La relación con mi hermana nunca ha sido buena del todo. Al tener personalidades y gustos diferentes, pasamos gran parte de nuestra infancia y adolescencia haciendo distintas actividades y en círculos sociales que no podían ser más dispares. A pesar de que asistimos a la misma escuela, hablábamos poco: ella era dos años más joven que yo y pertenecía a un grupo de niñas populares, mientras que yo siempre fui excelente para la escuela y al graduarme de la preparatoria obtuve beca completa para una de las universidades más exclusivas del país.
Fue entonces cuando mi vida empezó a mejorar. Hice más amigos y también perdí la virginidad con una novia que quise mucho. Aunque después me engañó, yo ya había probado las delicias del sexo y no quise detenerme. Comencé a hacer ejercicio y a invertir más en mi guardarropa y en pocos meses mi apariencia cambió por completo, lo que incrementó mi popularidad con las mujeres de la universidad, sobre todo con las de primer ingreso cuando yo iba en el tercer año.
Un verano volví a nuestro pueblo, ya que la universidad donde estudié se ubica en Guadalajara. Casi todo estaba igual y naturalmente estaba en comunicación con mi familia -incluida mi hermana- de manera frecuente, pero volver a verla después de meses y notar los cambios en su cuerpo causaron un impacto en mí. Acababa de cumplir dieciocho años un mes antes y ya se había convertido en una mujer.
Siempre había sido alta y de figura esbelta y así permaneció, pero había ganado varios centímetros, sus pechos habían crecido (de hecho me parecían bastante grandes para una figura tan esbelta) y también dejó de vestirse como una adolescente para usar prendas mucho más provocadoras, sobre todo en casa, donde se pavoneaba en faldas y shorts que dejaban ver el nacimiento de sus nalgas y tops sin sostén que apenas eran capaces de contener sus abundantes tetas.
Una mañana de jueves yo desperté con una resaca monumental ya que al ser vacaciones salía casi a diario con mis amigos de la preparatoria. Para sentirme mejor me metí a bañar, fui a la cocina por algo de comer y volví a mi habitación para jugar videojuegos, todo esto en bóxers ya que eran las once de la mañana y mis padres estaban en el trabajo.
Pasé casi una hora jugando cuando escuché que tocaron a la puerta. Era mi hermana.
—Hola, hermanito, ¿puedo pasar?
—Claro —dije sin dejar de ver la pantalla.
—¿Qué haces?
—Jugando. Dime, ¿qué pasó?
—Quería preguntarte algo.
—Pues, pregunta.
—Me da algo de vergüenza.
—¿Por qué?
—Es una pregunta algo personal.
Puse los ojos en blanco. La verdad es que le tenía poca paciencia a mi hermana. A pesar de ser dos años menor, siempre había sido una persona frívola, cruel y grosera conmigo, aprovechándose de que yo era hombre y mayor para salirse con la suya y obtener lo que ella siempre quería de mí y de mis padres. Desde que entré a la universidad sin embargo, todo eso había terminado, ahora sólo se trataba de una molestia que habitaba la casa.
—Pregúntame rápido, que estoy ocupado.
Pude ver su frustración y su ira contenida, aún no se acostumbraba del todo a recibir ese tipo de respuestas de mi parte.
—Bueno, ahí va: ¿tú crees que estoy buena?
La pregunta me sorprendió sinceramente. Como ya he mencionado con anterioridad, ya había notado que mi hermana ahora se había convertido en toda una mujercita atractiva, pero no pensaba en ella de esa manera.
—¿A qué te refieres?
—Ay, Óscar, qué tonto eres. ¿A qué más me voy a referir? Estoy preguntando si estoy buena, sexy, cogible.
—Alguien seguramente te querrá coger, ¿no tenías novio?
—Bueno sí, estoy saliendo con alguien, pero esa no es mi pregunta. No quiero saber si alguien me cogería. Estoy preguntando si tú lo harías.
Me quedé en silencio un rato. No sabía si me estaba tendiendo una retorcida trampa. La miré de arriba a abajo y noté que su pijama mostraba demasiado de su cuerpo. Sus muslos estaban descubiertos al igual que sus hombros y el escote dejaba ver una buena parte de esos pechos que habían crecido tanto en tan poco tiempo. Ella notó que la miraba y cambió de posición para exponerse más ante mí. Al final contesté:
—Sí estás buena. Ya, ahora déjame que estoy jugando.
A pesar de mi respuesta tan seca, se le iluminó el rostro.
—¿En serio?
—Sí, sí estás buena. Ya eres toda una mujercita, ¿por qué le haces estas preguntas a tu hermano mayor? —respondí con hastío pero también con un incipiente morbo —¿No te parece raro?
Se acercó un poco más a mí.
—Sé que es poco común, pero lo he pensado mucho y eres la única persona que puede ayudarme.
—¿De qué hablas? —al fin le puse pausa al juego.
—¿Te acuerdas de Emiliano?
Recordaba perfectamente a Emiliano. Era hijo de una de las familias más acomodadas de nuestro pueblo y desde niño tenía comportamientos agresivos y siempre salía impune. Iba en el mismo año que mi hermana y a pesar de que mucha gente lo detestaba, también tenía un séquito de admiradoras, incluida mi hermana, al parecer.
—Sí, recuerdo a ese tipo. ¿Por qué?
—Me invitó a pasar el fin de semana en la casa de sus papás en Chapala.
—Ya. ¿Y qué?
—Pues que…Me da algo de pena decirlo.
—Le acabas de preguntar a tu hermano si estás buena y te da pena contarme algo más.
—Tienes razón: es bien sabido que Emiliano siempre que invita a una chica a su casa de Chapala, espera que ciertas cosas pasen.
—¿Cosas?
—Y la verdad es que no tengo nada de experiencia —continuó.
—Ya.
—Eres mi hermano mayor —dijo poniéndome una mano en la rodilla, y me gustaría pedirte algo de ayuda.
Mi verga reaccionó al tacto de la mano de mi hermana sobre mi rodilla. Comprendí de inmediato a qué se refería.
—Bueno. Dime cómo te puedo ayudar.
—De entrada, nunca he visto un pene erecto en vivo. ¿Me mostrarías el tuyo? —pidió lanzándome una lánguida mirada.
Me quedé en silencio unos segundos aunque de inmediato decidí que podía ayudar a mi hermana y ella a su vez, ayudarme a pasar un buen rato. Ya que todos mis ligues se encontraban en Guadalajara llevaba semanas sin nada de acción.
—Está bien, te puedo ayudar. Pero debes prometer que no le dirás nada a nuestros padres.
—¿Estás loco? Obviamente no diré nada. Muchas gracias por ayudarme, hermanito. Lo que necesito es aprender a masturbar a un hombre. Emiliano no pide mucho más.
Me decepcioné un poco ante la idea de que sólo quería aprender a masturbar. Aun así, disfrutar de esa manera con mi hermana era mejor que nada.
—De acuerdo. ¿Te parece si comenzamos?
—Sí, hermanito.
Me levanté y me quité los bóxers. Mi verga erecta apuntó directo a su cara. Ella la miró unos segundos, embelesada.
—¿Puedo? —al fin preguntó.
—Por supuesto, hermanita. Pero antes, tú también debes masturbarte. La visión de tu cuerpo desnudo me va a ayudar a mí -y a Emiliano también- a excitarse más y acabar más rápido.
—¿Seguro?
—Claro. A ver, déjame verte.
Con calma, mi hermana se sacó la blusa y pude ver por fin sus hermosos pechos. Luego su vagina y sus nalgas. Estaba completamente depilada, lo cual me excitó con locura. Me acosté en la cama y le dije que se acercara.
Empieza con tu mano yendo de la base al glande en movimientos suaves pero firmes y ve acelerando el ritmo poco a poco.
—Está bien, hermanito, me vas diciendo si te gusta.
—Claro, tú hazlo —ordené y cerré los ojos, entrelazando las manos detrás de mi cabeza.
La verdad es que no lo hacía nada mal. Sentí un poco de celos de que en realidad la puta de mi hermana se estuviera preparando para complacer al imbécil de Emiliano, pero si yo también podía tener acceso a esa mujer joven, que así fuera. El placer me invadió y estiré mi brazo para acariciar una teta de mi hermana. Al sentirlo ella dio un respingo.
—¿Qué haces? —intentó sonar enojada pero se le escapó un suspiro.
—Es normal, y seguro Emiliano lo hará también. Provoca placer a ambas personas y lo ayudará a terminar más rápido. ¿Quieres que la quite?
—No, no, tienes razón, se siente rico —dijo mientras yo acariciaba su pezón con la yema de mis dedos.
En ese momento supe que habíamos pasado el punto del no retorno.
—Ven aquí, hermanita —me incorporé y la tomé de la nuca para acercarla a mí. Le di un beso que ella respondió abriendo la boca.
Me estaba besando con mi hermana menor mientras ella me masturbaba. La situación que en la vida se me había ocurrido posible, estaba sucediendo de manera natural y con una carga erótica jamás experimentada con mis ligues de la universidad. Después de un largo beso, volvió a su tarea masturbatoria con ímpetu renovado.
—Ay —me quejé con un movimiento que me irritó un poco.
—¿Qué pasa hermanita, me equivoqué?
—No, para nada, todo bien, pero se me ocurre algo que podrías hacer con Emiliano.
—Dime, de verdad quiero que este fin de semana sea perfecto.
—Podrías masturbarlo con tus tetas.
—¿Qué?
—Eso. Es fácil y delicioso, además te has desarrollado y tienes unas tetas hermosas y grandes.
—Cállate, me avergüenzas.
—Pero si así comenzó toda esta situación, con tu pregunta de si estabas buena. Pues estás buenísima, hermanita y me muero por poner mi verga entre tus pechos deliciosos.
Se puso a hacerlo, al principio con algo de pena, luego con ahínco.
—Escúpele a mi verga—ordené en un momento.
—¿Qué?
—Sirve para lubricar e incrementar el placer. Escúpele.
Me miró directo a los ojos y eso me prendió más.
—Hazlo.
—Está bien.
Juntó saliva y la dejó caer entre sus pechos, empapando mi glande. No podía creer lo que sucedía, con la saliva de mi hermana lubricando mi pene que descansaba victorioso entre sus pechos. El placer era indescriptible.
Siguió así durante un rato más y comencé a sentir la inminencia del orgasmo pero me controlé. Quise averiguar de qué otras cosas sería capaz mi hermana menor.
—Estás aprendiendo muy rápido. Es hora de pasar al siguiente nivel.
—¿A qué te refieres?
—Tienes que aprender a dar una buena mamada.
—Eso sí que no. A Emiliano no le daré sexo oral, menos a ti. Ya, eyacula rápido, creo que ya he aprendido suficiente.
—Ni hablar, vas a hacer lo que yo diga.
—¿Por qué debería hacer eso?
—Porque si no lo haces le diré a mis papás lo que quieres hacer con Emiliano y no te dejarán ir a su casa en Chapala. Quedarás como la tonta mojigata y seguro todo su grupo de amigos te dejará de hablar, así que, chúpamela.
—Eres un maldito.
—No sé de qué te quejas, si a ti también te está gustando—dije posando mis manos sobre su vulva depilada. En efecto, noté su humedad virgen en mis dedos y me excité todavía más. Anda, mámasela a tu hermano.
—Está bien.
Me puse de pie y antes de que se la metiera en la boca le di algunas cachetadas con mi verga. Comenzó a chupar y lamer con vergüenza y poco a poco se soltó. Parecía como si tuviera mucha experiencia, o un talento nato de puta que a mí me tocó descubrir.
—Qué rico mamas, hermanita. Eres toda una puta diosa. Emiliano va a estar muy contento.
—¿De verdad lo crees?
—Por supuesto. Es la mejor mamada que he recibido en mi vida.
—¿Incluso mejor que las que hacen tus novias de la universidad?
—Definitivamente.
—Debo admitir que me ha gustado complacerte, hermanito. Nunca he visto un pene en la vida real hasta hoy, sólo en videos, pero el tuyo está delicioso, buen tamaño y forma.
Siguió dándome el mejor sexo oral un rato hasta que decidí que quería más. La tomé de la mano, la acosté en la cama y me coloqué sobre ella.
—¿Qué haces?
—Nada, sólo quiero enseñarte qué se siente tener un pene en tu vagina.
—No me vayas a penetrar, cabrón, soy virgen y sería una locura que mi hermana me desvirgara.
—No estoy loco, sólo voy a rozar tus labios y clítoris con mi glande, para que sepas qué se siente y que disfrutes también. ¿Estás lista?
—Lista.
Así hice un rato, haciéndola gemir y aferrarse a mí. Besé sus tetas, su abdomen y su cuello. También nos besamos deliciosamente, como una pareja de novios dejándose llevar. La tenía donde quería. En un descuido, apunté mi glande a su entrada y entré con un poderoso empujón que le llegó hasta el cérvix.
—¡No! ¡Mi himen! Eres un monstruo, saca tu verga de mí, ¡ahora!
—Jamás. Esto es por todas las veces que me trataste mal y que fuiste cruel. Además no podía dejar que algo tan valioso como tu virginidad se la entregaras a un imbécil como Emiliano.
Mi hermana luchó por zafarse de mí, sin éxito. Comencé a bombear mientras seguía besándola. Los arañazos me excitaron más.
—¿Qué haces? Esto está muy mal. No debí dejarte llegar tan lejos, sácala por favor, te lo ruego.
—Cállate. Puedo sentir cómo estás empapada, gozando de la verga de tu hermano.
—Por favor, hermanito, sácala, te juro que no le diré nada a nadie si la sacas ahora, déjame en paz, ya tienes lo que querías.
—Todavía no —dije mientras la inmovilizaba con mi peso y mis brazos.
—Te lo ruego, no lo hagas —dijo en un sollozo.
Mientras yo disfruté del cuerpo de mi hermana, todo el universo desapareció. No me importaron las consecuencias.
Comencé a acelerar el ritmo y fuerza de las embestidas y mi hermana supo lo que se avecinaba.
—¡No! ¡No lo hagas, por favor!
—¡Sí! —gruñí en éxtasis y comencé a eyacular en su coño virgen.
—¡Hermano, no!
Los primeros lechazos fueron absolutos, potentes. Una descarga como no la había tenido nunca. Imaginé mi semen dentro de ella, llegando a su desprotegido útero y mezclados con sus abundantes fluidos. ¿Serían suficientes para preñarla? No me importó, seguí vaciándome en ella a pesar de sus protestas.
—Eres un puto cerdo, vas a pagar muy caro lo que acabas de hacer. Además eres un imbécil, me puedes embarazar y entonces sí tendríamos un problema muy grave.
—Me da igual, tenía que hacerte mía antes de que te fueras a entregar a otro como la puta que eres —dije expulsando las últimas gotas de semen en ella. Además, no puedes decir que no te ha gustado, estás chorreando fluidos, hermanita.
—Qué tontería acabas de cometer. Salte, por favor.
Al final le hice caso y salí de ella. Mi semilla también chorreó un poco.
—Monstruo —me espetó y se fue corriendo a su cuarto.
Mucho más relajado, seguí jugando videojuegos toda la noche.
Fue hasta la hora de dormir, con mis padres ya en la casa, que supe que mi acto había sido una locura, una monstruosidad, ¿qué iba a pasar ahora?
Toqué a su puerta y no obtuve respuesta. También le mandé mensajes de Whatsapp pidiendo hablar y no respondió. Me fui a dormir con una angustia terrible, sabiendo que quizá era el fin de mi vida.
Eran las tres de la mañana cuando escuché que alguien entró a mi cuarto. Sentí el peso de un cuerpo acostarse junto a mí y una mano buscando mi verga. Percibí el olor a mujer joven junto a mí y supe entonces que al final mi hermana había meditado en la primera y mejor experiencia sexual que había tenido.
—Buenas noches, hermanito. Estuve pensando y a pesar de que todo fue prohibido y en realidad fue una locura. Este secreto me ha encantado. Dime, ¿y si repetimos?
—Claro que sí, mi amor. Sólo asegúrate de que la puerta esté bien cerrada. No queremos que nuestros padres se enteren, ¿o sí?
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