El negro se aprovechó de mí y yo sabía que lo iba a hacer

1
5058
T. Lectura: 4 min.

Yo sabía que el barrio a ciertas horas de la noche se ponía más complicado, también sabía que una jovencita de 19 andando sola por esas calles y a esas horas era presa fácil para cualquiera.

Sabía y muy bien –porque para eso me lo puse– que el pantalón que usaba me resaltaba el culo grande y redondo de una forma tremenda.

Y a todo esto, sabía bien que podía pedir fuego para prender mi porro a algún chico o chica con pinta de buena gente con quien me cruce por ahí, pero preferí entrar a una suerte de callejoncito abandonado, donde sabía que pasaban cosas.

Creo que él sabía todo lo que yo sabía. Cuando me vio acercarme a pedirle fuego, habrá pensado que venía buscando algo más.

A él lo había visto un par de veces, vendiendo cosas por la calle. Lo recuerdo porque su piel negra y su apariencia fuerte me llamaron la atención. Y no se si sabía que era él hasta que lo vi ahí.

Sabiendo lo que ambos sabíamos, creo que fue por eso que cuando me acerqué un poco más, aprovechó para abalanzarse sobre mi. Y yo creo que sabía que no era para robarme, por eso solo intenté oponer resistencia unos segundos. Cuando sus manos agarraron con fuerza mis tetas, nalguearon mi culo y rasgaron mi ropa, solo por “protocolo” trataba de cubrirme. Para qué, si ya sabía lo que se venía. Y sobre todo, sabía que me iba a gustar.

Claro que esto lo digo ahora, ya con el culo roto y el goce pasado. En el momento mi mente me decía que grite –uff vaya que grité, pero no así–, que pida ayuda, que me resista; pero el fuego interno era mucho más fuerte.

Recuerdo que me pinchó los pezones, que me dejó las nalgas rojas, que me hizo arrodillar en ese suelo húmedo y sucio, que cuando se sacó esa enorme pija negra, gruesa y venosa; en partes iguales me aterré y a la vez se me hizo agua la boca.

Creo que nadie jamás me insultó tanto como mi propia mente, cuando no hice demasiada fuerza para resistirme cuando me tomó del pelo y me acercó a ese miembro gigante que a los pocos segundos estaba invadiendo mi boca, buscando penetrar mi garganta.

El sabor amargo, salado; era el sabor a pija de toda la vida pero más fuerte.

–Hija de puta ¿qué haces? ¿Por qué no gritas? Mordela, hace algo. Trata de huir

Eso me decía mi mente. Bueno, una parte. La otra me decía que trague más verga.

Y así como yo sabía, a este punto imagino queridos lectores que ya saben qué fue lo que hice.

Abría la boca, esa cosa gigante entraba y salía. La saliva goteaba. Al rato un par de movimientos bruscos me hicieron encontrarme presionada contra la pared, apoyando mis manos en la misma, con la cabeza aplastada por su mano también contra ese muro. No sé por qué actuaba como si fuese a huir, como si no sabía que no sólo había aceptado mi destino sino que lo iba a gozar.

–¿Por qué arqueas la espalda ofreciéndote más? ¿Tan puta vas a ser, Valentina?

Mi parte racional intentaba persuadirme. Como si esa parte de mi no sabía que no había vuelta atrás.

Bah, quizás sí. Quizás ahí cerca había alguien para socorrerme, quizás si pedía auxilio él se iba a asustar. La verdad que no se, eso lo pienso ahora. Cuando te está penetrando una poronga de casi 30 cm y más gruesa que tu brazo no te sobra mucha cabeza para buscar escapatorias. Claro, a eso sumémosle que en el fondo no quería tener escapatoria.

Así como en el fondo de mi concha golpeaba una y otra y otra y otra vez esa enorme verga. Ya me salía gemir, gemir de placer. Gemir como una puta. No sé si ni siquiera llamarme puta, las putas cobran. Yo me estaba dejando coger por un extraño en un callejón a las 2 de la mañana, no sé si ya inventaron el término para eso. Sea lo que sea, eso soy. O eso era entonces.

–Por lo menos no demuestres tanto que te gusta, zorra.

Ya mi parte racional estaba enojadísima conmigo, pero me importaba un carajo.

Ah, recordé algo que sabía en ese momento. Bueno, realmente algo que había escuchado. Algo de que hay un tipo de orgasmo más fuerte, que ocurre cuando el pene impacta en no sé qué punto dentro de la vagina y que se yo. Pero creo que eso fue lo que me pasó. Cuando su pija me apretó una parte adentro, al fondo, ahí donde duele tan rico; fue como si apretó un botón que disparó una cantidad de orgasmos que no tenía claridad para contar. Un líquido transparente corría por mis piernas temblorosas, mientras este hijo de puta parecía tener fuerza para darme murra por una semana seguida.

-Mira como acabas como una yegua, sos un asco.

Mi parte racional seguía enfadadísima. La escuchaba de lejos, en ese momento sentía una cosa rara entre desmayo y placer. Y dolor, realmente me dolía.

–Decile que te duele, que pare, que ya está. Dios, puta de mierda decile que se la vas a chupar y sacarle la leche pero que deje de cogerte porque te va matar.

Ya cuando tu parte racional empieza a negociar de esa forma, supongo que es porque te fuiste a la mierda. Y tanto estaba entregada al deseo que en vez de eso, dije otra cosa.

-Metemela en el culo.

Creo que tardó un rato en asimilar, porque frenó. Habrá pensado que era una trampa, no se. De todos modos lo hizo.

–Idiota, te va hacer aún más daño. Sos una estúpida, aparte de zorra y asquerosa sos imbécil.

Qué carajo me importa, cuando la sentí abriéndome el ojete vi estrellitas. De dolor y placer. Es que el dolor me gusta y esas cosas se aprenden por las malas.

Y el negro me daba, me daba, me daba. Ya con el culo abierto, entraba y salía con facilidad. Yo seguía gimiendo, como puta en celo.

–¡Más fuerte, más fuerte! ¡Rompeme el culo. Rompelo!

Si alguien había cerca lo habrá escuchado, pero lo escuchó él que es lo importante.

En un momento se frenaron las embestidas, dio un último empujón pélvico hasta el fondo y empezó a gruñir. Sentía como su semen espeso se descargaba en mi culo, mientras ambos jadeábamos.

No que si no supe y creo que jamás llegaré a saber, es por qué huyó con tanta prisa. Obviamente no esperaba que me compre flores o me acompañe a casa, pero no se; quedate un rato, mirame a la cara, que se yo. No, se fue, corrió.

Yo como pude, temblando entera y con el culo abierto y rebosando semen me reincorporé. Hagamos de cuenta que ustedes no saben que cuando sentí la leche saliendo de mi culo, no me metí unos dedos para juntar lo que podía y tragármela. Hagamos de cuenta que al menos así de sucia no llegué a ser.

Con la ropa medio rota, medio renga y bien cogida volví a mi departamento. Ni me bañé, me acosté así.

El dolor de ojete me duró días. Estaba abierto, rojo, irritado. Y mientras mi parte racional me repetía una y mil veces que todo eso era mi culpa, le respondía sonriente que yo ya sabía.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí