Transcurrió la semana y los hechos siguieron sucediendo como la primera noche en que nos masturbamos mutuamente, cada vez se agregaban pequeñas cosas, por la confianza, que hacían que gozáramos olvidando que éramos madre e hijo.
Al fin de esa semana, me llama desde la clínica donde estaba internado su concubino, diciéndome que se quedaría a cuidarlo porque había empeorado. Estuvo todo el fin de semana en la clínica. Yo la extrañaba a morir. No tenía ni sus bikini usadas para pajearme con ellas.
Al segundo día caminaba por las paredes de la calentura que tenía, tuve que recurrir a la verdadera Melissa busque un video. Encontré uno donde un joven le da una chupada de concha, que me daba envidia e imaginaba a “mi Melissa”, acabe dos veces y me calmo un montón.
Llego a casa toda llorosa, ya no la dejaban estar con él en la clínica, lo habían pasado terapia intensiva, solo iba en horario de visita. Los días siguientes fueron iguales, todo lo hacía como sin ganas, trataba de levantarle el ánimo con palabras dulces y caricias, las mismas que la ponían cachonda, ella se dejaba hacer pero no respondía como antes. Pasaron dos semanas el tipo en terapia y ella era un zombi.
Por entonces me dedique al trabajo a full, en el taller de reparación de automóvil, el dueño del taller estaba contento porque hasta horas extras le hacía. En una de esas tardes, tirado debajo de un auto, sentí unos pasos al lado del auto una voz femenina, que decía:
—¡Por fin están revisando mi auto!
Me asomo, lo primero que veo son unos zapatos de tacos altos, calzados en unas hermosas piernas, con la vista seguí esas piernas y vi que terminaban en un triángulo de tela blanca, la dueña de esas piernas se agacho y mirándome a los ojos, pregunto:
—¿Te gusta lo que ves?
Me tomo de sorpresa, pero respondí sin pensar.
—Sí, mucho.
—Si me terminas el auto hoy, te enseño más, “baby”.
La que me lo decía era la dueña de esas piernas espectaculares. Una rubia de 40 a 50 de edad, estatura mediana, muy bien formada, portaba una falda corta sin llegar a ser minifalda. Lo que se llama una milf.
—Por mí no hay problema. Déjeme hablar con el dueño.
Lo dije pensando que no tenía porque volver temprano a casa, el dueño me autorizo, con la condición que fuera yo quien cerrara el taller.
—Bueno señora, el dueño ya autorizo en dos horas estará listo, ¿Lo espera o pasa dentro de dos horas?
—Paso dentro de dos horas, porque si me quedo a esperar te vas a distraer y no me digas señora es de vieja, llamame Nelly, “Baby”.
—Cuando llegue toque el timbre y le abro, Nelly
Termine el trabajo casi media hora antes, eso me dio tiempo para ir al baño a higienizarme un poco, me quite el mameluco hasta la cintura y ate las mangas a la cintura, después de lavarme estaba secándome cuando sonó el timbre, me dirigí a abrir la puerta de la cortina metálica con la toalla en la mano y el torso desnudo, abrí invitándola a pasar, ya adentro me miro sonriendo, recién me di cuenta de mi cuerpo semidesnudo.
—Perdone usted Nelly, es que me estaba lavando. Ya está terminado su auto, solo resta que firme la factura, pasemos a la oficina.
Ya en la oficina del dueño, donde había un sillón doble
—Bueno “Baby”, cumpliste ahora tengo que cumplir mi promesa. Yo también quiero ver más.
Puso su mano en mi pecho y con un leve empujón me hizo sentar en el sillón, puso música en su celular y comenzó un baile erótico, quitándose la ropa, parecía que estaba filmando un video pornográfico como los que yo acostumbraba a ver. Cuando solo le quedaban la ropa interior. Mi pija parecía una barra de hierro, ella lo noto, diciéndome:
—Parece que te gusta lo que ves, “Baby”, sácate la ropa que yo también quiero ver.
Así lo hice, yo estaba embelesado, era la primera vez que tenía una mujer desnuda frente a mí, la vi a Elsa, mi madre, pero cogiendo con otro. Me quede con el bóxer y me senté nuevamente para disfrutar de esa mujer madura, como me gustan, hubiese dado hasta lo que no tengo, porque fuera “mi Melissa” la que estuviera ahí. Por último se quito el corpiño dejando al aire sus tetas semicaídas pero bonitas. Subió al sillón de rodillas metió la mano por la abertura del bóxer y quedo con mi pija en la mano, no la tengo muy grande, es un talle normal lo que sí es bien gruesa.
Con una sonrisa de satisfacción se la llevo a la boca, la ensalivo hasta la mitad y después se dedico a jugar con la lengua en el glande, yo estaba en el paraíso, pero era la ocasión de practicar todo lo que veía en los videos porno y lo que quería hacer con mi Melissa. La agarre de la cintura y la puse de espaldas, le saque la tanga, abrió sus piernas y yo busque con mi boca esa cavidad desconocida para mí, llego a mi nariz el aroma de su perfume mezclado con el que despedía su concha.
Chupe, sorbí, mame, bebí y trague los jugos que despedía, cuando llego al orgasmo.
—¡“Baby”, cógeme ya, la quiero tener adentro!
Recordé cuando la vi coger a Elsa y le dije a Nelly que se pusiera en cuatro para hacerlo en posición “perrito”, cuando estuvo en posición, con la premura del momento, se la puse de una, al tenerla adentro, con gemidos comenzó con otro orgasmo, su concha se contraía a cada espasmo apretando mi pija, no pude aguantar más y casi con un grito lancé mi leche, que mezclada con sus jugos inundaban esa cavidad.
Nos quedamos por un instante sentados en el sillón, ella se inclinó y dándome un pico dijo:
—Estuviste bien “Baby”.
—tengo que confesar, que fue mi primera vez, Nelly.
—No se notó para nada, en un momento me llamaste Melissa, ¿Quién es?
—¡Oh, es una actriz porno!
Nos higienizamos un poco y mientras se vestía fui a sacar el auto. Desde ese momento algo cambio en mí, me sentía más seguro, más decidido.
En casa las cosas seguían igual, la cosa es que pasaron unos días, una mañana Elsa hacia el desayuno, recibió una llamada desde la clínica, la citaban urgente porque el cuadro del concubino parecía irreversible, esa misma tarde falleció. No hubo duelo no tenía parientes, ella decidió la cremación, en 24 horas se había terminado todo.
Ella entro en un cuadro depresivo, llevaba una semana encerrada en su cuarto. Él le hablaba y la acariciaba cuando le llevaba la comida al cuarto.
—Melissa, tienes que reponerte tienes que olvidarte de ese “hachedepe”.
—¡Marito! No digas eso. Lo extraño mucho. Aunque era muy celoso.
Ese fin de semana, estuve pensando de cómo sacarla de ese estado, por más que le daba vueltas al asunto no encontraba la forma. “Lo extraño mucho” me había dicho, yo pensé como vas a extrañar a un tipo que te caga a sopapos. Ahí se me prendió la lamparita. Ella lo que extraña es el combo, sopapos y cogida, recordé como se la veía después de eso, feliz y contenta. Entonces me propuse reemplazar al tipo. Por otro lado es lo que quise desde que cumplí los 18.
El domingo a media mañana entre a su cuarto, estaba tirada en la cama con una remera grande del muerto, que usaba de camisón. Su piel aceituna resaltaba una tanga blanca, la agarre de un brazo para levantarla:
—¡Bueno Melissa, se terminó el duelo, vamos a desayunar al comedor!
—¡No Marito, no seas malo tráemelo aquí!
—No se terminó, ahora el que manda soy yo.
Tomándola de los brazos la baje de la cama, cuando se resistió, con todo el dolor del alma. Le pegue una sonora cachetada, que me dolió más a mí, que a ella, quedo muda de la sorpresa aproveche para llevarla casi en vilo hasta el baño. Abrí la ducha y la metí debajo a ella, quedo acurrucada sollozando. Me quite la ropa y en bóxer entre a la ducha con ella busque su boca, le di un beso con toda la pasión que tenía contenida dentro, hablándole suavemente al oído, mientras la abrazaba por detrás, le decía:
—No es por maldad, es por amor yo te quiero más que nadie y quiero ser tuyo.
Con una mano en una de sus tetas, la otra buscaba el tajo de su concha. Se quieta, ya no lloraba le bese el cuello y le mordisqueaba la oreja, no decía nada y me dejaba hacer, le metí dos dedos en la concha y con el pulgar le rozaba el clítoris supe que se acababa por jugo viscoso que sentí en mis dedos.
—Te quiero chupar y comerte toda, te voy a hacer mía, no aquí en tu cama.
Ella pareció suplicar con la mirada, pero algo más poderoso que la compasión se había desatado en mí. Mis ojos recorrieron su rostro, estudiando cada detalle: los labios entreabiertos, las mejillas encendidas, los ojos vidriosos por el reciente orgasmo. Creí reconocer en esa expresión de incredulidad, su mente decía, no y su cuerpo pedía a gritos que la poseyera.
Me quite el bóxer, la desnude toda y pase mis manos por sus partes íntimas enjuagándola, la alce en mis brazos y así mojada la deposite en la cama. Me detuve a admirarla, tenía a mi Melissa desnuda frente a mí, hizo ademan de taparse con la sabana, me miro todavía incrédula que yo pudiera hacer eso, pero retire la sabana, abrí sus piernas y me zambullí a chuparle la concha, como ya lo había practicado con Nelly, pero ahora era con deseo y pasión, comencé introduciendo la lengua en su conchita lo más profundo posible, al sacarla lamí los labios de esa concha abierta como una flor de orquídea.
Levante sus piernas para que el pequeño agujerito marrón quedara a la vista, jugué con mi lengua en la entrada del cerrado culito y después subí lambiendo hasta llegar al clítoris, que estaba duro como mi pija. Lo chupe, lo mordisquee, sus jugos comenzaron a fluir intensamente.
Un gemido potente escapó de su garganta, un sonido gutural que retumbó en las paredes de la habitación. Era un grito de un placer tan intenso que bordeaba la agonía. Sus dedos se entrelazaron con mi pelo y apretaron mi cabeza como si quisiera enterrarme en su concha; sentí que ya era mía
—Por favor…
Suplicó “Melissa, pero la palabra se quedó suspendida, ambigua. ¿Pedía que parara o que continuara?
Yo interpreté esa súplica según mis deseos. Solté el clítoris y a embestí con mi pija dura su concha. Comencé a moverme dentro de ella con embestidas suaves y controladas. Cada vez que retrocedía, sentía cómo los músculos internos de Melissa intentaban retenerme; cada vez que avanzaba, percibía cómo ella se abría para recibirme.
Melissa se retorcía bajo el peso de su hijo o sea yo. Sus caderas se elevaban involuntariamente para encontrarse con cada embestida, mientras sus labios dejaban escapar pequeños gemidos entrecortados.
Me incliné y capturé los labios de Melissa en un beso profundo. No exento ternura, pero en esta ocasión era solo posesión y deseo crudo. Mi lengua invadió la boca de ella sin pedir permiso, reclamándola por completo. Melissa correspondió con igual intensidad, sus manos subieron hasta mi nuca, enredándose en mi pelo, atrayéndome más hacia ella.
—¿Esto es lo que quieres?
Gruñí, con la voz ronca. Por un instante recordé la veces que la vi cogiendo. Pero me di cuenta que eran celos.
No espere respuesta, intensifique mis embestidas. Mis caderas golpeaban contra las de Melissa con una fuerza que sacudía la cama entera. Ella se aferraba a mis hombros como si temiera caer en un abismo si se soltaba. Le sujeté las piernas por detrás de las rodillas y las empujé hacia los lados, abriéndola completamente. Esta nueva posición me permitió penetrarla aún más profundamente, llegando a lugares que nunca antes habían sido tocados. Melissa soltó un grito que mezclaba sorpresa y éxtasis puro.
—¡Dios! ¡Ahí!
Exclamó, con la voz quebrada por el placer.
—¡No pares… por favor, no pares…!
Sentí como músculos se tensaban, su respiración se volvía más errática. Reconocí los signos de un orgasmo inminente. Mi propia acabada era eminente, construyéndose desde la base de mi columna, desde lo más profundo de los testículos. Quería resistir, prolongar este momento, pero era como intentar contener una avalancha con las manos desnudas.
—Voy a acabar.
Dije, con los dientes apretados.
—¡Adentro! Córrete dentro de mí. Quiero sentirte.
Ordenó Melissa, sus ojos fijos en los míos.
Esas palabras fueron el detonante final. Con un último empuje brutal, se la enterré hasta la base y dejé que el orgasmo me consumiera por completo. Mi cuerpo entero se convulsionó mientras mi semilla se derramaba en potentes chorros dentro de ella.
Simultáneamente, Melissa alcanzó su propio orgasmo. Fue más intenso que el anterior, más profundo, como si naciera no solo de su sexo sino de cada célula de su cuerpo. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cintura, manteniéndome firmemente dentro mientras las contracciones sacudían su interior. Un grito desgarrador escapó de su garganta, un sonido tan primario que parecía imposible que proviniera de un ser humano.
Cuando las últimas pulsaciones del orgasmo se desvanecieron, me desplomé sobre ella. No quedaba ni rastro de la furia o los celos que me habían poseído momentos antes. Ahora era solo un hombre (un hijo) agotado y vulnerable en los brazos de la mujer que le había dado la vida y que ahora le había dado este placer incomparable.
Melissa me abrazó, sus manos trazaban círculos lentos en mi es-palda húmeda. Con ternura, depositó pequeños besos en mi frente, en mis mejillas, en mis párpados cerrados.
No dijimos palabra alguna. No era necesario.
Unidos aún en la forma más íntima posible, Melissa y yo nos quedaron dormidos.
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