Cuando mis padres se separaron, al tiempo, mi madre Elsa conoció un hombre y nos fuimos a vivir con él. Mis dos hermanos una mujer y un varón mayores que se independizaron, y yo Mario, me dicen Marito, era adolescente y tuve que quedarme. Al tipo le gustaba tomar y la mayoría de veces, cuando mi madre le reclamaba, él le pegaba dos cachetadas, la llevaba al dormitorio y se encerraban allí. A las horas o al otro día ella estaba recuperada y se veía feliz.
Cuando yo cumplí los 18 mi madre estaba en los 38 años, muy bien llevados, morena de piel aceitunada y muy bien proporcionada, de tetas medianas y un culito parado. Por entonces me mataba a pajas, soy bastante fachero, pero muy tímido con el sexo opuesto.
La mayoría de veces, mi madre cuando se duchaba colgaba sus bombachita lavada en el baño. Pero a veces las ponía en el canasto para lavar. Encontrarlas era un tesoro, oler y chupar donde estaban manchadas por el jugo de su concha, me llevaban a acabar varias veces, así comencé a querer más. Yo era muy cariñoso, siempre la abrazaba y la saludaba con un beso en la mañana cuando ella preparaba el desayuno, ahora trataba de apoyar mi pija en ese deseado culito y cada vez era más osado, a ella parecía no molestarla.
Lo que era una costumbre era que cuando él llegaba tomado, ella lo regañaba, dos o tres cachetadas y encerrarse en el dormitorio. Yo tenía o me hacia una idea de lo que pasaba allí dentro. Varias veces había pegado el oído a la puerta y escuchado como ella le pedía que la castigara por portarse mal, él le decía:
—¿así lo querés, puta?
—¡Sí, así, métemela toda!
Al escuchar eso, busque la forma de verlos coger y como Elsa, mi madre, gozaba con el castigo y la cogida. La ventana de su dormitorio daba al patio, una noche de verano habían dejado la persiana un poco levantada. Me filtre al patio y muy despacio me acerque a la ventana y pude verlos bien, cogían con las luz prendida.
Elsa tirada de espalda en la cama las piernas recogidas y bien abiertas, él con la cabeza entre las piernas le chupaba la concha, ella se retorcía de placer gimiendo. No podía ver su concha, pero me calentaba su cara de gozo, no aguante más y sacando mi pija me comencé a pajear, hipnotizado por verla cogiendo a Elsa, mi madre. Cambiaron de posición, ella se puso en cuatro patas levantando el culo esperando para que él se la enterrara por detrás, por un momento quedo con el culo para la ventana y pude ver su concha con sus labios hinchados bien depilada, yo iba por la segunda paja.
Fue pasando el tiempo, para entonces entre paja y paja y los apoyos que le daba a mi madre, ahora cuando yo la abrazaba por detrás, todas las mañanas ella daba vuelta la cabeza como para besarme, yo le daba un pico que era cada vez más largo, mientras le decía:
—Buenos días Melissa
—¿Por qué Melissa?, me llamo Elsa
—Es que me gusta una actriz, que se te parece mucho.
Lo que no le dije que esa actriz Melissa Monet, hacia porno y me enloquecía igual que ella. Unos de esos días su macho cada vez más borracho le dio una paliza, al otro día en la cocina, se le notaban los golpes en la cara, estaba tan enojado que no salude, le dije casi gritando:
—¡No lo aguanto más! ¡Agarra algo de ropa y nos vamos!
—Yo no me quiero ir. Me dijo casi llorando.
—¿Como no te quieres ir? ¡Mira cómo te deja de los golpes!
—Él es mi hombre y lo quiero
—Entonces me voy yo, llamame cuando recapacites.
Me fui a vivir al taller donde trabajaba. A la semana suena mi celular, era una llamada de Elsa.
—Te necesito, ¿puedes venir?
—¿recapacitaste?
—Quiero hablar con vos, él está internado.
Cuando llegue ella me recibió abrazándome y llorando, me dio pena y no le reclame nada.
—No llores, mi Melissa, ahora estoy aquí y voy a cuidarte.
Levante su cara y bese sus lágrimas y no pude contenerme bese su boca, apasionado, por unos segundos ella mantuvo sus labios cerrados, pero cedió y me dejo introducir mi lengua, que fue al encuentro de la suya. Mi pija ya dura se apoyó en su bajo vientre, yo quería seguir comiéndole la boca, pero Elsa se separó y dando media vuelta fue hacia la cocina, solo dijo:
—Supongo que te quedas en casa.
—Sí, no te voy a dejar sola, siempre que tú lo quieras.
—No quiero estar sola, por eso te llame.
Así fueron pasando los días, el tipo seguía internado, parece que tanto alcohol le reventó el hígado, Elsa iba de mañana y tarde a la clínica. Yo desayunaba con ella e iba a laburar. Apoyar mi pija semidura entre los cantos de su culo y darle un beso en la boca seguía siendo mi costumbre al correr de los días me pareció que ella empujaba su culo, para sentir mi pija. A la noche después de cenar nos sentábamos en un sillón a charlar y mirar la tele. Yo aprovechaba para manosearla y besarla de a ratos, ella seguía el juego a veces, como al descuido rozaba con su mano el bulto de mi entrepierna, antes de ir a dormir tenía que pajearme.
En una de esas noches, cuando fuimos al sillón, mirándome a los ojos me dijo:
—Marito, tenemos que hablar y aclarar algunas cosas.
—Hablemos, le respondí.
—Cuando te pregunte por qué me llamabas Melissa, dijiste que era el nombre de una actriz que te gustaba mucho. En estos días con todo lo que sucede, quise saber de esa actriz y googlé el nombre, encontré varias actrices pero solo una morocha como yo y físicamente parecida, pero para mi sorpresa es una actriz porno Melissa Monet.
Hice ademan de hablar, pero me contuvo.
—Ya, ya, tenés toda la noche para hablar después que yo termine, fue entonces que me di cuenta de muchas cosas, esos abrazos y besos al principio lo tome como cariño de hijo, pero últimamente las apoyadas en mi cola y esos besos húmedos los permití porque te hacían feliz y no me disgustan, más me gustan, lo permití para que no me dejaras sola, esto debemos aclarar, porque soy mujer, pero soy tu madre, debemos poner un límite a todo esto.
—Ya que estamos aclarando, yo ya tengo 20 años y quiero ser sincero con vos. Si Melissa es una actriz porno con la que descargo las ganas de una mujer. Desde hace 2 años descubrí porque dejas que este tipo te pegue, es porque después te lleva a la cama y te da flor de cogida. Sí, los vi, los espiaba por la ventana y me mataba a pajas viéndolos, te confieso te quiero como madre, pero quiero tenerte como mujer, te deseo.
—Yo sabía que te pajeabas con mi ropa interior, por eso te dejaba la usada algunas veces, pero no sabía lo demás, me da mucha vergüenza. Marito no te puedo dar lo que quieres, soy tu madre.
—Bueno Melissa, lo siento pero te vas a quedar sola.
Lo decía en serio no iba a quedarme ahí, viéndola y deseándola, hice ademan de levantarme y ella me tomo del brazo para que no lo hiciera.
—Marito… no quiero que te vayas, yo también deseo tus caricias, podemos llegar a un arreglo, ¿te parece?
—bueno, ¿qué propones?
—Sí te quedas, voy a dejar que me toques y me beses.
—Me quedo, si vos también me tocas, que nos toquemos, se que tienes ganas de hacerlo, si decís que si me quedo.
—Bueno Marito, te quiero
—Yo te amo Melissa. Y le comí la boca.
Esa misma noche comencé con lo que habíamos pactado, apenas nos sentamos la bese primero con suavidad, pero cuando entreabrió los labios introduje mi lengua buscando la suya, jugamos con las lenguas, me di cuenta de su calentura porque se entregó completamente. Mientras nos besábamos, empecé a meterle mano por todos lados, Melissa se desabotono la blusa y quedo con el corpiño a la vista, era una invitación metí la mano en el corpiño y le saque una de sus hermosas tetas, chupe ese pezón, como cuando era bebe, ella comenzó a gemir.
Con la teta en mi boca, desabroche el pantalón y baje el cierre, metí la mano y por la abertura del bóxer saque mi pija, que estaba a reventar. Y con esa misma mano fui en busca del tajo en su entrepierna, saco su otra teta y me la puso en la boca y una mano fue directo a agarrar mi pija recorriendo suavemente cada centímetro. Yo había llegado a los labios de su concha, la cual encontré mojada cuando le metí los dedos. Gemía y comenzó a convulsionar.
Apretando los dedos sobre mi pija me pajeo, cuando sentí que su concha se inundaba con sus jugos no aguante y mi acabada salió en borbotones, saque los dedos de la concha y los lleve a la boca y deguste el néctar de su conchita. Ya un poco calmado la bese y murmure en su oído:
—Gracias, ¡te quiero tanto, mi Melissa!
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