Todo va a estar bien

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T. Lectura: 5 min.

“Cuando nos veamos la próxima vez, quiero que me esperes en la habitación arrodillada como una puta, para que la meta en tu boca abierta apenas pase la puerta.”

Matías era un Saint Émilion, los años que pasaban le sentaban de maravilla. Por fin se le había ocurrido irse de Chile con su pareja para hacer su vida en Europa. Después de una carrera brillante en Santiago, las universidades madrileñas le habían abierto las puertas y no le había sido complicado encontrar una cátedra de física. Por mi parte, con mi pareja, nos habíamos mudado cerca de Burdeos para cuestiones de trabajo y de educación para nuestro crío. Pero apenas tuve tiempo de alegrarme de la repentina proximidad de mi amante de siempre, que tuve que tomar una larga ruta alternativa para llegar, por fin, a arrodillarme en la cama de un hotel de Malasaña una tarde de octubre.

No volveré a contarles todo, los curiosos leerán el cuento de Matías, aprenderán a conocerme y entenderán. Sé que llevo tiempo sin escribir, pero fue un accidente. Un accidente de carro, más precisamente. Siguieron meses de clínica, de silla de ruedas y muletas, decena de cirugías y por fin la vuelta a caminar, correr, follar como antes. Mi cuerpo se había llenado de cicatrices, en particular en los pies. Había tatuado el más dañado con la frase “Todo va a estar bien”. Sí, Sandra, después de toda esta mierda, todo va a estar bien. Siempre lo decía Matías.

Había sido, a distancia, un soporte incondicional para aguantar la discapacidad temporal a la cual estaba sometida. Me había visto recuperar progresivamente la capacidad de moverme y mi figura. Las horas de ejercicio y de fisioterapia traían sus frutos: caminaba sin ayuda y las fotos de mi culo habían recobrado el poder mágico de obligarlo a encerrarse en cualquier baño para masturbarse apenas las recibía. Físicamente, él no había cambiado mucho, yo lo seguía viendo tal cual era cuando nos conocimos. Lo que sí o sí era distinto, era su morbo. Si antes éramos amantes desenfrenados cuando nos volvíamos a encontrar, las latitudes europeas y la distancia impuesta por mi condición habían convertido nuestra relación en lava en fusión.

Para tener la libertad de hundirnos regularmente en un magma de fluidos cálidos y de imágenes indecentes, éramos disciplinados, puntuales y precavidos. Los martes y los jueves nos calentábamos con mensajes y fotos hasta estar listos para hacer una videollamada y corrernos juntos, mirándonos. Nuestros gustos respectivos eran precisos y nos esforzábamos para complacernos. Quería verle la cara cuando se corría, escucharlo gemir, y él me pedía escupirme las tetas y jugar con mis pezones brillantes. Cuando no podíamos coincidir, grabábamos “material” y compartíamos estas sesiones masturbatorias a posteriori.

Eran burbujas de sexo y fantasías sin límites y, cuando llegó la posibilidad de concretarlas, lo agendamos al instante. Habíamos acordado en un fin de semana completo. Era lo mínimo para hacer aquello en que siempre habíamos sobresalido: lamernos, besarnos, emborracharnos, fumar, corrernos, escupirnos, querernos y, tal vez, comer papas fritas.

Mientras me quitaba la ropa a la hora convenida después de haberle indicado el número de la habitación, repasaba mentalmente los últimos intercambios que habíamos tenido. Estábamos de acuerdo para empezar con el sexo y también cumplir con algunas solicitudes de cada uno. Le había dicho que quería frotarme en su cara y venirme contra su boca antes que la usara para hablarme.

Pero primero, empezábamos con lo suyo. Solo llevaba puesto el calzón azul eléctrico que le gustaba tanto y lo esperaba dócilmente arrodillada en la cama. Sabía que se le iba a parar apenas cruzara el hall del hotel y que la tendría durísima en el ascensor, tratando de esconderla con sus pantalones anchos. Recordaba sin ningún esfuerzo la firmeza de su verga y la textura suave de su piel, me arrechaba esperarlo así y sentí que me estaba mojando. Lo iba a notar pronto, la humedad manchaba mi calzón y se pegaba a mis labios íntimos.

Tocó la puerta y entró. No había abierto las cortinas por completo. Quería que me descubriera poco a poco, a medida que sus ojos se acostumbraran a la penumbra de la habitación. De acuerdo con lo que le había pedido, no me dijo nada, se quitó la camisa que llevaba y escuché que desabrochaba su cinturón. Se acercó a la cama y su mano acarició mi mejilla y mi barbilla con una ternura infinita y, como a nosotros siempre nos gustaron los contrastes, me metió su verga en la boca sin más preliminares.

La recibí con un placer real, sacando la lengua lo más posible para lamerla mientras se acomodaba a orillas de mi garganta en un movimiento lento y continuo de penetración. Me sostenía la barbilla con sus manos, suavemente, mientras le daba lengüetazos y lo sentía endurecer más y más. Hacía dos años que esperábamos este reencuentro carnal y lo disfrutamos un rato así, sin más movimientos ni ruidos que los de mi lengua, entre alivio profundo y aguda excitación.

Cuando empecé a mover la cabeza para amasarle la verga con el interior de mis mejillas en una ida y venida, Matías se puso a respirar más hondo. Siempre me había excitado escuchar los suspiros de los hombres a quienes daba placer y aparté mi calzón para empezar a tocarme suavemente el clítoris. Recordé cuántas veces lo había tenido hinchado bajo mis dedos hasta llegar al colmo frente a la pantalla de mi celular en la cual veía a Matías soltar una cantidad insana de leche. Aparté el calzón un poco más y me metí dos dedos.

Estaba empapada e hirviendo. Matías empezó a mover levemente las caderas, yo mantenía la boca muy abierta y la lengua sacada, de modo que se deslizara perfectamente. Sentí un hilo de saliva bajar de mis labios a mi barbilla. Él lo recogió con los dedos y me acarició la teta izquierda con el líquido brillante. Mis tetas, y más aún mis pezones, eran un detonante mío infalible. Me metí puse a chuparlo con dedicación y morbo, aspirándole la verga como si me la quisiera tragar, con unos ruidos líquidos y profundos de garganta.

El cuerpo de Matías se tensaba a medida que sus respiraciones eran más hondas y rápidas. Cuánto me encantaba ponerlo así… Me masturbaba más rápidamente y cuando agarró mi otro pezón dejé escapar un gemido ahogado por el sexo que me llenaba la boca. Me los pellizcaba con fuerza, regalándome un dolor cálido que me hizo abrir más las piernas. Ahora sí me pongo muy puta, mi vida, ahora sí.

Quería esperar que se corriera primero y para poder disfrutar con más calma de la vista mientras estaba sentada en su boca para venirme en mi turno. La pose de perra que tenía y mi mano que se agitaba entre mis piernas terminaron con él. Sacó su verga de mi boca y, mirándome a los ojos, empezó a masturbarse a pocos centímetros de mi boca. Yo sabía exactamente lo que anhelaba. Quería que le hablara, como lo hacía cuando nos llamábamos y le provocaba una eyaculación impresionante al imaginarse que se corría en mi boca o en mi cara.

—¿Ya ves cómo me pones?… Soy tu puta para siempre y quiero tu leche…

Sus gestos fueron más rápidos y vigorosos. Sin dejar de mirarlo, abrí la boca y saqué mi lengua, con la sonrisa leve de la puta que sabe que, en este instante preciso, es el centro del universo de aquel amante. Matías contempló su semen salpicarme la cara y la lengua, su orgasmo duró unos largos segundos en los cuales contuvo un gemido grave. Con mi lengua, trataba de recoger lo que tenía en las mejillas, nunca me gustó perder un líquido tan rico. Él se arrodilló en la cama y nos besamos. Era mi turno y no había olvidado el morbo que me daba cuando su lengua y la mía se unían entre gotas de semen.

Sin que se lo pidiera, se echó boca arriba y, enseguida, me subí a horcajadas en él, o más precisamente en su boca. Cerré los ojos un instante para concentrarme en la presión de su labio superior sobre mi clítoris hinchado y sentí que me penetraba con la punta de su lengua. Los volví a abrir cuando sentí un dedo intentando entrar en mi culo. Todavía me quedaba algo de semen fresco en la cara y lo recogí con el dedo para ponerlo en mi ano.

En los ojos de Matías brilló una excitación intensa, yo sabía que se le estaba parando de nuevo al meter un dedo en mi culo lubricado por el semen que me había echado en la cara. El orgasmo estaba subiendo a lo largo de mis piernas.

—¿Quieres que yo también me venga en tu boca?

Me contestó con una mirada de loco y la boca tapada por mi concha. Sus ojos parecían a punto de salir de sus órbitas y su dedo avanzaba más profundo en mi culo. Sentí que se había vuelto a masturbar con su mano libre y dejé caer a peso todo mi cuerpo y mi arrechura sobre su boca en un amplio movimiento de cadera. Ahora yo era la que le follaba la boca y así me sumergió un potente orgasmo que terminó de empaparle las mejillas.

Volví en mí unos instantes más tarde Nos echamos de costadito y nos abrazamos. La lengua de Matías buscó la mía como si quisiera traerla de nuevo a la realidad.

—Buenas tardes —me dijo.

—Buenas tardes —le contesté sonriendo.

—Ya te había dicho que todo iba a estar bien…

Y lo bueno era que recién empezaba el fin de semana.

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