Día 8 (Lunes): En la escaleras (segunda semana)

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T. Lectura: 8 min.

Contexto: Soy una mujer casada muy joven de 21 años. Mi esposo Cris tuvo que salir 15 días por motivos de trabajo fuera de la ciudad. Dejó encargado de su taller mecánico a un negro de 1.90 de estatura quien, sin saberlo mi marido, siempre me acosaba cada que me veía en la calle. No le dije nada a Cris porque significaba perder esa oportunidad de empleo temporal. Pensé que podría controlar la situación con el negro trabajando durante los 15 días en el taller contiguo a la casa, pero la realidad fue otra…

El Negro terminó sus labores en el taller alrededor de las 4:30 de la tarde. Yo lo sabía porque escuché el portón metálico cerrarse cuando me encontraba en la sala, de pie junto al ventanal, hablando por teléfono con Cris, con muchos nervios de que el Negro fuera a aparecer imprudente como siempre en cualquier momento. Ese día yo tenía puesto un top negro de manga larga, corto tipo crop, con cuello alto, que terminaba justo debajo de mis pechos dejando el abdomen completamente descubierto. Abajo, una minifalda beige clara tableada, muy corta. Medias negras transparentes que se pegaban a mis piernas, y unos zapatos Mary Janes beige claro de charol con correa y moñito.

Ese día tenía mi cabello rubio recogido en dos coletas altas, cada una convertida en una trenza gruesa que caía hacia el frente de mi cuerpo, sujetas con listones negros y unos aretes pequeños de perlas además de mi labial rojo intenso.

Con el celular en la mano y vigilando nervioso que el Negro fuera a entrar le respondí a Cris:

—… sí, amor, todo está bien por aquí —le decía a mi marido con voz suave, intentando sonar normal— ¿tú cómo vas con el contrato?

Por un momento me desconcentré de vigilar al Negro cuando en ese momento sentí unas manos grandes y ásperas rodearme la cintura por detrás. Justamente era El Negro quien haciendo uso de su fuerza, me abrazó fuerte, pegando su cuerpo sudado contra mi espalda. Con su aliento caliente me rozó el cuello y empezó a besármelo con lengua, chupando y mordiendo despacio.

Me tensé, pero seguí hablando. —Ah… sí, el clima está un poco caluroso… —dije, con la voz ligeramente entrecortada.

El Negro se reía levemente y bajó sus sucias manos para apretarme las tetas por encima del top negro, amasándolas con fuerza mientras me besaba el cuello. Sus dedos pellizcaron mis pezones a través de la tela. Yo intenté apartarme un poco, pero él me tenía bien sujeta.

Yo creo que mi perfume y el estarme fajando por detrás excitaron al negro porque mientras yo hablaba, él me acariciaba y besaba mi cuello y succionaba el lóbulo de mis orejas, se le comenzó a endurecer la verga por encima del pantalón y eso claramente lo sentí en mi culo, porque además con el cuerpo me la empezó a restregar mientras no dejaba de fajarme y besarme.

Sentir su verga dura, sus caricias y lengüetazos me pusieron caliente de manera inevitable, pero tenía sentimientos encontrados, porque mientras sentía todo eso, mi mente trataba de responder en la llamada, así que fue inevitable ponerme nerviosa y mi marido lo notó.

—July, ¿estás bien? Se te oye rara —preguntó Cristian al otro lado.

—S-sí…amor, estoy… doblando ropa… —respondí, mientras el Negro tomándome de la cintura, me sentaba en el sofá, se arrodilló frente a mis piernas, metió su cabeza debajo de mi minifalda beige, acarició con sus manos sobre mis medias negras e hizo la tanga a un lado, y hundió su lengua en mi coño sin aviso.

Un gemido inevitable casi se me escapó. Mordí mi labio inferior con fuerza, mientras escuchaba a Cris contándome lo que estaba haciendo ahí donde se encontraba.

Mientras yo tenía una mano en el celular, con la otra trataba de apartar sin conseguir al Negro, quien me lamía con su lengua ancha y plana con avidez, chupando mi clítoris con fuerza, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí vagina mientras yo intentaba mantener la conversación.

—Amor… ¿qué dices? No te escuché bien… —dijo Cris.

—Que… que todo está bien… —respondí entre dientes, la voz temblorosa. El Negro sacó la cabeza debajo de mi falda, levantó la vista, me miró con arrogancia dibujó una cínica sonrisa en su rostro y siguió comiéndome el coño con más fuerza, haciendo sonidos húmedos y obscenos.

Yo sentía desfallecer de placer por ese sexo oral que me estaba haciendo el odioso Negro, jamás había sentido tanto placer y se ve que ese Negro era un experto porque mis juguitos se destilaban de mis entrañas, el Negro los succionaba mientras con sus enormes manos recorría mis piernas hasta mis pies, estrujando mis pies y luego volviendo a subir para meterme dos dedos mientras volvía a frotar mi clítoris con su enorme lengua experta.

Después de un par de minutos de estarme succionando y yo de intentar ponerle atención a Cristian quien en su llamada no dejaba de narrarme sus aventuras, el Negro se levantó, sacó su verga enorme y la puso entre mis pechos por debajo de la blusa, me juntó mis tetas alrededor de su miembro y empezó a follarme el canalillo con movimientos bruscos, su verga es tan grande que la cabeza estaba rozándome los labios cada vez que subía.

El negro estaba excitado por lo que me estaba haciendo y de verme sometida por estar en la llamada con Cris.

—Sigue hablando, puta —me ordenó con voz baja—. Dile a tu maridito lo ocupada que estás.

Intenté ponerme de pie para escaparme del sometimiento con la intención de concentrarme en la llamada de mi marido, así que me dirigí a las escaleras para evitar el acoso del Negro, pensando que si llegaba al segundo piso mi acosador ya no me seguiría y así podría seguir hablando con Cristian.

Pero en cuanto me puse de pie, el Negro no me soltó. Se acomodó detrás de mí, me abrazó por atrás y caminó a mi paso además de que como ya tenía la verga bien dura, me la acomodó por debajo de la minifalda beige por la entrepierna, mientras subíamos, su verga dura iba rozando mi vagina por debajo de la minifalda, deslizándose entre mis piernas con cada escalón. Hasta que justo en el descanso de las escaleras, decidí terminar la llamada.

— Cristian, Amor, tengo que… atender un asunto pues tocan a la puerta… después te llamo, ¿sí? Te amo, mi amor.

Colgué. Me giré furiosa hacia el Negro, quien sonreía cínicamente y me tenía abrazada metiendo y sacando su verga dura por mi entrepierna debajo de mi minifalda beige tableada.

—Eres un maldito abusivo, Negro de mierda… ¿no puedes respetar que estoy en una llamada con mi marido? ¿Qué clase de animal eres? Y molesta le di varios puñetazos en el pecho, intentando apartarlo.

El negro soltó una carcajada, me agarró del cuello con una mano y me empujó contra la pared del descanso de las escaleras. Me metió la lengua en la boca con violencia dándome un beso brutal, profundo, posesivo. Yo sorprendida abrí los ojos ante el atrevimiento de este fulano, y con coraje seguí golpeándole el pecho con los puños mientras el con su lengua no dejaba de explorar el interior de mi boquita pintada con bilet rojo, en eso acomodó su verga gruesa y erecta de frente rozando mi clítoris por debajo de la falda, me perdí de excitación y los golpes se fueron convirtiendo en caricias.

Mis manos subieron a su pecho, luego a su cabeza, y empecé a responderle el beso, succionando su lengua, acariciando su cabeza, gimiendo contra su boca. Incluso levanté una pierna y la enrosqué en su cadera para que su verga rozara más fuerte mi vagina. El beso fue largo e intenso, nuestros cuerpos se movían con frenesí a media escalera. Yo me paraba de puntitas para alcanzar sus labios y el me empujaba su verga por debajo de la falda, al verme tan excitada, el Negro sonrió con cinismo contra mis labios.

—Así me gusta, mi putita… ya no te resistas tanto, ¿Te gusta mi lengua y me verga, verdad?

Me giró de espaldas, me empinó contra el pasamanos en el descanso de las escaleras y me subió la minifalda beige. Me arrimó con brusquedad la tanga apenas lo suficiente, con sus piernas separó las mías, mis pies quedaron separados, entonces apoyó su enorme verga en la puerta de mi vagina, se agachó un poco preparando el primer empujón anunciando. —Siente cómo te parto la concha, puta… —gruñó, y comenzó a embestirme con fuerza brutal de una manera tan violenta que mis pies casi se levantaron del escalón mis manos estaban aferradas al pasamanos.

— Tu culo ya es mío… apriétame más, puta de mierda… eso… así… que rica te ves, empinada como perra en las escaleras de tu propia casa en ausencia de tu marido, te lo advertí putita, desde la primera vez que te vi en la tienda, que te iba a partir el culo y mira cómo te lo estoy cumpliendo. Yo siempre consigo lo que me propongo.

Cada embestida era seca y profunda. Mi cuerpo se tambaleaba con los empujones del Negro, mis zapatos de charol brillaban con cada movimiento. Yo estaba muerta de placer y tuve un orgasmo intenso, mordiéndome el labio para no gemir delante del negro quien no paraba de darse gusto cogiéndome, chocando su cuerpo contra mis nalgas.

Yo estaba excitadísima, pero me dio miedo que se corriera dentro de mí porque el Negro parecía como poseído cogiéndome por la vagina, y en ese momento me advirtió —Estoy a punto de correrme, puta… ¿en la boca o en el culo?

Yo nerviosa y preocupada le respondí, — ¿no se te ocurra acabar dentro ehh, Negro infeliz? El Negro se detuvo de momento y sacó su enorme miembro que parecía un dinosaurio vivo.

— Estás bien rica, mami, mmmm mira qué rico culo tienes.

El negro sonriendo volvió a meter cada centímetro de su verga y me dio a elegir: — Me vengo dentro en tu culo o me vengo en tu boquita roja y tragas mi lechita, tú eliges—. Yo nerviosa le respondí —¿por qué me haces esto, estúpido? — le dije, mientras sentía que él había logrado meter por completo toda su vergota dentro de mí, ahí la dejó quieta dentro de mí, la cabeza de su pene había topado al fondo de mis entrañas, llenando por completo mi vagina. Yo me paré de puntitas al sentir aquel miembro llenando mi Ser. Sin sacar su verga, solo meneándola dentro de mí de un lado a otro, me volvió a preguntar:

—¿En tu culo o en la boca?

—Si no respondes nada, lo tomaré como un sí y me voy a correr dentro de tu conchita”. Terminó de decir eso y comenzó a contar los segundos sin dejar de penetrarme y frotar mis pechos. “uno, dos, tres… y bien, putita. Si no respondes para el diez te lleno la panochita de mi leche… cuatro, cinco, seis…”, yo estaba tan caliente como asustada. Pensaba en decirle que se saliera, pero tenía cuatro segundos más. “siete, ocho, nueve…” dijo él y se detuvo sujetándome fuertemente de mis pechos y yo aferrando mis pies en el piso; y el Negro, sobando como en círculo su verga dentro de mí me dijo —mira puta, te queda un segundo, sino respondes te vacío toda mi verga con mi leche.

El miedo se apoderó de mí y aunque muy en el fondo yo quería sentir el placer de sentir cómo su verga vaciaba su semen dentro de mí. Ante tal amenaza le respondí resignada: — Haz lo que se te antoje, solo ahí en mi vagina no, ahí no te atrevas, infeliz—.

No sé si fue por compasión o porque estaba obsesionado con mi culo, el Negro se sentó en las escaleras, su verga enorme erguía como una torre de ébano, me tomó de la cintura y me acomodó de frente a él, con su mano acomodó su miembro en mi culo y empujó poco a poco.

—Auch… por ahí me duele, Negro salvaje… —protesté débilmente.

—Relájate, putita, para que disfrutes cómo te voy a romper el culo aquí en las escaleras.

Al inicio me la metió despacio, estirándome el culito centímetro a centímetro hasta que toparon sus testículos y yo quedé completamente ensartada en él apoyando mis rodillas en el piso y con mis manos en sus hombros, con sus manos sujetaba mis nalgas y por momentos me metía su lengua en mi boca besándome con ansiedad borrando lo que quedaba de mi labial rojo, luego alternaba chupándome los pezones de mis pechos mientras no dejaba de follar mi culito con embestidas cada vez más violentas. Así me tuvo bombeando como cinco minutos sin piedad.

Sentí que el ritmo de la cogida se aceleró porque sus gemidos eran cada vez más fuertes y constantes… yo ya me había corrido muchas veces más, pero yo quería sentir su semen caliente inundar el interior de mi culo. Finalmente, el Negro se corrió dentro de mi culo con un rugido animal, chorros espesos y calientes que sentí inundándome. Se quedó unos segundos con la verga enterrada hasta el fondo, palpitando, luego me tomó de la cintura para cargarme y apartarme mientras iba sacando lentamente su vergota, dejando que su semen escurriera por mis muslos y manchara las medias negras.

Me dejó ahí sentada a su lado, vibrando luego de semejante usada, agarrada al pasamanos en el descanso de las escaleras, la minifalda subida, las medias arrugadas, mi calzado quedó manchado con gotitas de semen.

Se puso de pie en un escalón más abajo, tomó su verga todavía semidura y me miró con arrogancia.

—Trae tu boca aquí, putita. Limpia mi verga. Chúpame las últimas gotas.

Yo, todavía jadeando ahí sentada en las escaleras, me acerqué entre sus piernas. Sujeté su verga con las dos manos y la metí en mi boca, succionando despacio lo que quedaba de su semen en su glande.

—Así… bien hecho putita… no desperdicies mi leche, trágatela toda.

Cuando terminé de lamerle, el Negro guardó su enorme miembro, se abrochó el pantalón y me dio un jaloncito en una de mis trenzas.

—Qué linda puta que eres, no me voy a cansar nunca de meterte mi verga—, Me dijo amenazante y yo comencé a acomodarme mi ropa y me atreví a advertirle: —¿Por qué siempre me usas a tu voluntad, Negro de mierda?, ya falta poco para que esto se acabe y nunca más, vuelvas a tocarme.

Él me paró frente a mí me agarró de un brazo apretando fuerte y me dijo poniéndome de pie y mirándome amenazante a los ojos. —escúchame bien, tú ya eres mi puta y vas a hacer todo lo que yo te diga, que te quede claro y te voy a coger cuando se me antoje, ¿entendido? —, Sus palabras tan fuertes y firmes me estremecían de miedo, pero al mismo tiempo de una emoción que me hacía palpitar el corazón más rápido de lo normal, quizá muy en el fondo yo le respondía así porque me ponía muy cachonda sentirme dominada por ese Negro, que día con día me estaba acostumbrando a llenarme con su verga e impregnarme con el olor y sabor de su semen.

Así que tenía que reconocer calladamente que me estaba volviendo adicta a las cogidas del Negro y a ser su putita. El Negro, tomándome con sus fuertes brazos por mi cintura, insistió: “¿Vas a ser mi putita o no?”. Lo miré con una mezcla de miedo y devoción y ya era en vano contradecirlo y mientras esperaba con su mirada amenazante mi respuesta, con cierta pena y sometimiento, le volví a responder como cada día que sí.

—Sí, Negro, no me queda otra que ser tu puta.

—Mañana te vengo a buscar para cogerte como todos los días. Quiero verte vestida de tal modo que me muestres el culazo que tienes. Ah y sin protestas, ¿eh?… que mañana estará lista mi verga para que me la chupes y le saques toda la leche.

Se inclinó, me dio un beso de lengua largo y cínico, y se bajó las escaleras silbando.

Yo me quedé parada en el descanso de las escaleras, vibrando aún, con el culo adolorido que seguía destilando su leche que me había echado, impregnando mis medias y con el sabor de su semen todavía en la boca, muy en el fondo, mi cuerpo ya pedía más.

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    Cata Martínez
    Administración de CuentoRelatos

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