Mi jefa me pega en el culo y me gusta

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Me llamo Oscar, tengo cincuenta años y soy comercial. Hace un mes y medio encontré trabajo en una empresa que vende dispositivos electrónicos. El salario base es más bien bajo y las ganancias reales en base a comisiones por venta. Hasta aquí todo normal.

Mi jefa se llama Laura. Tiene treinta años, alta, delgada y bastante atractiva. Tras una voz dulce y persuasiva, se esconde una personalidad muy marcada y una determinación fuera de lo común.

Luego están sus métodos.

Hace una semana o así, me llamó a su despacho.

—Oscar ¿cuántas ventas llevas?

Era una cuestión innecesaria ya que sabía muy bien mis números.

—Ninguna —respondí algo avergonzado.

—Ven aquí, quiero enseñarte algo.

No había nada sexual en aquellas palabras y sin embargo pensé “¿qué quiere enseñarme esta mujer? Sus tetas, su culo generoso” Mi pene, bajo los pantalones de vestir, creció un poco con aquellos sucios pensamientos.

Me aproximé a su butaca rodeando el escritorio.

Estar cerca de ella, oler su perfume, me ponía un poco nervioso.

En el portátil una gráfica mostraba las ventas de otros comerciales, yo, con cero, ocupaba el último lugar.

Aunque no tenía argumentos de peso, comencé a hablar, le conté todas las visitas que había hecho y lo cerca de cerrar tres o cuatro ventas que había estado. Achaqué los números a la mala suerte y expresé, con toda la convicción que pude, mi confianza en revertir la situación en los meses siguientes.

—¿Y cuál es el plan, seguir igual? No creo en la suerte, creo en el trabajo bien hecho. Oscar, te veo con posibilidades, no muchas, pero algunas. Desde arriba me están presionando bastante, tengo dos opciones, buscar nuevo talento, un nuevo comercial y despedirte o darte una nueva oportunidad.

—Yo elegiría la segunda opción. —dije con inocencia.

El tono me salió, sin querer, algo irónico. Definitivamente aquella mujer tenía algo.

—Te voy a contar un secreto —empezó a decir.

“Puedes contarme todos los secretos que quieras corazón.” Pensé disfrutando con solo oír el timbre de aquella voz.

—Pero antes, asegúrate que la puerta está cerrada —susurró.

Tragué saliva mientras echaba el pestillo.

—Uno de tus compañeros o compañeras, también tuvo un bache en sus ventas, sin embargo apliqué un método disciplinario y el tema mejoró.

—¿Un método disciplinario? —repetí como un papagayo.

—Sí, unos buenos azotes en el culo.

El significado de las palabras que acababa de escuchar tardaron unos segundos en cuajar. Cuando lo hicieron el rubor cubrió mis mejillas y los nervios que había logrado controlar, escaparon de su prisión y me inmovilizaron.

Laura manipuló con sus manos el cinturón de mis pantalones desabrochando la hebilla. Luego me miró a la cara y a continuación desabrochó el botón y bajo mi cremallera. Los pantalones cayeron por su propio peso hasta la altura de mis rodillas dejando a la vista mis boxers color azul marino y mis peludos muslos.

Mi jefa se fijó en el paquete. A pesar de los nervios, mi pene, que parecía tener voluntad propia, se había hecho mayor y abultaba.

—Los azotes en el culete desnudo. —añadió Laura añadiendo ese toque de humillación extra que faltaba.

De un tirón me bajó los calzoncillos.

Mi pene saltó como si tuviera un muelle. Tenía una erección.

—Sobre mis rodillas. —añadió palmeando sus piernas, marcando la zona sobre la que debía tumbarme.

La mujer separó las piernas y mi pene se coló en el hueco entre sus muslos, mi culo, algo velludo, expuesto y mis manos y la punta de mis zapatos en el suelo.

—¿Qué tal estás en esta posición, todo bien? —dijo mi jefa pasando la mano por mi trasero.

No llegué a responder.

Las primeras nalgadas cayeron en una rápida sucesión, como si hubiera prisa por colorear y calentar la zona.

—Ahora el cepillo —anunció la mujer a cargo del correctivo.

Sus muslos se cerraron sobre mi miembro atrapándolo.

Apreté el esfínter y el culo de forma refleja y un hilo de líquido transparente emanó de la punta de mi verga justo antes de que el cepillo impactase con violencia contra mis glúteos.

Escocía y me queje.

—No te muevas o repetiré el golpe. Por cierto, serán veinte.

—Bufff —fue todo lo que alcancé a decir.

No puedo decir que disfrutase del correctivo, al menos no mientras aquella mujer me pegaba a conciencia. Pero si reconozco que la situación era altamente erótica.

Terminada la zurra. Vino la mejor parte.

Mientras aún estaba sobre su regazo, mi jefa acarició mis posaderas.

—Están rojas y muy calientes—dijo como hablando consigo misma. —¿Te pongo cremita?

—Sí, por favor. —balbucee

Sus manos extendieron la crema por todo mi pompis, sus dedos se perdieron en la hendidura que separaba mis cachetes. Mi pene, que había perdido presencia con el castigo, comenzó a palpitar. Mi jefa debió notarlo y cerró sus muslos a propósito para atraparlo. Gemí.

—Ya está, levántate.

Me incorporé como pude, resoplando.

Ella también se puso en pie.

—Ven aquí

“Pero, pero no me ha zurrado bastante” pensé.

Sin embargo tenía sus brazos abiertos de par en par y su voz era irresistible.

Di dos pasos torpemente, con cuidado para no enredarme con los calzoncillos y pantalones que se enrollaban a la altura de mis tobillos.

Me abrazó.

Sus manos en mi espalda, luego en mi culo, y finalmente otra otra vez sobre mi espalda.

Mi pene contra sus muslos y mi pecho en contacto con sus tetas.

Su perfume, su aroma, su presencia.

Estuvimos así más de un minuto. Aquello era el paraíso.

Luego se separó, cogió mi cara entre sus manos y me dio un besito en los labios.

Yo quería más, mucho más. Pero aquello era, oficialmente, un castigo corporal.

—Espero que las ventas suban.

“Y yo que me castigues todas las semanas” pensé.

—Yo también —dije en voz alta.

Aquella noche, en mi habitación, al amparo de la noche, me masturbé pensando en ella.

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    Cata Martínez
    Administración de CuentoRelatos

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