Reflexiones y borradores de un aspirante a escritor erótico

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T. Lectura: 5 min.

Mi mente no para, no se detiene. Ayer, tras finalizar un relato fetichista, me enfrente a una noche de las de dormir a ratos. Hacía calor y los calzoncillos sobraban. Me los quité en el baño, unas horas después, justo después de orinar pis espeso, mezclado con semen. Como en tantas ocasiones, el relato no acabó en orgasmo. Los personajes, las situaciones y las imágenes danzaban en mi cerebro buscando su lugar y la escena final, el clímax, escrito de un tirón, no dejó indiferente a mi por entonces abultado miembro. Sin embargo, como ya comenté, no fue suficiente para (con perdón) “correrme” y el sueño me venció.

Pero volvamos al cuarto de baño brevemente. El espejo reflejando mi pene colgando, medio desinflado, vencido a la derecha, la mata de gruesos, largos y rizados pelos negros que a modo de bosque crecían en mi vientre y en mi escroto. Gire ligeramente para verme el culo, también peludo. Separé las nalgas con mis manos. Confieso que logré detenerlo durante un rato contrayendo el ano. Confieso que disfruté el momento aunque, como era de esperar, finalmente, lo deje escapar ruidosamente. El pedo dejó tras de sí alivio. Bostecé y volví a cama. Las sábanas acariciando mi cuerpo desnudo y el sueño, por fin, ganando a mi conciencia.

La luz de la mañana del sábado me despertó poco a poco, con esa naturalidad que a menudo destrozan las irritantes alarmas de entre semana. Era sábado y no había planes. Bueno sí, comprar.

Después de desayunar subí al coche.

De camino al supermercado ideas para nuevos relatos. Ideas que nacían con fuerza para encontrar, unas líneas después, caminos sin salida. Ideas, retazos, pedazos inconexos que no daban para un relato ni decente, ni lo suficientemente indecente para merecer el esfuerzo de ser escrito.

Es tan fácil imaginar y dar vida a lo erótico cuando no se necesitan palabras. Parado en un semáforo, puse la palma de mi mano sobre mis vaqueros descoloridos y con el dedo índice comencé a acariciarme el pene distraídamente. El semáforo cambió a verde y mi mano abandonó la tarea para meter primera.

“¿Y si creo algo que mezcle ciencia ficción, mansiones del siglo XIX y fetichismo? Los personajes, un científico joven que viaja a otro mundo paralelo ambientado en el pasado. Ahora es el dueño de un caserío con mayordomo, ama de llaves y criadas. Una de ellas, Susana, es la veterana, otra mucho más joven, la recién llegada. Susana es acusada por el ama de llaves de romper un jarrón. El científico observa, seguro que Susana culpa a la nueva. Al fin y al cabo se trata de que alguien pague por los platos rotos. Pero Susana no es esa clase de mujer, tiene miedo, sabe que habrá castigo y aun así, con valentía, confiesa su culpa.

Alguien trae una vara.

La criada se sube el vestido, desata sus calzones de mujer y expone sus pálidas nalgas.

El ama de llaves la azota.

Una, dos, tres veces.

Y luego, ante la sorpresa generalizada, el científico (dueño de la casa para los allí presentes) interviene.

—No, el daño me afecta directamente y quiero ocuparme personalmente de castigar a esta criada.

Su tono de voz es dominante y Susana no puede evitar temblar.

El ama de llaves pasa la lengua por los labios y sonríe como sonríen las sádicas.

—Deme la vara. —Le espeta el hombre fríamente.

—Y tú, vistete y sube conmigo a mi cuarto.”

Como escritor imagino lo que pasa allí, entre los dos. El científico pertenece a otro siglo y le gusta Susana, su actitud, su valentía y, porque no decirlo, su hermosura.

A continuación, temiendo que alguien este escuchando, le ordena que desnude su trasero para continuar con el castigo. Ella, temblando, obedece. Pero en lugar de notar como la vara muerde su trasero una vez más, nota algo húmedo.

“Es desinfectante.” Susurra el hombre pasando con delicadeza un paño húmedo por sus nalgas.

Ella va a decir algo, pero él se lleva el dedo índice a los labios.

Silencio.

Luego añade en voz alta.

—Prepárate, te voy a azotar hasta hacerte llorar de verdad. Y luego, luego vas a saber lo que es ser penetrada como dios manda.

Mientras hablaba, el que sujetaba la vara dispuso un par de cojines en una silla y se acercó de nuevo a Susana para decirle en voz baja que cada vez que golpease los cojines o lo que fuese con la vara, ella debería gritar, y quejarse y sollozar y pedir clemencia.

La farsa se oiría desde fuera y de cara a todos la criada estaría siendo castigada de forma severa para luego, sin miramientos, recibir las violentas embestidas de un varón.”

El aparcamiento del garaje tenía plazas de sobra y durante los próximos veinte minutos me dediqué a llenar el carrito de la compra.

Después, en la cola para pagar, me fijé en una joven que hablaba por el móvil. Vestía unos pantalones negros ajustados y su culo se marcaba de forma deliciosa.

Si hubiera podido, siempre pensando en usarlo para un relato, me hubiera gustado coger con mi mano esa nalga temblona, haberla pellizcado suavemente, haberla amasado como quien amasa la base para preparar empanadillas.

Busque con la mirada otros traseros y encontré variedad. Tamaños diferentes y formas variopintas, peras, manzanas, patatas y melones, que parecían haberse equivocado de lugar. Me fijé en uno que destacaba por ser perezoso, un pandero generoso que caía sin disimulo hasta cubrir parte de los muslos. Durante un instante lo visualicé desnudo, la hendidura fina, granitos aquí y allá y toda la carne acumulada abajo, con abundante celulitis.

Y ese culo, junto con un culito que pecaba de pequeño y otro que no destacaba por nada en particular, me llevaron a plantear, de vuelta a casa, otra historia.

Esta vez la protagonista era una enfermera que se dedicaba, los martes, a poner inyecciones intramusculares. Por sus manos pasaban todo tipo de personas y cada uno se enfrentaba al momento del pinchazo de forma diferente. Para Sonia, que así se llamaba la profesional, aquel trabajo lo tenía todo.

Sin embargo, reconozco que más allá de pensar en muchos culos y distintos grados de desnudez, el culete completo al aire, el medio trasero, incluso, el caso en que la prenda no bajaba mucho y no era visible más que el nacimiento de ese lugar donde la espalda pierde su casto nombre, pensé en la raja del fontanero.

Y eso me llevó a pensar en un relato más desenfadado, donde los “cazadores de rajitas” aprovechaban en plan mirón, esos momentos en que el agacharse dejaba a la vista el nacimiento de la raja del culo.

Pero porqué limitarse a la retaguardia cuando el escote y las tetas también tienen mucho contenido erótico.

Y en estas que como escritor novel, muchas veces, me topo con que lo erótico toma demasiado protagonismo y no hay historia. Solo escenas mejor o peor contadas. Si paro antes de la acción el relato no será erótico y decepcionará a quien buscaba entretenimiento y auto estimulación. Si avanzo demasiado en el detalle, peco de repetitivo, quizás hasta vulgar. No hay más que ver lo que cuesta referirse a un buen pene erecto sin repetirse, o lo que supone describir el acto de la penetración sin sonar vulgar o, lo que es peor, anodino.

Pero mi mayor dilema es saber si el lector busca un relato de sexo sin más, o quiere explorar fetiches.

Y en este último campo, reconozco, que no sé muy bien como avanzar. Por un lado está todo lo que puede ofender o no ser aceptable. El dolor, la aberración o simplemente el desagrado. Véase como ejemplo de lo último “el pedo”, quizás mi fetiche preferido.

Si el relato se centra en este fetiche, por supuesto, lo desarrollo, pero, si no es así, temo que rompa el hechizo. Imaginen, el clímax de una relación cocida a fuego lento, caricias y placer, perfumes y sabores y de repente, el sonido, la ventosidad, el olor. Hasta para el más fan del tema la magia puede romperse. Ya no hablemos si hay algo más, orina y… bueno lo otro que, para no ofender demasiado, llamaré “chocolate”. Particularmente, no encuentro para nada y en ningún contexto, algo erótico en hacer de vientre.

Por último el castigo, la bofetada, el latigazo, la corriente eléctrica, pero sin llegar a lo macabro, que de nuevo no es ni será un fetiche aceptable para mí… hay niveles, que conllevan sufrimiento. Pongamos dos casos, una cosa son unos azotes y otra cosa es un culo morado. Una cosa es una corriente eléctrica moderada, que incluso lleva a orinarse encima y otra el quemar un trasero con cigarrillos. Creo que estos y otros temas pueden encajar, paradójicamente, en relatos no eróticos muy bien contados, donde contribuyan a la atmósfera pero no constituyan el argumento principal. Aun así es difícil tratarlos.

Pero volvamos al talón de Aquiles de todo esto. La historia, el relato. De alguna manera creo que hay momentos, escenas, que se dibujan con un par de pinceladas y quedan muy bien. Son esos momentos en los que todo el desarrollo de personajes se ha hecho de manera impecable, ese momento en el que las piezas encajan de forma natural. Para mí esos momentos quedan reflejados en un beso final largamente esperado, en un giro magistral de guion que, aunque no esperado, encaja o en ese clímax en el que el lector o lectora hubieran querido participar.

Fin

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