Marta se masturba, se tira pedos y otros

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Marta, en calcetines y enfundada en unos vaqueros ajustados, se tumbó boca abajo en el sillón y cogió una revista.

Era un viernes por la tarde y estaba sola. Su pareja se había ido de viaje de negocios y ella no tenía planes.

Paso las hojas viendo las fotos de pseudo famosos y famosas.

“He tomado demasiada pizza y cocacola” pensó.

Y además la ingesta había sido apresurada. Sin nadie con quien compartir mesa el comer se convertía en una carrera dominada por el ansia.

Levantó las piernas doblándolas a la altura de las rodillas para dejarlas caer unos instantes después.

Fue cuestión de segundos, lo notó llegar e instintivamente apretó el culo cortando el paso. La tripa rugió.

Tenía que ir al baño.

Pero la pereza la pudo y cuando el aire intentó buscar una salida de nuevo, simplemente relajó el esfínter. El pedo, sonoro como un trueno, encontró el camino a la libertad por vía rectal.

Marta se ruborizó, tomo aire percibiendo el aroma de la flatulencia y lo soltó aliviada. Sin embargo el alivio no fue total y un nuevo pedo se colocó en posición de salida.

Esta vez Marta se tumbó de lado, se desabrochó los pantalones y atrapando con su mano la tela de los vaqueros y las braguitas, tiró desnudando el trasero y el sexo velludo.

El pedo salió silbando como una colchoneta que se deshincha.

La mujer respiró con alivio.

Sonó el móvil.

—Hola Vanesa, ¿qué tal?

Era su compañera de trabajo.

La dejó hablar, diciendo “sí” de vez en cuando. Su mente lejos de la conversación, centrada en la nueva ventosidad que estaba de camino.

Durante un instante pensó en tirárselo y que su compañera y amiga lo oyese. De hecho, por algún motivo, la imagen de su amiga, desnuda, apareció en su mente. Ella se tiraba el pedo y su amiga la regañaba, la ponía sobre sus rodillas y le daba unos azotes.

Ahora apenas escuchaba la conversación. Era algo de unos planes y ella dijo algo mecánico sobre el viaje de su pareja.

Quería colgar, tirarse el pedo y masturbarse cuanto antes.

La conversación duró un minuto interminable.

Nada más colgar, apretó el trasero y retuvo el gas. La tripita le molestaba y el empujón tuvo el mismo efecto que el pene de un hombre penetrándola.

Solo que no notaba nada en la vagina.

Rápidamente, temerosa de perder el momento, se frotó el sexo con la mano y metió un dedo. Hurgó y hurgó excitándose.

Paró el pedo por segunda vez, notando que la situación se le estaba escapando de las manos.

De repente le entraron las prisas, todo se volvió urgente.

Torpemente se levantó del sofá al notar que se iba a orinar encima. El lavabo estaba demasiado lejos.

Lo intentó. Tenía que intentarlo.

Caminó a pasitos, encorvada, con los vaqueros enrollados en los tobillos y el culete prieto. La dignidad ya no tenía importancia, todo lo que importaba era no hacérselo allí.

Logró llegar a la puerta del baño. Allí se tiró un pedete y apretó de nuevo el culo, desesperada.

Con un último esfuerzo logró pisar el suelo del cuarto de baño y se dejó caer abandonando una lucha que tenía perdida. Uno, dos, tres, hasta cuatro ventosidades se escaparon por el ano y el pis, cálido, empapó el suelo y el sexo y los muslos impregnados del líquido amarillo, pegajosos, se adhirieron a las baldosas del aseo.

Marta no paró ahí. Estaba sola y aquella oportunidad no buscada era, quizá, una experiencia que no volvería a repetirse.

“Guarra, eres una guarra” gritó en su mente mientras reanudaba la masturbación que había iniciado.

El olor a pis, el olor de los pedos y la excitación la llevaron al orgasmo.

Luego, más tranquila, se sacó del todo los pantalones, las bragas, los calcetines y el resto de la ropa y tras secarse provisionalmente con papel higiénico, en cueros, fue a la cocina en busca de la fregona y el caldero.

Fregó el aseo con detergente olor limón, se metió en la ducha, se tiró un último pedo, y abrió el agua.

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