Tomé el teléfono con las manos aún calientes después de lo que acababa de pasar con Sofía.
Escribí el mensaje sin pensarlo dos veces:
«¿En serio ya me vio mi tía masturbándome?»
Lo envié y me quedé mirando la pantalla. Sofía lo leyó inmediatamente. El “Escribiendo…” apareció, desapareció y volvió a aparecer varias veces. Estaba claramente disfrutando hacerme esperar.
Después de casi dos minutos llegó su primer mensaje:
«Sí… te vio. Más de una vez.»
Sentí un golpe de vergüenza y excitación al mismo tiempo. Antes de que pudiera responder, siguió escribiendo:
«Hace unos días nos vio coqueteando en la cocina cuando llegaste. Me preguntó directo si ya habíamos tenido algo. Yo le dije que no, que solo estábamos jugando. Me soltó el sermón de “son primos, no seas loca”, pero luego… le conté que sí te había visto masturbándote.»
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda. Sofía continuó:
«Al principio creí que se enojaría, pero no. Se puso muy interesada. Me preguntó cómo te miré… Le dije que te masturbabas muy rico, que tienes una verga bastante gruesa, con una cabeza grande y rosada, y que se te pone bien dura y venosa cuando estás excitado.»
Me quedé sin aliento. Otro mensaje llegó casi al instante:
«No te asustes, primo. Mi mamá no es como parece. Por fuera es toda recatada y seria, la típica tía decente… pero en realidad le encanta el sexo tanto como a mí. Tal vez más. Es bastante más intensa y sucia de lo que te imaginas.»
Sentí la boca seca. Entonces llegó otro mensaje:
«Una vez, cuando yo estaba en el último año de la prepa, la encontré en la sala con uno de mis compañeros de escuela. Él había venido a dejar unos apuntes y terminaron cogiendo. Ella estaba encima de él, montándolo fuerte, gimiendo sin vergüenza. Fue una de las cosas más calientes que he visto en mi vida.»
El corazón me latía con fuerza. Le escribí:
«¿Y por qué me cuentas esto ahora?»
Sofía tardó un poco más esta vez. Cuando llegó su respuesta, fue directa y juguetona:
«Porque hace unos días ella me preguntó por ti. Quería saber si te había visto con alguna novia, porque te masturbabas más de lo habitual. Sonrió y me confesó que te había visto y le gustó cómo te agarrabas la base fuerte mientras te jalabas hacia arriba. Dijo que se ve “apetecible” y que tiene buena longitud para llenar bien.»
Las dos estaban hablando de mi verga como si fuera un juguete delicioso. Sentí vergüenza mezclada con una excitación brutal.
Sofía continuó escribiendo:
«Tal vez… si le cuento que ya hemos tenido sexo, eso podría ayudar a que ella también quiera probarte. O quizá verte follándome podría ponerla muy caliente y quitarle cualquier duda.»
Luego llegó el mensaje que cambió todo, con ese tono calculador y travieso:
«Pero si voy a hacer eso por ti… si voy a contarle todo lo rico que follas y cómo me haces acabar, vas a tener que darme algo a cambio, primo.»
«¿Qué quieres?» respondí casi sin respirar.
Sofía tardó unos segundos. Cuando llegó su respuesta fue clara y directa:
«Quiero que me pagues el implante subdérmico. No sé, tal vez te convenga a ti también que lo tenga… Y también quiero que me presentes a uno de tus amigos. Ese moreno alto y guapo, el que juega fútbol. Me gusta cómo se ve. Si me das eso, le contaré a mi mamá todo con detalles bien sucios: cómo me cogiste en su cama, cómo me llenaste… y le diré que eres mucho mejor de lo que ella imagina.¿Trato hecho?»
Me quedé mirando la pantalla del teléfono durante varios segundos, con el corazón golpeándome fuerte en el pecho y la verga ya medio dura otra vez solo de imaginar todo lo que Sofía le podría contar a su mamá.
Escribí con los dedos todavía un poco temblorosos:
«¿El implante y presentarte a mi amigo? ¿Eso es todo?»
Sofía leyó el mensaje casi al instante. El “Escribiendo…” apareció de nuevo, esta vez tardando un poco más, como si estuviera disfrutando ponerme nervioso.
«Sí, eso es todo… por ahora… El implante es para no tener que preocuparme cada vez que me den ganas de que me follen rico. Y tu amigo… bueno, solo quiero conocerlo. Si después pasa algo entre nosotros, eso ya es cosa mía. Tú solo haces la presentación, nada más.»
Respondí rápido:
«¿Y cómo sé que realmente le vas a contar todo a tu mamá? ¿Qué le dirías exactamente?»
Esta vez Sofía tardó menos en contestar, como si ya tuviera la respuesta preparada:
«Le diría la verdad, primo… pero bien detallada. Le contaría que me cogiste en su habitación hoy. Que me espiaste cuando yo me probaba su ropa, Te pusiste duro al verme con ese atuendo y que me la metiste por el culo hasta que me temblaban las piernas.
Le diría que tienes una verga más gruesa de lo que ella imaginaba, que entra apretado y que me hiciste gritar cuando me la metiste hasta el fondo. Que me llenaste la boca cuando acabaste. Eso la va a poner muy caliente… Sé que le encanta que le cuenten detalles sucios.»
Sentí un calor subiendo por todo el cuerpo. Mi verga ya estaba completamente dura dentro del pantalón.
Le escribí:
«Mierda, Sofi… ¿y si ella se enoja en vez de excitarse?»
«Créeme, no se va a enojar. Se va a mojar. La conozco mejor que nadie. Cuando le cuente cómo me hiciste acabar, va a empezar a apretar las piernas y a morderse el labio igual que cuando te vio masturbándote. Pero para eso necesito que aceptes mi parte del trato primero.»
Me quedé pensando unos segundos. La idea de que la tía me mirara de otra forma, de que quizás quisiera algo más… era demasiado tentadora. Finalmente respondí:
«Está bien. Trato hecho. Pero quiero que le cuentes todo con lujo de detalle. Y quiero saber exactamente qué dice ella cuando se lo cuentes.»
Sofía me mandó un emoji de carita traviesa seguido de:
«Perfecto. Mañana mismo voy a pedir cita para el implante. Tú encárgate de contactar a tu amigo y organizamos una salida casual. Y en cuanto tenga el implante puesto… le voy a contar todo a mi mamá.
Prepárate, primo. Porque cuando ella sepa lo rico que follas, dudo mucho que se quede solo mirando.»
Luego llegó un último mensaje, más corto y directo:
«Ah, y una cosa más… cuando me pongan el implante, quiero que me folles otra vez. Como “bono” por cerrar el trato.
Quiero que me cojas fuerte antes de que mi mamá te pruebe. ¿Te parece justo?»
Me quedé mirando el último mensaje de Sofía con la verga aún palpitando. La idea de follármela me tenía encendido, pero no quería apresurar todo.
Respondí:
«Acepto el bono… »
Sofía tardó un poco en contestar. El “Escribiendo…” apareció y desapareció un par de veces.
«Mmm… está bien, trato hecho. Pero te advierto: cuando llegue el día, voy a estar muy caliente y voy a querer que me des todo. No te voy a dejar escapar fácil.»
Pasaron cinco días.
Durante ese tiempo la tensión en la casa se volvió casi insoportable. Sofía y yo nos cruzábamos en la casa y las miradas eran cada vez más cargadas. Ella me rozaba “sin querer” al pasar, me sonreía con esa cara de traviesa mientras me mandaba un par de mensajes.
«Ya pedí cita. Es el jueves.»
«Anoche soñé que me cogías contra la pared mientras mi mamá nos miraba. Me desperté empapada.»
El jueves por la tarde Sofía llegó a la casa con una pequeña venda en el brazo. Me encontró en la sala, se acercó y me susurró al oído:
—Ya me lo colocaron. Duele un poquito, pero ya estoy protegida. Mañana mis papás se van en la tarde. Estaremos completamente solos.
Me miró a los ojos y añadió con voz bajita y cargada de deseo:
—Así que mañana… quiero que vengas a mi habitación. Quiero que me cojas duro.
Esa noche apenas pude dormir. La anticipación me tenía la verga dura cada vez que pensaba en lo que iba a pasar. El día siguiente transcurrió lento; no me concentré en nada. Solo quería que llegara la hora de volver a casa.
Cuando por fin llegué, mi tía Rebeca estaba en la cocina. Al verme, me sonrió de una manera peculiar, más lenta y profunda de lo normal. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo necesario en mi cuerpo.
—Bienvenido a casa… —dijo con un tono suave, casi provocativo. O quizás solo lo imaginaba por lo caliente que estaba.
—Gracias, tía —respondí, intentando que no se notara el nerviosismo en mi voz.
Sentí el ambiente denso, cargado.
Poco después de las 7 de la tarde, mis tíos salieron de la casa. La puerta principal se cerró con un clic definitivo y el silencio cayó sobre toda la planta baja. Subí las escaleras con el pulso acelerado y me dirigí directo a la habitación de Sofía. La puerta estaba entreabierta. Entré sin tocar. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por la luz suave de una lámpara de noche. Sofía estaba de pie junto a la cama, de espaldas a mí. Al escuchar la puerta girar, se dio la vuelta lentamente.
¡Mierda, Sofia!…
Llevaba puesta solo lencería negra muy provocativa: un conjunto de encaje transparente que apenas cubría lo esencial. El sostén negro realzaba sus pechos generosos, haciendo que se vieran aún más llenos y tentadores. Las bragas diminutas que se perdían entre sus nalgas redondas y firmes, dejando al descubierto casi toda su piel suave. Su cabello largo y oscuro caía en ondas sobre uno de sus hombros, y sus labios estaban pintados de un rojo intenso que contrastaba con su sonrisa traviesa.
Me miró directamente a los ojos con esa mirada cargada de deseo, se mordió el labio inferior y caminó hacia mí con pasos lentos y seguros, balanceando las caderas de forma hipnótica.
—Finalmente… —susurró con voz ronca y baja—. Llevo todo el día empapada solo de imaginar…
Se detuvo a pocos centímetros de mí. El aroma dulce de su perfume mezclado con el olor de su excitación llenaba el aire. Puso una mano sobre mi pecho y bajó la voz aún más:
—Ahora sí, primo… es hora de pagar.
Quiero que me folles fuerte. Quiero que me agarres de las caderas. Nada de suave esta vez. Úsame como quieras.
Tomó mi mano y la guió lentamente entre sus muslos. La tela del tanga negro estaba completamente mojada, caliente y resbalosa. Sus dedos presionaron los míos contra su coño hinchado.
—Siéntelo… —murmuró cerca de mi oído, con la respiración acelerada—.
En ese instante ya no pensé más en mi tía ni en lo que Sofía pudiera contarle después. Solo quería cogérmela. La deseaba con urgencia.
Tomé a Sofía de la cara con ambas manos y la jalé hacia mí con fuerza. Ella soltó un gemidito suave y entrecortado antes de que mi boca se estrellara contra la suya en un beso profundo, apasionado y obsceno. Nuestras lenguas se enredaron con hambre, devorándonos el uno al otro sin control.
Sofía comenzó a tirar de mi camiseta con desesperación, sus manos recorrieron mi abdomen con avidez, pero de pronto se detuvo. Se separó apenas unos centímetros, me miró con esa sonrisa pícara que tanto me volvía loco y susurró:
—¿Quieres ver mis tetas?
Sin esperar respuesta, deslizó los tirantes del sostén negro por sus brazos. La prenda cayó al suelo, liberando sus pechos grandes, redondos y firmes. Sus pezones ya estaban duros y oscuros, pidiendo atención.
Me quité la camiseta por la cabeza de un solo movimiento. Sofía fue directa al botón y la cremallera de mi pantalón. Mi verga ya se marcaba obscenamente contra la tela, dura y palpitante. Nos seguimos besando casi con violencia, mordiéndonos los labios y respirando agitados.
Fui directo a sus tetas. Las masajeé con fuerza, apretándolas y pellizcando sus pezones entre mis dedos. Sofía jadeó contra mi boca, separándose un segundo para mirarme a los ojos con las pupilas dilatadas. Se mordió el labio y volvió a besarme con más intensidad.
La empujé sobre la cama. Sofía cayó de espaldas con un gemido. Me acerqué mirándola fijamente y, de un tirón fuerte, le arranqué la diminuta tanga negra. Ella se acomodó rápidamente, sin dejar de mirarme, y abrió las piernas con lentitud. Sus labios vaginales se separaron, revelando lo empapada que estaba; un hilo viscoso y brillante de sus jugos se estiró entre ellos.
Me deshice rápido de mis zapatos, pantalón y bóxer. Mi verga saltó libre, completamente dura y hinchada. Me hinqué frente a ella y mi boca fue directo a devorar su coño húmedo y caliente.
— ¡Ahhhhhh! — gimió Sofía fuerte y seco. Sus ojos se voltearon hacia arriba.
Me tomó del cabello con una mano mientras con la otra se masajeaba uno de sus pechos. No paraba de gemir mientras mi lengua se abría paso entre sus labios, lamiendo y succionando su clítoris hinchado. Sofía levantó más las piernas, dándome mejor acceso. Lamí desde su ano hasta su monte de Venus sin piedad. Su vagina chorreaba cada vez más, mojándome la barbilla.
Mis manos subieron a sus tetas, apretándolas con fuerza. Sofía empezó a tener pequeños espasmos. Tras unos jadeos intensos y que su cuerpo se contrajera violentamente, me empujó hacia atrás.
Me levanté y ella me siguió, dándome otro beso profundo y desesperado. Nos separamos y Sofía escupió sobre su mano, comenzó a masturbarme con movimientos largos y firmes. Su mano suave recorría mi verga desde la base hasta la punta, apretando justo en la cabeza. No pude evitar gemir.
—Ven aquí… —me dijo con voz temblorosa y golpeando la cama con la palma.
Sin decir nada me recosté. Sofía se colocó entre mis piernas y comenzó a darme una mamada intensa. Empezó con lengüetazos largos y lentos por toda la longitud de mi verga hinchada, lamiéndome los huevos mientras me masturbaba. Luego se metió mi verga a la boca, llegando hasta la mitad y succionando fuerte la cabeza. De pronto intentó bajarla más profundo. Tuvo un par de arcadas, pero no se detuvo; siguió mamando con ganas, con la saliva corriendo por su barbilla.
La detuve agarrándola del cabello y la jalé hacia arriba.
—Móntame —le ordené con voz ronca.
Sofía obedeció al instante. Se colocó sobre mí, metió dos dedos en su vagina húmeda para abrirse un poco más, tomó mi pene y lo dirigió a su entrada. Se fue hundiendo lentamente mientras soltaba gemidos sonoros y entrecortados. Mientras ella marcaba el ritmo, yo devoraba sus tetas, chupando y mordiendo sus pezones. Bajé las manos a sus caderas y las presioné con fuerza hacia abajo, haciendo que la penetración fuera más profunda.
Sofía me besaba con la misma intensidad con la que yo movía sus caderas, gimiendo entre mis labios. Yo quería más. La tomé firmemente de las nalgas, se las abrí y empecé a bombearla rápido y profundo desde abajo. Sus jugos facilitaban todo, haciendo que entrara hasta el fondo con cada embestida.
De pronto Sofía se tensó, su cuerpo se contrajo violentamente y llegó a su primer orgasmo intenso. Gritó mientras su coño se apretaba alrededor de mi verga, temblando y chorreando sin control. Quedó momentáneamente fuera de sí, respirando agitada sobre mi pecho.
Sofía todavía temblaba encima de mí, con su coño apretándome la verga en espasmos mientras intentaba recuperar el aliento. Su cara estaba roja, el cabello pegado a la frente por el sudor y los ojos vidriosos de placer.
—No mames… primo… —jadeó con voz entrecortada—. Me estás cogiendo muy rico…
Sin dejar que saliera de ella, me empujó hacia atrás para que quedara completamente acostado y se apoyó con las manos en mi pecho. Empezó a moverse otra vez, lento al principio, pero pronto aceleró el ritmo, cabalgándome con fuerza. Sus tetas grandes rebotaban violentamente con cada bajada.
—Así… móntame como la puta que eres —le gruñí, apretando sus caderas.
Sofía soltó una risita entre gemidos y se inclinó hacia adelante, dejando que sus pezones rozaran mi boca.
—Soy tu puta hoy, ¿verdad? —me provocó—. Entonces úsame… métemela más profundo. Quiero que me destroces el coño.
La tomé de las nalgas con fuerza y empecé a embestirla desde abajo, chocando contra ella con golpes secos y rápidos. El sonido húmedo de su coño tragándose mi verga llenaba toda la habitación junto con sus gemidos cada vez más altos.
De pronto la levanté de golpe, la tiré boca abajo sobre la cama y la puse en cuatro. Sofía arqueó la espalda al instante, empujando su culo grande y redondo hacia mí, ofreciéndoseme como una perra en celo.
—Así… ponme en cuatro —gimió, mirando hacia atrás con ojos suplicantes—. Quiero que me folles como a una perra. Métemela toda.
Me arrodillé detrás de ella, le abrí las nalgas con ambas manos y escupí directo sobre su coño hinchado. Sin avisar, la penetré de un solo empujón hasta el fondo. Sofía soltó un grito ahogado que terminó en un gemido largo y gutural.
— ¡Ahhh, sí! ¡Qué verga tan gruesa, carajo! —gritó—. ¡Cógete a tu prima como se debe! ¡Más fuerte!
Empecé a follarla con embestidas brutales, agarrándola de las caderas y jalándola hacia mí con cada golpe. Sus nalgas rebotaban contra mi pelvis con un sonido seco. Sofía enterraba la cara en la almohada, pero no podía callarse:
— ¡Sí! ¡Así! ¡Rómpeme el coño, primo! ¡Más duro, carajo!
Le di una nalgada fuerte que dejó la marca roja de mi mano. Sofía gritó de placer y empujó su culo hacia atrás, pidiendo más.
— ¿Te gusta que te trate como mi puta? —le pregunté entre embestidas.
— ¡Sí! ¡Me encanta! —respondió casi llorando de gusto—. ¡Soy tu puta! ¡Fóllame más fuerte!
Aceleré el ritmo, follándola sin piedad. Mi verga entraba y salía completamente. Sofía estaba completamente desatada: gemía, maldecía y pedía más con cada golpe.
De repente se contrajo otra vez, su coño se apretó violentamente alrededor de mi verga y llegó a su segundo orgasmo, aún más intenso que el primero.
— ¡Me estoy corriendo! ¡Me corro en tu verga, primo! ¡No pares, no pares, carajo!
Su cuerpo se sacudió con fuerza mientras yo seguía bombeándola sin parar, prolongando su orgasmo hasta que casi no podía sostenerse sobre las rodillas.
Sofía todavía temblaba por el segundo orgasmo, con el culo en alto y el coño chorreando alrededor de mi verga. No le di tiempo a recuperarse. Seguí bombeándola con fuerza desde atrás, agarrándola firmemente de las caderas mientras mis embestidas hacían que sus nalgas rebotaran contra mí.
— ¡Ahhh, sí! ¡Sigue follándome así! —gemía ella sin control.
Entre jadeos y gemidos, Sofía giró la cabeza hacia un lado, mirándome con los ojos entrecerrados y una sonrisa pervertida mientras yo seguía metiéndosela sin piedad.
—Mmm… ¿sabes qué le voy a contar a mi mamá? —dijo con voz entrecortada, casi ronca de tanto gemir—. Le voy a decir… ¡ahhh!… que su sobrino me está cogiendo como un animal…
Le di una embestida más profunda y fuerte. Sofía soltó un grito ahogado y continuó hablando, cada vez más sucia:
—Le voy a contar que tienes una verga gruesa y venosa… que me la metes hasta el fondo y que me hace gritar… ¡Mmmmm, sí! ¡Justo así!
Aceleré el ritmo, jalándola de las caderas para que sintiera cada centímetro. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación.
— ¡Sí! ¡Más fuerte! —gritó ella—. Le voy a decir que me comías el coño… que me chupaste el clítoris hasta que me corrí en tu boca… y que ahora me estás destrozando el coño desde atrás… ¡Ahhh! ¡Que me estás abriendo como nunca!
Sofía enterró la cara en la almohada un segundo, pero no pudo callarse. Volvió a girar la cabeza, mirándome con lujuria mientras seguía recibiendo mis embestidas brutales.
—Le voy a confesar que me follas mejor que nadie… y que cuando acabes, me vas a llenar el coño de leche caliente…
Le di una nalgada fuerte que resonó en la habitación. Sofía gritó de placer y empujó su culo hacia atrás, pidiendo más.
— ¡Sí! ¡Cuéntaselo todo! —gruñí, sin dejar de follarla con fuerza—. Quiero que sepa exactamente cómo te estoy cogiendo ahora.
Sofía soltó una risa entrecortada que se convirtió en un gemido largo y gutural cuando le metí todo hasta el fondo.
—Se lo voy a contar con lujo de detalle, primo… Le diré que me tienes agarrada de las caderas… que mis tetas rebotan mientras me follas como un salvaje… que mi coño está chorreando por toda tu verga…
Y cuando termine de contarle… va a estar tan mojada que va a querer que tú también la destroces a ella.
Sus palabras me encendieron aún más. La tomé del cabello, jalándola hacia atrás para arquearla más, y empecé a bombearla aún más rápido y profundo. Sofía estaba completamente desatada:
— ¡Fóllame más duro! ¡Quiero que cuando le cuente a mi mamá… sepa que me dejaste el coño hinchado y lleno de tu semen! ¡Hazme acabar otra vez, primo!
Su coño se apretaba alrededor de mi verga con cada palabra sucia. Estaba a punto de correrse por tercera vez, temblando y gimiendo sin control.
Sofía seguía empujando su culo hacia atrás, recibiendo cada embestida con gemidos roncos mientras me contaba todas las suciedades que le diría a su mamá. Su coño estaba empapado, apretándome la verga con fuerza.
Sin sacarla de ella, la tomé del cabello y la jalé hacia arriba con fuerza. Su espalda quedó pegada contra mi pecho. Con un movimiento rápido la giré y la puse de lado sobre la cama, pero esta vez la coloqué boca arriba. Me coloqué entre sus piernas abiertas, le levanté una de ellas y la penetré de nuevo de un solo golpe profundo.
—Ahora mírame a la cara mientras te follo —le ordené.
Sofía obedeció, con los ojos vidriosos de placer. Me incliné sobre ella, apoyando mi peso en una mano mientras con la otra rodeaba su cuello con firmeza, sin apretar demasiado, solo lo suficiente para que sintiera el control. Empecé a bombearla con embestidas fuertes y profundas, mirándola directamente a los ojos.
— ¡Ahhh… sí! —gimió ella, agarrando mi muñeca con ambas manos, pero sin intentar quitarla—. ¡Así… ahórcame mientras me coges!
Aceleré el ritmo, follándola con fuerza mientras mi mano presionaba ligeramente su garganta. Sofía abrió la boca en un gemido silencioso al principio, luego empezó a jadear con voz entrecortada y más aguda.
— ¡No mames… me encanta cuando me dominas así! —logró decir entre embestidas—. Le voy a contar a mi mamá… que me follaste mientras me ahogabas… que me mirabas a los ojos mientras me destruías el coño…
Sus tetas rebotaban violentamente con cada golpe. Su cara se puso más roja, los ojos se le entrecerraban de placer y su coño se apretaba alrededor de mi verga cada vez más fuerte.
— ¡Más fuerte! ¡Ahógame un poco más mientras me coges! —suplicó con voz ronca—. Quiero correrme sintiendo tu mano en mi cuello…
La presión en su garganta y las embestidas profundas la estaban llevando al límite. Sofía empezó a temblar violentamente, sus uñas se clavaron en mi brazo y su coño comenzó a contraerse con fuerza alrededor de mi verga.
— ¡Me voy a correr! ¡Me corro otra vez! —gritó casi sin aire—. ¡No pares… ahórcame mientras me corro en tu verga! ¡Síííí!
Su tercer orgasmo fue brutal. Su cuerpo se arqueó con fuerza, los ojos se le voltearon y un chorro caliente de sus jugos me empapó la verga y las sábanas. Su coño se apretó tanto que casi me sacó de ella, pulsando y ordeñándome mientras gemía y temblaba sin control, la cara roja y la boca abierta en un grito silencioso de placer.
No pude aguantar más. Con un gruñido gutural, la penetré hasta el fondo una última vez y empecé a correrme dentro de ella. Chorros gruesos y calientes de semen le inundaron el coño…
![]()
***No se admiten datos personales en los comentarios***
Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.
Cata Martínez
Administración de CuentoRelatos
Entendido