Día 9 (Martes): En mi cama matrimonial

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T. Lectura: 6 min.

Contexto: Soy una mujer casada muy joven de 21 años. Mi esposo Cris tuvo que salir 15 días por motivos de trabajo fuera de la ciudad. Dejó encargado de su taller mecánico a un negro de 1.90 de estatura quien, sin saberlo mi marido, siempre me acosaba cada que me veía en la calle. No le dije nada a Cris porque significaba perder esa oportunidad de empleo temporal. Pensé que podría controlar la situación con el negro trabajando durante los 15 días en el taller contiguo a la casa, pero la realidad fue otra…

Pasaron las seis de la tarde y en todo el día el Negro no apareció.

Yo ya sabía que normalmente llegaba justo cuando terminaba de trabajar en el taller por ahí de las 6 de la tarde, el muy descarado abría la puerta sin tocar y se metía a la casa como si fuera suya. Pero hoy no sucedió así. Yo intranquila, nerviosa y preocupada me asomé por la ventana para saber algo de él, los minutos se me hicieron eternos y así pasaron dos horas y nada.

Al principio sentí alivio. -Por fin un día sin que ese animal me use-, pensé. Pero el alivio duró poco. Muy en el fondo, mi cuerpo ya estaba acostumbrado a su rutina diaria, a esa verga gruesa que me partía y me llenaba hasta el fondo, esos insultos que me ponían cachonda aunque los odiara, esos orgasmos que me dejaban temblando y con el culo o la concha palpitando. La ansiedad empezó a subir como una fiebre. Me sentía incompleta, nerviosa, con un calor entre las piernas que no se iba, tenía sentimientos encontrados.

Decidí acostarme un rato para calmarme. Me dejé los zapatos puestos y me tumbé en la cama matrimonial con la ropa que traía: el suéter blanco de punto fino, manga larga, ajustado al cuerpo, cuello tipo V profundo con dos líneas azul marino y el pequeño escudo bordado en el pecho izquierdo; abajo, la minifalda blanca tableada corta. Me quedé con el sostén, la tanga y las medias blancas opacas a medio muslo. Empecé a tocarme despacio, pensando en él a pesar de que me odiaba por hacerlo. Mis dedos rozaban mi clítoris por encima de la tanga, recordando cómo me había follado en las escaleras el día anterior. El placer subió rápido. Gemí bajito, arqueé la espalda… y al final me quedé dormida, exhausta, con la mano todavía entre las piernas.

No sé cuánto tiempo me quedé dormida, hasta que sentí el peso de un cuerpo pesado cayendo sobre la cama y un olor fuerte a cerveza y tabaco.

—Despierta, putita… que tu Negro ya llegó.

Abrí los ojos. Ahí estaba Berto, el negro estaba ahí, ebrio, con los ojos rojos y una sonrisa torcida. Sin preguntarme, sintiéndose mi dueño me quitó el suéter y la minifalda mientras dormía, dejándome solo en sostén, tanga y las medias blancas opacas. Los zapatitos de correa me los dejó puestos.

—¿Qué haces aquí tan tarde, ebrio de mierda? —le reclamé, intentando incorporarme—. ¿No te bastó con beber con tus amigos? Vete, Negro, estoy cansada y no quiero nada contigo.

Él soltó una carcajada grosera y me empujó de nuevo contra las almohadas.

—¿Cansada? Tú estás cansada de estar esperando mi verga, mamita. Dos horas sin que te parta el culo y ya te estás tocando como perra en celo. Mira cómo te dejé… solo en tanguita y medias. Qué puta más bonita.

Intenté empujarlo.

—Eres un animal ebrio… sal de mi recámara ahora mismo, Negro de mierda.

Él me agarró las muñecas y me las clavó sobre la cabeza.

—Cállate la boca, puta de mierda. Hoy te voy a coger más fuerte porque me tienes caliente desde la primera vez que te vi en la tienda. Abre las piernas.

Me besó con lengua, brutal, metiéndomela hasta la garganta. Su aliento sabía a cerveza barata y tabaco. Al principio intenté girar la cara, pero él me sujetó la mandíbula y siguió devorándome la boca. Poco a poco mi resistencia se derritió. Le respondí el beso, succionando su lengua aspirando su aliento alcohólico, gimiendo contra sus labios mientras sentía su verga dura presionando contra mi tanga.

—Así… buena puta… ya te gusta mi lengua, ¿verdad? —gruñó contra mi boca.

Me quitó el sostén y la tanga de un tirón, dejándome solo con las medias blancas opacas y el calzado. Se arrodilló entre mis piernas y hundió la cara en mi coño. Me lamió con fuerza, chupando el clítoris, metiendo dos dedos gruesos mientras yo gemía y me retorcía.

—Qué rico coño tienes… ya estás chorreando para mí, zorra. ¿Ves? Tu cuerpo ya me reconoce, puta.

Luego se desabrochó el pantalón y se puso de rodillas sobre la cama.

—Ahora tú, putita. En cuatro. Chúpamela.

Me puse en cuatro sobre la cama. Me metió la verga en la boca hasta la garganta. La chupé con fuerza, alternando entre lamer toda la longitud y succionar sus testículos pesados. Él me agarraba del cabello y gemía:

—Así… trágatela toda… chúpame los huevos, puta… qué bien lo haces cuando estás cachonda. Te encanta mi verga, ¿verdad? Aunque digas que me odias.

Nos besamos otra vez, su aliento a cerveza invadiéndome mientras yo lo masturbaba con las dos manos.

—¿Quieres que te coja, mamita? Pídemelo. Dime que quieres mi verga dentro de ti.

—No… no quiero… —mentí entre gemidos.

—Dilo o te dejo así toda la noche, zorra.

—…sí… cógeme… —susurré derrotada.

Me levantó como si no pesara nada y me arrojó sobre la cama. Me abrió las piernas bruscamente, empujándolas hacia arriba hasta que mis rodillas casi tocaron mis hombros. Quedé completamente expuesta, el coño mojado y palpitante apuntando hacia él. Sin darme tiempo a respirar, colocó la cabeza gruesa de su verga en mi entrada y me penetró vaginal de un solo golpe brutal.

—Ahhh… ¡joder! —gemí fuerte, sintiendo cómo me abría por completo.

Su verga gruesa y venosa me llenó hasta el fondo, rozando cada pliegue sensible. Empezó a embestir con fuerza salvaje, sus caderas chocaban con mi culo con un sonido húmedo y obsceno. Mis zapatos negros de charol se sacudían en el aire con cada embestida. El placer era tan intenso que apenas podía respirar.

—Siente cómo te parto la concha, puta… este coño es mío… apriétame más, zorra… eso… así… —gruñó el Negro, mirándome con ojos oscuros de posesión.

Puso un pie en la cama para hacer palanca y bombear más profundo. Su verga entraba y salía con fuerza, golpeando contra el fondo de mi coño una y otra vez. Sentía cómo me dilataba, cómo sus huevos pesados golpeaban contra mi culo, cómo mis juguitos le chorreaban por la verga y mojaba las sábanas. Mis pechos rebotaban violentamente con cada embestida.

Cambió de posición. Se acostó en la cama y me ordenó con voz ronca:

—Móntate, zorra. De frente.

Me senté sobre él, apoyándome en las rodillas. Su verga se deslizó de nuevo dentro de mí hasta el fondo. Empecé a cabalgarlo, subiendo y bajando, sintiendo cada centímetro abriéndome. El Negro me sujetaba las nalgas con fuerza, clavando los dedos en mi carne mientras me ayudaba a moverme más rápido.

—Así, putita… móntame esa verga… mírame a los ojos mientras te follo —me exigió.

Mi clítoris rozaba su pubis con cada bajada, enviando descargas de placer por todo mi cuerpo. Aceleré, rebotando con más fuerza, mis tetas saltando frente a su cara. Él las agarró y las apretó con rudeza, pellizcándome los pezones.

Luego me ordenó con tono autoritario:

—Ahora en cuclillas, puta. Quiero verte bien abierta.

Obedecí, aunque las piernas me temblaban. Me puse en cuclillas sobre su verga, apoyando las manos en sus muslos. Bajé despacio, sintiendo cómo su grosor abría mi vagina otra vez. El ángulo era brutal. Mi clítoris rozaba su verga con cada movimiento y, sin poder evitarlo, exploté en un squirt fuerte y largo que mojó su abdomen, su pecho y las sábanas.

El Negro rio con arrogancia, claramente orgulloso.

—Mira nomás… squirteaste como perra en celo. Yo siempre le saco squirt a mis putitas con esta verga. ¿Qué te parece, amor? ¿Te da celos saber que otras zorras también gritan y se mean por mí?

No respondí. Sentí una punzada de celos ardiente en el pecho, pero no podía alegar nada… yo era una mujer casada que se estaba dejando follar como una cualquiera.

Me giró y me puso en cuatro sobre la cama y me clavó el culito con fuerza brutal. Mis pechos quedaron aplastados contra las sábanas mientras él me bombardeaba desde atrás. Me besaba los hombros, me mordía el cuello, bajaba hasta mi boca y me metía la lengua sin dejar de follarme.

—Gime para mí, puta… me encanta oírte como la zorra que eres —me exigió, dándome una nalgada fuerte.

Yo ya no podía contenerme.

—Sí… infeliz negro… me está gustando… me estás partiendo… —gemí entre jadeos entrecortados.

Él se enderezó, me puso una mano en el cuello y me dejó completamente acostada boca abajo mientras seguía embistiéndome el culo con fuerza. Sentía cómo su verga entraba y salía de mi ano, abriéndome, llenándome, el glande rozando mis paredes internas con cada movimiento profundo.

Finalmente se acostó en la cama y ordenó:

—Móntate de espaldas, puta. Quiero verte el culo mientras me corro.

Me senté de espaldas sobre él. Para evitar que se corriera en mi vagina, acomodé su verga gruesa en mi ano y bajé lentamente, sintiendo cómo me dilataba de nuevo. Él sujetó mis nalgas con ambas manos y aceleró como loco, follándome el culo con embestidas salvajes desde abajo.

—Así… apriétame el culo, zorra… te voy a llenar hasta que te rebose…

Se corrió con un rugido animal, chorros espesos y calientes que sentí inundando mi culo profundamente. Parecía que me estaba orinando semen dentro. Chorros y más chorros, llenándome hasta el límite, gemí exhausta, sintiendo cómo me rebosaba y empezaba a escurrir por mis muslos.

Me levantó un poco, sacó su verga todavía palpitante y se sentó en la cama.

—Límpiala, puta. Chúpame las últimas gotas.

Me arrodillé entre sus piernas, sujeté su verga con las dos manos y la metí en mi boca, succionando despacio las últimas gotas de semen que quedaban en la cabeza hinchada. Lamí cada vena, cada resto, bajé hasta sus huevos y los limpié también con la lengua, saboreando el sabor mezclado de mi culo y su semen.

—Así… putita… limpia hasta la última gotita… —murmuró satisfecho, acariciándome el cabello mientras yo seguía limpiándolo con devoción.

Cuando terminé, él se puso de pie, se abrochó el pantalón y me miró desde arriba.

—Mañana te vengo a buscar cuando menos te lo imagines, mi putita. Quiero oírte repetir que eres mía.

Me dio un último beso de lengua cínico y se bajó las escaleras silbando, todavía ebrio.

Yo me quedé en la cama, temblando, el culo lleno de su semen, el sabor de su verga en la boca… y muy en el fondo, ya esperando que volviera mañana.

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