Sesión fotográfica (3)

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T. Lectura: 11 min.

El salón había dejado de ser un espacio de la casa para convertirse en un limbo de luz, sombras y piel desnuda. Ya no había barreras.

-Vamos a usar los distintos niveles de altura, anunció el fotógrafo, con la voz ligeramente ronca, pero manteniendo su implacable tono de director. Lau, quiero que te pongas de rodillas frente al sillón, sentada sobre tus talones. La espalda recta. José, tú te quedarás de pie, justo detrás de ella, como un muro de contención.

Ambos obedecimos en silencio, envueltos en una neblina de excitación. José se colocó, tan cerca que el calor de su cuerpo y la presencia de su erección irradiaban contra mi nuca y hombros.

Leo se llevó la cámara al rostro y enfocó. -No. José, estás encorvado, gruñó Nacho, bajando el objetivo. Tienes los hombros caídos, abre el pecho.

José intentó forzar la postura, echando los hombros hacia atrás, pero la tensión de estar completamente desnudo y tan cerca de su mujer lo mantenía agarrotado.

-Déjame corregirte, suspiró Nacho. El fotógrafo caminó hacia nosotros. Al estar arrodillada y ellos de pie, mi rostro quedó exactamente a la altura de la cadera del fotógrafo, a escasos centímetros. Su miembro, latía delante de mí nariz, irradiando un calor asfixiante.

Para poder llegar a los hombros de José sin que me moviera del encuadre, Nacho tuvo que inclinarse por encima de mi. Extendió sus largos brazos por encima de mi cabeza y agarró los hombros de David con firmeza, empujándolos hacia atrás.

-Aquí. Esta es la apertura que necesito, instruyó Nacho, obligando a mi marido a sacar el pecho.

Pero al hacer ese esfuerzo físico de estirarse y empujar, el fotógrafo tuvo que buscar equilibrio, basculando su pelvis hacia delante. Fue un movimiento creo que involuntario, pero en ese espacio tan reducido, la piel de la erección de Nacho rozó directamente contra mi mejilla.

El mundo se detuvo. El contacto fue suave pero eléctrico, cuando sentí el calor febril de la virilidad del fotógrafo deslizándose por mi pómulo durante un segundo eterno; era una masa dura, casi palpitante, que parecía tener vida propia. Podía verla: las venas, hinchadas, tensándose bajo la capa rosada del glande como cuerdas vibrantes a punto de romperse. quedé completamente congelada, con los labios entreabiertos, los ojos muy abiertos y el corazón golpeándome las costillas. Olía su piel, su deseo crudo, invadiendo sus sentidos.

José, desde su posición privilegiada, lo vio todo. Sus manos se cerraron y su propia erección dio un latigazo contra mi espalda. Era una mezcla insoportable de excitación.

Nacho terminó de ajustar los hombros de José. Lentamente, volvió a su posición recta, retirando su cadera de mi rostro, bajando su mirada hacia mis ojos. Por primera vez, su máscara de profesionalidad pareció resquebrajarse. Sus ojos estaban dilatados, y su pecho subía y bajaba con fuerza.

No se apartó de inmediato. Se quedó allí un segundo más de lo necesario, dejando que la tensión entre los tres se volviera sólida, hasta que retrocedió por fin hacia su cámara.

-Mantengan la postura, ordenó Nacho, llevándose la cámara a la cara con manos temblorosas. Nadie se mueve. Clic. Clic. Clic.

-Bien, cambiemos la dinámica, indicó Nacho, rodeándonos hasta colocarse en un ángulo lateral, buscando nuevo encuadre. José, te pido que te aproximes. Colócate justo detrás de ella, fundiéndote con su silueta. Es importante que tú permanezcas de pie mientras ella sigue en la posición arrodillada.

José, dio un mini paso al frente y su pelvis chocó con mis nalgas aceitadas. Su excitación era tan desbordante y errática que sus movimientos resultaron torpes. Su virilidad desnuda resbalaba sin control sobre la piel resbaladiza, buscando instintivamente una fricción que arruinaba la postura recta que Nacho había pedido.

-No, José, lo cortó Nacho de inmediato. Pareces un animal intentando rascarse, no una sombra fundiéndose con otra. Mientras dejaba la cámara sobre el trípode. Su rostro era una máscara de impaciencia técnica, pero la tensión en sus músculos y el balanceo de su propia erección al caminar demostraban que él también estaba al límite.

-Apártate un segundo. Deja que te enseñe cómo se hace un molde perfecto.

José dio un paso atrás, dejándome momentáneamente expuesta y vibrando bajo las miradas de ellos.

Nacho ocupó su lugar, se pegó a mi como un ladrillo caliente, clavándose justo en la curva inferior de mi espalda mientras permanecía arrodillada sobre la alfombra oscura. Su pija, dura y pesada, descendió con intención precisa, impactando sin piedad contra el montículo húmedo de mi vulva. El contacto fue violento pero exacto; un roce grueso de carne caliente contra los pliegues rosados de mi vagina. Mi espalda se arqueó instintivamente hacia la presión, forzando mi pelvis hacia atrás para acoger ese peso contra mi punto más sensible.

-Así es como lo estabas haciendo tú, José, exclamó Nacho. Mientras mantenía esa presión deliberada en mi entrada, sus dedos se movieron con una maestría casi obscena. Agarró su propia verga con un agarre firme, y lentamente comenzó a deslizarla, rozando mis glúteos aceitados como si estuviera puliendo madera barnizada. La pija ascendió por el surco entre mis nalgas, separándola momentáneamente del contacto jugoso que mantenía abajo, pasando por mi asterisco, hasta posarse en la cresta superior, justo donde la curva lumbar se encuentra con la carne tensa.

-Es así, sentenció Nacho, deteniendo el movimiento. José, observándolo todo desde un ángulo lateral, sintió cómo un calor punzante le subía por el pecho. Ver a otro hombre manejar su propia verga, restregándola contra su mujer como si fuera una demostración técnica en un manual fotográfico, era una humillación exquisita y jodidamente excitante.

Tras unos segundos que parecieron durar siglos, Nacho se separó con lentitud tortuosa de mi espalda. Y giró hacia José. Su respiración era visiblemente más agitada, y una fina capa de sudor perlaba su frente.

-Tu turno, ordenó Nacho, retrocediendo hacia su cámara. Y no pierdas la línea.

José ocupó el lugar que el fotógrafo acababa de dejar caliente. Se pegó a mi espalda. Con la lección de Nacho grabada a fuego en las retinas, imitó el movimiento. Al sentir a mi marido ocupando el espacio exacto que el fotógrafo le acababa de “enseñar” fue demasiado para mí.

Clic. Clic. Clic.

La ráfaga del obturador estalló, congelando en blanco y negro la sombra de dos cuerpos fusionados, orquestados milímetro a milímetro por el hombre que nos observaba desde la lente.

Nacho caminó hacia uno de los focos laterales y lo apagó por completo. El salón quedó sumergido en una penumbra densa, rota únicamente por la luz que caía sobre el terciopelo del sillón.

-José, siéntate en el centro del sillón, ordenó el fotógrafo. Tu piel tiene el tono perfecto para actuar como reflector. Necesito que tu cuerpo sea el fondo blanco sobre el que se dibuje Lau.

José, obedeció. Se sentó en el centro, completamente desnudo, con las piernas ligeramente abiertas y la espalda apoyada en el respaldo.

-Lau, siéntate sobre él, continuó Nacho. Pero no de frente. De espaldas a José. Usa sus muslos como asiento, pero sin que vuestras pelvis se toquen de lleno.

Me acomodó sobre los muslos desnudos de mi marido, mis piernas aceitadas me hicieron resbalar suavemente. Él hizo el amago de rodear mi cintura con las manos.

-¡Manos quietas, José!, lo cortó Nacho de inmediato. Tus brazos deben quedar a los lados o apoyados atrás. Acercándose con la cámara en una mano y se plantó justo frente a mí. Debido a la diferencia de altura, al estar yo sentada sobre José y Nacho de pie, mi rostro quedó nuevamente a la altura de la cadera del fotógrafo.

-Para que la luz de contorno funcione, necesito que te inclines ligeramente hacia delante, Lau, instruyó Nacho -Necesito que tu espalda se separe del pecho de José para que la luz caiga por detrás. Apoya tus manos en mis caderas para mantener el equilibrio.

Trague saliva. Extiendo mis manos temblorosas y lo tomo por la cintura desnuda. Al inclinarme hacia adelante sobre los muslos rígidos de mi marido, expuse mi espalda completa al fotógrafo. Al hacer ese movimiento deliberado, mi cara ascendió hasta quedar justo a la altura de la anatomía desnuda y tensa de Nacho. Esa carne dura rozó primero nuevamente el borde de mi mejilla, para luego deslizarse con insolencia rozando la punta sensible de mi nariz.

Ahí apreté las manos en las caderas de Nacho, atrayéndolo hacia mí como si temiese caer, aprovechando frotar mis labios contra su virilidad.

José permanecía inmovilizado en el sillón. Desde su ángulo, mi espalda y nuca le bloqueaban por completo la vista frontal. No podía ver mi rostro, pero su cerebro estaba volviéndose loco rellenando los huecos. Sabía exactamente a qué altura estaba el fotógrafo. Su tortura no era visual, era puramente psicológica y sensorial. José imaginaba la carne dura y caliente de ese hombre rozando los labios de su esposa, que era realidad, sumada a la fricción constante que le ejercía retorciéndome sobre su regazo.

El salón vibraba con la tensión de tres respiraciones desbocadas. Nacho levantó la cámara, apuntando hacia abajo para capturar un plano mi cara.

Clic. Clic. Clic.

-Abre un poco más los labios, Lau, susurró Nacho, la pose es perfecta.

José, sentía mi cuerpo frotándose contra él, pero por su mente solo pasaba que es lo que sucedía con mi boca y la desnudez del fotógrafo.

Nacho dio por fin un paso atrás, rompiendo la tensión física que amenazaba con hacerlos estallar a los tres. Fue entonces cuando perdí mi centro de gravedad, al alejar sus caderas donde me sostenía. Fue ahí que una mano resbaló por su abdomen y se ajustó, directamente contra el miembro desnudo, duro y palpitante del fotógrafo.

Quedé hipnotizada. Notaba como por sus venas corrían por la longitud de la carne, saltando con cada latido acelerado de la sangre del hombre.

Fue entonces cuando fui incapaz de mantener la quietud, y suavemente empecé a mover la mano. No fue un roce elegante; fue una presión rítmica e instintiva. Una gota clara y espesa brotó de la cúspide y se mezcló con el rastro de sudor de mi propia palma. Nacho se quedó petrificado, como si una corriente eléctrica lo hubiera atravesado. No se apartó; aceptó el contacto con una quietud tensa, soltando un ligero jadeo seco antes de que sus abdominales comenzaran a vibrar levemente bajo la presión de mi mano.

Detrás de ella, en el sillón, José pudo percibir el espasmo muscular de mi espalda. Seguramente no veía mucho, pero ya sabía con certeza que su mujer se hallaba aferrada a la pija del fotógrafo, inmóvil, sintiéndose un observador impotente de su propia lujuria en acción.

Tras unos segundos que parecieron eternos, lo solté, retirando la mano como si me hubiera quemado. me incorporo lentamente, volviendo a buscar el respaldo del sillón contra mi espalda, sintiendo la erección de mi marido.

Nacho tragó saliva. Su rostro era una esfinge de mármol que empezaba a resquebrajarse se giró hacia su trípode con total naturalidad sin mirar a ninguno de los dos.

El ambiente en el salón había cambiado. Cuando el fotógrafo volvió a girar hacia nosotros, sus ojos estaban desorbitados y su actitud había sido reemplazada por algo mucho más depredador.

-Hemos agotado la fotografía estática, anunció Nacho, rompiendo el silencio. Ahora vamos a simular acción.

-¿Acción? ¿A qué te refieres?, pregunto yo.

-Quiero que simulemos el acto, pero sin llegar a consumarlo. Quiero capturar la tensión previa, el hambre. José, quédate exactamente dónde estás, recostado en el sillón. Lau, ponte de rodillas en el suelo, entre sus piernas.

Tragando saliva obedecí, arrodillándome frente al mástil de José.

-Lau, quiero que le sujetes la pija. Agárrala como si fueras a devorarla, como si estuvieras a punto de comerte un helado que se derrite. Acerca tu rostro, abre los labios, pero no la toques con la boca. Solo simúlalo. El aire entre tus labios y su piel es lo que me interesa.

Sin dudar, la envolví con mis dedos y acerco el rostro, entreabriendo mis labios. Nacho levantó la cámara y disparó un par de veces.

-Tienes la mano rígida Lau, estás posando. Y yo no quiero poses, quiero instinto, decía Nacho mientras se ponía a mi lado, arrodillándose en la alfombra junto a mí. El agarre tiene que transmitir presión. Suéltalo un momento.

Abrí mi la mano, retirando los dedos. Y sin dudarlo un segundo, Nacho, bajó su mano grande hacia la región pélvica de José. El agarre fue inmediato, sus dedos anchos se cerraron alrededor del tronco principal, envolviéndolo completamente en un puño poderoso.

Nacho no se conformó con simplemente sujetarlo. Con una presión calculada, apretó la carne, y luego deslizó ligeramente la mano hacia arriba, para volver a tensarse sobre el centro. Era un baile mínimo, pero cargado de intención; una exhibición táctil para mí.

José quedó helado, el shock inicial le cortó la respiración al sentir esa palma grande. Yo, no podía creer lo que veía. Nunca vi a mi marido, siendo agarrado y moldeado por otro hombre. Eso me excitó hasta el punto de perder el aire.

Nacho me miró por encima del hombro, con sus ojos oscuros brillando llenos de satisfacción profesional. Su voz salió ronca, casi rasposa. – ¿Ves la presión? Es firme… pero promete más.

El fotógrafo, se puso en pie y retrocedió, recogiendo de nuevo su cámara.

-Ese es el nivel de posesión que necesito en el encuadre, dijo, mientras José intentaba recuperar el aliento en el sillón. -Ahora inténtalo tú, Lau.

El aire en el salón era puro fuego. Yo, arrodillada en la alfombra entre las piernas de mi marido, levanto las manos. Esta vez no hubo torpeza. Había visto a Nacho hacerlo.

Mis dedos se cerraron alrededor del tronco duro y caliente de José. Aplique la presión exacta, para marcar las venas que corrían bajo la piel tensa. Me inclino hasta que mi quede a milímetros de él. Dejando caer la otra mano por la cara interna de su muslo, mientras mis dedos empezaban a frotar con un movimiento ascendente, lento y deliberado.

José soltó un jadeo sordo, cerrando los ojos por un segundo.

-Ese es el agarre, aprobó Nacho, quédate así. Necesito que la cámara vea lo que ve José. -Perfecto Lau, acerca el rostro y gira un poco la cabeza hacia para que la luz te dé en el pómulo. Abre los labios. Respira sobre él.

Obedecía a cada orden, a cada mandato sin pensar; estaba ciega por esa necesidad urgente. Pego mi mejilla al miembro duro y caliente de José, mientras sentía el calor denso de la respiración de Nacho que se clavaba en mi nuca, para tomar con su cámara cada detalle.

Nacho no se quedaba quieto. Para ajustar el enfoque, movía su peso, con cada orden apenas audible que me susurraba al oído, y con ese balanceo, su estaca desnuda se frotaba contra mi piel, con un roce deliberado.

La tortura de la simulación se volvió insoportable, mis labios rozando la pija de mi marido, y la fricción constante, del fotógrafo restregándose contra mí por detrás era una tortura exquisita. El calor que emanaba de esas carnes me hacía hervir la piel, sentía mi abundante lubricación, escurriéndose entre mis muslos. Me estaba volviendo loca lentamente.

Fue en ese momento, cuando la simulación se quebró. Tenía a José justo ahí, caliente, vibrante, esperando ser engullido por mi boca abierta; y la necesidad eclipsó al arte.

Dejé el suave contacto de miss labios y de un golpe me inclino hacia adelante con toda la fuerza hacia su tronco, envolviendo la cabeza hinchada de mi marido. No era un lamido delicado, sino una acción desesperada, hambrienta. Succionando con furia real.

José soltó un gemido ronco y profundo, dejando caer la cabeza contra el respaldo del sillón. Y Nacho no se detuvo, siguió empujando con sus caderas, asegurándose de que su propia virilidad estuviera rozando insistentemente mi cuerpo mientras bebía de mi esposo. La ráfaga era continua de la cámara, capturando el espectáculo sucio, de cómo devoraba a José.

El salón dejó de ser un estudio fotográfico para convertirse en un escenario de lujuria cruda. El sonido mecánico de la cámara quedó ahogado por los ruidos húmedos de la saliva, los gemidos rotos de José y la respiración pesada de los tres.

El fotógrafo bajó el objetivo por un segundo, pero no se separó de mi espalda. Al contrario, dejó caer todo su peso, apretándome entre el cuerpo de mi marido y el suyo propio.

-Esa es la verdad Lau, gruñó Nacho, con la voz totalmente desprovista de su habitual frialdad. Cómetelo. Demuéstrale a la cámara de quién eres.

Había perdido el sentido de la realidad; estaba engullendo la erección de mi marido con una ferocidad que desafiaba toda lógica escénica, ignorando por completo el objetivo de la cámara y cualquier protocolo establecido. Pero de repente, una mano firme se posó sobre mi hombro y me obligó a detenerme.

-Basta, Lau. Para, la voz de Nacho cortó el aire como un cuchillo de hielo. Te estás dejando llevar por el instinto, vas a hacer acabar a José.

Eso me detuvo en seco. Aunque mi boca permaneció entreabierta a milímetros del miembro caliente de José, con un fino hilo de saliva.

José, que había estado al borde mismo del abismo, emitió un gruñido bajo, áspero, cargado de pura protesta por esa pausa impuesta. -Necesitamos recuperar la compostura para seguir con el trabajo, continuó Nacho, posicionándose de nuevo justo detrás mío, pegando sus caderas a mis glúteos. Quiero que mantengas a José en tu mano, pero que te quedes quieta. La cámara necesita capturar la anticipación, no el acto.

Desde la perspectiva de José, recostado en el sillón, solo se veía la línea tensa de mi espalda, que ocultaba todo lo que ocurría de cintura para abajo. En ese instante, Nacho no esperó y sin preámbulos ni aviso, empujó sus caderas hacia delante con fuerza brutal y absoluta y su incontrolable pene se hundió por completo dentro mío; la penetración fue total, profunda, tomando de golpe todo el espacio disponible de mi interior ya lubricado.

El impacto fue tan violento e inesperado que no pude, ni quise evitarlo; echó mi cabeza hacia atrás, forzando el cuello al límite, junto con un sonido ahogado, mezcla perfecta entre un grito de sorpresa y el jadeo desesperado por la falta de aire, mientras mis dedos se cerraban instintivamente con fuerza alrededor de la verga de José.

-Muy bien, susurró Nacho en mi oreja. Eso es exactamente lo que quiero. Esa expresión de puro shock. No te muevas. Mantenlo fijo ahí.

Estaba paralizada. La carne de Nacho se había quedado enterrada dentro mío. Ese tronco denso y duro latía con una fuerza; podía sentir cada vena, cada salto del pulso del fotógrafo contra mis propias paredes internas. Era un calor abrasador; un secreto letal que José, a escasos centímetros de distancia, era incapaz de ver.

-Ahora, ordenó Nacho, recuperando su tono de director, quiero que lo hagas más despacio. Más lento. Quiero capturar cada detalle de cómo tus manos lo masajean. Mueve tu boca sobre él con calma… mientras te mueves conmigo.

José cerró los ojos, entregado al masaje lento y experto de mi mano y boca, convencido de que aquel ritmo pausado era una nueva técnica. No tenía ni idea de que cada vez que yo me deslizaba hacia delante para rozar mis labios contra él, lo hacía impulsada por la embestida invisible y silenciosa del hombre que estaba detrás. Que no paraba de apretar el gatillo de su cámara.

-José, estás abriendo los ojos, explicó el fotógrafo. Vamos a aislar tus sentidos, deteniendo el movimiento de sus caderas sin salirse de mi interior. Extendió la mano hacia un lado, agarrando una de las corbatas que había descartado al principio de la sesión. Me la entregó. -Lau. Véndale los ojos, decreto el fotógrafo.

Tragando saliva otra vez. Con manos temblorosas, tomé la tela oscura. Tuve que inclinarme, levantando los brazos para rodear la cabeza de José. El miembro de Nacho, con ese movimiento se ajustó con más perfección en mi canal, arrancándome un suspiro ahogado que era mitad placer, mitad esfuerzo.

El mundo de José se volvió negro. -Ahora no hay luces, no hay cámara y no hay distracciones, susurró Nacho, ahora solo existe lo que ella te haga sentir. Lau, demuéstrale lo que es la oscuridad.

El fotógrafo no necesitó decir nada más. Con la venda puesta, ya no tenía que disimular. Ya no tenía que reprimir mis gestos.

Me agarro de los muslos de mi marido empujar mis caderas hacia atrás con una desesperación brutal. El movimiento fue total, me ensartó de un golpe con autoridad, mientras mi boca, sin pausa alguna, se cerraba sobre José como un depredador hambriento.

El sonido principal era un choque sordo cada vez que Nacho impactaba contra mi punto más profundo. Era el eco de la piel chocando, el golpe seco del músculo contra el hueso pélvico, todo envuelto en una capa densa de lubricación caliente. Este ruido se fusionaba con el ritmo constante y obsceno de mi succión.

José, sumido en esa oscuridad sensorial, vivía un éxtasis absoluto y desmedido. No podía ver la cogida que yo estaba recibiendo, ni la forma exagerada de mi boca alrededor de él, pero escuchaba mi rugido primario, sentía la presión implacable contra su verga, y percibía cada cambio en el ritmo como una nueva oleada de placer puro.

Nacho agarró firmemente mis caderas, sus dedos se hundieron y con ese agarre, él dictaba el ritmo, un compás implacable y primitivo que no admitía tregua: un impacto profundo, un segundo de fricción violenta, un retroceso seco y otra embestida fulminante.

José en el sillón estaba a punto de estallar, en la oscuridad de su ceguera, yo sentía que llegaba a mi límite físico. Atrapada entre las embestidas implacables de Nacho a mi espalda y la necesidad desesperada de complacer a mi marido, mi cuerpo colapsó a puro placer.

Con un grito sordo que vibró directamente contra la piel de José, acabé violentamente. Mis muslos temblaron sin control y las paredes de mi interior se contrajeron en espasmos salvajes, atrapando y exprimiendo la hombría del fotógrafo. Fue un orgasmo tan brutal, profundo y prolongado que me dejó completamente sin oxígeno, rompiendo por completo el ritmo de las tomas que iba tomando Nacho.

Nacho, sintiendo mis contracciones extremas ordeñándolo desde dentro, decidió cortar la escena antes de perder él mismo el control. Tiró de sus caderas hacia atrás de golpe.

José, aún vendado y al borde de su propio clímax, sintió de repente la fricción cesó. Mi peso varió y que me desplomó hacia delante, apoyando mi frente sudada sobre su abdomen y liberando su pija a punto de estallar de mi boca.

Antes de preguntar qué pasaba, sintió un tirón en la nuca. La luz lo cegó por un segundo. Lo primero que vio fue verme, arrodillada entre sus piernas, temblando por las réplicas mi orgasmo, con el rostro enrojecido y el torso cubierto de sudor. Luego levantó la vista. Nacho ya no estaba pegado a mi espalda. Había dado un paso atrás.

Continuará.

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