Día 5: (Viernes) en el comedor

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T. Lectura: 6 min.

Contexto: Soy una mujer casada muy joven de 21 años. Mi esposo Cris tuvo que salir 15 días por motivos de trabajo fuera de la ciudad. Dejó encargado de su taller mecánico a un Negro de 1.90 de estatura quien, sin saberlo mi marido, siempre me acosaba cada que me veía en la calle. No le dije nada a Cris porque significaba perder esa oportunidad de empleo temporal. Pensé que podría controlar la situación con el Negro trabajando durante los 15 días en el taller contiguo a la casa, pero la realidad fue otra…

La tarde había sido un torbellino de emociones contenidas. Me había pasado el día fingiendo productividad: limpiando la cocina, revisando facturas del taller, cualquier cosa para no pensar en él. Pero era inútil. Cada vez que me movía, sentía el roce de la tela elástica del vestido gris claro contra mi piel, ajustándose como una segunda capa que me recordaba lo expuesta que estaba. El outfit era minimalista y moderno: escote redondeado moderado, sin mangas con tirantes anchos, largo hasta la mitad del muslo, abrazando cada curva.

Debajo, pantimedias completas blancas con patrón floral que subían hasta la cintura, y mis Christian Louboutin So Kate gris claro, con punta afilada, tacón de aguja alto, broche con diamante en el frente y suela roja que asomaba como un secreto prohibido. Mi cabello rubio largo caía en ondas suaves con volumen natural, raya lateral ligera y mechones enmarcando el rostro. Aretes aro delgados plateados, discretos. Me sentía elegante… pero sabía que para él sería solo una puta disfrazada de dama.

Bajé al comedor a cenar sola. Me serví una ensalada simple, un poco de pollo a la plancha y un vaso de vino tinto para calmar los nervios. Me senté a la cabecera de la mesa larga, cruzando las piernas para que el vestido se subiera un poco y las pantimedias florales se tensaran. Encendí las luces tenues y puse música clásica suave de fondo. Quería aparentar control, como si nada hubiera cambiado en mi vida.

No pasaron ni quince minutos cuando oí la puerta trasera abrirse con un golpe seco. Pasos pesados, botas sucias contra el piso de madera. Roberto irrumpió en el comedor como si fuera el dueño, con la camiseta empapada en sudor y grasa, los músculos tensos después de un día en el taller. Sus ojos negros me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el vestido que se pegaba a mis tetas, en las pantimedias que cubrían mis muslos, en los tacones que me hacían ver alta y vulnerable.

—Mira nada más a la mujercita fina cenando como reina —dijo con esa voz ronca y vulgar, acercándose con paso lento y amenazante—. ¿Qué, sabrosa te ves así? ¿Te arreglaste así para que te coja como la puta que eres? Porque con ese vestido pareces una zorra pidiendo verga.

No me inmuté ni siquiera alcé la mirada para verlo y mantuve la mirada en el plato, cortando un trozo de pollo con el cuchillo, fingiendo indiferencia, aunque mi pulso ya latía fuerte, sin embargo, le respondí.

—No seas tan corriente, Norberto. Estoy comiendo en paz. Si tienes hambre, sírvete algo de la cocina y lárgate, yo no te invité a pasar.

El Negro se rio fuerte, esa carcajada machista y grosera que me hacía erizar la piel.

—¿Corriente? Yo soy el que te tiene aquí temblando como una mujercita asustada. Siéntate derecha, puta, y mírame cuando te hablo. ¿O quieres que te dé una nalgada para que aprendas?

Me puse de pie despacio, dejando el tenedor con un clic seco sobre el plato, intentando darme mi lugar.

—No me hables así. Esta es mi casa, Negro. Tú eres solo el empleado de mi marido. Respétame o…

No terminé la frase. Me tomó del brazo con fuerza bruta, jalándome contra su pecho sudoroso y caliente. Su mano libre subió por mi muslo, rozando las pantimedias florales blancas que se tensaban contra mi piel, y me apretó el culo con rudeza, clavando los dedos como si fuera de su propiedad. Sentí cómo el vestido gris claro se subía un poco, dejando expuesta la parte superior de mis pantimedias.

—Respeto es para las esposas decentes, no para putas como tú que se mojan solo de oírme. Cállate la boca o te la lleno con mi verga ahora mismo.

Intenté zafarme, empujándolo con las manos en su pecho ancho y sudoroso.

—Suéltame, animal. No tienes derecho a tocarme así. Soy una mujer casada, no tu…

Me calló con un beso brutal, metiendo su lengua en mi boca sin permiso, explorando profunda y posesivamente. Su saliva sabía a cerveza barata y cigarro, pero no me aparté. Respondí a regañadientes, succionando su lengua, dejando que me invadiera mientras mis manos se aferraban a su camiseta sucia. Era un beso rudo: él mordisqueándome el labio inferior con fuerza hasta que dolía, yo gimiendo en protesta pero cediendo, sintiendo el calor subir entre mis piernas y cómo mis pantimedias se humedecían.

—Qué rico besas, putita… —gruñó contra mi boca, separándose un poco para escupir en el piso—. Sabes a deseo reprimido, Susana. Ahora arrodíllate y chúpamela, que me excita cómo te ves vestida así.

—No… no quiero… —murmuré, pero mis rodillas ya flaqueaban, la debilidad como mujer traicionándome ante su fuerza bruta.

Me empujó hacia abajo con una mano en el hombro, obligándome a arrodillarme en el piso del comedor. El vestido gris claro se subió hasta la mitad de mis muslos, dejando a la vista mis pantimedias blancas con patrón floral y la punta de mis Christian Louboutin gris claro. Se bajó el cierre y sacó su verga gruesa, venosa, ya dura como piedra.

—Abre la boca, puta de mierda. O te la abro yo sin pedirte permiso.

Cedí, abriendo los labios rojos y envolviéndolo. Lo chupé despacio al principio, lamiendo la cabeza salada con la lengua plana, saboreando el precum que salía. Pero él me tomó del cabello en ondas y me folló la boca con embestidas violentas, profundas, hasta la garganta. Lágrimas me rodaron por las mejillas por el ahogo, pero seguí succionando, gimiendo alrededor de su miembro. Mi saliva espesa le chorreaba por el tronco, bajando hasta sus huevos y cayéndome entre las tetas.

—Trágatela toda, putona si bien que te gusta. Eso, ahógate con mi verga negra mientras tu maridito trabaja para pagarte estos tacones caros. ¿Cuánto valen estos zapatos, eh? Porque se ven de puta fina, pero mira, te los compró para que me mames la verga así, ahh qué rico.

Siguió usando mi boca durante minutos, humillándome verbalmente: “Qué bien chupas, señora casada… te encanta el sabor de mi verga, ¿verdad?”. Mi cabeza subía y bajaba con fuerza, mi nariz iba chocando contra su pubis cada vez que me la metía hasta el fondo. Sentía cómo su verga se hinchaba más, cómo las venas latían contra mi lengua, cómo mi saliva caía en hilos largos sobre mis Louboutin gris claro. Cuando sintió el clímax cerca, me sacó y me besó de nuevo, lengua profunda, para luego volver a metérmela hasta que se corrió en chorros espesos y calientes. Tragué un poco, el resto escurriendo por mi barbilla y cayendo sobre mis pantimedias blancas.

Me levantó de un tirón por los brazos, me giró y me inclinó sobre la mesa, el vestido subiéndose por mis muslos. Rasgó las pantimedias en la entrepierna con brutalidad, el sonido del nylon se escuchó rompiéndose como un latigazo que me hizo gemir. Me separó las piernas con la rodilla y colocó la cabeza de su verga contra mi coño empapado.

—No… Norboberto, detente… no aquí, en la mesa donde como con mi marido… —protesté, intentando enderezarme, pero su mano en mi nuca me aplastó contra la madera.

—Cállate y abre las piernas, puta. Esta mesa es para follarte ahora. Tu marido no te coje como mereces, por eso estás aquí temblando por mi verga.

Empujó despacio al principio, dejando que la cabeza gruesa de su verga me abriera las paredes poco a poco, rozando cada pliegue sensible. Luego dio un empujón fuerte y me la metió hasta el fondo de un solo golpe. Sentí cómo me abría por completo, cómo su verga gruesa me llenaba, cómo el glande me rozaba el fondo del coño. Empezó a follarme con embestidas profundas y violentas, sus caderas iban chocando contra mi culo con fuerza sádica.

Cada vez que salía, sentía cómo mi coño se cerraba un poco alrededor de la cabeza y luego se abría de nuevo cuando volvía a entrar hasta el fondo. El sonido húmedo y obsceno de su verga entrando y saliendo se mezclaba con el tintineo de los platos y vasos en la mesa. Mis tacones Louboutin gris claro se clavaban en el piso, mis pantimedias rasgadas se tensaban con cada embestida.

—Siente cómo te parto, putona… tu coño es mío, apriétame más o te doy una nalgada.

Gemí fuerte, fingiendo resistencia: “No… me duele… suéltame…”, pero mis caderas se movían hacia atrás, cediendo al placer masoquista. Tuve un orgasmo rápido, temblando bajo él, mi coño estaba contrayéndose en espasmos fuertes alrededor de su verga, pero él no paró. Siguió follándome con fuerza, sus huevos golpeando contra mi clítoris hinchado.

Luego sacó su verga de mi coño empapado y la apoyó en mi culo, escupiendo para lubricar.

—No… por ahí no… por favor, Negro me duele mucho… —supliqué, pero mi cuerpo se arqueó un poco, traicionándome.

—Te lo meto por el culo porque quiero, puta de mierda. Relájate o te lo parto en dos.

Empujó despacio al principio, dejando que la cabeza gruesa me estirara el ano poco a poco, centímetro a centímetro, sintiendo cómo mi culo se dilataba alrededor de él. El dolor mezclado con placer me hizo gemir. Cuando tuvo la mitad dentro, dio un empujón más fuerte y me la metió hasta el fondo. Empezó a follarme el culo con embestidas profundas y brutales, sus caderas iban chocando contra mis nalgas con fuerza. Cada vez que salía, sentía cómo mi ano se cerraba alrededor de la cabeza y luego se abría de nuevo cuando volvía a entrar hasta el fondo. El sonido húmedo y obsceno era más fuerte ahora, y mis tacones Louboutin se clavaban en el piso con cada embestida.

—Qué culo apretado… te encanta que te cojan así, ¿verdad? Di que eres mi puta sumisa o te dejo marcada.

—Soy… soy tu puta… —susurré entre gemidos, cediendo completamente, otro orgasmo sacudiéndome por la adrenalina del abuso verbal y físico.

Se corrió dentro de mi culo con un gruñido animal, chorros calientes y espesos que me inundaron por completo. Me dejó exhausta sobre la mesa, el vestido arrugado, pantimedias rasgadas, tacones colgando del borde.

Se subió el cierre y me dio una nalgada ligera pero humillante.

—Mañana te vengo a buscar a la hora que menos te lo esperes, eh, y sin protestas, puta que te estoy cumpliendo cada uno de estos quince días que serás para mí.

Asentí débil, fingiendo molestia, pero muy en el fondo… adoraba el maltrato, la enorme verga, el abuso, que era algo que no conocía de mí y que descubrí que me excitaba como nunca lo había sentido. Ya era adicta, y el sadomasoquismo verbal me ponía más caliente que nunca.

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