Siempre me toca ir a mí al super. A mí mujer se le olvidan productos y me toca a mí coger el carro y arreglar el entuerto. Siempre voy al mismo Súper. Está en las afueras del pueblo. En la entrada me fijé en una chiquita negra que colocaba los carros a cambio de una moneda. No tendría más de 20 años. Estaba bien formada, aunque escondía su figura en un chándal amplio que parecía que no fuera de su talla. Tenía unos labios gruesos, nariz chata y unos ojos grandes y expresivos. El pelo corto y rizado y se le notaba unas buenas caderas a pesar del chándal abundante.
Me saludo al entrar y no sé porque, esa mujercita me atrajo. Yo soy ya un cincuentón que desde que se casó, abandono los polvos ocasionales. Pero últimamente me volvía a fijar en chicas jóvenes y mi rabo se ponía bien recto pensando en lo rico que debía sentirse esos chochitos.
Compré la leche que mi mujer se olvidó y chocolate para mis hijas. Cogí un carrito pequeño para esas dos cosas y me dispuse a salir hacia mi coche. Al salir, la chica negrita me volvió a saludar y me preguntó si podía ayudarme. Le dije que encantado, cogió el carro y lo empujó hacia mi coche. Descargue las cosas y le pregunte cuánto le daba, ella me dijo que lo que quisiera. Saqué mi cartera y le pregunte como se llamaba. Me dijo que Asha, al decirlo sonrió.
Entonces decidí jugármela, total que podía perder. Le pregunté si le apetecía ganar algo más que unas monedas, te doy 50 euros por pasar un rato juntos. Asha se tensó un poco, pero no se fue. Miro para los lados y dijo que sí. Se subió conmigo al coche y arranque camino de la parte de atrás del supermercado un lugar tranquilo frecuentado por parejas. Saqué la cartera y le pagué lo acordado. Ella miró el billete y sonrió. Ahora toca ganártelo, le dije. Se quitó la chaqueta deportivo y lo que había debajo, merecía esos 50 euros. Un sujetador y debajo unas tetas bien puestas.
Le saqué las tetas de esa prisión y se expandieron dejando unos pezones grandes. Agache mi cabeza y empecé a mamar sus pezones como un niño con hambre, se iban contrayendo a medida que succionaba y poniéndose duros, con las manos le apretaba y sentía su suavidad. El rabo lo tenía bien duro, así que me baje la cremallera y lo libere de su prisión. Estaba tan caliente que la cabeza del pene era como un hierro al rojo, supurando los primeros líquidos preseminales. Le bajé el pantalón de chándal y quedó a la vista unas bragas muy feas y gastadas. Se las quité sin miramientos y la mandé abrir las piernas.
Entre tanta piel negra había una mata de pelo rizado y se dibujaba una raja rosada y fresca. Empecé a tocarle la raja húmeda y caliente. Notaba su clítoris gigante. Asha empezó a calentarse y empezó a moverse de arriba para abajo. Entonces le dije que era hora de mamar mi rabo. Se agachó , abrió su boca gigante saco su lengua roja y empezó a lamerme el pene como un helado sabroso de chocolate. Pasaba su lengua por mi glande y bajaba a los huevos. Luego de un rato de jugar de esa manera, metió todo mi rabo en su boca y comenzó a succionar. Vaya manera de comer polla.
Mi rabo estaba que explotaba y yo aguantaba para seguir disfrutando de aquel tornado negro. Cuando estaba a punto de llegar al éxtasis, saco su boca de repente. Se giro y se subió encima de mí, allí quedaba yo atrapado. Cogió mi rabo con la mano, lo coloco y se bajó , introduciendo mi rabo en su vagina. Unos empujones y adentro. Estaba mojadísima, que bien se sentía. Mi pene se adaptó a su vagina, y empezó a menear sus caderas como una batidora. Que mujer.
La verdad que aguante poco aquellas embestidas. Mi rabo empezó a escupir dentro de su vagina chorros de leche. La cogió por los hombros y la estreche contra mí. La bese y ella salió de mí. Saco unos papeles y se limpió. Me despedí de ella, prometiendo más encuentros. Justo en el momento que mi mujer me llamaba preguntando por la leche. La leche, pensé está ya con el cacao incluido.
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