La prima Sofía: Confrontación

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T. Lectura: 12 min.

El amanecer llegó un par de notificaciones de mi teléfono. Me senté en el borde de la cama, sintiendo el cuerpo pesado y la mente aún enredada.

El primer mensaje, el de Avril, fue como un soplo de aire fresco y prohibido:

«Hola, espero que hayas dormido bien… o que mi foto te haya ayudado a “descansar” como te mereces.»

«Por cierto, disculpa la interrupción de ayer. Melissa es mi media hermana; es mi heroína y mi única confidente.»

«Aquel refugio lo acondicionamos juntas. Espero verte pronto, mejor en otro lado jaja. Que tengas un día increíble.»

La mención de Melissa y el “refugio” le daban una profundidad nueva a lo que había pasado en aquel lúgubre sitio. Pero la burbuja de placer residual estalló con la ráfaga de notificaciones de Sofía. Eran golpes directos:

«¿Qué le dijiste a mi mamá anoche?»

«Me hizo un interrogatorio en el pasillo antes de dejarme bajar a desayunar.»

«¿Qué tiene que ver Avril en todo esto? ¿Le contaste algo de la terraza? ¿Dónde estabas antes de que nos viéramos? No me digas que en serio fuiste a buscar a Avril.»

Escribí rápido, con los dedos todavía torpes por el sueño:

«Le dije que salí con Avril para ayudarla con unas cosas y que te encontré de casualidad. No le di detalles, solo fue una coartada», envié, esperando que eso calmara las aguas.

Pero el teléfono vibró antes de que pudiera dejarlo en la mesa de noche. Sofía estaba al límite.

«¿Avril? ¿Le dijiste Avril? ¡Estás loco! Ahora mi mamá deduce que estamos teniendo relaciones los tres. El morbo la tiene fuera de control.»

«Necesito que me cuentes la verdad de lo que hiciste antes de llegar.»

Me quedé mirando la pantalla en silencio. Sofía no solo estaba celosa de la intrusión de Avril, sino desconcertada por la perspicacia de Rebeca.

Respondí a Avril con los dedos moviéndose rápido sobre el teclado, dejando que el morbo de la noche anterior guiara mis palabras:

«Buenos días… Dormí más o menos. Tu foto no ayudó mucho a que descansara, la verdad; me tuvo despierto y bastante “ocupado” un buen rato. No te preocupes por lo de ayer, Melissa se ve como una buena persona, aunque admito que el susto fue real. Me encantaría verte pronto, Avril. Dime cuándo estás libre y nos organizamos.»

Solté el teléfono sobre las sábanas revueltas, sintiendo una mezcla de triunfo y peligro. Pero la vibración no se hizo esperar. Esta vez, la pantalla no mostraba una foto tentadora, sino las órdenes de Sofía:

«¿Ya bajaste? Pasa un segundo a mi cuarto antes de bajar, necesito que me cuentes exactamente qué le dijiste anoche. No quiero que nos revolvamos frente a ella.»

Suspiré, sabía que Sofía estaba aterrada con la idea de que su madre hubiera unido los puntos entre el nombre de Avril y pensaba en nosotros como un grupo de pervertidos. Pero lo que más me pesaba era que yo, en esa cocina, había visto en los ojos de Rebeca algo que Sofía no: no solo sospecha, sino una envidia voraz.

Me levanté y me miré al espejo. Tenía la cara de quien no ha dormido, me sentía cansado. Caminé hacia la puerta, abriéndola apenas unos centímetros para asegurarme de que el pasillo estuviera despejado.

Me deslicé hacia la habitación de Sofía. Tenía que alinear nuestra versión antes de que Rebeca tuviera otras suposiciones. Apenas entre por la puerta, ella se cruzó de brazos y me miró con una mezcla de molestia y celos que no intentó disimular.

—¿Qué le dijiste a mi mamá anoche? —preguntó sin preámbulos.

—Le dije que salí con Avril y que de regreso te encontré de casualidad.

Sofía entrecerró los ojos. Se notaba claramente que la mención de Avril le había sentado mal.

—¿Avril? ¿De verdad estabas con ella anoche? ¿O solo lo dijiste para cubrirte?

La miré fijamente y respondí con honestidad:

—Sí. Estaba con ella.

Sofía se quedó callada un segundo. Una clara expresión de celos cruzó su rostro.

—Así que sí fuiste a verla… —murmuró, casi para sí misma—. Después de todo lo que pasó entre nosotros ayer, tú sales corriendo a follarte a Avril.

Su tono era acusador, pero también había un claro matiz de celos. Se acercó más, mirándome a los ojos.

—¿Te gustó? —preguntó, con la voz más baja—. ¿Te gustó cogértela? Porque se te nota en la cara que sí.

No respondí inmediatamente. Sofía soltó una risa corta y amarga, y luego contraatacó:

—Qué curioso… tú te pones celoso cuando me ves bajar del auto de Alex, pero no tienes problema en salir a revolcarte con Avril. ¿O sí te molesta que Alex me haya cogido rico anoche?

Se quedó mirándome, esperando mi reacción. Sofía estaba celosa, pero también usaba mis propios celos como arma. Sus ojos, cargados de una mezcla tóxica de deseo y despecho, buscaban en los míos una rendición que no estaba dispuesto a darle.

Me acerqué un paso, invadiendo su espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.

—Sofía, escúchame bien —susurré con una frialdad que la hizo parpadear—. Rebeca está abajo, contando los segundos. Si no bajamos ahora mismo, nuestros celos nos van a enterrar a los dos. A ella no se le escapa nada.

Ella abrió la boca para soltar una réplica ácida, pero las palabras se le murieron en la garganta. La lógica del miedo fue más fuerte que su rabia.

—Esto se nos está yendo de las manos —continué, bajando aún más la voz—. Tú jugando con Alex, yo con Avril… y mi tía oliendo el rastro de ambos en el aire de esta casa. Si seguimos así va a descubrir lo que también hacemos nosotros dos.

Sofía se pasó una mano por el cabello, frustrada, mientras su mirada bajaba por un segundo a mis labios. Sus celos seguían ahí, palpitando, pero el instinto de supervivencia ganó la partida.

—Tienes razón… —admitió a regañadientes, aunque sus ojos seguían echando chispas—. No podemos ser tan evidentes.

De pronto, me agarró de la camisa con una fuerza que me obligó a inclinarme. Me plantó un beso corto, violento y posesivo, que sabía a advertencia. No fue una caricia, fue un reclamo de propiedad.

—Bajemos entonces —dijo, soltándome y recomponiendo su expresión con una rapidez aterradora—. Actuemos como los primos perfectos que ella quiere ver. Pero esto no se queda así, Andrés. Vamos a hablar de Avril…

Salimos al pasillo, bajamos las escaleras en un silencio ensayado, manteniendo una distancia prudente. Rebeca ya estaba en la cocina sirviendo el café con una calma que me resultó inquietante.

Al vernos entrar juntos, se detuvo un instante. Sus ojos nos recorrieron como un escáner, buscando cualquier rastro. No dijo nada sobre la noche anterior, pero su sonrisa era puramente diplomática, una máscara que no llegaba a sus ojos analíticos.

—Justo a tiempo —sentenció Rebeca, señalando la mesa—. Siéntense. El desayuno está listo.

Nos sentamos. Hablamos de la pasantía, de los planes del día y del clima, pero eran palabras vacías. Cada vez que Rebeca levantaba la taza, sentía que nos observaba por encima del borde, desmenuzando nuestras posturas. Sofía evitaba mi contacto visual con un esfuerzo sobrehumano, pero bajo la mesa, la tensión entre los tres era una presencia física.

Cuando un mensaje de Alex iluminó la pantalla de Sofía, el efecto fue inmediato. Rebeca leyó las palabras —«No dejo de pensar en cómo te dejé el cuello»— y, por un instante, su rostro fue un mapa de alivio gélido. Sus hombros se relajaron con una suficiencia cruel. En su mente, el rompecabezas se armaba: las marcas de Sofía tenían dueño, y no era su sobrino. La amenaza del incesto parecía disiparse.

Sofía guardó el móvil con un movimiento espasmódico, pero el silencio de su madre era más aterrador que cualquier grito.

Fue entonces cuando mi teléfono vibró, rompiendo la tregua. Avril no se anduvo con rodeos:

«Jajaja me alegra haberte dejado pensando en mí. Yo tampoco pude dormir… todavía siento tu verga dentro de mí. ¿Cuándo nos vemos? Quiero que me cojas sin interrupciones esta vez.»

El cambio en Rebeca fue devastador. La guardia que acababa de bajar se transformó en una llamarada de celos que le encendió las pupilas. La idea de que yo estuviera siendo “devorado” por una extraña, por esa chiquilla que ella ya despreciaba, la sacó de sus casillas.

Dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco y clavó su mirada en la mía, una mirada que ya no era de tía, sino de una mujer herida en su orgullo.

—Andrés… —soltó, y su voz era una caricia de veneno—. Creo que deberías tener mucho más cuidado con las personas con las que te relacionas. Hay influencias que solo traen problemas, suciedad y complicaciones innecesarias.

Sus ojos bajaron con una lentitud descarada por mi pecho, recorriendo mi cuerpo como si estuviera tasando una propiedad que consideraba suya, antes de volver a anclarse en mi cara con un desafío ardiente.

—Hay mujeres mucho más… interesantes, que pueden darte exactamente lo que necesitas sin tanto drama —añadió, arrastrando las palabras con una carga erótica que hizo que el aire vibrara—. No hace falta que busques tan lejos lo que tienes al alcance de la mano.

Sofía levantó la vista de golpe, con el corazón en la garganta. El comentario de Rebeca había cruzado una línea que ya no tenía retorno. Los celos de su madre ya no eran una sospecha; eran una declaración de guerra. Rebeca no apartaba los ojos de mí, exponiendo un interés tan crudo y posesivo.

El comentario de Rebeca había quedado suspendido como una sentencia, y el silencio que siguió fue el de una tregua armada. Sofía no podía abrir la boca sin confesar su propio pecado, pero bajo el mantel, su pie me golpeó la espinilla con una fuerza que me hizo apretar los dientes.

Rebeca mantenía esa sonrisa sutil, disfrutaba del poder que ejercía, sabiendo que nos tenía acorralados entre la sospecha y el deseo. El resto del desayuno fue una tortura. Sofía evitaba mi rostro, pero su pie seguía rozando el mío, esta vez no como un ataque, sino como un recordatorio posesivo.

Al terminar, Rebeca se levantó con una elegancia depredadora. Al pasar por mi lado para recoger los platos, se inclinó lo justo para que su perfume me envolviera y su voz, un susurro que solo yo podía captar, me erizara la nuca:

—Piensa en lo que te dije, sobrino. Hay placeres que no necesitan buscarse afuera…

Me lanzó una última mirada, una que duró más de lo que la decencia permite, antes de alejarse hacia el fregadero. Desde que mi tío no estaba en casa, Rebeca había dejado de ser la mujer reservada que conocía. Ahora era más libre, más atrevida, como si la ausencia de su marido hubiera abierto una jaula que ella no tenía intención de volver a cerrar.

Después de dejar los platos, Rebeca subió a su habitación. Sofía y yo nos quedamos solos en la cocina. Apenas Rebeca desapareció por las escaleras, Sofía se acercó a mí con expresión seria y susurró:

—No te atrevas a seguirle el juego a mi mamá. ¿Entendido?

La miré fijamente. Algo dentro de mí se encendió. Sus celos, su intento de controlarme después de todo lo que habíamos hecho, me dieron el impulso para contraatacar.

—¿Ahora me vienes con exigencias? —respondí en voz baja, acercándome a ella—. Tú fuiste la que me ofreció a su mamá al principio, ¿recuerdas? “Mi mamá le encanta el sexo tanto como a mí”, “tal vez pueda ayudarte”… ¿Ya se te olvidó?

Sofía abrió la boca, pero no encontró palabras rápidas. Continué, bajando aún más la voz pero manteniendo el tono provocador:

—Y ahora resulta que tú sales con Alex, dejas que te folle rico, y yo ni siquiera puedo mirar a Avril sin que te pongas celosa. No estás en posición de exigirme nada, Sofía.

Ella se quedó callada, pero vi cómo sus mejillas se enrojecían y sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y excitación. Di un paso más hacia ella, casi pegándome a su cuerpo.

—Así que si quieres que me aleje de Avril… vas a tener que darme una muy buena razón. Porque hasta ahora, tú eres la que ha estado jugando con los dos bandos.

Sofía tragó saliva. Su respiración se aceleró. Podía ver cómo sus celos luchaban contra su orgullo… y cómo esa lucha la estaba encendiendo. Se mordió el labio inferior con fuerza, mirándome con intensidad.

—¿Y qué quieres que haga? —preguntó, con voz ronca y desafiante.

Me incliné hacia ella, dejando que mi aliento rozara su oído mientras mis manos buscaban apoyo en la barra, acorralándola contra el mueble.

—Sabes perfectamente lo que quiero —susurré, dejando que mi voz vibrara con una intención oscura—. Quiero que dejes de jugar a la prima celosa y empieces a actuar como una mujer.

—Eres un imbécil, Andrés —respondió ella, con los ojos nublados por una excitación que ya no podía fingir—. No me retes, porque no tienes idea de lo que soy capaz de hacer para que te olvides de ellas.

Sofía me miró y me soltó la camisa de golpe, pero antes de separarse, deslizó su mano hacia abajo, rozando con una presión deliberada mi entrepierna, donde la erección volvía a marcarse con fuerza bajo el pantalón.

Me dirigí a mi habitación, saqué el teléfono y abrí la conversación con Avril. Sin pensarlo demasiado escribí:

«¿Podríamos vernos hoy?»

Lo envié y dejé el teléfono a un lado, recostándome contra la cabecera de la cama. La cabeza me daba vueltas. Todo se sentía fuera de control: Sofía, Rebeca, Alex, Avril… y yo en medio de un juego del que ya no sabía si quería salir.

El teléfono vibró poco después.

«¿Hoy? Me encanta la idea. La verdad es que yo también tengo ganas de verte… y de sentirte otra vez.»

Pero fue el segundo mensaje lo que terminó por sellar mi destino:

«¿Qué te parece si nos vemos a las 8? Hay un lugar discreto que conozco, un departamento de una amiga que está fuera de la ciudad. Nadie nos va a interrumpir esta vez. Solo tú y yo… sin prisas.»

La foto que acompañaba el texto era una declaración de guerra. Avril aparecía frente al espejo, con la piel todavía húmeda y sonrosada tras la ducha. La toalla blanca, enrollada con una precariedad tortuosa, parecía a punto de rendirse ante la gravedad, dejando al descubierto el inicio de sus pechos y ese aire de libertad salvaje que la caracterizaba. La sonrisa provocadora en su rostro decía más que cualquier invitación explícita.

«Para que no se te olvide lo que te estás perdiendo si no vienes.»

Sentí una sacudida que se concentró de inmediato en mi entrepierna. Mi verga, que apenas había tenido un respiro desde el desayuno, volvió a endurecerse.

Estaba jugando con fuego en tres frentes distintos, y la casa se sentía cada vez más como una bomba de tiempo a punto de estallar. Pero mientras miraba esa toalla a punto de caer en la pantalla, supe que no iba a ser yo quien detuviera el incendio.

El día paso rápido y para no levantar sospechas, decidí disfrazar mi salida con una de las excusas más clásicas. Alrededor de las 6:30 pm, me puse ropa deportiva: shorts, una camiseta de fútbol, tenis y me colgué la mochila al hombro. Al cruzarme con Rebeca, le solté la mentira con la mayor naturalidad posible, diciéndole que iba a jugar un partido con los amigos y que existía la posibilidad de que me quedara un rato en casa de alguno de ellos. Ella solo asintió en silencio, pero su mirada, pesada y demasiado atenta, me siguió hasta que cerré la puerta principal.

Sin embargo, Sofía no se tragó el anzuelo. Apenas escuchó mis pasos alejarse, sacó su teléfono y le escribió a Alex para verificar mi historia:

«Oye, ¿tú invitaste a Andrés a jugar fútbol o a quedarse en tu casa hoy?»

La respuesta de Alex fue un golpe seco que desmoronó mi coartada en segundos:

«¿A Andrés? No, no le dije nada ni hemos planeado nada. ¿Por qué lo preguntas?»

Sofía se quedó mirando la pantalla, apretando el teléfono con una mezcla de sospecha y una molestia que empezaba a hervirle en la sangre. Sabía que le había mentido y, peor aún, sospechaba exactamente con quién me dirigía realmente.

Caminar esas cuadras con el uniforme de fútbol fue el tramo más largo de mi vida. Avril me esperaba apoyada contra un muro, y el vestido ligero que llevaba parecía flotar con la brisa, subrayando cada curva de su cuerpo y dejando poco a la imaginación.

—Llegaste —soltó ella mirando mi atuendo que contrastaba bastante con el de ella.

—Perdón, ¿Te hice esperar mucho? —le respondí notando su mirada —. Esto te lo explico, tuve un par de problemas en casa…

Tras una negación con la cabeza, Avril se acercó para darme un beso en la mejilla que se desvió peligrosamente hacia la comisura de mis labios, dejando el rastro de su perfume en mi piel. Caminamos hacia el edificio y cada roce de nuestros brazos enviaba una descarga eléctrica que me hacía olvidar el estrés en casa.

Mientras caminaba hacia el departamento con Avril, en casa la tensión seguía creciendo. Sofía estaba en la sala, intentando distraerse con el teléfono, cuando Rebeca bajó de su habitación. Llevaba una bata ligera y el cabello suelto. Se sentó en el sofá frente a ella y se quedó mirándola en silencio durante unos segundos.

—¿Vas a seguir fingiendo que no pasa nada? —preguntó Rebeca de repente, con voz calmada pero firme.

Sofía levantó la vista, fingiendo sorpresa.

—¿De qué hablas, mamá?

Rebeca soltó una risa corta y amarga.

—Anoche llegaste con la cara de quien acaba de ser bien cogida y llegaste con Andrés ¿segura que no están teniendo algo entre ustedes dos?, No conozco al tal Alex…

Sofía se tensó visiblemente. Rebeca continuó, con un tono que mezclaba celos y preocupación:

—Ahora Andrés dice salir con Avril, la misma que tú trajiste a casa. ¿Qué está pasando realmente, Sofía? ¿Quién es Alex? ¿Estás jugando con los dos? ¿O es que Andrés también está metido en esto?

Sofía se puso roja, una mezcla de vergüenza y rabia.

—Mamá, no es lo que piensas…

—¿No? —Rebeca se inclinó hacia adelante, mirándola fijamente—. Entonces explícame por qué Andrés tenía el pantalón manchado y el bulto marcado cuando llegó. Y por qué tú tenías marcas en el cuello y caminabas como si hubieran abusado de ti.

El silencio fue pesado. Sofía no sabía qué decir. Rebeca suspiró y se recostó en el sofá, mirándola con una mezcla de celos y algo parecido a decepción.

—Sabes… me molesta más de lo que debería —admitió en voz baja—. Verte llegar así… y saber que Andrés también está metido en esto. No sé si estoy más preocupada o… celosa.

Sofía levantó la cabeza sorprendida. Rebeca sonrió con amargura.—Sí, celosa — Se levantó del sofá y antes de subir las escaleras añadió:—Dile a Andrés que cuando regrese quiero hablar con él. Solo.

Mientras pedíamos el elevador Avril y yo nos mirábamos con ganas de estar solos los dos.

—El departamento es nuestro hasta mañana —murmuró, bajando el tono mientras sacaba las llaves—. Sin testigos, sin ruidos de pasillo y, sobre todo, sin interrupciones. Solo hay que dejarlo limpio.

Apenas el ascensor cerró sus puertas, la contención se rompió. Avril se lanzó sobre mí, presionando su cuerpo contra el mío con una urgencia que me dejó sin aliento. Cuando entramos al departamento y escuché el clic de la cerradura, el mundo exterior —Sofía, Alex y la mirada de Rebeca— dejó de existir.

Ella se separó lo justo para mirarme a los ojos, con una sonrisa peligrosa y el pecho agitado.

—Esta vez no hay bodegas ni hermanas que nos detengan —susurró, mientras sus manos bajaban hacia el resorte de mi short deportivo—. Quiero que me hagas todo lo que te imaginaste mientras mirabas mis fotos.

La habitación quedó sumergida en un silencio denso, roto solo por el sonido de nuestras respiraciones. Avril se detuvo en el centro, bañada por la luz ambarina del departamento, y me sostuvo la mirada con una seguridad que me heló la sangre. Con una lentitud tortuosa, sus dedos engancharon los tirantes del vestido y lo dejaron resbalar, permitiendo que la tela se amontonara a sus pies como una cáscara innecesaria.

Debajo, el conjunto de lencería en rosa pálido era una trampa visual perfecta. El brasier de encaje semitransparente apenas lograba disciplinar sus pechos; los bordados florales parecían flotar sobre su piel morena, pero no lograban ocultar el destello metálico de sus pezones perforados, que se adivinaban firmes bajo la gasa. La parte inferior, una tanga mínima a juego, desaparecía con una precisión obscena entre sus nalgas, mientras que unas ligas finas mordían suavemente la carne de sus muslos tonificados, creando una frontera irresistible entre lo elegante y lo puramente carnal.

Se quedó ahí, estática, ofreciéndose a mi escrutinio como una obra de arte prohibida. El contraste entre la delicadeza del rosa y la crudeza de su actitud era embriagador.

—¿Te gusta? —preguntó, y su voz fue un susurro que me vibró en la boca del estómago—. Lo elegí pensando en lo que sentirías al quitármelo, pieza por pieza.

Lentamente, me dio la espalda, permitiéndome apreciar cómo el encaje se perdía en sus curvas y cómo el diseño resaltaba la línea de su columna hasta perderse en el inicio de su retaguardia. Era una invitación abierta a olvidar que, a kilómetros de distancia, Rebeca me esperaba en su habitación y Sofía se consumía en una rabia silenciosa.

Avtil sonrió con picardía al ver mi reacción, tomo su teléfono, busco una melodía y la puso. La música inundó el departamento como una marea oscura, un ritmo denso y cargado de bajos que parecía vibrar directamente en la boca del estómago. Avril no solo bailaba; estaba reclamando el espacio, transformando la habitación en su propio escenario privado de seducción.

Comenzó con un balanceo de caderas lento, casi perezoso, pero de una precisión letal. Sus manos, como si tuvieran vida propia, treparon por sus costillas hasta perderse en su melena, tirando de ella hacia atrás para exponer la línea de su cuello mientras cerraba los ojos, entregada al beat. Cuando volvió a mirarme, sus pupilas estaban dilatadas, devorándome con una intensidad que me hizo sentir que el resto del mundo acababa de desaparecer.

Se movía con una fluidez hipnótica. Sus caderas trazaban ochos invisibles en el aire, haciendo que el encaje rosa de su tanga se tensara y se hundiera con cada giro, enfatizando la curva perfecta de su culo. De pronto, se dio la vuelta y comenzó a descender con una lentitud tortuosa, flexionando las rodillas mientras su culo se movía en círculos rítmicos, rozando el aire a milímetros de mi regazo.

Era un espectáculo de lujuria pura. Sus manos recorrían su propia piel con urgencia, rozando sus pezones perforados sobre la gasa del brasier mientras me lanzaba miradas por encima del hombro que eran una invitación al desastre.

Mi erección era ya una presencia dolorosa, una presión brutal que amenazaba con rasgar la tela del short. Avril, con la astucia de quien sabe que tiene el control total, notó el bulto palpitante y sonrió con una satisfacción depredadora, hundiéndose los dientes en el labio inferior.

Se acercó bailando, giró sobre sus talones y hundió su espalda contra mi pecho, pegando sus nalgas calientes contra mi dureza. Sentir su piel vibrando al ritmo de la música contra mi erección fue como tocar un cable de alta tensión. Su aroma, una mezcla de jabón fresco y deseo puro, me nubló el juicio.

—¿Te gusta lo que ves? —susurró, girando la cabeza lo justo para que sus labios rozaran mi oído, con una voz ronca que delataba su propia urgencia—. Porque hoy…

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