Esto sucedió antes de estar con mi cuñado a los 22 años, cuando decidí irme a vivir sola, ya sabía que me encantaba coger. Siempre fui muy puta; lo supe desde que era jovencita y les meneaba las nalgas a mis primos cuando me coqueteaban, igual que a todo aquel que me viera. Me encantaba ser una coqueta. Al rentar mi propio departamento, sentí que por fin podía ser todo lo que yo quisiera.
Mi casero, don Alberto, era un hombre de 57 años: alto, calvo, un poco panzón y con unas manos callosas que delataban su trabajo. Siempre fue muy cordial conmigo, igual que su esposa, porque yo aparentaba ser una chica tranquila y nada escandalosa.
Todo empezó una noche a las 11:00 pm. Se me fue la luz por un corto y le hablé. Él llegó muy amable a arreglar todo, pero yo lo recibí con una bata de seda cortita que dejaba notar mis pezones. Cuando terminó, pude ver cómo me devoraba las piernas con la mirada mientras recogía sus cosas, y eso me excitó muchísimo.
A partir de ahí, cada mes que iba por la renta, yo lo esperaba con shorts muy cortos o playeras de tirantes sin brasier siempre lo invitaba a pasar y tomar un vaso con agua. Él siempre buscaba el pretexto para tocarme las manos o acercarse de más. Al principio me pareció incómodo, pero luego empecé a imaginarme que me agarraba a la fuerza y me hacía suya.
Un ocasión, después de un día pesado, me metí a bañar me puse una lencería diminuta y me fui a la cocina, olvidando que él iría a arreglar un lavabo que le había pedido anteriormente pues según yo ese día no estaría y el podría trabajar, pero a mí se me olvidó. Estaba en la cocina y sentí que alguien me veía y al voltear, ahí estaba él, parado, mirándome con una suciedad de viejo cochino que me puso a mil. Aunque me tapé y él pidió disculpas apenado, yo le dije: “No se preocupe, don Alberto, la culpa es mía se me olvidó que vendría. No se vaya”. Me puse una bata y lo dejé trabajar, pero no podía dejar de ver cómo el bulto se le notaba por debajo del pantalón.
Le hice plática sobre su esposa y él me confesó que estaban mal, que ella ya no salía con él y que se sentía abandonado en todos los aspectos. Con ojos de pervertido me soltó: Y usted señorita tiene novio a lo que yo conteste que no que solo amigos y él sabía a qué me refería así que me dijo: “¿Quién no querría ser su amigo? Usted es una diosa”. Me ruboricé y, al despedirse con un beso en la mejilla, le pegué mis tetas con intención y le susurré: “Si tengo otro problema, le hablaré”.
Eso desencadenó la locura. Una noche tocaba dar la renta regularmente iba a las 6 pero no llegaba, pasadas las 11:00 pm, tocaron a mi puerta. Yo estaba acostada con mi bata transparente, sin brasier y solo con una tanga. Al abrir, don Alberto se quedó boca abierta viendo mis tetas. Sin decir nada, me empujó hacia adentro y cerró la puerta.
—¡Don Alberto! ¿Qué hace aquí? —alcancé a decir, pero su mano callosa me tapó la boca.
—Señorita, no pensé que sus tetas estuvieran tan ricas y grandes —me dijo mientras empezaba a manosearlas.
Me confesó que ya no aguantaba, que se la jalaba diario pensando en mis piernas, mis nalgas en mi boca. Aunque puse algo de resistencia al principio, el morbo me ganó. Me levantó el camisón y empezó a chuparme las tetas, mordiéndome los pezones y succionando hasta que me dejó empapada. Bajó a mi panocha, apartó la tanga y empezó a usar su lengua de una forma deliciosa.
—Ya está súper mojada, qué rico —susurró. Yo gemía de placer sin poder apartarlo.
De pronto, se levantó y me soltó la verdad: —Ya sabía que eras una puta… ahora empínate que quiero meterte toda la verga.
Al ver qué no le hice caso me agarró y de una forma brusca me empino en mi sofá y me quitó la tanga yo le decía que no y el sin hacerme caso se sacó la verga para mí sorpresa la tenía súper gorda y venosa le media como 20 cm y estaba súper cabezona eso me estaba volviendo loca y sin previo aviso me abrió las nalgas y me metió toda la verga llenándome cada espacio de mi cavidad vaginal me dolía pero me excitaba tanto que le pedí no parara, ¡Así dame más fuerte! y el entre risas me decía:
—Ves eres una puta que se traga bien rico la verga.
Yo le pedía que me metiera toda y él decía ¡Cabrona se ve que si te la vas a tragar toda! y así fue casi me entra toda y empezó a darme fuerte cada vez más y más y yo gemía de placer aunque era doloroso me gustaba.
—¡Así, puta! Mueve esas nalgas que te la vas a tragar toda —me gritaba mientras me nalgueaba con sus manos duras y yo obedecía.
Me recostó en el sofá, me levantó las piernas hasta mis orejas y me dio de pie. Mis tetas rebotaban con cada embestida y él se las tragaba mientras me decía: “Qué rico te rebotan las tetas, putita”. Me vine gritando su nombre mientras sentía su descarga caliente llenándome hasta el fondo. Esa noche, la renta se pagó con placer. Después de ese día no volvió solo porque su esposa sospecho que yo lo había deslechado pero el me buscaba con un pretexto cualquiera y yo siempre quise volver a repetir lo de aquella vez.
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