Mi cómplice (3): Compañeros

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La oficina era un tablero donde las jerarquías oficiales importaban poco cuando se apagaban las luces de los departamentos. Miguel, de comercial, y yo, de proyectos, compartíamos esa arrogancia propia de quienes saben que son piezas clave en la empresa. Él siempre había mirado a Karen con una mezcla de hambre y respeto competitivo; ella, por su parte, disfrutaba siendo el centro de todas las miradas en las reuniones de presupuesto, sabiendo perfectamente el efecto que causaba en ambos.

—Joel, de verdad, no sé cómo lo haces para ser tan indiferente —me soltó Miguel un viernes por la tarde, mientras observábamos a Karen desde la cafetería—. Mírala. Esa forma en que se ajusta la falda antes de entrar a una reunión, o cómo cruza las piernas cuando sabe que la estamos mirando. Es una fiera, hombre. Yo estaría sudando frío si tuviera que trabajar tan cerca de ella como tú.

—Es solo una colega eficiente, Miguel —respondí, manteniendo mi tono gélido y sin apartar la vista de mi café—. Si te dejas distraer por unas piernas, nunca cerrarás los contratos que el departamento de proyectos necesita.

Él soltó una carcajada, dándome una palmada en el hombro. —Eres de hielo, de verdad. Pero admítelo, ese cuerpo es un pecado que ni tú puedes ignorar.

Mantuve el secreto con una disciplina militar. No había ni una sola grieta en mi fachada, ni un solo gesto que delatara que esa misma mañana Karen se había arrodillado frente a mí en el baño a deleitarse con mi pene antes de la entrada del resto de empleados.

Sin embargo, la noche trajo consigo un error de cálculo. Tras la jornada, terminamos en un bar cercano con el resto del equipo. La adrenalina de la semana y un par de tragos hicieron que Karen olvidara por un segundo las reglas del juego. Al salir del local, aprovechando la sombra de un callejón lateral, me acorraló contra la pared y me besó con una urgencia salvaje, una necesidad de reclamarme tras horas de fingir indiferencia.

Fue un beso breve, pero cargado de una posesividad evidente. Lo que ella no notó, y yo vi por el rabillo del ojo, fue a Miguel congelado a unos metros, con las llaves del carro en la mano, observando la escena con la mandíbula desencajada. El secreto había muerto, pero en su lugar nació una oportunidad mucho más oscura.

Dejamos que pasaran unos días. Necesitaba que la imagen de ese beso se instalara en la mente de Miguel, que lo perturbara durante su descanso. El lunes, tras una reunión de seguimiento, lo abordé en el pasillo con una naturalidad que lo dejó descolocado. Le extendí una invitación que sabía que no podría rechazar: una copa en mi apartamento para hablar de “negocios” y cerrar el tema de lo que había visto el viernes.

Esa noche, la dinámica fue de absoluta paridad en el deseo, pero bajo mi dirección invisible. Karen no llegó para ser castigada; llegó para ser el centro de una experiencia que los tres habíamos deseado en silencio. Se quitó la gabardina con una lentitud calculada, mostrándose ante mí con esa seguridad que la caracterizaba en su área de trabajo.

Mi teléfono vibró y, tras una rápida revisada, me levanté de la cama. —Desnúdate, ya vuelvo —ordené. Karen, ya totalmente entregada a mi mando, no objetó ni dijo nada; solamente se fue despojando de la ropa. Fui a la sala sabiendo que Miguel estaba esperando afuera.

Abrí la puerta y, antes de que mi amigo pronunciara una sola palabra, le hice un gesto para que hiciera silencio. —Espera cinco minutos y entra a la habitación —le murmuré. Incrédulo, me siguió con la vista mientras entré a la cocina. Serví tres copas de vino y le dejé una, no sin antes hacerle señas tocándome el reloj.

Tras unos minutos, cuando Miguel entró, la sorpresa en su rostro fue gratificante. Allí estaba su compañera, con la que tanto había fantaseado, ofreciéndole una realidad que rompía cualquier protocolo. Sin embargo, yo no iba a dejar que el caos gobernara la habitación. Como director de esta orquesta sexual, marqué cada entrada.

—Sigue, Miguel —ordené, mientras movía la cabeza de mi esclava, que estaba absorta en un delicioso sexo oral, y la giraba hacia la puerta. Sus caras de asombro brillaban en esa tenue habitación. Lejos de escandalizarse o enojarse, Karen volteó a mirarme con esa sonrisa perversa que tanto me calentaba. Nuestro invitado daba pasos lentos, como creyéndose en un sueño. Con un gesto de mi mano, le indiqué que la tocara y, con una palabra, le indicaba a Karen que desnudara a Miguel. Ver a mi amigo tocando a Karen bajo mis directrices creó una tensión exquisita. Era la transgresión de lo cotidiano.

—Ahora, Miguel. Esta es tu recompensa por tu silencio —dije, dándole luz verde para poseerla. Karen entendió de inmediato lo que pretendía y se acostó en la cama, abriendo sus piernas y ofreciendo tan exquisita imagen de su cuerpo caliente y húmedo.

Miguel aceptó sin palabras mi trato y, sin demora, se puso arriba de ella y la penetraba con una energía propia del deseo, directa y voraz, mientras yo, a su lado, mantenía el control del tempo, acariciando su rostro y recordándole que, aunque Miguel estuviera dentro de ella, mis ojos eran los que validaban su placer. Éramos tres compañeros de trabajo deshaciendo el decoro profesional, pero bajo mi batuta.

Luego de unos minutos donde Karen montaba salvajemente a su compañero, le ofrecí mi verga para que la saboreara. Cosa que, con gusto, metió en su boca casi hasta la garganta. —Creo que es hora de enloquecerla, ¿no crees, Miguel? —dije mientras me ponía detrás de la pareja, metiendo uno y luego dos dedos en el culo de mi amante, que no paraba de gemir y jadear.

—Siii, te quiero adentro mío —dijo casi gritando. Yo la miré y le di una cachetada lo suficientemente fuerte para que Karen entendiera el mensaje.

—Por favor, amo, dame tu verga —susurró casi en tono de súplica. Algo que hice de inmediato, oyendo un fuerte grito de satisfacción. Al inicio fue algo incómodo, propio de la primera vez que hacíamos algo así, pero con el pasar de los minutos nos fuimos sincronizando, dándole un placer a Karen que no paraba de tener un orgasmo tras otro.

Tras media hora de intercambiar posiciones, hice que Karen se arrodillara. Miguel fue el primero en venirse, todo en su cara y senos. Una visión espectacular verla satisfecha y entregada a mi mandato.

Miguel se fue vistiendo, agradeciéndonos por tan especial noche y pidiendo que se repitiera. Pensamientos que silencié de inmediato. —Esto fue por tu silencio, nada más —espeté serio pero respetuoso. Él entendió y aceptó tranquilamente, agradeciéndonos de nuevo al salir de la habitación y del apartamento. Nos quedamos Karen y yo en el silencio de la habitación por unos minutos.

Ella se levantó al baño y volvió tras limpiarse el cuerpo; pero, lejos de dormir o irse, fue directa a mi miembro semirrecto. Su hambre de sexo era algo indescriptible. La levanté y acosté sobre la cama de espaldas y, sin miramientos, la penetré en su mojada vagina, susurrándole lo mucho que había disfrutado viéndola entregarse a otro bajo mis órdenes.

—Sí, amo, haré lo que desees —murmuró ella entre gemidos. Yo, entregado a ese lado salvaje y animal, entraba y salía de ella con fuerza, bufando en cada penetración. La tomé de la cintura, haciendo una pose de cuatro improvisada, pero esta vez no fui por su vagina. Entré con fuerza en su culo, arrancando gritos y gemidos de mi amante.

—Sí, dame más, más duro —gritaba. Nuestro sudor caía en las sábanas, hasta que no pude más y llené su interior de mi semen, cayendo exhaustos. —Mañana en la oficina va a ser… interesante —murmuró ella, riendo.

—Miguel no podrá evitar buscar tu mirada cada vez que pases por su puesto —respondí—. Pero ya tuvimos suficiente de él. Para la próxima… creo que necesitamos una energía distinta. Una mujer.

Esa noche, la complicidad entre nosotros se hizo de acero. Karen ya no era solo mi amante; era el vínculo que me unía a una oscuridad compartida. Y mientras la veía dormir, supe que nuestro siguiente paso nos alejaría definitivamente de los pasillos de la oficina para explorar una nueva forma de enseñanza.

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