Después de lo que pasó con Alfredo, en la cabina de su camión, no volví a saber de él.
De hecho, pasé las siguientes semanas centrada en mis exámenes, olvidándome por completo de mi ex. Pero, de quien no me olvidaba, era de Alfredo y de aquella noche, en la cabina de su camión.
A veces, cuando estaba sola en mi cuarto, soñaba en encontrarme con él. Recordaba la tremenda follada que me dio y como se corrió en mi boca. Esas noches, acababa por hacerme un dedo en el más absoluto silencio.
Como digo, las semanas pasaron. Hasta que, una noche, mientras mis compañeras de piso y yo veíamos las noticias en la tele del piso de estudiantes, el presentador del noticiario anunció una huelga de camioneros como protesta por el elevado precio del combustible.
Esa noticia, en otro momento, me habría resultado irrelevante. Pero, al escucharla y ver las imágenes de varios camioneros, me trajo recuerdos de aquella noche. Como pude, nerviosa, aguanté lo que quedaba de noche y de tertulia de chicas. Ya en mi habitación me masturbé como una loca.
Era jueves. Al día siguiente, viernes, una de mis compañeras se iba de fin de semana con su novio. Mi otra compañera, volvía a casa de sus padres el fin de semana para regresar el domingo por la noche. A mí no me apetecía volver a casa, sola. Además, tenía que preparar un trabajo, para una asignatura. Así que me resigné a pasar el fin de semana sola en el piso.
Ese día, por la tarde, una vez se hubieron marchado mis compañeras, y mientras ojeaba el móvil, de repente, me llega un mensaje de WhatsApp de un teléfono que no tenía en mi agenda.
El mensaje comenzaba así:
–Hola, bombón, ¿Qué tal?, ¿Me recuerdas?
Era Alfredo. Al leer su mensaje, mi corazón empezó a palpitar. A latir como nunca. Nerviosa, comencé a teclear una respuesta.
–Claro que me acuerdo –Como para no hacerlo, pensé.
Añadí un par de emojis. Iba a añadir algo más, pero un torbellino de ideas se me pasaba por la cabeza, sin atreverme a elegir una, cuando, de repente, me doy cuenta de que Alfredo me envía un audio con el siguiente mensaje.
–Me he venido a tu ciudad, con motivo de la huelga y, bueno, ya que no tengo nada que hacer, me preguntaba si podía ir a tu piso. A verte. Si estás sola, claro y te apetece recordar… lo de la cabina de mi camión.
No me lo podía creer. Alfredo me proponía venir a mi piso. Y yo, estando sola. Casi se me cae el teléfono al suelo, al oír su voz. Tenía que contestar. Así que, le grabé un audio que, más o menos, decía lo siguiente:
–Pues mira, mis compañeras no están, se han ido a pasar fuera el fin de semana –hice una pausa– Así que, claro que podemos rememorar lo de la cabina de tu camión.
Apenas había terminado de enviar el mensaje, cuando, recibo una contestación de Alfredo.
–Entonces, puedo quedarme el fin de semana. En tu piso. Todo el fin de semana follando como conejos…
Mis dedos, temblaban. Casi no era capaz de teclear. Imaginaba a ese hombre, que casi me triplicaba la edad, en mi casa. Pero… ¿Había dicho todo el fin de semana? ¿Y si alguna de mis amigas volvía?, ¿Cómo explicaría yo…? Estaba nerviosa, atacada. Tanto, que, como no respondía, Alfredo, me llamó.
Esta vez, no eran mensajes de texto. O audios. Era una llamada.
Después de unos pocos segundos y tras los saludos iniciales, me volvió a decir que venía a mi piso. Que le pasara ubicación. Tras pasársela me dijo que le pillaba algo lejos pero que en una hora estaba en mi piso. Para terminar, me dijo:
–… Bueno, supongo que, para recibir a tu nuevo novio, te pondrás algo… especial, ¿No?
Si ya temblaba, aquello fue el estallido de una bomba nuclear en mis sentimientos. Aunque, creo que, en realidad, lo que sentía era una mezcla de nervios y excitación. Tras unos segundos, le respondí.
–Algo especial… ¿Como qué?
–Unas mallitas. O uno de esos pantaloncitos cortitos y tan ceñidos que usáis ahora las chicas. Ya sabes que me encanta ese culazo que tienes. ¿No te acuerdas como te lo peté en mi camión?
Qué cabrón. Pensé. Pero mientras lo pensaba, recordaba aquella follada anal. Con mi cabeza entre los asientos del camión. Y de mi brutal orgasmo.
–Eso está hecho, Alfredo. Y, ¿En la parte de arriba?
–Te iba a decir que nada. Pero no creo que abras la puerta con los melones al aire. Así que… ¿Por qué no te pones un suje? ¿O un bikini?
–Mmmm. Tengo un bikini tanga que pensaba estrenar este verano – Mentira. Era del verano pasado. Pero pensé que Alfredo no tenía pinta de ser un experto en moda y que, un bikini así era, quizás lo mejor y más sexy.
–Ea, pues lo estrenas conmigo. Con tu nuevo novio. En 1 hora estoy ahí.
Y colgó.
Como loca, solté el teléfono y me metí, rápidamente en la ducha. Creo que, nunca en mi vida me he peinado, maquillado y depilado más rápido que aquella tarde.
Estaba con el bikini puesto. Incluida la braguita. Cuando me puse las mallas más ceñidas que tengo. Fui a la habitación de mi compañera Cristina, que tiene un espejo más grande que el que hay en el baño.
Me veía estupenda con mis mallitas ceñidas, el bikini y el tanguita. Miré el reloj. Solo faltaban 10 minutos. Y aún me faltaba algo. Zapatos. Busqué entre mis zapatos, pero no me gustó nada de lo que vi. Así que fui a la habitación de Coral, mi otra compi y le cogí unos taconazos que tiene, negros, con un tacón de 7 cm. Pensé, en ese momento, que qué bien que ambas usáramos la misma talla de zapatos, la 38.
La combinación, estilísticamente, era un desastre. Mallas con bikini y taconazos. Pero, Alfredo, deduje, no entiende mucho de estilismo y yo me veía monísima y muy sexy con todo eso. Daba vueltas, nerviosa, frente al espejo del baño cuando sonó el timbre.
Intenté calmarme. Dejé pasar unos segundos y fui a abrir.
Allí estaba Alfredo. Con los mismos vaqueros raídos de aquella noche. Salvo que, ahora, llevaba una camiseta de manga corta que, por un lado, no dejaba de mostrar esa descomunal barriga llena de vello y, por otro lado, acentuaba sus fuertes brazos.
–Wow, estás estupenda, bombón. ¿No me vas a invitar a pasar? – Me dijo, con una sonrisa de sátiro, que me hizo sentir un latigazo en mi sexo.
–Cla… claro – Respondí, con una risa nerviosa.
Cerré la puerta. Nos quedamos mirando unos segundos. Alfredo se lanzó a besarme. Y no solo besarme. Me comía la boca. Me metía la lengua hasta la garganta. Evidentemente, yo le dejaba. Excitada. Cachonda.
–Joder niña, qué buena estás –Me dijo, mientras me “escaneaba”– A ver, date una vuelta.
Evidentemente, la di.
–Joder, qué culazo tienes –Y, tras decir, esto, me dio un azote. Duro.
–Gracias.
–Y, sabes de quien este culo, ¿no? –Me dijo, apretando mis nalgas con sus manos fuertes.
–¿De quién? –Le dije, juguetona.
–Pues… mío. De tu nuevo novio. Un novio que sabe apreciar este culazo –De nuevo, lo apretaba– Y ¿sabes qué voy a hacer con él?
Evidentemente, lo sabía, pero quería seguir el juego, así que hice como que dudaba y le respondí.
–Mmmm, no. ¿Qué?
Después de decirle eso, se acercó a mí, dándome, de nuevo, un azote. Solo que esta vez, el azote fue duro, seco.
–Pues petártelo. Como a mí me dé la gana.
Me miró, muy serio. Yo, quería morirme. De placer.
–Y tus amigas, ¿Dónde están?
–Mis compañeras. No estarán hasta el domingo
–Genial. Tenemos todo el fin de semana para follar. Cuando acabe contigo, te escocerá el chocho… –Añadió, riendo.
Yo, solo podía escuchar. Y asentir. Como una tonta.
–Pero antes, dime –Me miró, sonriendo– ¿Qué tenéis de alcohol?
Hice un rápido recuento mental. Nos quedaba algo de Tequila, una botella de Ron casi entera, varias Coca–Colas light, un par de cervezas, y algo más.
–Vaya mierda. Pero bueno, ve poniéndole a tu novio un tequila –Nada más acabar, me dio un azote. Después, recorrió el salón y se sentó en el sofá donde solemos ver la tele.
Me quedé de piedra. Unos segundos. Alfredo me había pedido que le pusiera una copa. Y, ahora, estaba esperando. Viendo la tele. Ignorándome.
Rápidamente, fui a la cocina. Busqué, desesperada, donde estaba la botella de tequila. Abrí varios armarios. Por fin, la vi. Preparé una copa para Alfredo y me puse un poco.
Cuando llegué al salón, Alfredo se había quitado los pantalones y la camiseta. Estaba sentado, vistiendo, únicamente unos calzoncillos tipo slip. Me miró, sonriendo.
–Muy bien, nena. Ahora, mientras me tomo la copa, ¿Por qué no me la chupas?
Y golpeó un par de veces, el sofá con una mano, mientras que con la otra bajaba un poco sus slips.
Os juro que, si cualquiera de mis ex me hubiese hablado así y me hubiese pedido que se la chupara, le habría montado un espectáculo que se le habrían quitado las ganas.
Pero esa vez, no. Es más, caminé, sexy, hasta Alfredo. Con mi mano temblorosa le entregué la copa.
Él me miró a los ojos. Sonrió, con esa sonrisa de depredador que tanto me pone.
–Vamos, cielo ¿No me has oído?, tu novio quiere que se la comas.
Y, después de eso, me dejó de mirar, para centrarse en la copa.
Os juro que, lo más rápido que pude, me senté, de rodillas, a su lado, en el sofá. Improvisé una cola en el pelo. Mientras lo hacía, Alfredo, recorría con su vista el salón de mi piso de estudiantes y daba pequeños sorbos a la copa.
Me acomodé en el sofá, separándome un poco y, sin ni siquiera mirarle, me metí su pequeña y gruesa verga en la boca. Mi oreja derecha rozaba aquella descomunal barriga llena de abundante vello. Olía fatal, pensé. Pero en ese momento, aquel olor, casi que me sabía a gloría.
Comencé a mamarle ese miembro, de la mejor manera que supe. Alternaba mamadas lentas, engullendo ese miembro pequeño cuyo grosor me llenaba la boca, con otras más rápidas y superficiales.
–Joder, qué bien la chupas. Se nota que, a mi novia, le gusta comerme la polla.
Iba a decir algo, pero, no me dejó. De repente, sobre mi nuca, noté su fuerte mano, empujando.
Estuvo así, empujándome la nuca, casi un minuto entero. O puede que algo más.
Solo sé que, cuando finalmente, liberó su mano, me dijo:
–Joder, nena, qué boca tienes. Pero, te voy a enseñar como me gusta a mí.
Se levantó rápidamente, se puso frente a mí, me cogió de la coleta, tirando de ella, mientras me decía:
–Ponte de rodillas, en el suelo. Te voy a follar la boca.
No me dio ni tiempo a asimilarlo. Diría que no tardó ni dos segundos en meter aquella pequeña y gruesa polla en mi boca. A continuación, una de sus fuertes manos, sujetó mi coleta.
A continuación, noté como mi frente chocaba una y otra vez contra la enorme barriga llena de vello de Alfredo. Mientras, en el salón de mi piso de estudiante, resonaba el eco de sus testículos velludos chocando contra mi barbilla. Sí, Alfredo me estaba pegando una follada de boca brutal. Me cogía de la coleta y movía su pelvis, sin miramientos.
Estuvo así, unos minutos. Todo ese tiempo, yo me dejaba hacer. Encantada. De mi boca salían babas que regaban el feo suelo del piso de estudiantes. Pero si mi boca estaba empapada, mi sexo, más. Por eso, cuando Alfredo dijo:
–Joder, niña, voy a parar, que me corro y, a mi edad, cuesta recuperar – Se separó de mi boca, aún abierta. Yo le miraba a los ojos, mientras un hilo de baba, aun chorreaba de mis labios – Y no quiero correrme sin pegarte la empotrada que mereces.
–¿Vamos a mi habitación? –Dije, incorporándome, con una sonrisa de placer en mi boca.
–Qué coño. Te voy a follar ahí mismo –Alfredo señaló el sofá, donde antes había estado sentado.
–¿Cómo me pongo? – Respondí, ansiosa
No hizo falta que Alfredo me respondiera. Le vi, caerse sentado sobre el sofá. Sus manos, atraparon mi cintura. Entendí lo que quería. Abrí mis piernas, cogí su sexo con mi mano, y me lo introduje en mi ya mojado sexo.
Y así, yo misma, empecé a cabalgarle. Al principio, lentamente, suave. Sintiendo como cada centímetro de ese grueso pero pequeño miembro ensanchaba mi sexo. Disfrutando.
Pero, entonces, Alfredo reaccionó como no esperaba. Empezó a golpear, con la palma de la mano mis pezones. No me daba cachetes en los pechos. Directamente, en los pezones. De lado.
Os juro que casi entro en éxtasis. Nunca, ninguna de mis parejas anteriores, me había hecho eso. Pero ahora, ese hombre, feo, gordo, me estaba dando más placer del que jamás había sentido en toda mi vida. Como si me leyera el pensamiento, me dijo:
–¿Qué?, ¿Te gusta, eh, zorra? –Y continuó, con más fuerza y velocidad golpeando mis pezones. Solo que ahora, era él el que me follaba.
No pude aguantar. Me corrí. Como una loca. Abrazada a él. Alfredo, también se detuvo, esperando que yo disfrutara el momento.
Mi orgasmo duró… yo que sé. Solo sé que fue uno de los más intensos que he sentido jamás. Y que, solo me devolvió a la realidad la voz de Alfredo, cuando me dijo:
–Yo también quiero correrme. Pero no quiero hacerlo sin antes romperte el culo –hizo una pausa. Después, añadió– Ponte en el sofá, a 4 patas.
Evidentemente, me puse, con mi cara mirando el respaldo del feo sofá donde, muchas noches, comparto tertulia de chicas con mis compis de piso.
Alfredo, de pie, fuera del sofá, ajustó su posición.
La cabecita de su grueso miembro apuntó a mi culo. Costó que entrara, me dolió. Pero una vez entró, exhalé un pequeño grito. De placer.
Hasta ese momento, Alfredo había esperado, paciente, hasta que su miembro se hiciera paso en mis entrañas. Una vez dentro de mí, se desató la bestia.
Comenzó a mover su pelvis con movimientos cortos y rápidos. Agresivo. Animal. Incluso, llegó a cogerme del pelo, tirando hacia él. Me hizo daño, pero no me quejé. Al contrario.
A los pocos minutos, Alfredo rugió.
–Me corro, joder. Abre la boca –Mientras lo dijo, sacó su grueso miembro de mi culo, apretando con fuerza la parte delantera con su mano derecha.
De un salto, pasé de estar en 4, en el sofá, a estar de rodillas con la boca abierta.
Alfredo, puso su mano izquierda en mi nuca. Me empujó hacia él… y liberó su mano derecha a la vez que empujaba su miembro en mi boca.
Sentí como mi boca se inundaba de un líquido espeso, blanco que, apenas, podía retener en mi boca. Iba a escupirlo, cuando, con otro rugido, Alfredo, añadió:
–Trágatelo. Hasta la última gota. Y después, me lamerás la polla –Hizo una pausa– No querrás que tu nuevo novio vaya dejando caer su semilla por el suelo, ¿Verdad?
El rugido, pasó a ser una carcajada.
Tragué. Ya lo creo que lo hice. Abriendo mi boca, para que mi “nuevo novio” la viera.
Si queréis saber como sigue, decídmelo en comentarios.
Vicky
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