Empezando de nuevo

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Al mudarme a mi nuevo apartamento, lo hice con la voluntad de iniciar de nuevo, no era grande ni lujoso, pero decente.

Me había hecho cercano con Marta y hablábamos con total confianza.

Una Marta de quien por cierto olvidé describirles en mi relato pasado.

“Su cuerpo es una perdición: senos enormes y naturales, como de unos 100c que se desbordan de cualquier sujetador, redondos, moviéndose con cada paso que da. Tiene un culo pequeño eso sí, aunque es redondo y firme, de esos que invitaban a hundir los dedos”

Al menos esa era la forma en que Fernando hablaba de Marta durante una reunión en la que estábamos los tres esperando unos documentos.

Señor Walter: La chica de administración, ¿no? —preguntó apoyado contra la mesa—.

Fernando asintió con la cabeza.

Fernando: Aunque de chica tiene poco. Tiene un hijo si no estoy mal. Es bastante callada.

El señor Walter sonrió con cierta complicidad.

Señor Walter: Las personas calladas siempre terminan sorprendiendo.

No era una conversación que me interesara demasiado. Quizá por eso Walter se volvió hacia mí.

Señor Walter: ¿Tú qué opinas, Saúl? ¿O también eres de los callados?

Fernando: A él ya lo tiene entre ceja y ceja Patricia —riendo —, la otra vez me comentaba que le pareces interesante.

Yo: ¿Patricia que no está contigo? —decía confundido—

Fernando: No hombre no es mi mujer, pero ya sabes como es.

No, no sabía, pero me hacía una idea.

Yo: Entiendo —dije aparentando sonreír— aunque no es de mi interés.

Señor Walter: Tocando el tema de Patricia, deja de ser tan obvio huevón —le decía mirando a Fernando— la otra vez casi me metes en problemas, sabes bien que no permitimos relaciones aquí.

Fernando: No hice nada —levantando las manos en señal de inocencia—

Señor Walter: Eso dices siempre. Ya conocen las reglas. Lo que hagan fuera de la oficina es asunto suyo. Aquí dentro prefiero evitar complicaciones.

Lo dijo con tono firme, aunque tuve la impresión de que aquella conversación no era nueva para ninguno de los dos.

En ese momento entró Marta junto a otra compañera con los documentos que estábamos esperando.

Marta era una joven como bien decía Fernando, con grandes senos, sí. Físicamente no daba la impresión de tener un hijo.

Recuerdo que me llamó la atención porque parecía querer pasar desapercibida, hablaba apenas lo necesario. Tenía el cabello negro y lacio, una mirada seria que por momentos parecía perdida en sus propios pensamientos y una expresión de cansancio que contrastaba con lo joven que era.

Dejó los documentos sobre la mesa y regresó a su trabajo.

Marta: Sí… es feo cuando la gente mezcla ciertas cosas con el trabajo —me decía mientras caminábamos hacia el paradero—

Yo: ¿Lo dices por Patricia y Fernando?

Ella dudó unos segundos antes de responder.

Marta: Por ellos y por muchas cosas.

Yo: Fernando parece llevarse bien con todo el mundo.

Marta: A veces demasiado bien. —soltando una pequeña sonrisa—

Yo: ¿Te dio problemas?

Marta: No exactamente. Cuando recién llegué insistía mucho en ayudarme. Me hablaba de ascender si salía con él, ya sabes

Yo: ¿Y aceptaste?

Negó con la cabeza.

Marta: Fernando actúa como si fuera jefe… Prefiero arreglármelas sola.

Marta parecía una persona que intentaba mantenerse firme aun cuando la vida no se lo ponía fácil.

Estar con ella era una ruleta rusa de emociones. Había días en los que conversábamos durante todo el trayecto, otros en los que apenas decía unas cuantas palabras.

A veces parecía tranquila. Otras veces daba la impresión de estar cargando un peso demasiado grande para alguien de su edad.

Todo cambió unos dos meses después.

Aquella mañana encontré a Marta sentada sollozando en uno de los pasillos de la empresa. Tenía las manos apretadas sobre el regazo y la mirada fija en el suelo.

Me senté a su lado.

Yo: ¿Todo bien?

Tardó unos segundos en responder.

Marta: Mi mamá quiere que me vaya de la casa.

Yo: ¿Por qué?

Marta: Porque dice que ya somos demasiados —soltando una risa amarga— Que el dinero no alcanza. Que tengo que resolver mis problemas de una vez.

No pregunté más. La conocía lo suficiente para saber que, cuando hablaba de ciertas cosas, cada palabra costaba.

Durante unos instantes permanecimos en silencio.

Yo: Marta… —dije finalmente— si necesitas un lugar donde quedarte, tengo una habitación libre.

Marta: Saúl… —decía mientras levantaba la vista—

Yo: No es gran cosa. Pero estarías tranquila mientras encuentras una solución.

Vi pasar muchas emociones por su rostro.

Vergüenza. Alivio. Duda.

Marta: …No quiero ser una carga.

Yo: No lo serás.

Marta: Gracias —decía mientras bajaba la mirada otra vez—

Aquella misma semana se mudó conmigo junto a su hijo.

Los primeros días fueron extraños para ambos, casi fraternales. Yo dormía en el sofá, ella en la cama de la habitación.

Por las noches cenábamos juntos. Conversábamos de cualquier cosa. Del trabajo. De los niños.

A veces Marta parecía más tranquila.

Incluso su rostro cambió, sonreía más.

Y aunque seguía preocupándose por muchas cosas, ya no parecía estar luchando sola contra el mundo.

Aquello me hacía feliz de una manera difícil de explicar. Sentía que podía ayudar.

Una noche estábamos viendo una película en la sala cuando ella se sentó a mi lado.

La televisión era apenas un murmullo de fondo.

Marta: Saúl.

Yo: ¿Sí?

Marta: Gracias por todo esto.

Yo: –La miré– No tienes que agradecerme tanto.

Marta: Sí tengo que hacerlo. –decía sonriente–

Guardó silencio unos segundos.

Marta: No sé qué habría hecho sin ti.

No supe qué responder.

Porque, por primera vez en mucho tiempo, sentí que alguien necesitaba mi presencia y no mi ausencia.

Marta apoyó la cabeza sobre mi hombro.

Y nos quedamos así durante un rato.

Sin hablar.

Solo disfrutando de una calma que ninguno de los dos parecía haber tenido en mucho tiempo.

A partir de entonces nuestra relación empezó a cambiar lentamente.

En la oficina seguíamos comportándonos con normalidad.

Pero fuera de ella compartíamos cenas, conversaciones y pequeñas rutinas que poco a poco fueron convirtiéndose en parte de nuestras vidas.

Fue un mediodía cuando tuve que llevar unos planos a la oficina del señor Walter. El pasillo estaba casi vacío, solo se escuchaba el zumbido constante del aire acondicionado y el sonido lejano de una impresora.

Mientras esperaba unas copias, pasé frente a la oficina del señor Walter y la puerta estaba entreabierta, la ventana que daba a mí tenía la cortina mal corrida.

No habría prestado atención de no ser porque me llamó la atención verlo dentro en una actitud extraña, estaba semidesnudo, o bueno, tenía el torso desnudo y la correa colgando.

Parecía cansado. Se iba sentando en uno de los sillones, con un vaso de whisky en la mano, como si acabara de terminar una jornada mucho más pesada de lo normal.

Continúe con las impresiones, sin embargo, algo me hizo mirar nuevamente.

No estaba solo, veía sus labios moverse mirando a alguien cercano.

Al principio no le di importancia. Pensé que sería alguna reunión “de esas”

Pero entonces la persona se movió ligeramente.

Y entonces la vi bien en uno de esos vistazos. Reconocí el perfil.

Era Marta.

Sentí una extraña presión en el pecho, comprendí, de golpe, que estaban compartiendo una cercanía que yo jamás había experimentado.

Veía su espalda desnuda por completo, el señor Walter tenía la vista plena en sus enormes senos. Llevaba su falda aún puesta y descalza se acercaba lentamente hasta él mientras se amarraba el cabello con su moño.

Ella parecía nerviosa.

Walter hablaba con tranquilidad, como si estuviera acostumbrado a manejar ese tipo de situaciones.

No podía escuchar lo que decían. Solo veía movimientos.

El señor Walter sentado en su sillón, con los pantalones ya hasta los tobillos, la esperaba ansioso, tenía la vista clavada en sus enormes senos.

El corazón me golpeaba en la garganta.

Aparté la vista inmediatamente e intenté concentrarme en los planos.

En la impresora, en cualquier cosa.

Pero a los pocos segundos volvía a mirar.

Entonces Marta se arrodilló entre sus piernas abiertas del señor Walter.

Ella bajó la cabeza y tomó la verga del señor Walter con una mano. Casi con timidez le lamía desde la base hasta la cabeza, lentamente. El señor Walter soltaba un gemido al cielo y puso una mano en su nuca, empujándola suavemente.

Marta abrió la boca y lo metió. Su cabeza empezó a subir y bajar, primero despacio, luego con más ritmo. Mientras, el señor Walter ponía una mano en su cabeza apretando su cabello.

Esperaba convencerme de que estaba equivocado. Esperaba encontrar una explicación sencilla.

Una explicación que no me obligara a enfrentar la realidad que comenzaba a formarse en mi cabeza.

No llegó ninguna.

No sabía exactamente qué había visto. Pero sabía que algo había cambiado.

Cuando terminé de recoger los documentos me alejé de allí y caminé sin rumbo por unos minutos. Terminé sentado en unos cubículos vacíos cerca de la entrada, intentando concentrarme en cualquier cosa que no fueran mis propios pensamientos.

No pasaron ni diez minutos cuando una voz me sacó de ese estado.

—Saúl, ¿qué tal? —

Era Tania, la esposa del señor Walter que venía acompañada de su pequeña hija.

Tania: ¿Está Walter por aquí?

La pregunta me tomó por sorpresa.

Durante un segundo dudé.

Parte de mí quería decir la verdad. Otra parte pensó en las consecuencias que eso podría tener para todos los involucrados.

Especialmente para Marta.

Yo: Creo que está ocupado —respondí—. Voy a avisarle.

Me levanté con una sensación incómoda en el pecho.

Mientras caminaba hacia la oficina, intenté convencerme de que había interpretado mal lo que había visto.

Esperando que nada hubiera sido real, esperaba verlos sentados, conversando.

Toqué la puerta suavemente.

No hubo respuesta.

Volví a tocar. Nada

Giré la perilla lentamente, con miedo. Abrí apenas unos centímetros. Lo primero que vi fueron sus cuerpos.

Marta estaba inclinada sobre el brazo del sofá, frente a la puerta, hacia mí. Tenía el torso desnudo y la falda subida hasta la cintura. Vi por primera vez sus enormes senos, colgaban pesados, balanceándose con cada embestida. Los pezones duros y enrojecidos rozaban la tela del sofá. Su cara estaba girada hacia la puerta, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta soltando gemidos ahogados.

Detrás de ella, el señor Walter la cogía con fuerza. Tenía los pantalones en los tobillos, la camisa tirada en el suelo. Sus manos agarraban con brutalidad las caderas de Marta, clavando los dedos en su carne mientras la penetraba profundo y rápido, casi aplastándola. Con completo deseo.

Su verga entraba y salía completamente, cada embestida hacía que el culo firme de Marta se sacudiera y sus tetas rebotaran violentamente.

Fue suficiente. No necesitaba más explicaciones.

No necesitaba entender los detalles.

La distancia que creía haber reducido durante los últimos meses apareció de golpe entre nosotros.

Walter jadeaba como un animal.

Marta gemía bajito, casi sollozando. Su cara era una mezcla de vergüenza y culpa.

La expresión de ambos cambió en cuanto me vieron. Al alzar la mirada, palidecieron.

Señor Walter: Saul… ¿qué pasa…?

Marta, que tenía la cabeza agacha, alzó la cabeza de golpe al escuchar mi nombre. Sus ojos se llenaron de pánico y vergüenza absoluta. Intentó cubrirse el rostro de vergüenza y los pechos con un brazo, pero era inútil: sus tetas eran demasiado grandes. Se quedó allí, inclinada, con la verga de Walter todavía dentro de ella, palpitando.

Yo: Lo siento… —dije con la voz rota—. Su esposa está aquí, señor Walter… con su hija…

El señor Walter tardó un instante en reaccionar.

Señor Walter: Puta madre… —decía para sí mismo— Dile que ya salgo…

Antes de cerrar la puerta busqué la mirada de Marta.

Pero ella mantuvo la vista baja.

Cuando regresé, Tania seguía conversando con su hija como si fuera una tarde cualquiera. Pocos minutos después apareció el señor Walter. Tranquilo.

Saludó a su familia y se marchó con ellas.

Yo permanecí allí un rato más. Esperando.

Sin estar muy seguro de qué esperaba realmente.

Quizá una explicación. Quizá una negación.

Pero Marta no salió.

Y cuando finalmente me fui de la oficina, tuve la sensación de que algo importante acababa de romperse, aunque todavía no sabía exactamente qué era.

Esa noche apenas cruzamos palabra. Marta se encerró en la habitación junto a su hijo y yo permanecí en la sala durante horas, mirando la televisión sin prestar atención realmente.

Por momentos me convencía de que había una explicación.

A la mañana siguiente la encontré en la cocina.

Tenía una taza entre las manos, pero el café estaba frío.

Parecía no haber dormido.

Cuando levantó la vista y me vio, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Intentó contenerse, pero no pudo.

Se cubrió el rostro con ambas manos.

Marta: Lo siento, Saúl.

Ella respiró hondo varias veces antes de continuar.

Marta: No sé cómo llegué a esto. —su voz temblaba— Solo quería que las cosas mejoraran.

Me senté frente a ella.

Yo: ¿Qué cosas?

Marta: Todo —decía bajando la mirada—

Guardó silencio unos segundos hasta que siguió.

… Mi mamá. El dinero. El niño. El trabajo.

Por primera vez desde que la conocía parecía completamente derrotada.

Marta: Walter empezó ayudándome con algunas cosas —continuó—. Después con otras. Siempre parecía tener una solución para todo.

Yo: Y tú pensaste que podías manejarlo.

Ella asintió sin poder aún mirarme.

No intentó justificarse.

Y quizá por eso me resultó más difícil verla llorar.

Marta: No quería hacerte daño.

Aquella frase me golpeó más de lo que esperaba.

No vi malicia en ella.

Solo cansancio, mucho cansancio.

Yo: No tienes que irte, Marta.

Marta: ¿Qué? —decía levantando la cabeza por primera vez—

Yo: No tienes que irte… —le dije mirándola a los ojos—…Tal vez me equivoqué en algunas cosas. Tal vez imaginé un futuro antes de tiempo. Tal vez confundí algunas señales. Pero nada de eso cambia que te preocupas por tu hijo, que trabajas más que nadie y que llevas demasiado peso encima.

Marta: No merezco que seas así conmigo —decía mientras volvían a aparecer las lágrimas—

Yo: No estoy seguro de que eso lo decida yo.

Por primera vez sonrió levemente.

Una sonrisa triste.

Pero sincera.

Sentí que, si se intentaba, todavía había algo que podía salvarse.

Las semanas siguientes fueron extrañas, Avanzábamos con cuidado.

Empezamos a pasar más tiempo juntos. A conversar más.

Marta seguía preguntándome todo.

Si estaba bien. Si me molestaba que hiciera tal o cual cosa.

Si podía ayudarme con algo.

Y yo empecé a descubrir facetas de ella que no conocía.

La veía jugar con su hijo. Reír. Preocuparse por cosas pequeñas.

Por primera vez en mucho tiempo la casa se sentía viva.

Y yo empecé a creer que quizá ambos podíamos construir algo mejor que nuestros errores.

Sin embargo, no todo desapareció.

El señor Walter seguía allí.

Cuando Fernando salió de vacaciones, el señor Walter me pidió que asumiera temporalmente algunas de sus responsabilidades. Reuniones, eventos, clientes. No había problema.

Acepté sin darle demasiada importancia.

Pero Marta sí se la dio.

Lo noté desde el primer día.

Una noche, mientras cenábamos, permaneció en silencio más de lo habitual.

Yo: ¿Todo bien? —pregunté—

Ella tardó en responder.

Marta: Walter es complicado.

Yo: ¿Complicado?

Asintió con la cabeza.

Yo: ¿Cómo complicado?

Marta: A veces cree que todo puede resolverse porque él lo dice.

Pensé que se trataba simplemente de diferencias laborales.

Ahora sé que era mucho más que eso.

Semanas después tuvimos una cena con clientes en un restaurante del centro. Donde se encontraban también Patricia y algunos compañeros más.

La reunión transcurría con normalidad. Planes, proyectos, copas que se llenaban una y otra vez.

Durante el almuerzo, después de aclarar los detalles importantes, me di cuenta de que Walter se había sentado al lado de Marta. Patricia estaba ahora a mi lado, hablando de cualquier cosa.

Desde mi posición, vi claramente cómo la mano de Walter desaparecía bajo la mesa. Primero descansó en el muslo de Marta. Ella se tensó, pero no se movió.

Yo estaba al otro lado de la mesa, viendo todo. Nadie más parecía notarlo.

Cada vez que observaba a Marta parecía más incómoda. Su respiración se volvió más agitada. Walter sonreía mientras hablaba con los clientes, como si nada, pero su mano se movía en círculos lentos, presionando lo que imaginaba tela de su ropa interior. Marta mantenía una sonrisa forzada que no lograba ocultar del todo su nerviosismo, disimulaba con una tos, pero tenía sus mejillas enrojecidas.

Yo estaba demasiado lejos para intervenir.

Y demasiado confundido para entender completamente lo que ocurría.

En un momento de esos, Marta se tensó por completo, bajó su mano bruscamente como queriendo controlar la mano del señor Walter, mientras él se limitaba a sonreír.

Cuando la reunión terminó, varios compañeros se marcharon juntos. No pude evitar ver cómo el señor Walter se iba con el resto, con Marta pegada a su cuerpo, su mano aún en su cintura, queriendo bajar peligrosamente hacia su culo.

Yo tuve que quedarme unos minutos más junto con dos compañeros cerrando algunos asuntos con los clientes.

Cuando finalmente regresé al departamento, Marta aún no había llegado.

Apareció horas después. Tenía el cabello lavado, una mirada perdida con los labios hinchados. Parecía agotada.

En cuanto la vi comprendí que algo había sucedido.

Parecía agotada.

Esa noche hablamos durante horas. Lloró. Se culpó. Intentó explicarse.

Y por primera vez me habló claramente de sus miedos.

Marta: No quiero que siga tocándome —dijo ella, con lágrimas—. Pero no quiero me despidan…

Comprendí entonces que el problema ya no era únicamente Walter.

Era también el miedo a perder lo poco que había conseguido.

Después de mucho hablar tomamos una decisión. Marta pediría el traslado a otra sucursal.

No solucionaría todos nuestros problemas.

Pero quizá nos daría algo que ambos necesitábamos.

La posibilidad de empezar de nuevo.

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