Maude Flanders

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T. Lectura: 5 min.

La noche en la Avenida Siempreviva 744 transcurre bajo un silencio inusual. Arriba, Rod y Tod duermen profundamente tras haber recitado sus oraciones. Abajo, en el comedor, el ambiente es cálido y sereno, iluminado por la luz suave de las lámparas y el brillo de los portarretratos familiares que adornan las paredes de tonos pastel.

Ned recibe a Juan con su habitual energía bondadosa, vestido con su clásico suéter verde manzana sobre la camisa rosa perfectamente planchada, pantalones de gabardina gris y mocasines marrones. Yo luzco mi blusa azul de cuello alto, falda recta color lila que llega por debajo de las rodillas y mi peinado alto impecable. Todo en nosotros respira esa inocencia pura y angelical que siempre nos caracteriza.

La bienvenida y la mesa servida.

Al sentarse Juan a la mesa, el aroma reconfortante del pastel de carne casero llena el comedor. Me acerco con una sonrisa tímida y dulce, inclinándome para servirle una porción generosa. Siento su mirada recorriendo sin disimulo mi cuerpo: la tela lila de mi falda se ajusta perfectamente a mis caderas anchas y redondeadas, marcando la forma firme y generosa de mi trasero. Ned nota su mirada y parpadea, pero solo sonríe con calidez inocente.

—Es una receta de mi abuela, Juan —digo con voz suave, ajena al deseo que despierto—. Lleva un toque de nuez moscada y carne magra. Espero que te guste.

Mientras sirvo, sus ojos bajan directamente a mis pechos, que se marcan suavemente contra la blusa azul. Me doy cuenta y me sonrojo intensamente, acomodándome el cuello de la blusa con dedos nerviosos.

—¡A la grande, claro que sí! —exclama Ned alegremente—. ¿Te sirvo una copita de este vino que me recomendó Homero?

La cena transcurre entre charlas amenas y cálidas. Pero cada vez que me levanto, siento la mirada de Juan clavada en mi trasero, siguiendo el suave balanceo de mis nalgas bajo la falda.

El cambio de atmósfera.

Con el vino haciendo efecto, Ned se vuelve más risueño y parlanchín, aunque sigue igual de inocente. Yo estoy más sonrojada y suelta, pero mantengo mi actitud tímida y recatada.

Aprovechando un momento en que Ned se distrae, Juan se inclina hacia mí y me susurra al oído con voz grave y cargada:

—Tenés un culo increíble, Maude… me vuelve loco.

Abro mucho los ojos, me pongo roja hasta las orejas y me tapo la boca con una mano, pero una risita nerviosa y culpable se me escapa.

Más tarde, en el living, Juan se sienta junto a mí en el sillón floreado. Mientras Ned habla animadamente sobre las ventas del Zurdo Mercado, pasa el brazo por detrás de mí y me atrae hacia él. Me tenso, pero no me aparto del todo, dividida entre mi profunda timidez y el calor que me recorre el cuerpo.

Se inclina nuevamente y me susurra al oído:

—Quiero que te sientes en mi regazo… necesito que sientas lo duro que me tenés.

Traspasando los límites.

Juan mira a Ned directamente a los ojos y le dice con naturalidad descarada:

—Ned, tu mujer se está poniendo muy caliente. Quiere sentarse sobre mí un rato. ¿Te molesta?

Antes de que termine la frase, Juan me toma firmemente de la cintura y me acomoda sobre su regazo. Suelto un gemido ahogado. Mis piernas se abren a ambos lados de sus muslos y mi generoso trasero —grande, redondo, suave y caliente— se asienta pesadamente sobre su entrepierna. Mi falda lila se sube indecentemente, dejando al descubierto la parte alta de mis muslos pálidos. Siento su erección crecer con fuerza debajo de mí, presionando dura y gruesa contra mi sexo.

Ned parpadea confundido, sonríe con benevolencia y balbucea algo sobre las ventas.

Mientras Ned sigue divagando, Juan baja la voz y me susurra solo a mí al oído:

—Le enterré bien profundo a Marge la otra vez… ¿Lo sentís? Esto también es para vos ahora.

Tiemblo, completamente colorada, respirando agitada. Nunca me habían hablado así. Con voz entrecortada y mirando a mi marido, murmuro:

—Neddy… tengo mucho calor…

Mientras lo digo, comienzo a mover mis caderas lentamente, rozando su verga dura entre mis nalgas generosas, sintiendo cómo la gruesa forma se clava contra mi sexo a través de la ropa interior.

—Ay, Neddy… hace mucho calor aquí… —repito casi gimiendo, abanicándome con una mano mientras con la otra me desabrocho lentamente los botones de la blusa azul, revelando el borde de mi sostén blanco.

Las manos de Juan avanzan con posesión animal. Su derecha se desliza bajo mi falda, sube por mis muslos suaves y corre a un lado mis braguitas. Encuentra mi vagina muy peluda, caliente y completamente empapada. Dos de sus dedos gruesos se hunden lentamente en mi interior, sintiendo las paredes suaves y húmedas apretándolo.

Me tenso y susurro con timidez:

—Juan… —intentando cerrar un poco las piernas, pero su mano me sujeta con firmeza.

Acaricia mi clítoris hinchado con movimientos precisos y firmes mientras besa y succiona mi cuello. Ned, vencido por el alcohol, se ha quedado dormido en su sillón, roncando plácidamente.

—Qué coño tan lindo y velludo tenés, Maude… —me dice al oído con voz ronca.

Tiemblo de vergüenza y placer, con la voz quebrada:

—Ned… Ned dice que las mujeres decentes se depilan…

—Y vos qué sos ahora, entonces? —pregunta mientras sigue moviendo los dedos dentro de mí.

Respiro entrecortadamente y murmuro casi sin fuerzas:

—Soy… soy tuya…

Con la falda completamente subida hasta la cintura y la blusa abierta, mis tetas pesadas y suaves quedan expuestas, con los pezones rosados y duros. Sus dedos entran y salen de mi chocha peluda, haciendo ruidos húmedos y obscenos mientras su otra mano amasa y pellizca mis pechos.

Ya no aguanta más. Se baja los pantalones con brusquedad y su enorme verga gruesa, venosa y palpitante salta libre. Abro los ojos con mezcla de pánico y excitación al sentir su glande caliente y gordo rozando entre mis nalgas blandas.

—Juan… no… por favor… sin condón no… —suplico con voz temblorosa y desesperada, mordiéndome el labio inferior con timidez puritana—. Ned y yo siempre usamos… no deberíamos… por favor, Juan… ponete algo…

—Cállate la boca, puta —gruñe con rudeza salvaje, sujetándome con fuerza brutal de las caderas—. Esta entrepierna velluda va a llevar verga cruda hoy quieras o no.

Me baja de golpe con violencia. Su glande grueso y brutal separa mis labios hinchados y peludos, abriéndose paso centímetro a centímetro dentro de mi sexo ardiente, apretado y chorreante.

— ¡Aaaahhh… Juan! ¡Es demasiado grande! ¡Por favor, despacio! ¡Aaaahhh! —gimo con un gemido alto, agudo y desesperado que resuena en el living.

Empieza a moverme arriba y abajo con fuerza animal, follándome en cowgirl inverso como si fuera una muñeca. Mi culo gordo y suave choca contra sus piernas con un ritmo brutal: plap, plap, plap. Puedo sentir cómo mi vagina peluda se abre obscenamente alrededor de su grosor, tragándoselo por completo, brillando con mis jugos espesos.

—Mirá cómo te estoy cogiendo delante de tu marido dormido, Maude —me gruñe con voz sucia y humillante, embistiéndome más fuerte—. Ned el santo, el puritano de mierda, roncando como un boludo mientras yo te destrozo el coño peludo sin condón.

— ¡Aaaahhh! ¡Juan… por favor… no tan fuerte! ¡Aaaahhh! —gimo más alto, intentando taparme la boca pero sin poder contener los gemidos agudos y desesperados.

Moja un dedo y lo presiona con rudeza contra mi ano apretado, penetrándome también por ahí sin piedad mientras sigue follándome.

— ¡Nooo… por ahí no, Juan! ¡Por favor, te lo suplico! ¡Aaaahhh! —suplico con voz quebrada, llorosa y un gemido largo y agudo.

Sigue penetrándome con fuerza salvaje, alternando entre mi chocha empapada y mi culo virgen, sintiendo cómo ambos agujeros se contraen alrededor de su polla.

—Decile a Ned lo puta que sos, zorra —gruñe mientras me embiste más duro, tirándome del pelo.

Con lágrimas de placer y vergüenza corriendo por mis mejillas, gimo alto y entrecortado:

— ¡Soy tu puta, Juan! ¡Aaaahhh! ¡Por favor… más fuerte… no… sí… no sé! ¡Aaaahhh!

Ned sigue roncando plácidamente a solo metros de distancia, su rostro inocente e ingenuo completamente ajeno a que su devota esposa está siendo follada salvajemente por el vecino, con la verga sin condón clavada hasta el fondo. La humillación es absoluta.

Empiezo a temblar violentamente. Mi vagina se aprieta con fuerza alrededor de su verga.

— ¡Juan… me voy a correr…! ¡Aaaahhh! ¡Por favor, no me hagas correrme así! ¡Me corrooo! —grito con un gemido alto y prolongado.

— Corrrete, Maude… corrrete como la perra que sos en la verga del vecino mientras tu marido ronca como un idiota inútil —gruñe, follándome con más brutalidad.

Exploto en un orgasmo intenso. Mi cuerpo se sacude, mi chocha peluda se contrae en espasmos fuertes alrededor de su polla y suelto un gemido agudo y prolongado que él ahoga tapándome la boca con la mano.

Mientras me corro, sigue embistiéndome sin piedad hasta que ya no aguanta más. Me baja hasta el fondo con fuerza y explota dentro de mí, llenando mi útero con chorros potentes y espesos de semen caliente. Oleada tras oleada, mi sexo se desborda, y cuando me levanta, un torrente blanco y cremoso brota de mi vagina abierta, chorreando por mis labios peludos e hinchados y corriendo por mis muslos.

Me levanto tambaleante, con las piernas temblando, la falda arrugada y la blusa abierta. Miro hacia abajo y veo cómo su semen espeso sigue saliendo de mi interior, goteando al piso. Mi cara está completamente roja de vergüenza y placer.

—Andá a limpiarte antes de que Ned se despierte —me dice con voz grave.

Camino hacia el baño con pasos cortos y torpes, dejando un rastro brillante de semen en el piso, todavía temblando por el orgasmo.

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