Contexto: Soy una mujer casada muy joven de 21 años. Mi esposo Cris tuvo que salir 15 días por motivos de trabajo fuera de la ciudad. Dejó encargado de su taller mecánico a un negro de 1.90 de estatura quien, sin saberlo mi marido, siempre me acosaba cada que me veía en la calle. No le dije nada a Cris porque significaba perder esa oportunidad de empleo temporal. Pensé que podría controlar la situación con el negro trabajando durante los 15 días en el taller contiguo a la casa, pero la realidad fue otra…
Eran las tres y media de la tarde y yo estaba parada frente a la ventana de la sala, mirando hacia el taller viendo a lo lejos cómo el Negro regresaba con retraso, media hora después de su hora de comida y se disponía a reparar un auto, él ya se había puesto su camiseta que se le pegaba al cuerpo por el sudor cada que entraba a cogerme y le resaltaban esos los músculos tensos bajo la grasa; de estarlo contemplando yo fantaseaba con él sin poder evitarlo, recordando su verga gruesa entrando en mí, sus manos apretándome las nalgas, su voz ronca llamándome puta mientras me llenaba la boca, la vagina… mi culo con su exquisita verga. El calor ya me subía entre las piernas cuando sonó el celular.
Era Cris, mi marido.
—Hola, mi vida —contesté con la voz más normal que pude—. ¿Todo bien?
—Sí, amor. Oye, necesito que me pases con el Negro un segundo. Hay un dato de una factura que no me cuadra y solo él lo tiene.
Tragué saliva. Llamé al Negro desde la ventana. Él, como siempre, me comió con la mirada observándome de pies a cabeza con su morbo habitual, sonrió con esa arrogancia que yo ya le conocía y entró imponente con esa estatura enorme, su cuerpo erguido y musculoso a la sala limpiándose las manos con una estopa.
Le pasé el celular. Mientras él hablaba con mi marido, yo lo miraba sin que se diera cuenta y obvio mis ojos se plasmaron en su bulto que traía entre las piernas, a pesar de que su verga estaba dormida, el paquete que tenía no pasaba desapercibido.
En mi mente recordé cómo me había estado penetrando cada día desde aquella ocasión en que me hizo suya por primera vez recargada en el árbol cuando fuimos por las cervezas, y me estremecí de placer de revivir todas y cada una de las cogidas que me había estado dando a diario; yo sentía cosquillas en la vagina, ansiedad en mi culito y se me hacía agua la boca traer esos recuerdos a mi mente… y mientras él llenaba el espacio de la sala con su voz grave y potente mientras hablaba con mi marido, por un momento pensé en lo pasaría una vez que Cris volviera.
Cuando eso sucediera el Negro ya no podría entrar a la casa a cogerme a la hora que él quisiera y más que un alivio sentí una angustia terrible; me invadió un miedo de sentirme insatisfecha, desatendida sexualmente, experimente una enorme preocupación.
Y para agravar más la situación, por las evidencias que había descubierto, al parecer el Negro ya andaba cogiéndose a la ramera que le manchó la camisa de labial barato, entonces mi angustia y mis celos agolparon mi cabeza, mi estómago sintió un enorme vació, el interior de mi vagina, mi culo y mi boquita se estremecieron de imaginar ya no tener la verga del Negro y, peor, perderme de disfrutar de semejante placer…
Mientras mi mente hacía conjeturas sin poner atención a la conversación, el Negro metió la mano en su bolsillo trasero para sacar una factura y sin que él se diera cuenta, algo pequeño y brillante cayó al piso detrás de él.
¡Era un condón usado dentro de su empaque, con semen dentro!
El corazón me dio un vuelco. Me agaché rápidamente, lo recogí sin que el Negro se percatara, mientras él seguía hablando y le dictaba los datos de la factura a Cristian.
Mis celos estaban desbordados, mi cabeza dio muchas vueltas, mientras tenía eso en la mano, me hice mil presunciones, sentí un hueco en mi interior del coraje y para comprobar lo que ya suponía, olí el condón… su olor era inconfundible: el mismo semen espeso y salado que yo había tragado tantas veces y para disipar mis dudas, incluso con la punta de la lengua unas gotitas de aquel líquido seminal ya derretido sin su espesura característica… y sí. Era suyo. Ese sabor que ya me era familiar perfectamente estaba presente ahí. Era el sabor del Negro.
Con razón después de la hora de la comida se había tardado más de la cuenta en regresar al taller, seguramente se fue a coger con una ramera y ese condón con su semen era la evidencia. Los celos me atravesaron como un cuchillo caliente. Lo Imaginé esa otra mujer teniéndola de rodillas, chupándole su enorme verga y recibiendo esa misma leche dentro de ella y que yo sentía que ya me pertenecía. Me temblaron las manos. Quería gritarle, romper todo… pero me tragué la rabia. Dejé el condón usado visible sobre el respaldo del sofá y esperé invadida de furia.
El Negro terminó la llamada y me devolvió el celular con una sonrisa.
—Le habla su marido, señora— Dijo el muy cínico para que mi esposo escuchara el tono formal y respetuoso con el que aparentemente se dirigía a mí. Apenas tomé el teléfono y el Negro se pegó por detrás, me abrazó fuerte y empezó a besarme el cuello con su lengua, chupando, mordiendo y susurrando cínicamente en el otro oído donde no tenía el celular —Dile a tu maridito que todo está en orden, mi amor, que te estoy cuidando muy bien— y me succionó el lóbulo de mi orejita mientras yo me despedía.
—Sí, Cris, todo bien… te amo, mi amor —dije con la voz entrecortada, nerviosa y furiosa contra el Negro, no tanto por estar ahí abusivamente abrazando y besando mientras yo hablaba con mi marido, sino porque los celos me corroían por lo del condón usado que le encontré, así que terminé la llamada rápidamente. Me zafé de las manos del Negro y giré furiosa, tomando el condón y mostrándoselo al Negro.
—¿Qué mierda es esto? —le grité colérica, estampándole el condón en el pecho—¿Estuviste con alguna ramera antes de regresar al taller?
El Negro miró el condón y de inicio soltó una carcajada cínica.
—Vaya… mi putita está celosa. Ese condón no es mío, es de un amigo que me lo dio a guardar. ¿Por qué? ¿Te da rabia que otra zorra como tú también pruebe mi verga? — Me respondió mientras me miraba con arrogancia y yo cada vez más furiosa e impotente aún porque el muy cínico me quiso mentir sin que él supiera que el olor y sabor del semen yo lo conocía mejor que nadie, así que me zafée de un tirón de sus manos que me sujetaban y le reclamé airadamente como nunca lo había hecho.
—Seguramente por eso llegaste tarde después de la comida, ¿acaso crees que mi marido te paga tu salario para que dentro del horario de trabajo tú te estés cogiendo a tus rameras? — Yo estaba fuera de sí, le eché en cara el horario, pero en realidad mi furia era porque yo estaba segura de que él se estaba cogiendo a otra y mis celos me rebasaron, ahora sí me enojé demasiado, creo que ni con Cris había yo experimentado una sensación de traición y de celos. Y ese Negro me estaba haciendo sufrir de imaginarlo cogiendo con otra. Obvio no podía reclamarle más porque yo soy una mujer casada.
El Negro cambió el semblante y ahora su rostro reflejaba una inusual preocupación, se borró su sonrisa cínica y sarcástica y al sentirse ofendido y descubierto por mis palabras, se puso serio, como cuando un preso es declarado culpable ante las evidencias que lo incriminan.
Yo sentía que me quemaba por dentro porque estaba segura de lo que ese Negro infeliz había hecho, su cambio de semblante lo delataba porque ya no tenía manera de defender lo indefendible. Mis celos yo no podía soportarlos así que me di la media vuelta y subí corriendo a mi cuarto, cerrando la puerta con llave.
El Negro me siguió. Tocó fuerte.
—Abre, amor. Tenemos que hablar. — Me dijo con su voz ronca y preocupada.
—No. Vete. No quiero verte —grité desde dentro, con la voz rota de rabia y celos.
Él empezó a patear la puerta.
—¡Abre la puta puerta, carajo, o la tiro abajo!
Los gritos no pasaron desapercibidos y escuché como las ventanas de los vecinos se abrían para ver qué estaba pasando. El escándalo era grande. Yo temblaba de coraje y miedo, pero no abrí.
Después de varios golpes fuertes, el Negro se enfureció más aún y determinante me sentenció.
—Está bien, Me voy. Y no vuelvo a buscarte más. Que te follen tus celos.
Oí sus pasos avanzar por el pasillo. Mis celos de repente se disiparon porque el pánico me invadió. No podía dejarlo ir, no así. En ese momento sentí un vacío de imaginar que, de verdad, nunca más me volvería a buscar y no volvería a sentir su verga ni a degustar su semen. Sentí duro mi pecho suponer que no me cogería más y me entró el pánico, así que abrí la puerta y antes de que comenzara a bajar las escaleras, todavía en el pasillo le grité con algo de rabia, pero con el deseo de que detuviera su partida.
—¡Eyyy! ¡Negro! ¡Ten tu porquería de condón!
Él se detuvo con la cara seria e inexpresiva, estiró la mano. Le puse el condón en la palma.
Se dio la media vuelta rumbo a las escaleras para comenzar a bajar, pero antes de que diera un paso más, lo sujeté del brazo. Lo miré con ansiedad, con necesidad, con todo el deseo reprimido que me quemaba.
El Negro entendió mi mirada al instante. No hizo falta decir nada. Nos abrazamos con fuerza y nos fundimos en un beso lleno de frenesí puro. No fue forzado. Fue ansioso, desesperado, con lengua profunda y gemidos ahogados que apenas podíamos contener. Nuestras bocas se devoraban como si el mundo se fuera a acabar en ese pasillo. Sus manos grandes y callosas me recorrieron el cuerpo con desesperación: apretó mis senos por encima de la blusa, bajó por mi cintura y agarró mi culo con fuerza, subiendo después la falda para tocar directamente mis medias negras con estampado de mariposas.
Sentí sus dedos ásperos acariciándome mientras yo le subía una pierna y la enredaba en su cadera para que me sujetara del muslo.
Con la respiración agitada le bajé el cierre del pantalón de trabajo con ansiedad total. Saqué su verga gruesa, dura y palpitante, y la acaricié por encima de la tela un segundo ante de sentirla caliente y pesada en mi mano. Sin necesidad de que me diera ninguna orden, me arrodillé allí mismo en el pasillo, sobre el piso frío. Me la metí en la boca con una necesidad indescriptible. La chupé profundo desde la base hasta la punta, succionando con fuerza, alternando entre lamer toda la longitud con la lengua plana y chuparle los huevos pesados uno por uno. Mi saliva le chorreaba por toda la verga, bajando hasta sus bolas. El Negro gemía fuerte pero bajo, respirando agitado, sin insultarme, solo dejando escapar ese sonido ronco que me volvía loca.
—Joder… Putita… —susurró con la voz rota.
Se hincó frente a mí, me recostó ahí a medio pasillo, me levantó la falda con manos temblorosas, apartó mis medias, la tanga y me comió el coño con avidez salvaje. Su lengua gruesa y caliente entró profundo, lamiendo mis jugos, succionando mi clítoris hinchado mientras dos dedos me follaban la vagina. Me corrí en segundos, temblando entera, mordiéndome el labio para no gritar, inundándole la boca con mi chorro caliente. Él tragó todo sin parar, gimiendo contra mis labios vaginales.
Ninguno de los dos hablaba. Solo gemidos ahogados, besos húmedos y esa necesidad que nos quemaba. Nos entregamos al pasillo como si fuera la última vez que íbamos a follarnos.
—Có… cógeme… —le susurré al oído, la voz entrecortada.
Me puso de pie y me empinó contra la pared. Me subió la falda hasta la cintura, apartó las medias negras y me hundió toda su verga en la vagina con una embestida profunda y lenta. Me folló así, empinada, con fuerza contenida pero intensa, sus caderas chocando con mi culo en golpes sordos que resonaban bajito en el pasillo. Sentía cada centímetro abriéndome, rozándome justo donde más lo necesitaba.
Estaba a punto de venirse cuando le susurré, mirándolo por encima del hombro con los ojos vidriosos: —Échamelos en el culo… quiero sentirte ahí.
Se acostó rápido en la alfombra del pasillo. Yo me monté de espaldas sobre él, temblando de anticipación. Acomodé su verga gruesa y resbalosa contra mi ano y bajé lentamente, centímetro a centímetro. El apretón de mi culo en su verga lo hizo gemir fuerte, un sonido gutural indescriptible.
Cuando lo tuve todo dentro, empecé a rebotar con ansia, sintiendo cómo me llenaba completamente, cómo su verga gruesa me abría el culo de una forma que me hacía ver estrellas. Aceleré, mis sentones chocando contra sus muslos, las mariposas de mis medias negras iban rozando su piel. El Negro pegó tremendos gritos ahogados de placer al sentir el apretón caliente y estrecho de mi culo. Su verga parecía un volcán en erupción cuando se corrió dentro de mí: chorros calientes, espesos y abundantes que me inundaron el culo sin parar.
—Parece que orinas semen… —le gemí bajito, sintiendo cómo me llenaba por completo, cómo los chorros seguían saliendo uno tras otro, calientes y pegajosos, rebosando un poco y bajando por mis muslos sobre las medias negras.
Me bajé despacio, con las piernas temblando. Me arrodillé entre sus muslos abiertos y le succioné las últimas gotas de la cabeza de su verga, lamiendo hasta sus huevos, limpiándolo todo con mi lengua mientras él temblaba y suspiraba. Tragué lo que quedaba y le di un último beso suave en la punta, saboreando nuestro sabor mezclado.
Nos quedamos un segundo en silencio, jadeando, mirándonos con esa mezcla de miedo y adicción que ya no podíamos ocultar.
Me puse de pie, lo miré a los ojos y le di una cachetada fuerte.
—Nunca me compares con tus rameras.
Me metí a mi cuarto y cerré la puerta.
El Negro se quedó tirado en la alfombra del pasillo, riendo bajito, sabiéndose dueño de la situación. Sabía que ambos nos necesitábamos… y que debíamos cuidar la discreción si queríamos seguir gozando mutuamente.
Yo me quedé dentro de mi cuarto, temblando, con el culo lleno de su semen, el sabor de su verga en la boca… y los celos todavía ardiendo.
Pero también sabía que volvería.
Y que yo lo estaría esperando.
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