Aquella mañana, mientras yo recorría el parque con Avril, en la habitación de Sofía el aire todavía guardaba el rastro de nuestra mañana. Ella estaba recostada en su cama, con el cuerpo aún sensible y la respiración recuperando su ritmo pausado. Estiró el brazo para alcanzar su teléfono y, tras un segundo de duda frente a la pantalla iluminada, abrió la conversación con Alex.
Sus dedos volaron sobre el teclado:
«¿Sigues con ganas de verme?»
La respuesta de Alex vibró casi al instante, como si hubiera estado esperando ese mensaje con el dedo sobre el botón:
«Jajaja obvio que sí. No he dejado de pensar en ti desde esa noche. ¿Cuándo puedes?»
Sofía sonrió con picardía y se mordió el labio, disfrutando del poder que tenía sobre él.
«Esta noche… creo que puedo escaparme. ¿Te animas?»
Alex:
«¿Estás segura? No quiero problemas con tu familia.»
Sofía:
«Tranquilo. Tú solo dime a dónde me vas a llevar para ir bien preparada.»
Alex mandó una ráfaga de emojis de fuego antes de responder:
«Mira, acaban de inaugurar la alberca en la terraza de mi departamento. No sé, tráete un traje de baño… o no traigas nada. Paso por ti, dime dónde.»
Sofía:
«En la entrada de la plaza. Ahí te veo en cuanto logre burlar la vigilancia.»
Sofía bloqueó el teléfono con un gesto satisfecho. Por un breve instante, mi imagen cruzó por su mente, pero la sacudió con una risita fría y decidida.
—Creo que hoy me toca divertirme de otra forma… —murmuró para la habitación vacía, con los ojos brillando de anticipación.
La tarde se había escurrido entre silencios tensos. Sofía y Avril compartieron el espacio de la sala, pero no cruzaron ni una palabra sobre lo que había pasado en la terraza; la presencia de mi tía Rebeca en la cocina, era una barrera infranqueable. En cuanto Avril se marchó, el ambiente en la casa se volvió gélido.
Poco antes de mi propia huida con Avril, Sofía terminó de armar su plan. Sentada en el borde de su cama, le envió el último mensaje a Alex:
«Estoy saliendo. Te veo en la entrada de la plaza en 10 minutos».
Sofía se colgó una mochila pequeña al hombro y avanzó por el pasillo con la cautela. Al pasar cerca de mi habitación, me vio a través de la puerta entreabierta; yo estaba absorto en mi teléfono, fingiendo una calma que no tenía mientras esperaba el mensaje de Avril. Ella no se detuvo, ni siquiera me miró dos veces. Salió sigilosamente por la puerta principal.
Cuando llegó a la plaza, Alex ya estaba allí, recargado en su coche con esa confianza arrogante que siempre lo caracterizaba. Al verla llegar, sus ojos la recorrieron con un hambre que Sofía recibió con una sonrisa de victoria.
—Puntual como siempre —dijo Alex, abriéndole la puerta del copiloto—. Súbete, que el agua de la terraza nos está esperando.
Sofía subió al auto sintiendo el primer chispazo de adrenalina. Mientras el coche se alejaba hacia los departamentos de lujo, ella se preguntaba, con una sombra de ironía, si yo seguiría encerrado en mi cuarto como un niño bueno, sin imaginar que ella estaba a punto de entregarse a una noche que lo cambiaría todo.
Llegaron al departamento de Alex. Apenas cerraron la puerta, Sofía dejó caer su mochila en el sofá y le sonrió con picardía.
—Voy a cambiarme —dijo—. Traje traje de baño.
Alex le indicó el baño con un gesto, intentando mantener la compostura, pero Sofía ya tenía el control. Caminó hacia allá con un contoneo deliberado y, al entrar, dejó la puerta entreabierta. No fue un descuido; fue una invitación silenciosa, una rendija de luz que convertía el baño en un escenario prohibido.
Desde la sala, Alex se quedó petrificado, incapaz de apartar la vista. Sofía se posicionó estratégicamente frente al espejo, de perfil a la puerta, asegurándose de que él tuviera el ángulo perfecto. Con una lentitud tortuosa, se despojó de la blusa, dejando que sus tetas quedaran libres y firmes bajo la luz blanca. Luego, desabrochó sus jeans y arqueó la espalda, sacando el culo mientras la mezclilla resbalaba por sus muslos hasta el suelo.
Se quedó solo en una tanga negra que desaparecía entre sus nalgas, dándole a Alex los segundos necesarios para que su pulso se acelerara. Entonces, tomó el bikini naranja.
Primero el top: lo deslizó sobre su piel, ajustando los cordones con una parsimonia cruel. Los triángulos de tela eran ridículamente pequeños; apenas lograban tapar la aureola de sus pezones, dejando el resto de sus senos desbordándose por los costados. Después, se puso la parte inferior. La braga era un hilo que se hundió profundamente por detras, la tela se tensaba de tal forma que dibujaba, con una fidelidad obscena, la hendidura de sus labios vaginales.
Sofía se miró al espejo, girando el cuerpo para admirar cómo el naranja vibrante hacía resaltar el tono de su piel y la redondez de sus caderas. Sabía que Alex la estaba devorando, que cada uno de sus movimientos era un golpe directo a su autocontrol.
Alex estaba apoyado en el marco de la entrada, con la respiración pesada y un bulto violento rompiendo la línea de sus pantalones. Sus ojos estaban inyectados en deseo, incapaces de procesar tanta carne expuesta.
—¿Te gusta? —preguntó Sofía, fingiendo una inocencia que contrastaba con la forma en que sus ojos brillaban de malicia.
—Carajo, Sofía… —gruñó, dando un paso hacia ella con una mirada depredadora—. Estás para que te deshaga aquí mismo.
Alex rompió cualquier rastro de paciencia. Mientras Sofía terminaba de regodearse frente al espejo, él acortó la distancia con una zancada y pegó su cuerpo contra el de ella, atrapándola entre el mármol frío y su calor invasivo. Sus manos, grandes y ásperas, subieron por su cintura con urgencia y agarraron sus tetas con una fuerza posesiva, apretando la carne contra la tela naranja hasta que los pezones de Sofía se marcaron como piedras bajo sus dedos.
Sofía soltó un gemido que se ahogó en el cristal del espejo y se mordió el labio inferior, sintiendo cómo la adrenalina se mezclaba con el placer bruto.
—Alex… —susurró, pero su voz no era una advertencia, sino un ruego cargado de hambre.
Las manos de él se volvieron depredadoras. Descendieron por su abdomen plano, tensando la piel, y se deslizaron directamente bajo el hilo del bikini, hundiéndose en el calor empapado de su coño. Sus dedos rozaron su clítoris, que ya palpitaba hinchado, y Sofía cedió por completo; sus rodillas flaquearon y tuvo que apoyarse con ambas manos en el lavabo, abriendo las piernas para invitarlo a más.
Sin mediar palabra, Alex la obligó a inclinarse hacia adelante, arqueando su espalda con una autoridad que la hizo jadear. Con un movimiento brusco, le enganchó la braguita del bikini y la bajó hasta las rodillas, dejando su culo redondo y su intimidad roja y goteante totalmente expuestos.
Se arrodilló detrás de ella como un animal frente a su presa. Sin preámbulos, hundió el rostro entre sus nalgas, invadiendo su espacio con una voracidad que la hizo temblar. Su lengua, caliente y experta, recorrió su raja de abajo hacia arriba en un lametón largo y húmedo que recogió todos sus jugos.
—¡Ahhh… sí! —jadeó Sofía, hincando las uñas en el borde del mármol y empujando su culo contra la boca de Alex, buscando más de ese contacto obsceno.
Él no se guardó nada. Lamió y succionó su coño con una devoción salvaje, metiendo la lengua profundamente en su interior mientras se concentraba en succionar su clítoris con una presión que la hacía ver estrellas. Sus manos, firmes y exigentes, le separaban las nalgas con fuerza para devorarla por completo.
—Qué rico coño tienes, Sofía… —gruñó Alex entre lametones, con la voz ahogada por la humedad de ella, mientras le hundía dos dedos hasta la raíz y seguía martirizando su clítoris con la lengua—. Me pones tan caliente que me vas a obligar a correrme aquí mismo.
Sofía echó la cabeza hacia atrás, con los ojos en blanco y el pecho aplastado contra el espejo frío. Sus tetas se deformaban contra el cristal mientras ella se retorcía, entregada al asalto sensorial.
—¡Sigue… por favor, no pares! —suplicó ella, con la voz rota y desesperada—. ¡Cómetelo todo, Alex! ¡Hazme tuya de una puta vez!
Alex no daba tregua; sus lengüetazos eran ahora más largos y voraces, trazando una línea de fuego desde el pubis hasta el mismo borde de su ano, deteniéndose a succionar su clítoris con una presión que hacía que Sofía viera destellos detrás de sus párpados cerrados.
—¡Ahhh… sí… cómemelo todo! —jadeaba ella, con la voz quebrada, entregándole el peso de su cadera a la cara de él mientras se deshacía en espasmos.
De golpe, Alex se puso en pie. El sonido del cinturón y la cremallera al abrirse fue el preludio de lo que venía. Liberó su verga, que saltó gruesa, oscura y palpitante bajo la luz del baño. Sofía, con el maquillaje ligeramente corrido y la mirada turbia de deseo, se lamió los labios de forma instintiva, devorando con los ojos el tamaño de lo que estaba a punto de poseerla.
Antes de entrar, Alex le hundió dos dedos hasta la raíz en su coño empapado. Sofía soltó un gemido largo, abriéndose para él con una disposición animal, sintiendo cómo sus propios jugos calientes le empapaban la palma de la mano mientras él la preparaba con estocadas digitales rítmicas y firmes.
—Mírate en el espejo, Sofía… quiero que veas cómo te voy a romper —gruñó él.
La jaló hacia sí con brusquedad, girándola para que quedara de espaldas a él, frente al espejo. Sofía apoyó las manos en el mármol, arqueando la espalda de tal manera que su culo quedó como una oferta irresistible bajo la luz. Alex la ancló por las caderas, clavando sus dedos en su carne, y de un solo empujón seco y profundo, la penetró hasta el útero.
—¡Ahhhh, mierda! —gritó Sofía, con el grito chocando contra el cristal empañado. La sensación de ser invadida por ese grosor le cortó el aliento por un segundo.
Alex empezó a follarla con una cadencia salvaje, embestidas fuertes que hacían que el sonido húmedo del impacto de sus pelvis rebotara en los azulejos. Sofía estaba hipnotizada por su propio reflejo: veía sus tetas saltando rítmicamente, su rostro desencajado por el placer y la figura de Alex detrás de ella, poseyéndola con una furia posesiva.
—¡Sí! ¡Así! ¡Más fuerte, Alex! —gemía ella, echando el culo hacia atrás en cada golpe, buscando que él llegara más y más profundo—. ¡Quiero sentir cada maldito centímetro de tu verga!
Alex aceleró, convirtiendo el acto en un asalto de pura potencia. Sus manos subieron de sus caderas a su cabello, enredando los dedos entre sus mechones para tirar de su cabeza hacia atrás, obligándola a arquearse más y exponiendo su cuello mientras la seguía martilleando con una violencia deliciosa.
—¿Te gusta sentirme así, verdad, perra? —gruñó él al oído de ella—. Siente cómo te lleno el coño.
Sofía solo pudo responder con gritos incoherentes, clavando las uñas en el lavabo, totalmente perdida en el ritmo animal que Alex le imponía, sintiendo que el orgasmo estaba a punto de estallarle en las entrañas.
Alex, poseído por el ritmo frenético de sus propias embestidas, soltó las tiras del bikini naranja, liberando los pechos de Sofía por completo. Los atrapó con una fuerza posesiva, amasándolos y pellizcando sus pezones, que estaban tan duros que parecían perlas bajo sus dedos. Sofía echó la cabeza hacia atrás, con la voz rota por un gemido que se mezclaba con el sonido rítmico y húmedo del sexo.
—Así… apriétamelas, Alex… carajo, sí —jadeó ella, perdiendo el control de sus sentidos.
Él dejó sus pechos y bajó las manos hacia sus caderas, hundiendo los dedos en la carne suave con tal fuerza que seguramente dejaría su marca. Con cada estocada, la jalaba hacia él, obligándola a recibir su verga gruesa hasta la raíz, golpeando el fondo de su vagina con una violencia deliciosa que la hacía temblar.
Sofía sintió que el mundo se desvanecía. Un calor abrasador comenzó a irradiar desde su vientre, expandiéndose por cada fibra de su cuerpo. Su respiración se volvió una serie de jadeos cortos y desesperados.
—Alex… me voy a correr… ¡ya viene! —advirtió ella, con la mirada perdida en el reflejo empañado del espejo.
En un movimiento instintivo y salvaje, Sofía arqueó la espalda de forma violenta, despegando las manos del lavabo. Estiró un brazo hacia atrás y enredó sus dedos en el cabello de Alex, tirando de él con fuerza para obligarlo a bajar el rostro. Lo buscó en un beso desesperado justo cuando el orgasmo la atravesó como una descarga eléctrica.
Su coño estalló en una serie de contracciones brutales y rítmicas que abrazaron la verga de Alex. Sofía gimió contra la boca de él, un sonido gutural que se perdió entre sus labios mientras sus piernas fallaban y todo su cuerpo se sacudía bajo los espasmos del clímax. Sus jugos calientes, abundantes y espesos, se desbordaron por sus muslos, mezclándose con el sudor y empapando la piel de ambos en una carnicería de placer.
El beso se volvió más crudo, casi una lucha, mientras ella seguía vibrando y apretándolo con cada contracción de su interior. Sofía estaba totalmente ida, entregada a la fuerza de un orgasmo que parecía no tener fin, mientras Alex la sostenía con firmeza, disfrutando de la forma en que ella se deshacía entre sus brazos. Con eso Alex había llegado al punto de no retorno.
Continuo con sus embestidas pero perdieron cualquier rastro de delicadeza para volverse ataques brutales, secos y profundos, buscando el fondo de Sofía con una furia animal. Ella, con el cuerpo todavía vibrando por su propio clímax, sentía cómo sus paredes internas se cerraban alrededor de la verga de Alex en un abrazo febril que amenazaba con exprimirlo.
—¡Me voy a venir! ¡Mierda, Sofía! —gruñó Alex, con la voz rota por la urgencia, acelerando el ritmo hasta que el sonido de sus pelvis chocando se volvió un estruendo en los azulejos.
Sofía, poseída por el morbo de sentirlo al límite, arqueó la espalda y empujó su culo hacia atrás con una fuerza desesperada, queriendo recibir hasta el último milímetro.
—¡Sí! ¡Hazlo! ¡Hazlo ya! ¡Rómpeme y lléname toda! —suplicó ella entre gemidos agudos, clavando las uñas en el mármol hasta que le dolieron los dedos.
Con un par de estocadas finales, tan profundas que parecieron fundir sus cuerpos, Alex explotó. Soltó un rugido gutural y hundió su verga hasta la raíz, manteniéndola ahí mientras disparaba chorros espesos, abundantes y abrasadores directamente contra el cuello uterino de Sofía. Siguió bombeando con espasmos mientras se vaciaba por completo, sintiendo cómo su propia leche inundaba el interior de ella hasta desbordarse, empezando a chorrear en hilos blancos y calientes que se deslizaban por sus muslos.
Sofía gritó de puro éxtasis al sentir esa invasión líquida y caliente. La sensación fue tan intensa que su coño reaccionó con un nuevo orgasmo, más breve pero cargado de electricidad, que succionó y ordeñó la verga de Alex con una fuerza posesiva, reclamando cada gota de su virilidad.
Se quedaron unidos en un silencio solo roto por sus respiraciones y el goteo del semen sobre el suelo de porcelana. Alex seguía enterrado, palpitando rítmicamente dentro de ella, sintiendo cómo el coño hinchado de Sofía lo abrazaba con una calidez asfixiante.
—ah su… —jadeó Alex contra su cuello, hundiendo la nariz en su piel sudorosa mientras sus pulmones ardían—. Me vuelves loco, nena. Estás hecha para esto.
Sofía, con una sonrisa satisfecha que mezclaba el agotamiento con la victoria, giró la cabeza con languidez. Lo miró con los ojos todavía vidriosos y lo buscó en un beso lento, saboreando el placer que todavía les quemaba en la sangre.
Alex salió del baño exhalando un suspiro pesado, todavía lidiando con la descarga de adrenalina. Se volvió para mirar a Sofía; ella seguía allí, anclada al lavabo con las piernas vibrando por el esfuerzo y el rastro de la corrida de él brillando como un hilo de plata que descendía por sus muslos.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó él, con esa sonrisa arrogante del que sabe que acaba de dar el mejor sexo de su vida.
Sofía se giró con lentitud. Tenía la mirada turbia, cargada de una lujuria que no se había saciado con el orgasmo. Se mordió el labio inferior y respondió con una voz que era puro terciopelo rasgado:
—Lo que quiero… es terminar de limpiarte.
La risa de Alex fue corta y cargada de una nueva excitación. Caminó hacia la sala y se desplomó en el sillón de cuero, abriendo las piernas en un gesto de absoluta entrega. Sofía lo siguió con un contoneo que era pura provocación; caminaba completamente desnuda, llevando el bikini naranja colgado de un dedo como si fuera un trofeo olvidado. Se detuvo entre sus muslos, mirándolo desde arriba con una superioridad que lo dejó sin aliento, antes de hundirse lentamente de rodillas.
Sin romper el contacto visual, rodeó con su mano la verga de Alex. Estaba semierecta, palpitante y todavía barnizada por la mezcla de sus fluidos y el semen que se enfriaba sobre su piel. Sofía se inclinó, dejando que su aliento cálido rozara la punta antes de envolverlo por completo con su boca.
—Mmm… —el gemido vibró contra la carne de él mientras sus labios se sellaban alrededor del grosor.
Su lengua empezó a trabajar con una devoción casi religiosa. Recorría cada surco, cada vena, limpiando los restos de la batalla que acababan de librar en el baño. Succionaba con una suavidad rítmica, manteniendo sus ojos fijos en los de Alex, desafiándolo a aguantar el ritmo. Él soltó un gruñido gutural y hundió los dedos en el cabello de ella, guiándola mientras veía cómo su boca desaparecía y reaparecía sobre su virilidad.
—Mierda, Sofía… eres una auténtica adicta —murmuró él, con la cabeza echada hacia atrás sobre el respaldo del sillón.
Ella se retiró solo un segundo, lo suficiente para pasar la punta de la lengua por el glande en un círculo lento y tortuoso. Le dedicó una sonrisa cargada de malicia y susurró contra su piel:
—Quiero que vuelvas a estar de piedra… porque todavía me queda mucho espacio libre por dentro y no pienso irme a casa a medio llenar.
Sin esperar respuesta, volvió a engullirlo, esta vez con una succión mucho más profunda y voraz.
Con la verga de Alex recuperada y latiendo con una dureza renovada, Sofía no perdió el tiempo. Se posicionó sobre él, abriendo sus muslos por completo para encajarlo entre sus piernas. Se hundió con una lentitud tortuosa, controlando el descenso con sus cuádriceps, hasta que sintió que su coño se dilataba al máximo para tragar, centímetro a centímetro, el grosor que la reclamaba.
—Ahhh… qué rico… me vas a partir… —gimió Sofía, con los ojos en blanco al sentir el impacto sordo contra su fondo.
Alex soltó un gruñido de satisfacción animal. Sus brazos, tensos y fuertes, rodearon las piernas de Sofía y las presionaron hacia abajo, anclándola en una sentadilla profunda que no le permitía escape. Desde esa posición de ventaja, él empezó a embestirla desde abajo con una potencia ciega. Eran estocadas rápidas, rítmicas y tan profundas que Sofía sentía el golpe en la boca del estómago.
El autocontrol de Sofía desapareció. Sus gritos, agudos y constantes, rebotaban en las paredes del departamento, marcando el compás de cada penetración. Incapaz de sostenerse derecha por la violencia del placer, se desplomó hacia adelante sobre el pecho de Alex, buscando sus labios con una desesperación febril. Se devoraron en un beso cargado de saliva y respiraciones rotas, mientras él seguía martilleándola sin piedad.
Debido a la inclinación y la profundidad del acto, el exceso de fluidos de Sofía comenzó a desbordarse de forma imparable. Sus jugos calientes chorreaban abundantemente, empapando la verga de Alex, sus huevos y dejando una mancha oscura y brillante sobre el cuero del sillón. Alex, sin dejar de bombearla, bajó una mano y localizó su clítoris, que sobresalía hinchado y sensible entre sus labios. Empezó a masajearla con movimientos firmes, sumando un estímulo que la llevó directo al precipicio.
—¡Alex! ¡No puedo más! ¡Me voy a correr otra vez! —gritó ella contra su boca, con el cuerpo entrando en una vibración violenta.
En ese instante, su coño estalló. Las paredes internas de Sofía se cerraron como una prensa alrededor de la verga de Alex, ordeñándolo con una serie de espasmos brutales que parecían no tener fin. Sus jugos salieron proyectados en chorros calientes, empapando la unión de sus cuerpos. Alex, lejos de detenerse, aumentó la velocidad de las estocadas y del masaje, prolongando la agonía del clímax de Sofía hasta que ella quedó totalmente deshecha, jadeando sobre su pecho, con el cuerpo cubierto de una mezcla de sudor y placer compartido.
La atmósfera cargada de un morbo que ya había roto todas las barreras. Sofía yacía de costado, con la piel brillante de sudor y la respiración recuperando su ritmo a duras penas, pero su mente seguía en ese abismo de placer prohibido. Al sentir la mirada pesada de Alex sobre su espalda, el instinto de entrega la dominó de nuevo. Arqueó la columna, ofreciendo la redondez de su culo como una invitación final y definitiva.
—Metémela… por el culo —soltó ella, con una voz que no admitía dudas, cruda y hambrienta.
Alex sintió un latigazo de adrenalina que le tensó cada músculo. Sin perder un segundo, se pegó a su espalda, sintiendo el calor que emanaba de la piel de Sofía. Humedeció generosamente su verga y la entrada de ella, preparando el terreno para la invasión. Presionó la cabeza de su miembro contra el anillo de Sofía, que palpitaba ante el contacto inminente.
—Relájate… —le gruñó al oído, con un tono que era mitad orden y mitad caricia.
El empuje fue lento, una presión constante que obligaba a los músculos de Sofía a ceder ante el grosor. Ella soltó un gemido largo y gutural, una nota ronca que vibraba en su garganta mientras sentía cómo Alex la reclamaba por el camino más difícil. Se aferró al brazo de él que la rodeaba por la cintura, buscando un anclaje mientras su interior se estiraba para darle paso.
—Ahhhh… sí… métemela toda, Alex… ¡Rómpeme! —jadeó, empujando con desesperación hacia atrás.
Cuando Alex estuvo enterrado hasta la raíz, se detuvo. Disfrutó de la presión asfixiante y caliente que solo ese camino podía ofrecerle. Sofía estaba tensa, vibrando, con el rostro hundido en el cojín del sillón. Entonces, él comenzó embestidas lentas, deliberadas, diseñadas para que ella sintiera cada milímetro de su verga entrando y saliendo de su ano.
—Más… cógeme el culo más fuerte… ¡Duro, Alex! —suplicó ella con la voz quebrada por la intensidad del doble estímulo.
Él aceleró el ritmo, convirtiendo las estocadas en golpes secos y profundos que hacían que el cuerpo de Sofía saltara sobre el sillón. Le mordió el hombro, dejando su marca, mientras el sonido húmedo y rítmico de la penetración anal llenaba el espacio. Sofía estaba totalmente ida, perdida en un torbellino de sensaciones donde el dolor y el placer se fundían en uno solo.
—¡Sí…! ¡Así, Andrés! ¡Rómpeme como tú sabes hacerlo! —deliró ella, arqueando la espalda de forma violenta para recibir cada centímetro de la invasión anal.
Alex se detuvo un segundo, sorprendido al escuchar mi nombre salir de la boca de Sofía. Pero esa sorpresa solo duró un instante; en lugar de molestarse, sonrió con morbo y la penetró con más violencia, clavándosela hasta el fondo.
—¿Así? —gruñó contra su oído, acelerando el ritmo—. ¿Quieres que te folle el culo como te lo folla tu primo?
Sofía soltó un gemido largo y agudo, apretando las sábanas con fuerza.
—¡Sí! ¡Así! ¡Más duro! —suplicó, completamente perdida en el placer—. Métemela como él…
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Porque me venia imaginando que pasaría algo como lo del final jajajaja. Puede que Sofía tenga ese control sobre Andrés, pero claramente ella está loca por él. Encente capítulo como todos los demás, y como siempre esperando con ansias el siguiente. 😎😎😎😎
¡Qué buen ojo tienes! Jajaja. Me encanta cuando los lectores van un paso adelante y logran predecir los giros. Diste justo en el clavo con Sofía: puede que le encante tener el control y jugar el rol dominante, pero sus sentimientos por Andrés son su punto débil, por más que intente disimularlo. Me alegra muchísimo que disfrutes tanto de estas dinámicas psicológicas entre ellos. ¡Muchas gracias por tu apoyo de siempre, el próximo capítulo viene en camino!
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