Sesión fotográfica (2)

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T. Lectura: 11 min.

Mi mirada se cruzó con la del fotógrafo para bajar y ver que estas escenas lo estaban provocando demasiado. Fue un cruce de miradas cargado de electricidad sucia y secretos no dichos. Yo le estaba diciendo con los ojos: Sé lo que estás mirando. Y me encanta que te calientes conmigo.

En un segundo de cordura o profesionalismo, dijo Nacho: listo, ahora vamos al sillón. Yo caminó hacia él, aún descalza y vistiendo únicamente mi conjunto de lencería negra. José se había quedado de pie, apoyado contra la pared, con los brazos cruzados, convertido de repente en el único espectador de la sala.

-Acomódate en el asiento. No te sientes, túmbate de lado, indicó Nacho, ajustando el trípode. Y continuo: -Lau esta postura es pura sensualidad. La luz dura cincela cada detalle de tu anatomía, marca las curvas de tus caderas, y la plenitud de tus pechos. Yo, sintiendo las miradas fijas de los dos hombres, alzó la barbilla, y siento los destellos de la cámara que me apuntaba.

Vamos por otra pose, gira hacia el respaldo. Ponte de rodillas y apoya el pecho contra la tela del respaldo, pidió Nacho, moviéndose alrededor del sillón como un felino. Deja caer la cadera hacia un lado. Quiero que la luz resbale por tu espalda.

Consentí su pedido, inclinando el trasero hacia fuera en una curva perfecta. Era una postura vulnerable, casi de rendición. Desde su posición junto a la pared, José no perdía ningún detalle de mis movimientos y se notaba que la sangre le hervía, que excitación era evidente y palpitante.

Leo bajó la cámara de repente, rompiendo el ritmo de los disparos. Frunció el ceño, acercándose al sillón.

Nacho se acercó a la parte trasera del sillón, provoco que, tensara todos mis músculos al sentir la proximidad del fotógrafo. Y más cuando sus dedos, largos y precisos, rozaron mi piel ardiente de la cadera. No fue un toque rápido. Fue un movimiento lento y deliberado. Nacho enganchó la fina tira negra del tanga con el dedo índice y el pulgar, y la deslizó milímetro a milímetro, bajándola hasta que descansó en el pliegue exacto que él buscaba. Durante el proceso, el dorso de la mano rozó mis glúteos.

Ese roce fue como una quemadura de hielo. José, seguía observando cómo los dedos de Nacho manipulaban y tocaban a su mujer. El voyerismo lo estaba volviendo loco.

Nacho retiró la mano, satisfecho. Retrocedió y levantó la cámara para captar esa imagen que había creado.

-Perfecto, dictaminó Nacho, con la voz un tono más grave, sin apartar el ojo del visor.

Nacho bajó la cámara y me miró a los ojos. -Lau, ordenó suavemente, quítate el corpiño.

Sabía que eso iba a pasar, era lo que le habíamos pedido, fotos sensuales, nudistas, pero la petición explícita fue una adrenalina abrasadora. Me sentía expuesta, pero al mismo tiempo, poderosamente deseada. Sabía que ambos hombres estaban esclavizados por mí.

-José, ordenó Nacho, imperturbable detrás de su cámara. Tú se lo vas a quitar. Pero no quiero que lo desabroches y ya está. Quiero que lo deslices milímetro a milímetro por sus hombros. Quiero capturar la anticipación, la tensión del encaje separándose de la piel. Despacio. Muy despacio.

José intentó levantar las manos para agarrar las tiras del sujetador, pero estaba demasiado tenso y lo hizo con torpeza, apretando mis pechos con brusquedad.

-No, dijo Leo, bajando la cámara con un suspiro de decepción profesional. Tienes que tratar su cuerpo como si fuera seda. Como si sujetaras agua. Déjame enseñarte.

Nacho dejó la cámara y se acercó a nosotros, vestido únicamente con unos bóxers oscuros y ajustados que dejaban poco a la imaginación. Se situó detrás de mí. Su pecho desnudo presionó contra mi espalda, y sus piernas se apoyaron contra las mías.

El fotógrafo extendió sus brazos largos y fuertes alrededor de mi torso, rodeándome. Sus manos expertas y cálidas se posaron sobre mis pechos, cubiertos aún por el encaje negro. No me tocó con lujuria, sino con una delicadeza técnica abrumadora. Sus dedos delinearon la forma de mis pechos con una suavidad pasmosa, enseñándole a José dónde y cómo debía sostenerme sin apretar.

La sensación fue devastadora. Estaba atrapada entre el cuerpo de mi marido por delante y el de Nacho por detrás. Sentía el corazón del fotógrafo latiendo rítmicamente contra mi espalda desnuda. Y lo peor, lo mejor, fue que al inclinarse Nacho para que José viera sus manos, hizo que sintiera la rigidez imponente de la erección que tenía.

-¿Ves, José?, susurró Leo, con voz profunda y rasgada, pegada a mi oreja. Suavidad.

Nacho apartó las manos de mis pechos y dio un paso atrás, aunque sin alejarse del todo de mi espalda. -Ahora tú.

José, intentó imitar el movimiento. Esta vez lo hizo mejor, deslizando las yemas por las tiras del sujetador con la suavidad que Nacho le había exigido. Al llegar al broche de la espalda, sus dedos provocaron el sonido que retumbo en el salón silencioso. El broche cedió y sentí cómo la presión del encaje desaparecía.

-Despacio, José. Milímetro a milímetro, exigió nacho, volviendo rápidamente a su cámara.

José agarró las tiras. Las deslizó por mis hombros. La tela negra resbaló por mis brazos, cayendo al suelo. Mis pechos quedaron libres, brillaban con una fina capa de sudor bajo la luz blanca, la doble mirada los endureció aún más.

Clic. Clic. Clic. Clic. Clic.

Levanto la vista, pasando por encima del hombro de José, buscando al fotógrafo, que seguía disparando, pero al bajar la cámara un segundo para revisar el encuadre, vi su rostro. Y bajé la mirada más allá. La pija de Nacho, contenida a duras penas por el tejido de su bóxer oscuros, esta a punto de romper las costuras, dibujando un relieve obsceno. Le sonrío sutilmente través del objetivo. Sabía que, aunque aún llevara esa última prenda, había roto su fachada de hielo por completo.

El silencio en el salón solo se rompía por el zumbido de los focos y la respiración nuestra. Nacho bajó la cámara y entrecerró los ojos, analizando la escena con esa mirada clínica que, a esas alturas, ya no engañaba a nadie, aunque todos fingiéramos creerla.

Sacó un frasco de cristal esmerilado que contenía un aceite corporal seco y se lo tendió a José. -Aplícalo en sus hombros, clavículas y en la parte superior del pecho. Una capa fina.

José tomó el frasco con sus manos. Se acercó a mí. Vertió un poco de aceite en sus dedos y empezó a frotarlo sobre mis senos. Pero su excitación era tal que no podía concentrarse, presionando demasiado en algunas zonas y dejando otras secas.

-No consigo esparcirlo bien, resbala demasiado, se excusó mi marido, con la voz ronca, mirando como quedaban mis tetas con devoción.

Nacho suspiró, acercándose a nosotros. Su presencia, vestido solo con esos bóxers oscuros que a duras penas contenían su anatomía, era imponente. Le quitó el frasco a José con suavidad, vertiendo una cantidad generosa de aceite en sus propias palmas y frotándolas para calentarlo -¿Me permitís?, necesito cubrir el volumen completo de los pechos, no solo la clavícula. ¿Puedo aplicarlo yo?

La petición era tan absurdamente educada, dada la desnudez casi total de la escena, que resultaba a esa altura casi absurda. José, atrapado en su propio voyerismo, asintió con lentitud. Y yo, con el corazón latiendo en la garganta, susurro un “sí”.

Nacho no vaciló. Dio un paso al frente y posó ambas manos cubiertas de aceite tibio sobre mis hombros. Luego bajó por el cuello, y con una naturalidad pasmosa, envolvió mis pechos con las palmas abiertas. Sus dedos masajeaban la carne con una presión perfecta, esparciendo el aceite en círculos amplios. No había prisa. El pulgar en más de una vez rozó deliberadamente mi pezón, endureciéndolo más hasta convertirlo en una gema, y luego hizo lo mismo con el izquierdo. En ese momento para mí, el mundo exterior desapareció. Sentir las manos de aquel hombre, resbalando sin fricción sobre mi piel desnuda bajo la atenta mirada de mi marido, fue a aumentar mi humedad que brotaba entre mis piernas.

Mientras sus manos seguían amasando y cubriendo de aceite mi torso, José estaba mudo. Sus ojos estaban clavados en las manos de Nacho. Su erección, confinada en la tela negra del slip, palpitaba con fuerza, levantando la cinturilla elástica y marcando una tienda de campaña obscena que evidenciaba su total falta de control.

-Gírate Lau, ordenó Nacho, la luz exige que las nalgas y las piernas tengan la misma textura. obedecí, dándole la espalda. Nacho se arrodilló, puso sus manos aceitadas en la base de mi espalda y descendió hacia la cola. La fricción desapareció por completo; las manos del fotógrafo se deslizaban como seda sobre la piel ardiente, hundiendo los dedos justo en el límite donde el fino hilo del tanga desaparecía entre cachetes. Luego, bajó por la parte posterior de los muslos, trazando líneas largas y firmes.

Yo, mirando por encima de su hombro, capto la escena completa: mi marido, paralizado y con el slip a punto de estallar, observando cómo un fotógrafo excitado ungía cada milímetro de mi cuerpo casi desnudo con aceite. El salón entero olía a sexo, a sudor y a piel resbaladiza, y todos sabían que la excusa del arte acababa de firmar su sentencia de muerte.

Nacho se puso en pie lentamente, limpiándose el exceso de aceite de las manos con una pequeña toalla. -Bien, dijo el fotógrafo, volviendo a coger la cámara. La piel ahora es un espejo perfecto. Lau, date la vuelta y mírame.

Obedezco como siempre a cada uno de sus pedidos. Mi cuerpo entero brillaba, resaltando cada curva, cada músculo. -Lau, separa las piernas a la anchura de las caderas e inclínate hacia delante desde la cintura. Deja que los brazos caigan muertos hacia el suelo.

Al hacerlo, el peso de mis pechos, ahora libres y cubiertos por la fina capa de aceite, hizo que cayeran hacia delante, arrastrados por la fuerza natural de la gravedad.

-José, acércate, instruyo Nacho. -Quiero que ajustes los pechos de Lau para que no caigan tanto. Y levantó sus manos, aun ligeramente impregnadas en aceite, y las deslizó por debajo de mis tetas acunando el peso de la carne desnuda y resbaladiza. Con una suavidad que contrastaba brutalmente con la tensión del ambiente, los elevó y los moldeó hacia arriba y hacia el centro.

El tacto de las manos firmes de Nacho sosteniendo su peso, el calor que desprendía el cuerpo del fotógrafo, y el aceite reduciendo cualquier fricción, me hicieron temblar desde la raíz del cabello hasta la punta de los pies descalzos.

-Tienes que poner tus manos exactamente aquí debajo, con esta misma presión, para mantener la forma perfecta de estas tetas hermosas. Si aprietas mucho, arruinas la curva; si sueltas, la gravedad gana.

José asintió, mudo. Nacho retrocedió para recuperar su cámara. José ocupó su lugar, acunó el peso de mis aceitadas tetas, intentando imitar la presión exacta que el fotógrafo le había exigido.

Clic. Clic. Clic.

-Perfecto, José. Esa es la tensión que buscaba, murmuró Nacho detrás de la lente, disparando en ráfaga, consciente de que los tres habían cruzado una línea de la que ya no había retorno posible.

De repente, al girar sobre nosotros el obturador se detuvo. -Tenemos un problema desde este ángulo, anunció el fotógrafo. La luz lateral al rebotar en tu slip abultado José, está proyectando una sombra que ensucia la línea de la cadera de Lau, proyectando una silueta prominente y obscena.

José hizo el amago de soltar mis tetas. -¡No!, fue la orden de Nacho, deteniéndolo en seco. No sueltes a Lau. Si quitas las manos, perdemos la postura y la piel de Lau perderá el brillo uniforme al volver a tocarla.

El fotógrafo dejó la cámara y acortó el paso que nos separaba. Al acercarse, la propia erección de Nacho marcando cada detalle bajo su bóxer oscuros, quedó a centímetros de la de José. Nacho se agachó ligeramente, quedando su rostro casi a la altura del vientre nuestro.

-Permiso, murmuró Nacho. No fue una pregunta, fue un formalismo. Extendió sus manos, que aún conservaban un levísimo rastro del calor y el tacto del aceite. Sin un ápice de duda, el fotógrafo deslizó el dedo índice por el borde superior del slip de José y con firmeza y precisión, metió los dedos bajo la tela tensa y agarró la base de la erección. Mi marido se tensó por completo, lo noté en sus manos que seguían en mis tetas.

Nacho empujó la dureza de José, aplanándola contra el abdomen para reducir el ángulo de la sombra, y ajustó la goma elástica del slip para que actuara como un arnés opresivo, manteniéndolo en esa nueva posición. Yo lo veía todo desde arriba.

Nacho se levantó despacio, asegurándose de que la sombra había desaparecido. Al incorporarse, su mirada se cruzó con mía. Su propio bóxer estaba a punto de reventar, la tela estirada al máximo, pero su mandíbula seguía apretada en un esfuerzo titánico por no cruzar la última línea de profesionalidad que le quedaba.

Nacho levantó la cámara. José, sudando, apretando mis pechos, mientras su pene latía furioso bajo la nueva y restrictiva posición.

La ráfaga del flash se había vuelto más lenta, más espaciada. El silencio en el salón era denso, cortado únicamente por nuestra respiración.

El ajuste que Nacho había hecho en su ropa interior se había vuelto una tortura, pero insostenible. Empujar y confinar una erección de aquel calibre bajo la tensión de la goma elástica del slip negro estaba provocando que José apretara los dientes.

Nacho, dejó de disparar y exhaló lentamente, -Estás transmitiendo agonía, José, no deseo. Tus hombros están rígidos y tu mandíbula parece de piedra. La tensión de la goma elástica grita incomodidad.

-Suelta un segundo a Lau y quítatelo, necesito que fluyas, y esa prenda te está cortando la circulación y la actitud. Lo que provocó una leve risa entre tanta tensión.

José retiró las manos de mis aceitadas tetas, dejando que la gravedad volviera a hacer las suyas, y se enderezó. Enganchó los pulgares en los laterales del slip negro y lo empujó hacia abajo por sus muslos. Al liberarse de la opresiva tela, su carne saltó hacia delante, dura como una piedra. Pateó la prenda a un lado, quedándose completamente desnudo.

-Mucho mejor, sentenció Nacho, -Vuelvan a la posición.

José avanzó el medio paso que nos separaba y esta vez, al acercarse, no hubo tela que amortiguara el impacto. Su pija ardiente chocó directamente contra mi cola. Volvió a deslizar las manos por debajo de mis pechos, sosteniéndolos con una nueva firmeza, su pelvis, completamente desnuda, se frotó rítmicamente contra el encaje negro, buscando abrir paso entre mis nalgas.

Nacho, levantando la cámara de nuevo, -Lau, arquea un poco más la lumbar.

Clic. Clic. Clic.

Nacho se movió ágilmente alrededor nuestro, captando cada haz de luz que pegaba sobre nuestra piel.

Se acercó a ellos. Y nos pidió que nos alejáramos apenas. Sin pedir permiso, Nacho introdujo su mano derecha en el mínimo espacio que me separaba de José. Colocó la palma de su mano abierta y firme contra mi vientre bajo, rozando directamente el borde superior de mi tanga. Pero lo verdaderamente devastador ocurrió al otro lado de la mano de Nacho. El dorso de la mano del fotógrafo quedó convertido en un muro de carne que frenaba en seco la erección de José, quedando la virilidad que tanto ansiaba hundirse en su mujer, aplastada contra los nudillos y el dorso de la mano de otro hombre.

-Esta es tu frontera José, susurró Nacho. Este es el límite, no la toques a ella. Con su mano libre, levantó la cámara, encuadrando con una sola mano, retiro otra que nos separaba y comenzó a lanzar ráfagas de fotos. -Quiero la tensión de lo prohibido. Quédate ahí, siente el límite, expresaba.

El fotógrafo retrocedió un par de pasos, llevándose la cámara al rostro para capturar el perfil completo de ambos bajo el haz de luz lateral.

Clic. Clic.

Nacho con un gesto de la mano, señaló directamente la anatomía desnuda de José. Al haber estado contenido tanto tiempo bajo la goma del slip y tras la brutal estimulación del roce, la erección de mi marido era fiera, rígida, y apuntaba de forma casi vertical hacia su propio abdomen.

-Ese ángulo es demasiado agresivo, diagnosticó Nacho con frialdad, el peso de la imagen se va hacia el techo. Parece una lámina de un libro de urología, no una obra de arte decía como un maestro lidiando con un alumno que no comprende. Dejó su cámara sobre el brazo del sillón.

Es una cuestión de inclinación pélvica, explicó el fotógrafo, al tiempo que enganchó los pulgares en la cinturilla elástica de su bóxer oscuro y en un movimiento fluido y desprovisto de cualquier duda, bajó la prenda por sus muslos, salió de ella y la pateó fuera del set.

La visión fue un golpe directo a la línea de flotación. Sin la tela oscura que la contuviera, la erección de Nacho era un espectáculo de poder absoluto. Fuerte, pesada y palpitante, evidenciaba que el fotógrafo estaba tan consumido por el deseo como nosotros. Mis ojos clavados en ese tótem totalmente depilado que latía a escasa distancia de mi rostro. Solo quedaba mi tanga como única pieza de ropa en toda la sala.

José se sorprendió al ver al fotógrafo exhibiendo su excitación sin el menor pudor, usándola como una herramienta didáctica. -Obsérvame, José, dispuso Nacho, girándose para quedar en paralelo a él. Fíjate en mi cadera. Ahora mismo, mi ángulo de elevación es similar al tuyo debido al riego sanguíneo.

Nacho estaba en lo cierto. Su erección apuntaba alta, fiera y desafiante. -Pero si basculas la pelvis hacia atrás, solo un par de centímetros, liberando la tensión de los lumbares, como por arte de magia anatómica, tu erección descendió unos grados, apuntando exactamente en una diagonal más armónica.

Nacho exhibía su excitación no como un animal descontrolado, sino como un escultor manejando su propio mármol. -¿Lo ves? Pregunto Nacho, girando el rostro hacia José. La línea de fuga ahora apunta directamente hacia la cadera de Lau. Es geometría. Inténtalo.

José, imitó el movimiento. Relajó la tensión de la espalda baja y basculó la pelvis. Inmediatamente, su erección cedió un poco en su ángulo, proyectándose hacia el encaje negro de mi tanga de forma mucho más estética.

—Ahí. Mantén esa basculación, murmuró Nacho, asintiendo con aprobación.

El fotógrafo se giró, dándoles la espalda con total naturalidad para recuperar su cámara, dejando que ambos vieran la musculatura tensa de sus glúteos y su espalda desnuda. Al darse la vuelta de nuevo, se llevó el visor al ojo. Su mástil seguía expuesto, balanceándose levemente con sus movimientos, una presencia constante y abrumadora en el set.

Clic. Clic. Clic.

-Genial, ahora vamos a cambiar, sentenció Nacho, bajando la cámara hasta dejarla apoyada en su pecho. -Necesito que la tela de tu tanga Lau cuente una historia de resistencia. Necesito tensión elástica. Avanzó hacia nosotros. Su caminar desnudo era imponente, y la pesada erección que oscilaba con cada uno de sus pasos era un recordatorio constante de que la barrera entre el trabajo y el instinto había volado por los aires.

Se detuvo justo a mi lado, levantó su mano derecha con una precisión milimétrica, deslizó su dedo índice por debajo de la fina tira de mi tanga, justo en el hueso de la cadera derecha. El roce de la uña del fotógrafo contra mi piel aceitada fue un chispazo eléctrico. Lentamente, tiró del dedo hacia fuera, separando el elástico negro de la piel unos pocos centímetros.

Al tirar de la tira lateral, el diminuto triángulo frontal del tanga se ajustó aún más contra la mojada intimidad, provocando que se separara ligeramente los labios.

Tener a aquel hombre desnudo estirando mi ropa interior, exhibiéndola como si fuera un experimento de física ante los ojos de mi marido, me sumió en un estado de excitación febril.

Nacho soltó el encaje negro que golpeó mi cadera desnuda y resbaladiza. El impacto no fue doloroso, pero la sorpresa y el roce súbito contra mi piel hipersensible hicieron que me arqueara hacia delante.

Nacho retrocedió, recuperando su cámara con fluidez. -Esa es la reacción que busco. La piel estremeciéndose, explicó el fotógrafo. -Tu turno, José. Engancha la tira del lado izquierdo. Cuando yo te dé la señal, tira de ella hasta el límite de la elasticidad y suéltala de golpe. Quiero capturar la vibración de la tela y el impacto exacto en su piel.

José acercó su masculinidad desnuda rozando mi vientre. Levantó la mano derecha y, siguió las instrucciones de su maestro. El contacto de la mano de mi marido se sentía distinto al de Nacho. Al tirar el elástico hacia fuera, tiró también de la tela en la entrepierna, incrustando el encaje directamente contra mi interior. Estaba ardiendo. Dos hombres desnudos jugaban con la última barrera que me protegía, que deseaba no tener.

-Más, José. Tensa más. Que el elástico luche contra tu dedo, ordenaba Nacho desde las sombras, con la cámara disparando en ráfaga continua. Clic, clic, clic, clic.

-Bueno, vamos a sacar la última prenda que nos queda, José, quítaselo. Deslízalo hasta los tobillos, relato Nacho.

Llevaba horas esperando este momento. José, acortando la escasa distancia que nos separaba. Extendió sus manos y agarró las tiras laterales del tanga negro, lo detuvo Nacho, dando dos pasos rápidos y se plantó exactamente al lado de José. Los tres cuerpos quedaron atrapados en un triángulo de calor hirviente.

Nacho extendió sus manos secas y firmes. Sus pulgares se engancharon con precisión en los laterales del tanga y con una lentitud agónica, el fotógrafo comenzó a deslizar el encaje negro hacia abajo. La tela resbaló por la piel aceitada de mis glúteos, liberando por fin mi intimidad. Obligándome a flexionarse ligeramente para acompañar la prenda hasta el suelo.

-Levanta el pie, Lau, ordenó Nacho, con la voz un tono más grave y rasgada de lo normal. Y al hacerlo, el tanga negro, la última frontera de la noche, quedó abandonado sobre la alfombra.

Nacho dio un paso atrás, rompiendo la tensión física entre nosotros, y volvió a coger su cámara. Frente a él, la obra maestra estaba completa. Yo totalmente desnuda, brillante y sudada. José, a escasos centímetros míos, era la viva imagen de la rendición absoluta, desnudo y ferozmente excitado.

Clic. Clic. Clic.

Continuará.

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