Mi hija se vuelve mi mujer

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Llevo casi veinte años casado con Margarita. Nos tuvimos que casar jóvenes ya que al no cuidarnos ella quedó embarazada. Estuvimos muy enamorados durante mucho tiempo y tuvimos una vida feliz con nuestra hija, Karla. Pero desde hace un par de años las cosas comenzaron a enfriarse entre Margarita y yo. Al principio creí que se debía a que ambos trabajamos mucho -yo soy ingeniero y trabajo para una compañía logística y ella es maestra de preparatoria-. Varias veces intenté reavivar la pasión de nuestro matrimonio con fines de semana románticos, masajes en pareja, cenas y ese tipo de detalles con muy poco éxito. Ahora si tengo relaciones sexuales con ella una o dos veces al año es mucho.

Un día, descubrí lo obvio: Margarita me engañaba con el director de su escuela. No tuve el valor de confrontarla porque no quise sacrificar la estabilidad de nuestra familia, sobre todo porque Karla acababa de cumplir dieciocho años y estaba en primer semestre de universidad.

Así pasaron algunas semanas y en un último intento por revivir nuestro amor, hice una reservación en unas cabañas de Mazamitla, un pueblo mágico a un par de horas de Guadalajara, donde vivimos.

Aceptó a regañadientes y yo me entusiasmé mucho pero una noche antes de partir, me dijo:

—Sabes qué, las cosas en la escuela están complicadísimas, con las reinscripciones, los cursos para los nuevos profesores, hay muchas cosas que hacer y ya sabes que prácticamente soy la mano derecha de Julián.

—Sí, entiendo —dije con frustración —puedo mover la reservación una semana para ir juntos.

—No, no quisiera que se desperdiciara, ¿por qué no te llevas a Karla?

—No creo que quiera ir con su papá a un fin de semana en la montaña.

Karla, que no tenía ni idea de que su madre me engañaba, sólo dijo:

—Me encantaría, pa, estoy súper estresada por los parciales y un fin de semana de relajación me caería súper bien.

Yo sabía que la puta de mi mujer quería el viernes y el resto del fin de semana para irse a coger con su amante, pero la cara de ilusión de Karla me conmovió.

—Bueno, vamos, pues. Salimos mañana temprano.

El viaje en carretera fue tranquilo y placentero, casi logro olvidar los cuernos que me estaría poniendo mi mujer más tarde. Karla llevaba unos jeans y una blusa sencilla de algodón, con un poco de escote. Mi hija es alta y tiene unas caderas y culo bastante prominentes. De igual manera, sus tetas son más grandes que las de su madre. Su tez es morena y su pelo es oscuro y rizado. Se había convertido en una mujer de verdad y lo comencé a notar en ese viaje.

Llegamos a las cabañas, nos instalamos -al tratarse de un fin de semana romántico la cabaña sólo tenía una habitación, pero logramos acomodarnos- y salimos al pueblo a pasear. Cenamos en una terraza en el centro y al oscurecerse, volvimos a la cabaña, no sin antes abastecernos de unas botellas de vino y una tabla de quesos.

Al llegar encendía la chimenea y Karla puso música.

Brindamos y platicamos de tonterías, anécdotas de cuando era niña e historias de mi juventud, la verdad es que estaba tan a gusto que olvidé por completo que Margarita no habría contestado ninguno de los mensajes que le mandé a lo largo del día.

Después de la primera botella de vino, Karla decidió ponerse más cómoda y se puso el pijama: unos shorts y una blusa de tirantes de algodón que dejaban asomar sus enormes tetas. Los pezones se le marcaban y al no llevar sostén, a cada movimiento sus pechos se meneaban. Lo noté de inmediato pero lo ignoré. Seguimos platicando hasta que surgió el tema:

—Espero no haberte arruinado el plan, pa.

—¿A qué te refieres?

—Pues, esta cabaña es súper romántica, se nota que lo que querías era seducir a mamá.

—En efecto, pero ella no quiso venir.

—Tiene mucho trabajo, pa —su inocencia me conmovió.

—Sí, tienes razón, pero bueno, ella se lo pierde.

—Así es, y yo lo disfruto —dijo en un tono que no me dejó claro si se refería a la cabaña o a algo más.

—Sí, me gusta estar aquí contigo. Por cierto, hace frío, ¿no crees? Voy a cerrar la ventana.

—No pa, no la cierres, aunque el humo se esté yendo por la chimenea, corremos riesgo de envenenamiento por monóxido de carbono. Mejor ven, abrázame y así nos quitamos el frío el uno al otro.

Así fue como me pasé a su sillón y nos abrazamos sentados, seguimos platicando y riendo y poco a poco nos fuimos acostando hasta que ella terminó sobre mí y nuestras piernas entrelazadas. Mi corazón comenzó a latir rápidamente pero mantuve el control. Estuvimos un rato sin hablar, sólo escuchando música. Podía oler su perfume y su sudor y mi pene comenzó a ponerse duro, ella en definitiva sintió mi verga contra sus muslos pero no me dijo nada. Después de un rato se incorporó y sólo dijo:

—Pa, ahora me dio calor, ¿tú no tienes? Deberías quitarte los pantalones y quedarte cómodo.

No era raro que me viera en bóxers ya que el estilo que uso es de esos largos que en realidad parecen shorts. Me los quité y me quedé en bóxers y camiseta. Llené las copas de más vino.

Le pregunté muchas cosas sobre su universidad y sus amigos, sentí que debido a que el engaño de Margarita me había absorbido por meses, había ignorado la vida de mi hija.

—Bien, pa, ya sabes, todo va bien, la carrera me gusta y mis amigas de toda la vida ya las conoces, están bien, con sus dramas con hombres y así…

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿No tienes dramas con hombres?

—Qué va, nadie me pela.

—No lo puedo creer, ¿cómo es posible que ningún compañero tuyo te haga caso?

—Pues así es la vida, pa.

—Pero si eres una joven muy guapa e inteligente.

—Bueno, no es que nadie me haga caso, más bien el que me gusta me ignora.

—Pues qué tonto, como tú me dijiste a mí: él se lo pierde.

—Y tú te lo ganas —repitió mordiéndose el labio.

La conversación siguió en términos amigables y fue subiendo un poco de tono en ocasiones. Vaciamos las tres botellas de vino que habíamos comprado y al acabarse el vino, decidimos apagar las luces e irnos a dormir. Acordamos que cada quien dormiría en un extremo de la cama king size. Nos lavamos los dientes y nos despedimos antes de acostarnos. Karla me dio un abrazo largo, presionando sus tetas contra mi pecho.

—Me la pasé muy bien, papi, no puedo esperar a mañana para ir a cabalgar y disfrutar el día contigo—dijo y al separarse de mí me dio un beso en la mejilla que rozó la comisura de mis labios. Mi verga se puso a mil.

Ella se quedó dormida de inmediato y yo pasé la siguiente hora con una erección, pensando en qué hacer. Necesitaba sacar esas ganas, pero pensé que ir al baño a masturbarme la despertaría. Dormía profundamente y pensé que si lo hacía en silencio ahí en la cama, ella no lo notaría. Liberé mi verga y comencé a acariciarla, viéndola dormir, fijando la mirada en esas tetas que subían y bajaban con su pesada respiración.

No acostumbro a masturbarme, ni siquiera desde que dejé de tener relaciones sexuales con Margarita, así que estaba muy caliente. Pasé un par de minutos así hasta que Karla volteó el cuerpo y su teta izquierda se liberó de la delgada blusa. Pude ver su pezón moreno y erecto y comencé a masturbarme con furia. Fui incapaz de resistir la tentación y extendí la mano para acariciar ese pecho joven que me invitaba a tocarlo. Ella sólo suspiró dormida. Decidí arriesgarme y acerqué la cara y comencé a lamerlo con suavidad. Sólo gimió suavemente y no pude más, me coloqué sobre ella, entre sus piernas. Mi peso la despertó.

—Papá, ¿qué haces? —dijo con sorpresa.

En ese momento perdí el control. Meses sin tener relaciones sexuales, la idea de que mi mujer estaba en esos momentos siendo penetrada por su jefe -seguramente sin condón porque a ella nunca le gustaron- y la visión de mi hija semidesnuda junto a mí, me enloquecieron.

—Hijita, me encantas —le dije mientras besaba su cara.

—Papá, ¿qué te pasa? Estás borracho, quítate de encima.

Yo no respondí, estaba fuera de mí mismo, disfrutando del cuerpo de mi hija. Metí una mano debajo de su blusa y acaricié sus tetas, luego bajé la cabeza para lamerlas con locura.

—Ay papito, papito, ¿pero qué haces? —me dijo en un gemido —de verdad que esto está mal —dijo e intentó empujarme sin mucha convicción.

—Mi amor, mi niña, pero, ¿no hemos sentido atracción toda esta tarde romántica? ¿Acaso no sentiste mi erección contra tus muslos cuando estábamos abrazados en el sofá? Yo también noté tu mirada en mis bóxers todo el tiempo, ¿no te parezco atractivo? —pregunté y seguí besando sus pechos y su cuello mientras restregaba mi verga en su vulva por encima de la tela de sus bragas.

—Sí papito, hermoso —me dijo empezando a ceder a mis intentos por seducirla. Eres un hombre muy atractivo, pero eres mi papá, no deberíamos… Además, ¿qué va a decir mamá si se entera?

El recuerdo de Margarita me hizo detenerme un segundo. Quise explicarle la situación a Karla pero luego concluí que podría empeorar la situación. Preferí seguir por otro camino:

—Ahora mismo no pienses en tu madre. Ella se pierde de estar aquí y hoy estamos juntos.

—Ay papá, de verdad que estás loco. Pero también llevo toda la tarde pensando en ti, como hombre, y noté a través de tus bóxers que tienes un gran pene, ¿me dejas verlo? —preguntó con una cara de viciosa que me puso más caliente todavía.

Me incorporé para quitarme los bóxers y Karla aprovechó para sacarse la camiseta, dejando sus enormes pechos por fin a mi total disposición.

—¿Te gusta la verga de tu padre? —le pregunté mientras con una mano me acariciaba el pene y con la otra le tocaba una teta.

—Wow, papi, está de muy buen tamaño, de verdad no entiendo como mi mamá se quiso perder de esto.

—Volví a ejercer autocontrol para no contarle nada a Karla.

—No la menciones, hoy mi mujer serás tú, y yo tu hombre —dije y sellé mis palabras con un beso apasionado. Estuvimos besándonos un buen rato, pero ella aún mantenía puestas sus braguitas. Se las quité y las arrojé lejos. Me volví a colocar entre sus piernas y acaricié su vulva empapada con mi glande a reventar. Ella daba respingos y parecía no saber ni dónde estaba.

—Así, papi, hazme tuya. Hazme tu putita, hazme tu mujer. Quiero ser tuya.

Sus palabras decidieron todo. Llevaba varios minutos pensando que sólo necesitaba eyacular en su boca o en sus tetas para quedarme tranquilo y que penetrarla sería demasiado; un pecado del que jamás podríamos volver. Pero saber que ella deseaba que la poseyera fue la confirmación que necesitaba. Me hundí en ella con un solo movimiento y sentí su himen romperse ante la fuerza de mi embestida.

—¡Papá! —gritó en una mezcla de dolor y lujuria.

—¡Hijita! —respondí con un gruñido. Le dejé la verga adentro, sin moverme unos segundos, mientras la besaba y le acariciaba el pelo, besando su cara y su boca.

—¡Me duele, papá! Pero también se siente muy rico.

—Perdóname, mi amor, no pensaba que fueras virgen —dije con algo de arrepentimiento.

—Sí lo era, papito, no había dejado que nadie me penetrara, nadie había sido digno, y aunque me duela, debo admitir que es perfecto que mi propio padre me haya desvirgado. El hombre que más amo, dentro de mí—dijo y me abrazó. Comencé a moverme lentamente dentro de ella, bombeando con fuerza pero suavidad.

—¿Te duele así, mi niña?

—Poquito, papi, pero también me encanta tener tu verga adentro. Sólo hay un detalle que no contemplamos.

—¿Ah sí, cuál? —pregunté con sinceridad, ya que para mí, el momento era perfecto.

—No traes puesto un condón, papito, ¿no deberíamos cuidarnos?

También era algo que había pensado al principio. Dentro de mi larga lista de pecados incestuosos, estaba penetrar a mi propia hija, haberla desvirgado y ahora correr el riesgo de preñarla por haber decidio que lo mejor era sentir su coño al natural. Igual que mis otras faltas, ignoré la que probablemente sería la más grave.

—No, mi amor, los condones sólo se usan con parejas en las que no confías o no amas. Y yo confío plenamente en ti y te amo con todo mi corazón. ¿Qué tú no?

—Claro que te amo, papá, te acabo de entregar mi virginidad. También sentir tu verga al natural dentro de mí es delicioso, sólo digo que justo ahora estoy en mis días más fértiles y no quisiera quedar embarazada…

—No te preocupes, mi niña, ¿te parece si la saco antes de eyacular? Así no habría problema.

—¿De verdad, papito? ¿Me vas a cuidar? ¿Estás seguro de que puedes hacerlo?

—Claro, mi amor, confía en tu padre.

—Ay, te amo —me confesó y seguimos haciendo el amor como una pareja de enamorados.

Me la cogí de misionero un buen rato, con calma, disfrutando de su cuerpo, besándola mientras ella me abrazaba y arañaba la espalda y las nalgas. Mi verga la volvía loca.

—Oye, papi, ¿me dejas cabalgarte?

—Claro.

Cambiamos de posición y empezamos a coger con locura, con mi hija controlando la profundidad de los sentones. Ver sus pechos rebotando sin control me enloquecía mal. Le tocaba las tetas, las caderas, el abdomen y las nalgas, no podía tener suficiente del cuerpo de mi hija. Empezó a acelerar el paso y sentí que se iba a venir, sentí las contracciones de sus paredes vaginales contra mi verga y la escuché gemir y poner una cara de vicio juvenil.

—Papito, me voy a venir, me voy a venir… —dijo casi con vergüenza.

—Sí, mi amor, déjate llevar —le dije —vente en la verga de tu padre.

Recordar nuestra relación de padre e hija tenía un efecto erótico y fue en ese momento que Karla comenzó a correrse en mi verga. Su squirt me manchó la verga, los muslos y la cama, pero no dejó de cabalgar hasta que terminó de disfrutar su orgasmo.

Se relajó y se acostó sobre mí, buscando proximidad.

—Te amo, papi, ese orgasmo estuvo delicioso.

—Te amo más, mi amor —dije mientras la movía con suavidad para dejarla boca abajo con las nalgas levantadas. Me puse detrás de ella y se la metí de perrito.

—Ay papá, ¿qué haces? Qué rico se siente esto, me llega más profundo tu verga.

—Ya casi me vengo, mi amor —le expliqué —Y me gusta hacerlo de perrito.

—Okay, papi, disfruta de mi coño, que es para ti, sólo recuerda sacarla antes, échame tu lechita en las nalgas.

—Ajá —respondí distraídamente.

Los siguientes minutos son un recuerdo confuso. En mi mente se alternaban distintas ideas y emociones. Primero, la adrenalina ante lo prohibido de estar cogiéndome a mi propia hija. En segundo lugar, unos celos enfermizos al recordar e imaginar que a Margarita seguro otro cabrón se la estaba cogiendo en esa misma posición. El culo de Karla y Margarita eran muy parecidos así que algunas veces imaginé que estaba haciendo el amor con mi mujer y otras imaginaba que yo era su amante, accediendo a su coño infiel, para finalmente volver a la realidad del momento y recordar que estaba adentro de mi hija.

Luego, un impulso biológico que me gritaba la orden de eyacular adentro de un coño joven y fértil con el firme propósito de preñar a aquella mujer desprotegida que había confiado en mí. Muchas veces, antes de mis problemas con Margarita, mis ganas de eyacular dentro de ella ante la mención de que estaba en “sus días fértiles” incrementaban. Ahora, ante la posibilidad de hacer lo mismo con el cuerpo de una mujer joven, con el mejor coño que había probado en toda mi vida, mi instinto reproductivo me ordenaba hacer caso omiso de cualquier restricción social y que ignorara cualquier posible consecuencia sobre mi vida y la de mi hija.

Luché durante un buen rato barajando todas esas ideas y emociones, tanto que mi Karla volvió a venirse mientras yo decidía dónde debía expulsar mi abundante semilla.

—Ay papi, eres el mejor, no sabía que podías aguantar tanto —de verdad que mi mamá es una pendeja por no haber venido —confesó al fin —pero ni modo, sígueme cogiendo, papito hermoso, que quiero más de ti.

Interpreté esas palabras como la señal divina para hacer lo que tenía que hacer. Bombeé unas veces más mientras gruñía.

—Te amo, Karlita, mi niña que ahora es mi mujer, te amo, te amo.

Comencé a vaciarme en ella. Con los primeros dos lechazos no supo que estaba pasando, supongo que porque nunca nadie había eyaculado dentro de ella, pero al tercero lo supo.

—¡Papá! ¿Qué estás haciendo? Te dije que no podías eyacular adentro, ¡sácala! —gritó con terror.

Yo la ignoré, aferrándome a sus caderas para evitar que se separara de mí mientras aún tenía leche que expulsar en su cérvix.

—No puedo sacarla, hijita, quiero hacerte completamente mía. Soy tu hombre y de ahora en adelante eres mi mujer.

—Papá, ¡me vas a embarazar! Esto está muy mal, pero al mismo tiempo, qué ricos lechazos siento, ¡estamos locos! Sigue, papi, síguete, vacíate en mi coño, dame todo tu amor —cedió al final.

Tenía tanta leche que cuando al fin mi verga perdió firmeza y la saqué, una parte considerable escurrió de su coño recién estrenado. Nos acostamos boca arriba. Abrazados y ella se incorporó para ver cómo le había dejado la vagina, batida de sus fluidos y mi semen. Se llevó una mano y luego se chupó los dedos para volver a abrazarme.

—Estás loco, papá —dijo con una sonrisa ancha —mira que preñar a tu hija…

—¿Te arrepientes?

—Para nada, ha sido la mejor sensación de mi vida. Ser inseminada por mi padre, que se convirtió en una sola noche en mi amante, es algo completamente fuera de este mundo. Está lleno de pecado pero también de amor, ¿le vas a contar a alguien? —preguntó con un poco de vergüenza.

—A nadie, mi amor. Este es nuestro secreto.

—¿Ni a mamá?

—Mucho menos a ella —dije muy serio y pasé los siguientes minutos explicando su infidelidad.

—Qué puta y que estúpida, engañar al hombre que eres con un pusilánime como su jefe. Pero bueno, mejor para mí —me dijo y me besó en la boca como una esposa a su marido.

Nos quedamos así un rato hasta que por fin comenzamos a pensar en las consecuencias de nuestros actos.

—Oye, papi, ¿y si me dejas embarazada, qué haremos?

—Depende.

—¿Depende de qué?

—De lo que tú quieras hacer. Eres muy joven y tienes toda la vida por delante. Mañana mismo podría ir a la farmacia a comprarte una pastilla de emergencia y no habrá pasado nada, pero también quiero que sepas que si decides tener este bebé, tu padre jamás te abandonaría. Dejaría a tu madre para irme contigo a otra ciudad donde podamos vivir como una familia, sabes que el dinero no nos falta y que tenemos lo que nos hace falta para comenzar de nuevo, juntos.

—Ay papi, dices unas locuras… Déjame pensarlo, ¿está bien?

—Claro.

Pasamos el resto de la noche haciendo el amor, naturalmente me dejó terminar todas las veces adentro de ella, excepto una vez, que me hizo terminar con su boca. Yo le comí el coño y el culo, pero no se quiso atrever al sexo anal.

Nos quedamos dormidos desnudos y abrazados. Los siguientes días fueron maravillosos, viviendo una vida de pareja. Caminando de la mano y demostrando nuestro amor en público. Por la tarde al fin tomó una decisión:

—Papi, creo que si quiero la pastilla, apenas tengo dieciocho.

—Estoy de acuerdo, mi vida.

Se la tomó y seguimos como si nada.

Al volver a Guadalajara, la casa estaba semi vacía, Margarita se había ido a vivir con su jefe. Sólo me mandó un texto de whatsapp diciendo “lo siento”. No le di importancia a lo que decidió destrozarme el alma; Karla me abrazaba y me besaba.

—Todo estará bien, papá, ya verás.

—Yo lo sé, hija, te amo.

—Te amo a ti, papito.

Me costó mucho trabajo sobrevivir a esa semana pero no por la razón que parece obvia; el abandono de Margarita, más bien porque Karla no me dejó terminar adentro de ella ni una vez.

—No me puedo estar tomando pastillas, papá. Si quieres este coño sin protección, llévame el fin de semana al ginecólogo por algún anticonceptivo.

Así hicimos, se puso un DIU y desde entonces eyaculo adentro de mi hija siempre que quiero. Somos felices. Guardamos las apariencias pero dentro de la casa vivimos una vida de casados. Alguna vez Margarita me ha escrito pidiendo que hablemos las cosas. Ya me da igual, le deseo lo mejor, además, le he respondido: “ya tengo una mejor versión de ti en mi vida”. Si supiera de quién estoy hablando se moriría de celos.

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