La Venus, el culo de Marta y el profesor: Mucho más que azotes

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Marta abrió la puerta blanca girando el pomo y entró por primera vez en la habitación del profesor.

Una cama individual cubierta por una colcha azul marino, una silla de madera del mismo color que la puerta, una mesa de escritorio, una bombilla gorda coronada por un casquillo color bronce colgando del techo iluminando con abundancia el cuarto.

Y un cuadro grande.

Hipnótico.

“La Venus del Espejo” pronunció la universitaria en su mente.

“Ahí está, recostada de lado, dando la espalda a un público que solo parece tener ojos para su culo.”

Marta tragó saliva y notó como los nervios apretaban su tripita y se extendían por todo su cuerpo. De repente tenía calor, y eso que los pantalones negros que llevaba eran finos y la camiseta de manga corta dejaba sus brazos al aire.

—Marta. ¿Estás lista?

La voz profunda de hombre la pilló un poco por sorpresa.

Don Julián, que así se llamaba el docente que impartía clases, se situó a su lado.

Llevaba camisa remangada y pantalones vaqueros.

La chica se fijó en los brazos velludos y en las manos grandes. Sobre todo en las manos. Y tragó saliva.

Luego, avergonzada, bajando la vista, observó la entrepierna algo abultada, probablemente en anticipación. Durante unos segundos, embriagada por el perfume masculino, tuvo pensamientos vulgares y sucios. Y en el último instante, fue lo suficientemente inteligente para abstenerse de verbalizar una proposición de carácter sexual. Finalmente, sin llegar a levantar la cabeza del todo, respondió.

—Lo estoy.

Unas horas antes, como siempre desde hacía un mes, Marta cogió el ascensor del edificio donde vivía y subió tres pisos. Quinto A. Allí daba clases de química con su vecino, profesor a tiempo parcial.

Si había una cosa que caracterizaba a Julián, era su seriedad. La semana anterior, se había enfadado con ella. El motivo doble, llegar cinco minutos tarde y no haberse estudiado la lección.

—Primer y último aviso.

Marta se tomó en serio la advertencia y durante cuatro días, su puntualidad y su rutina de estudio se volvieron intachables. Sin embargo, el día anterior hubo fiesta y tuvo el tiempo justo para repasar.

Pero Marta era joven y optimista.

Confiaba ciegamente en su capacidad de improvisación y en su suerte.

Ninguna de las dos cosas funcionó.

—¿Qué te ocurre hoy? —preguntó el don Julián molesto.

Marta puso cara de inocente y sonriendo respondió.

—Nada profe.

Lo que vino después no lo vio llegar.

—¿Crees que soy tonto? —estalló el hombre.

La chica se dio cuenta de su segundo error. Definitivamente se tendría que haber mostrado más humilde y sobre todo, tendría que haber dicho la verdad.

—¿Nada que decir?

Marta, prudente, guardó silencio.

—Te lo dije cuando viniste el primer día, te lo repetí la semana pasada. Esto es un tema serio y yo no enseño a quien no respeta mi tiempo y mi trabajo. Estas clases han terminado.

La joven se alarmó. Necesitaba aprobar para renovar la ayuda en forma de beca. Imploró y rogó que le dieran otra oportunidad.

—Disciplina. —dijo Julián cuando, resignada, la estudiante estaba a punto de regresar a casa.

Marta no entendió del todo aquellas palabras, solo vio un flotador en medio del océano, la última oportunidad de seguir con aquellas clases que tanto necesitaba.

—Por supuesto don Julián, lo que usted disponga, yo…

El hombre levantó la mano pidiendo silencio.

—¿Sabes lo que pasaba antes cuando un alumno se portaba mal? Se le castigaba, hace años se le daba unos buenos azotes.

—Pero, pero yo no soy una niña mal criada, yo tengo veinte años, yo…

—Exacto, no eres una niña, si lo fueses no estaría planteando esto. Sin embargo eres una joven malcriada, mayor de edad y por tanto tú decides. Aceptas mis condiciones o aquí acaba nuestra relación profesional.

—Acepto. —murmuró Marta.

“Demasiado deprisa, tendría que haberlo pensado… bueno ahora le digo que no y ya está… además de bocazas y mentirosa, cobarde. Bueno yo… bueno”

—Lo estoy. —dijo con más claridad, temerosa de perder el último tren.

Julián asintió. Él también estaba nervioso. Quizás había ido demasiado lejos con todo aquello. No tendría que haber planteado lo del castigo y sin embargo, no se arrepentía, era una joven, con sus errores, pero buena chica, no podía dejarla. Mentira, mentira, en el fondo no era más que un hombre dejándose llevar por su instinto. Estaba nervio sí, pero también excitado, tal y como atestiguaba su miembro a medio crecer. Si solo hubiese rellenado el interior de sus calzoncillos con papel higiénico.

Todo esto cruzó su mente en segundos.

Tomo la silla y la colocó en medio de la habitación.

De un cajón sacó un cepillo.

—Túmbate sobre mis rodillas.

Tras unos instantes de duda, de alguna manera, Marta se forzó a caminar hasta donde estaba el profesor. Luego, con las mejillas violentamente ruborizadas, se recostó sobre el regazo del tipo que la iba a calentar el trasero.

Sus manos agarraban las patas de la silla, sus piernas estiradas, la punta de los pies en contacto con el suelo y una gota de sudor resbalando por su frente. En aquella posición, humillante, indefensa, un cúmulo de sensaciones la inundaban. Las mariposas revoloteando en su tripa, el contacto del paquete del profesor con su sexo, la tela de las bragas, bajo los pantalones, engullida por la generosa hendidura que separaba sus nalgas.

El tiempo cabalgaba sobre la concha de un caracol. La meta lejana.

Un minuto, cinco, unos segundos. Imposible medir el tiempo. La tensa espera convirtió a azotada y azotador en espectadores de un universo paralelo.

Finalmente cayó la primera nalgada. La mano abierta, el golpe contundente. La sorpresa de Marta y el grado de excitación de Julián al alza.

Temiendo que aquello se le escapase de las manos, Julián aceleró el ritmo, azotando a Marta alternativamente en nalga derecha y nalga izquierda. La ráfaga duró algo más de un minuto.

—Ahora el cepillo —anunció.

Marta hizo un intento en balde por contraer las nalgas antes de que el nuevo instrumento impactase sobre su trasero.

—Aufff —escuece.

—Serán 10

Terminada la tunda con el cepillo, la joven se incorporó y se masajeó los glúteos.

El profesor se puso en pie y trató de relajarse. El pene había crecido bajo sus pantalones y colgaba ladeado a la derecha. Un hilo transparente mojaba, en aquel momento, la tela de sus calzoncillos.

—Y ahora el castigo de verdad.

—Pero, pero si ya me has zurrado.

—No es suficiente. Para que esto sea efectivo tiene que picar de verdad y ser un poco más humillante.

—¿A qué se refiere?

Don Julián se desabrochó el cinturón, lo sacó tirando de la hebilla y lo dobló por la mitad. Luego, tras tragar saliva y notar como su miembro latía, tomó la palabra.

—Bájate los pantalones y las bragas e inclínate sobre la mesa.

—Pero… —dijo Marta quejándose con la mirada.

—Nada de peros, obedece y terminemos cuanto antes.

Sin ver otra salida, la joven obedeció.

Bajó pantalones y bragas y, con el culo al aire, se inclinó sobre la mesa. Sus pechos contra la madera y sus manos agarrándose al borde opuesto.

Julián contempló durante unos segundos el espectáculo. Aquel trasero, sin duda, podía rivalizar con el de la Venus de Velázquez, que, a través de su espejo dibujado, seguía la escena.

El docente introdujo su mano bajo los calzoncillos para reubicar el pene y comenzó a azotar las nalgas de su alumna.

—Cuenta en voz alta, serán quince.

—Uno

—Dos

Con cada latigazo el pompis de la joven parecía bailar al tiempo que cogía más color.

Llovía sobre mojado y el cuero, sin ser tan cortante como hubiese sido una vara, dejaba un rastro de escozor difícil de ignorar.

Entre golpe y golpe no pasaban más de diez segundos y Marta tenía el tiempo justo para “cantar” el número y recuperar la posición y, aunque cada vez era más difícil, la compostura. La situación era humillante, las sensaciones contradictorias pero la joven tenía un objetivo, conservar la dignidad frente a aquella situación. Así que, cuando el decimoquinto azote aterrizó en el culete, Marta respondió con un “quince” sonoro, casi militar y recuperó la posición. Su rostro encendido, las lágrimas sin aparecer, su postura impecable, el culo expuesto, preparado, listo para recibir un nuevo golpe. Pero el azote no llegó.

Y si una orden y unas palabras de admiración.

—Puedes levantarte, has sido muy valiente.

La joven se incorporó y subió braguitas y pantalones cubriendo sus vergüenzas.

Don Julián se puso el cinturón y la miró.

Ella le sostuvo la mirada.

—Ven aquí—dijo el hombre abriendo sus brazos.

Marta se acercó y se abrazó a su profesor aspirando el perfume de varón y sin rehuir el contacto con la erección que, a todas luces, ocurría bajo la tela húmeda de los vaqueros.

Julián le acarició el pelo y le susurró unas palabras al oído.

—Guapa, inteligente, valiente.

Luego, sujetando el rostro con delicadeza la besó en la mejilla.

Marta le miró a los ojos y dijo.

—Puedo besarte… de verdad.

—Marta… – dijo don Julián.

—Por favor, me apetece.

Don Julián la miró a los ojos, sostuvo el rostro con sus manos y plantó un ósculo en sus labios.

El beso duró bastante.

Don Julián abrió la boca invitando a Marta.

Marta aceptó abriendo la suya, sacando la lengua y explorando otra boca y otra lengua.

El sabor indefinible, adictivo, mágico.

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