manejados” era nuestra señal. Significaba que la corrección no sería solo sobre el papel.

La dinámica de Amo y Sumisa no surgió de un contrato firmado, sino de la confianza ciega que ella depositó en mi criterio. Karen descubrió que cuanto más control le entregaba a mi “guía”, más libertad sentía su mente. En el trabajo, ella cargaba con la presión de demostrar su valía; conmigo, su única responsabilidad era obedecer sin protestar.

Una tarde, mientras el equipo celebraba el cierre de un contrato en la sala común, la llamé a una pequeña oficina de archivo al fondo del pasillo.

—Entra y cierra —ordené.

La habitación olía a papel viejo y polvo. Ella obedeció al instante, apoyando la espalda contra la puerta. La luz que se filtraba por la rejilla del aire acondicionado trazaba líneas sobre su rostro, resaltando su mirada desafiante que, al verme, se suavizó en una sumisión expectante; mordía su labio inferior sin dejar de observarme, llevándome al límite del deseo.

—¿Crees que no me di cuenta de cómo le sonreíste al director durante la presentación? —pregunté, acercándome hasta que nuestras ropas se rozaron.

—Era parte del trabajo, Joel… —susurró, aunque su respiración ya era errática.

—Tu trabajo es mantener tu atención en mí, incluso cuando no te estoy mirando. Date la vuelta. Apóyate en los archivadores.

No hubo protesta. Karen se giró esbozando una risa de niña mimada, se subió la falda de tubo con una eficiencia que delataba cuántas veces lo había imaginado durante el día. La adrenalina de escuchar las risas de nuestros compañeros a solo unos metros, separados únicamente por una pared delgada, hacía que cada caricia fuera eléctrica.

Le bajé la ropa interior y, con la palma de mi mano, le di una nalgada seca que resonó en el pequeño cuarto. Ella ahogó un grito contra su propio brazo.

—Eso es por el descuido —dije en su oído—. Ahora, quédate muy quieta. Si alguien intenta entrar, es tu responsabilidad mantener el silencio.

Esa era la verdadera prueba. La “guía serena” se traducía en exigencias de autocontrol. Mientras mis dedos la exploraban con una parsimonia cruel, ella tenía que luchar por no gemir, por no moverse, por ser la estatua perfecta que yo requería. El contraste entre el caos festivo afuera y nuestra ceremonia de poder privada era un manjar para los sentidos. Entre la adrenalina y el temor de que en cualquier momento pudiesen vernos, tuvo un orgasmo seco y callado mientras le tapaba la boca con una mano y con la otra sacaba dos dedos totalmente mojados de su vagina.

Salí a corroborar que toda la oficina seguía en su entretenida efusividad, ajena al calor que emanaba nuestro rincón silencioso. Todo estaba como hace unos minutos: bebidas, charlas superficiales de administración y uno que otro compañero ya llegando al punto de embriaguez. Volví al archivador y, al cerrar, me bajé el pantalón y, con una mirada mandatoria, Karen bajó de inmediato a degustar mi miembro totalmente erecto. Lamía, saboreaba y se lo metía hasta la garganta generando una arcada tras otra con plena entrega. Tras unos minutos, la aparté antes de llenar su boca de mi semen.

—Estás castigada —espeté. Volví a ponerme la ropa y salí con absoluta satisfacción dejándola sola y frustrada; sé cuánto le encantaba que llegara en su boca o cara, y dejarla sin ese placer le hacía ver que sabía cómo llegarle a su ego. A los cinco minutos, Karen apareció en la sala; yo busqué charla con un compañero sobre el nuevo trabajo que nos vendría a causa del contrato. Mi cómplice de archivador pasó por mi lado mirándome de reojo, haciéndome ver su molestia.

—Karen está buenísima, ¿verdad? —murmuró mi compañero mientras bebía su cerveza.

—No está nada mal —respondí con indiferencia.

Conozco muy bien a Miguel; comentarios así podían cambiar la dinámica que tenía con mi compañera. La reunión terminó luego de dos horas tras el discurso aburrido e innecesario de nuestro jefe; diez minutos después ya estábamos todos en la calle esperando un taxi para seguir la noche en un bar. Mandé un mensaje rápidamente: “402 en 1 hora”. Con una disculpa a mis compañeros me despedí excusándome en temas familiares, cosa parecida que asumo dijo Karen también.

Llegamos casi a la misma hora al hotel y, sin perder el tiempo, ya estábamos desnudos al cerrar la puerta de la habitación. Recosté a Karen en la cama y con mi corbata cubrí sus ojos; estaba entregada a la incertidumbre. Saqué por primera vez un juego de pinzas y unas esposas que había comprado en un sex shop antes de llegar.

—No sé qué vas a hacerme… —murmuró, con un tono que mezclaba el miedo con una devoción absoluta.

—No necesitas saberlo, preciosa. Solo necesitas confiar en que yo sé exactamente cuánto puedes soportar.

Asintió y procedí a esposarla y a ponerle las pinzas en sus pezones duros por el recuerdo de mis caricias en el archivador. Durante horas exploramos los límites del dolor y el placer. Mis manos, que en la oficina señalaban errores con precisión quirúrgica, aquí aplicaban sensaciones que la hacían arquearse hasta el colapso. La vi llorar de éxtasis mientras mis palabras de dominio la despojaban de cualquier rastro de la Karen altanera de los pasillos. En esa habitación, ella era simplemente materia dispuesta a mi voluntad.

En la segunda sesión de sexo, mientras ella me montaba con una concentración absoluta, cerrando sus ojos y gimiendo tras cada penetración que se causaba por su vaivén, me acerqué a sus senos y le quité las pinzas de un solo movimiento causándole un grito ahogado, dejando un pequeño tono rojizo sobre su piel. De inmediato lamí sus pezones para apaciguar el dolor y que no perdiera el ritmo frenético que llevaba.

Ya conocía bien su cuerpo, sabía cuándo estaba a punto de tener un orgasmo y cuándo quería más. Antes de que sus espasmos dieran una señal clara, la tomé por sus nalgas y metí dos de mis dedos en su trasero causándole tal fascinación que se vino a chorros, llegando a un delicioso squirt. Quedó totalmente agotada y mirándome como si no creyera lo que le acababa de hacer.

Lo más fascinante de ella era su capacidad de retorno. Tras una noche de castigos y entrega plena, aparecía al día siguiente en la oficina con una luz diferente en los ojos. Me entregaba los informes con una eficiencia renovada, como si el haberme servido en la oscuridad le diera la fuerza para conquistar el mundo bajo la luz.

Yo la observaba, sabiendo que cada una de sus decisiones profesionales estaba teñida por el deseo de complacerme. No era una subordinación laboral; era una alianza de sangre y secreto. Ella era mi cómplice, la que custodiaba mi oscuridad mientras yo pulía su talento.

Éramos un equipo perfecto. Hasta que el juego empezó a pedir más. Hasta que la idea de una tercera persona, de un testigo que validara nuestra depravación, empezó a rondar mis pensamientos cada vez que veía a Karen arrodillada frente a mí. Ella no lo sabía aún, pero su entrenamiento como mi primera esclava estaba a punto de alcanzar su fase final.

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