La prima Sofía: Su juego

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Mis deseos por poseer a Sofia crecían, mirar su cara llena de deseo a pesar de sus maltrechos agujeros me hacían tener más ganas de ella.

Le propiné una nalgada que dejó la marca roja de mis dedos grabada en su piel. El golpe, lejos de detenerla, la hizo rugir de placer y empujar su trasero con una fuerza desesperada.

—¿Te gusta que te trate como a mi puta? —le gruñí al oído, sin frenar el bombeo salvaje.

—¡Sí! ¡Me encanta! ¡Soy tu puta, tu prima zorra! ¡Fóllame más fuerte, por favor!

Aceleré el ritmo hasta el límite de mis fuerzas. Mi verga entraba y salía en su totalidad, reluciente por la mezcla de fluidos que ya nos empapaba a ambos. Sofía estaba desatada; entre gemidos, soltaba maldiciones y pedía más castigo con cada embestida.

De pronto, sus paredes vaginales se contrajeron como un puño alrededor de mi miembro, succionándome con violencia. Sofía estalló en un orgasmo devastador, su cuerpo se sacudía bajo el mío en una serie de espasmos incontrolables.

Desde esa posición, con ella rendida en cuatro, mi vista se clavó en su esfínter: estaba todavía dilatado, de un color rosado intenso y ligeramente entreabierto, guardando el eco de nuestra batalla de la noche anterior. La imagen fue como gasolina para mi erección.

—No podemos desaprovechar este regalo… —le solté, con la voz cargada de una lujuria ronca.

Le hundí el pulgar en el ano sin apenas encontrar resistencia. Sofía soltó un gemido largo, un sonido tembloroso que mezclaba el dolor dulce con la anticipación.

—Ahhhh, primito… Con cuidado —sollozó, aunque su cuerpo me buscaba—. Me lo rompiste anoche…

No hubo más palabras, solo acción. La acomodé su pecho contra el sillón para que su espalda se curvara al máximo y su culo quedara elevado, expuesto y listo para el sacrificio. Tomé mi verga, que relucía por los jugos de su coño, y presioné el glande contra ese anillo de carne que palpitaba por recibirme.

Empujé con una lentitud tortuosa. Su ano comenzó a ceder, estirándose milímetro a milímetro para tragarse el grosor de mi miembro. Sofía soltó un gemido gutural, profundo, enterrando las uñas en el tapiz del sillón mientras su cuerpo intentaba asimilar la invasión.

—Ahhhh… despacio… me vas a abrir en dos… se siente enorme —jadeó, pero contradictoriamente empujaba sus nalgas hacia atrás, ansiosa por ser reclamada de nuevo.

Una vez que estuve completamente dentro, el calor y la presión de su recto me atraparon como un guante hirviendo. Me quedé inmóvil un segundo, saboreando el pulso de su interior apretado contra mi verga. Entonces, empecé a bombear con embestidas largas, profundas y cargadas de un control dominante.

Sofía no paraba de gemir; sus manos se aferraban al mueble como si fuera su único ancla en medio de la tormenta de placer.

—Primito… me lo estás abriendo otra vez… ¡qué rico duele, que rico me coges! —sollozó, entregada al éxtasis del dolor.

Aceleré el ritmo. Mis manos separaban sus nalgas con fuerza, permitiéndome ver el espectáculo obsceno de mi verga desapareciendo y emergiendo de su ano. El sonido húmedo, ese chapoteo de carne contra carne, llenaba la sala con una música sucia y excitante.

—¿Te gusta que te destroce el culo, primita? —le gruñí, dándole una nalgada seca que hizo que su carne vibrara.

—¡Sí! ¡Me encanta! ¡Revienta mi culo otra vez! —gritó ella, con la cara empapada de sudor y la voluntad completamente doblegada.

Sofía soltó un quejido cuando me deslicé fuera de ella, dejando su interior palpitando en el vacío. Giro hacia mí y me empujó con una fuerza nacida de la urgencia para que me recostara en el sillón y, sin perder un segundo, trepó sobre mí. Se colocó en cuclillas sobre mis muslos, con los pies firmemente plantados y su ano justo encima de mi erección.

—Quiero que me destroces el culo así… —susurró con una mirada cargada de malicia, mientras guiaba mi verga, reluciente de fluidos, hacia su entrada trasera.

Se dejó caer con una lentitud calculada. Su ano, todavía sensible y elástico, se estiró de forma casi inverosímil para devorar el grosor de mi miembro. Un gemido largo y gutural escapó de su garganta mientras sentía cómo la invadía centímetro a centímetro.

—Ahhhh… sí… mierda, me llenas toda… —sollozó al sentir el choque final de nuestras pelvis.

Una vez enterrado hasta la raíz en ese túnel caliente y apretado, Sofía inició el movimiento. Empezó a balancearse hacia adelante y hacia atrás con un ritmo fluido. El ángulo era perfecto; mi verga rozaba sus paredes internas con una fricción que nos hacía perder el sentido a ambos.

—¡Dios, primito… me estás abriendo el culo otra vez! —gemía, mientras sus tetas rebotaban violentamente a pocos centímetros de mi boca.

Le aferré las nalgas con ambas manos, separándolas para disfrutar del espectáculo visual de mi verga desapareciendo en su ano con cada bajada. Cada vez que se hundía, su esfínter me atrapaba en un abrazo desesperado. Sofía aceleró el ritmo, remando de forma más salvaje y errática, entregada a una lujuria sin frenos.

—Más… más rápido… ¡rómpeme el culo de una vez! —gritaba, mientras su cuerpo se sacudía sobre el mío.

Aproveché el vaivén de sus pechos y atrapé uno de sus pezones con mis labios, succionándolo con fuerza mientras ella me cabalgaba con furia. Sofía echó la cabeza hacia atrás, con la voz rota y los ojos en blanco, mientras el flujo de su coño resbalaba por mi pelvis, lubricando aún más el roce de nuestros cuerpos.

—¡Me vuelve loca sentirte así…! —chilló, aumentando la velocidad hasta que solo fuimos un amasijo de jadeos, sudor y el sonido rítmico de la carne chocando contra la carne—. ¡Tan profundo… me vas a hacer estallar!

Sofía soltó gemido agudo cuando me retiré de su ano, pero no le di tregua. La obligué a recostarse de lado sobre el sillón, su espalda quedó fundida contra mi pecho y una de sus piernas se elevó, ofreciéndome de nuevo su retaguardia dilatada y reluciente. Me pegué a ella, sintiendo el calor que emanaba de su piel, y presioné la punta de mi miembro contra su esfínter todavía entreabierto.

—Quiero devorarte el culo así… —le susurré al oído, antes de morderle el lóbulo con una mezcla de ternura y agresividad.

Empujé con una lentitud deliberada. Mi verga volvió a reclamar su espacio, abriéndose paso en su interior caliente y estrecho, ganando terreno centímetro a centímetro hasta quedar sepultada por completo. Sofía soltó un gemido largo, un sonido que vibró en todo su cuerpo mientras arqueaba la columna contra mí.

—Ahhhh… sí… lléname otra vez… —jadeó, empujando sus nalgas hacia atrás para forzar una penetración aún más profunda.

Comencé a moverme con estocadas lentas pero implacables. Mientras una de mis manos estrujaba su pecho con fuerza, torturando su pezón entre mis dedos, la otra bajó hacia su sexo empapado para masajear su clítoris hinchado con círculos. Mi boca no dejaba de recorrer su cuello y su hombro, dejando un rastro de besos húmedos y marcas que delataban mi hambre.

Sofía perdió el control de sus sentidos; sus caderas se movían en un vaivén desesperado, tratando de acompasarse a mi ritmo.

—Primito… me vuelve loca que me des por el culo así… se siente tan hondo… tan prohibido… —sollozó, entregada a la delicia de lo que estábamos haciendo.

Aceleré el compás, transformando las caricias en embestidas firmes y rápidas. El sonido húmedo de la fricción anal, ese chapoteo rítmico y obsceno, se convirtió en el único eco de la sala. Sofía temblaba contra mi pecho, su flujo empapaba mis dedos mientras yo seguía castigando su clítoris sin piedad.

—¡Más… más fuerte! ¡Rómpeme de una vez… no importa que duela! —suplicó, girando el rostro para buscar mis labios en un beso cargado de saliva y desesperación.

La follé con una intensidad salvaje en esa posición, sintiendo cómo su ano me atrapaba con cada entrada y salida completa. Estaba totalmente desarmada ante mí, gimiendo y retorciéndose mientras su interior empezaba a dar los primeros espasmos del clímax inminente.

La follé con una intensidad salvaje, sintiendo cómo mi verga entraba y salía por completo de su recto, que me atrapaba con un calor casi insoportable. Mis dedos seguían castigando su clítoris hipersensible mientras mis dientes se hundían en su cuello, marcando mi territorio.

Sofía empezó a temblar de forma violenta contra mi pecho, como si una corriente eléctrica la recorriera de pies a cabeza.

—Primito… me vengo… ¡me voy a correr con tu verga dentro! —gritó con la voz rota, entregada al delirio.

De pronto, su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse. Estalló en un orgasmo devastador con un grito largo, desgarrador, mientras su ano me estrujaba la verga en una serie de espasmos violentos y rítmicos. Sentí cómo su sexo se desbordaba, empapando mis dedos y el tapiz del sillón, mientras sus gemidos se transformaban en sollozos de puro éxtasis.

Aquel fue mi límite. Tras un par de estocadas finales, brutales y profundas que la hicieron arquearse una última vez, me salí de golpe. Sofía se quedó vibrando, con el esfínter todavía abierto y palpitante, exhausta.

Me posicioné sobre ella y, con un gruñido gutural que nació desde lo más hondo de mis entrañas, exploté. Chorros gruesos, densos y calientes de mi semilla cayeron sobre su abdomen y su pelvis, marcando su piel y deslizándose en hilos blancos hacia su coño, que todavía palpitaba.

Sofía jadeaba con la mirada perdida y vidriosa, pero con una sonrisa de satisfacción absoluta dibujada en los labios. Me dejé caer sobre su cuerpo, buscando su boca, y nos fundimos en un beso largo, denso y cargado de cansancio, saboreando el sudor y el rastro de nuestra pasión.

Nos quedamos así durante una eternidad, abrazados y con los pechos subiendo y bajando al mismo compás, dejando que el silencio de la tarde terminara de envolver lo que acababa de suceder.

Tras recuperar el aliento, todavía entrelazados y con la piel pegajosa por el sudor sobre el sillón, rompí el silencio con una pregunta cargada de intención:

—¿Te gusta más mi verga… o la de Álex?

Sofía soltó una risa suave, una vibración ronca que aún delataba su agitación. Se giró ligeramente para clavar sus ojos en los míos, con una ceja arqueada y esa chispa de malicia que nunca la abandonaba.

—¿A qué viene esa pregunta ahora, primito? —murmuró con una sonrisa curiosa.

Mantuve el suspenso un par de segundos antes de soltar la bomba:

—Álex me escribió en la mañana. Quiere otra cita a solas contigo. Dice que lo volviste loco y que no puede sacarte de su cabeza. Solo quiere una cita y lo que tú le permitas, a cambio me va a presentar a una chica que quiere conocerme. Se llama Avril.

Sofía se incorporó de golpe, apoyándose sobre un codo mientras su pecho subía y bajaba. Su expresión se transformó; la satisfacción del orgasmo fue sustituida por un destello punzante de celos en su mirada.

—Avril… —repitió, arrastrando el nombre con un tono cargado de desprecio—. Lo único que tiene esa es que es una guarra de cuidado. Se acuesta con medio mundo y le encanta presumir de ello. No tiene nada de especial.

Sonreí ante su reacción y le acaricié la mejilla con suavidad, disfrutando de su posesividad.

—No te pongas celosa, Sofi. Es solo curiosidad, nada más.

Ella se quedó en silencio, mordiéndose el labio inferior mientras procesaba la idea. Finalmente, soltó un suspiro de rendición y confesó:

—Tal vez el interés de Avril no sea una coincidencia… Yo le hablé de ti. Le conté que lo nuestro es puro fuego y que tu verga me vuelve loca. Le dije que la tienes gruesa, que sabes cómo usarla y que me llenas como nadie. Se ve que se quedó con ganas de comprobarlo por ella misma.

Hizo una pausa, dejando que la confesión flotara en el aire, y luego añadió con una sonrisa traviesa que no lograba ocultar su inquietud:

—Entonces… ¿vas a aceptar el trato de Álex? ¿De verdad me vas a “prestar” solo para que esa zorra te pruebe?

—Hablas de «prestar» cuando tú solo juegas para obtener el placer que necesitas —le solté, con un matiz de reproche que no pude ocultar.

Sofía sonrió, con la piel todavía encendida y perlada de sudor tras el esfuerzo. Se incorporó sobre el sillón, irradiando una confianza casi arrogante que la hacía ver aún más deseable.

—Así es, primo —respondió sin la más mínima vacilación—. Pero… —me clavó la mirada, con una expresión de soberbia absoluta— no hay necesidad de negociar nada conmigo. Me gustó estar con Álex y, si vamos al caso, yo soy un puente mucho más directo para que llegues a Avril que él.

Terminó la frase con una sonrisa altiva, recordándome quién tenía realmente los hilos de la situación.

—¿Y si… solo cogemos nosotros? —le respondí, dejando que los celos se filtraran en mi voz como una confesión de debilidad.

Sofía soltó una carcajada suave y burlona que me caló hondo.

—¿Estás seguro? —se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal—. No te enamores, primito, o nos vamos a tener que divorciar de la familia. Mantengamos esto donde pertenece: en la diversión. Pero si prefieres que nos quedemos solos, por mí está bien.

Me estudió con esa seguridad peligrosa, como si estuviera leyendo mis pensamientos antes de que yo mismo los formulara. Sus ojos brillaban con una picardía eléctrica mientras trazaba un camino lento con su dedo sobre mi pecho sudado.

—Aunque… si aceptas el trato de Álex, yo podría entretenerme un rato más con él… y tú podrías descubrir qué tan guarra es Avril. Todos salimos ganando, ¿no crees? —añadió con una voz melosa, mordiéndose el labio inferior en un gesto puramente instigador—. O podemos seguir solo tú y yo… por ahora.

Se quedó en silencio, observando mi reacción con una fijeza depredadora. Su sonrisa me decía que, sin importar lo que yo eligiera, ella ya había ganado la partida.

No necesité palabras. Tenerla así de cerca, con la piel todavía encendida y el aroma de nuestro encuentro pegado a nosotros, fue suficiente para silenciar cualquier duda. La besé con una urgencia renovada, una respuesta instintiva que ella me devolvió con la misma fuerza. Nuestras lenguas se buscaron con hambre y sentí mi verga tensarse de nuevo, reclamando su lugar contra su muslo.

Sofía soltó una risita entrecortada contra mis labios, notando mi reacción.

—Espera… estoy fatal, ahora sí que me duele todo —dijo entre risas, aunque sus ojos seguían brillando—. Mejor ayúdame a ocultar nuestro rastro. Mis padres no tardan en llegar y la sala apesta a sexo… a un sexo jodidamente intenso.

Se colgó de mi cuello para darme un último beso rápido y travieso antes de ponerse en marcha con una energía sorprendente.

Así, todavía desnudos y con el pulso acelerado, emprendimos una limpieza frenética. El sillón era el testigo principal: una enorme mancha oscura de sudor, fluidos y semen marcaba el centro de la batalla. Sofía, con una practicidad que me dejó asombrado, plantó un ventilador frente al mueble para acelerar el secado mientras rociaba aromatizantes por toda la estancia sin el menor rastro de vergüenza. Yo me encargué de borrar las huellas más evidentes en el suelo y la mesa mientras ella recolocaba los cojines con precisión estratégica.

Finalmente, Sofía se deslizó el vestido por el cuerpo, dejando que la tela cayera sobre sus muslos, mientras yo me vestía a toda prisa, todavía sintiendo el calor de su piel.

—Voy a darme un baño… —anunció mientras empezaba a subir las escaleras. Se detuvo a mitad del camino, girándose para mirarme por encima del hombro con esa mirada depredadora que me desarmaba

—¿No vienes?

Sin mediar palabra, con el corazón golpeándome las costillas, la seguí escaleras arriba.

La seguí escaleras arriba en un silencio cargado de anticipación. Al entrar en su baño, Sofía echó la llave y abrió el grifo de la ducha; el vapor no tardó en brotar, envolviéndolo todo en una neblina cálida y privada.

Se despojó del vestido con un movimiento fluido y se deslizó bajo el chorro. Me desnudé rápidamente y me uní a ella. El agua caliente golpeaba nuestros cuerpos, arrastrando el sudor, los fluidos y el rastro de aquella tarde salvaje, dejándonos la piel nueva y sensible. Sofía se giró, me rodeó el cuello con sus brazos mojados y me besó; esta vez fue un beso lento, profundo, donde saboreamos el cansancio y la satisfacción.

—Esta vez suave… —susurró contra mis labios—. Todavía me duele todo, primito.

La atraje hacia la pared de azulejos con una delicadeza inusual. Mis manos recorrieron su silueta empapada, deteniéndose en la curva de su cintura y la suavidad de sus pechos. Me arrodillé frente a ella bajo la lluvia artificial, besando su abdomen antes de descender hacia su sexo, que lucía hinchado y vibrante. La lamí con una ternura pausada, usando lengüetazos largos que buscaban reconfortarla. Sofía soltó un gemido quedo, casi un suspiro, mientras enredaba sus dedos en mi pelo empapado.

—Así… me encanta cuando me devoras despacito… —murmuró con la voz rota.

Me puse en pie, la giré con cuidado y la penetré desde atrás bajo el agua. Entré con una lentitud tortuosa, centímetro a centímetro, permitiendo que su interior sensible se amoldara a mí. Sofía soltó un quejido largo, apoyando las palmas en la pared mientras arqueaba la espalda para recibirme.

—Ahhh… sí… justo así… —jadeó.

Comencé a moverme con embestidas profundas pero tranquilas, abrazándola por la cintura. Mientras una mano acariciaba sus pechos, la otra descendió hacia su clítoris, masajeándolo con delicadeza. Nos besábamos de lado, con el agua resbalando por nuestros rostros mientras follábamos con una calma adictiva, paladeando cada roce.

—Te siento tan dentro… —gemía ella, moviendo las caderas al compás de las mías—. No pares… no quiero que termine…

La apreté contra mi pecho, follándola con una intensidad contenida. Sus gemidos eran ahora más íntimos, más reales. Sofía alcanzó un orgasmo dulce, temblando entre mis brazos con espasmos sutiles que me succionaban desde dentro.

Cuando sentí que mi propio clímax era inevitable, me retiré. Con un gruñido bajo, me corrí sobre su espalda y sus nalgas; chorros espesos que el agua tibia comenzó a diluir y arrastrar hacia el desagüe.

Nos quedamos abrazados un largo rato bajo el chorro, dejando que el ritmo de nuestros corazones se estabilizara. Sofía se giró, me dio un beso lleno de ternura y me regaló una sonrisa satisfecha.

—Esto sí que ha sido un lujo… suave y rico —susurró antes de apoyar la cabeza en mi hombro.

Salimos del baño envueltos en toallas, todavía con la piel húmeda y compartiendo sonrisas cómplices y roces juguetones mientras nos vestíamos en su habitación. La atmósfera era de absoluta relajación, hasta que el sonido seco de la puerta principal abriéndose en la planta baja nos devolvió de golpe a la realidad.

Sofía se quedó petrificada, con una prenda a medio poner.

—El ventilador… —susurró, con las pupilas dilatadas por el pánico.

Bajamos las escaleras con una agilidad felina, tratando de no hacer crujir ni un solo peldaño. Entramos en la sala justo en el preciso instante en que Rebeca cruzaba el umbral, seguida por mi tío, que cargaba pesadamente con varias bolsas de compras.

Rebeca se detuvo en seco y barrió la estancia con la mirada. Sus ojos, afilados, se posaron sobre el sillón. El ventilador seguía zumbando con insistencia, apuntando directamente al centro del mueble, y el aire estaba saturado por el rastro artificial de los aromatizantes. Durante un segundo eterno, el corazón me dio un vuelco, convencido de que estábamos perdidos. Sin embargo, el caos estaba bajo control: el tejido parecía seco y la fragancia cumplía su función de camuflar nuestra huella.

Mi tío, agotado, apenas soltó un «ya llegamos» general antes de enfilar directo hacia su habitación sin mirar a nadie.

Aprovechamos el momento para actuar con una naturalidad ensayada; fingimos que acabábamos de bajar a la cocina por un vaso de agua. Sofía y yo nos cruzamos una mirada fugaz en el pasillo: un pacto silencioso de alivio. «Estamos a salvo», pensamos.

Ya en la soledad de mi cuarto, me senté en la cama sintiendo cómo el pulso me martilleaba todavía en los oídos. El silencio se apoderó de la casa por unos minutos, hasta que escuché unos pasos firmes subiendo las escaleras. No eran los pasos pesados de mi tío. Se detuvieron justo frente a la puerta de Sofía.

Rebeca no había ido a descansar; había subido directamente a buscarla.

A través del muro, solo logré captar un breve e inquietante intercambio:

—… mamá, se me cayó un jugo en el sillón —la voz de Sofía sonó cristalina, con una inocencia casi perfecta.

Rebeca respondió algo en un tono bajo y denso que no alcancé a descifrar, pero la sospecha vibraba en el aire. La conversación fue breve, apenas un tanteo de terreno. Poco después, el eco de los pasos de Rebeca alejándose escaleras abajo me devolvió un poco de aire.

Me quedé inmóvil en la penumbra de mi cuarto, con el corazón todavía galopando contra mis costillas. Tras unos minutos de silencio sepulcral, mi teléfono vibró sobre la cama. Era ella.

«Ya hablé con ella. Le solté el cuento del jugo derramado para justificar el ventilador y el perfume. Creo que se lo tragó… por ahora».

Respondí de inmediato, con los dedos todavía temblorosos:

«¿Estás segura? Tenía una mirada que me puso los pelos de punta».

Sofía me respondió en seguida:

«Sí, pero me miró de esa forma rara que tiene ella. Me preguntó si “todo estaba bien entre nosotros”. Le aseguré que sí, que somos primos y punto. Pero me juego lo que sea a que su instinto le está diciendo otra cosa».

Otro mensaje apareció en pantalla casi al instante, cambiando radicalmente el tono:

«Como sea, mejor nos calmamos estos días. Mi madre tiene el radar encendido y no quiero que nos cace. Aunque… la verdad es que todavía siento tu rastro en mi vientre y mis nalgas, me duele rico todo. Me tienes mal, primito».

No pude evitar sonreír a pesar de la paranoia. Le escribí:

«Yo también estoy así. Tienes razón, mejor bajamos el perfil por ahora. Mañana hablamos».

Sofía tardó en contestar esta vez, como si estuviera midiendo sus palabras. Cuando finalmente llegó su último mensaje, fue un dardo directo que me dejó descolocado:

«Ah, por cierto… invité a Avril a casa aún no hemos marcado el día, pero te aviso para que no intentes nada raro delante de ella. Te juro que no le voy a volver a contar lo bien que me coges, no quiero que se le antoje más de la cuenta».

Me quedé mirando la pantalla en silencio. Sabía que esas dos compartían demasiados secretos. Sofía estaba marcando su territorio con una elegancia cruel, dándome permiso para mirar pero recordándome, de paso, quién era la dueña del juego.

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