Sara: 36 años, bióloga marina española. Alta (1.76m), piel blanca que se enrojece y broncea con el sol del Chocó, pelo rubio corto (estilo práctico para el campo), cara atractiva y expresiva. Cuerpo exuberante: tetas medianas pero firmes y llamativas, culazo prominente y redondo (lo que más destaca), piernas fuertes y bien torneadas. Profesional, dedicada, algo reprimida sexualmente por la rutina matrimonial.
Carlos (yo, narrador en 1ª persona): Profesor español, más intelectual, celoso pero con un morbo que va creciendo conforme avanza la historia.
Don Eusebio: 51 años, negro, fuerte pero con barriga de años de cerveza y buena vida, brazos musculosos de remar, pecho y espalda velludos, piel muy curtida, dientes grandes y sonrisa pícara. Habla con fuerte acento chocoano, grosero, directo y con humor caliente.
Yuliana: 20 años, morena clara (piel canela), cuerpo muy joven y exuberante, especialmente un culo monumental, grande, firme y redondo que mueve de forma natural. Gentil, sonriente, servicial, habla más suave que su padre pero con el mismo acento costeño.
El calor en Nuquí era sofocante, como si el aire mismo sudara. Apenas bajamos de la avioneta, la humedad nos envolvió y pegó la ropa al cuerpo. Sara caminaba a mi lado con sus shorts caqui que se le ajustaban al culazo prominente y redondo, y una camiseta blanca de tirantes que ya marcaba claramente sus tetas por el sudor. Su pelo rubio corto se le pegaba en la nuca. Estaba preciosa, y yo no podía evitar sentirme orgulloso… y un poco nervioso.
En el muelle nos esperaba don Eusebio. Un hombre negro, de 51 años, fuerte, con barriga marcada y brazos musculosos. Llevaba una camiseta vieja sin mangas que dejaba ver el pecho velludo y la piel curtida por años al sol.
—Buenas tardes, ¿los señores españoles? —dijo con su voz ronca —. Yo soy Eusebio. Bienvenidos. La lancha está lista para llevarlos a la cabaña.
Sus ojos se posaron en Sara y la recorrieron lentamente. Tragó saliva y sonrió con esos dientes grandes.
Mientras cargábamos las maletas, bajó por el muelle Yuliana, su hija. Veinte años, morena clara, pelo negro largo, cara bonita y una sonrisa gentil. Su cuerpo joven era espectacular, especialmente ese culo monumental, grande, firme y redondo que se movía con cada paso . Vestía una blusa ligera y una falda corta que no alcanzaba a disimularlo.
—Papá, aquí está el agua fría —dijo con voz suave—. ¿Ellos son los doctores?
—Sí, mija. Doña Sara es la bióloga y don Carlos el profesor.
Yuliana nos saludó amablemente, mirándonos con curiosidad.
Subimos a la lancha. El motor arrancó y nos alejamos del muelle. El viaje duraría casi dos horas entre manglares y costa. Las olas hacían que la lancha se balanceara y las salpicaduras de agua salada nos mojaban constantemente.
Sara estaba sentada frente a mí. Cada golpe de ola hacía que su cuerpo se moviera y sus tetas rebotaran suavemente bajo la tela húmeda, que empezaba a transparentarse. Don Eusebio, de pie al timón, giraba la cabeza cada cierto rato y la miraba con deseo evidente. Sus ojos se clavaban en ella sin disimulo.
—Doña Sara, ¿es la primera vez que viene al Chocó? —preguntó con tono amable, pero sin quitarle la vista de encima.
—Sí, es la primera vez —respondió ella sonriendo educadamente.
—Pues qué bueno que hayan llegado. Es un placer llevar a una señora tan… bien parecida —dijo, dejando que la pausa hablara por sí sola. Sus ojos bajaron un segundo hacia el culazo de Sara, que se marcaba contra el asiento de la lancha—. Por aquí la gente es buena, pero hay que tener cuidado. Una mujer como usted llama mucho la atención.
Sara se sonrojó ligeramente y cruzó las piernas. Yo sentía un nudo en el estómago. Celos… pero también una extraña excitación que empezaba a crecer.
Yuliana, sentada al lado de su padre, solo observaba en silencio con una media sonrisa, como si estuviera acostumbrada a las reacciones de su papá.
En un momento, cuando una ola más fuerte nos levantó, don Eusebio soltó una mano del timón y la extendió hacia Sara para que se agarrara.
—Agárrese de mí, doña Sara, no vaya a caerse. Estas olas son traicioneras —dijo con voz grave, mientras sus dedos fuertes rozaban el brazo de ella más tiempo del necesario.
El viaje apenas comenzaba, pero yo ya sabía que estas semanas en la cabaña aislada iban a poner a prueba muchas cosas.
Después de casi dos horas de viaje, con el sol pegando fuerte y el cuerpo de Sara brillando por la mezcla de sudor y agua salada, don Eusebio señaló hacia una pequeña bahía rodeada de manglares y selva tupida.
—Ahí está, doña Sara. Esa es la cabaña ecológica. —dijo con voz ronca, sin dejar de mirarla.
La cabaña era bonita pero rústica: construida sobre pilotes de madera, techo de zinc, una terraza amplia que daba al mar y rodeada de vegetación espesa. Solo se accedía por agua. Perfecta para el trabajo de Sara, pero muy solitaria.
Don Eusebio acercó la lancha al muelle y bajó primero. Extendió las manos, pero cuando llegó el turno de Sara la agarró directamente de la cintura con sus manos grandes y fuertes, levantándola sin esfuerzo. Sus dedos gruesos se hundieron con fuerza en la carne blanca de sus caderas, presionando y rozando abiertamente la parte superior de su culazo.
—Cuidadito, doña Sara… el muelle está resbaloso —murmuró ronco, pegado a ella. Sus ojos negros devoraban descaradamente sus tetas, que se marcaban duras bajo la camiseta mojada y casi transparente, con los pezones bien visibles.
Sara soltó un jadeo suave y se sonrojó intensamente. Cuando por fin la bajó, las manos de él bajaron un poco más, apretándole el culo por un segundo. Ella dio un paso atrás, ajustándose la ropa con las mejillas ardiendo. Yo bajé las maletas en silencio, con un nudo ardiente en el estómago y la polla latiéndome.
Yuliana saltó con agilidad, su culo monumental moviéndose de forma hipnótica
—Papá, ¿les ayudo a acomodarse? —preguntó con su voz gentil.
—Claro, mija. Tú encárgate de la señora mientras yo le explico algunas cosas a don Carlos.
Mientras Yuliana le mostraba el interior de la cabaña a Sara (dos habitaciones, cocina sencilla, baño con ducha exterior), don Eusebio se quedó conmigo en la terraza. Pero sus ojos no dejaban de seguir a mi mujer cada vez que ella aparecía en la ventana o en la puerta.
—Jue’puerca… su esposa es una hembra muy bien servida, don Carlos —dijo bajando un poco la voz, pero sin esconder el deseo—. Esa piel blanca, ese pelo rubio… y sobre todo ese culazo que tiene. Perdón que se lo diga, pero en el Chocó no se ven mujeres así todos los días.
Me quedé callado, sin saber qué responder. Él continuó, ahora con una sonrisa más amplia y pervertida:
En ese momento Sara salió a la terraza para tomar aire. La humedad había hecho que la camiseta se le pegara completamente al cuerpo, marcando sus tetas y los pezones endurecidos por el contraste de temperatura. Don Eusebio la miró sin disimulo, lamiéndose los labios inconscientemente.
—Doña Sara, si necesita cualquier cosa… cualquier cosa… me avisa —dijo con voz más grave—. Yo vivo cerca, en la casita del muelle principal. Puedo venir todos los días. Y si quiere refrescarse, hay una playita privada aquí detrás, ideal para bañarse sin ropa… digo, sin tanta gente.
Sara sonrió incómoda pero educada:
—Muchas gracias, don Eusebio. Es usted muy amable.
La primera noche en la cabaña fue un infierno de calor y humedad. El aire era tan espeso que costaba respirar. Sara, agotada, se quitó toda la ropa sudada y se metió en la cama solamente con una fina camiseta interior de algodón blanca que apenas le llegaba a las caderas. Sin sujetador, sus tetas y sus pezones rosados se marcaban duros y erectos contra la tela casi transparente. La camiseta se le había subido tanto que dejaba al descubierto la mitad de su culo redondo, blanco y suave, con esa curva perfecta que tanto me volvía loco.
Me senté en la terraza, fumando, observándola desde la puerta abierta. Mi polla ya estaba dura solo de verla así, tan expuesta. La luna iluminaba su piel blanca, haciendo que su culazo brillara de forma obscena.
De pronto escuché pasos afuera.
—¿Todo bien, don Carlos? Soy Eusebio. Vi luz y vine a ver si necesitaban algo.
Entró sin esperar respuesta, con una linterna en la mano. El haz de luz recorrió la habitación y se clavó directamente en la cama donde dormía Sara.
—Jue’puerca… —murmuró ronco cuando la luz iluminó el cuerpo de mi mujer.
La linterna temblaba en la mano de don Eusebio, pero no por miedo. Era un temblor de pura tensión, de deseo contenido. El haz de luz se mantenía fijo en el culo de mi mujer, en esa carne blanca y suave que la camiseta subida dejaba a merced de su mirada. Vi cómo se tragaba saliva, cómo su pecho velludo se inflaba con una respiración agitada. El silencio en la cabaña era total, solo roto por el zumbido de los insectos y por el jadeo casi inaudible de don Eusebio.
Un pensamiento retorcido, una idea oscura y excitante, se abrió paso en mi mente. En lugar de enfurecerme, una oleada de morbo me recorrió como nunca antes había sentido. Era una locura, una traición, pero el poder de la situación era irresistible. Me levanté lentamente, sin hacer ruido, y me acerqué a él, dejando que mi sombra se uniera a la suya sobre el suelo de madera.
—Espectacular, ¿verdad, don Eusebio? —le susurré al oído, con una voz que no reconocía como mía, baja y cargada de una electricidad peligrosa.
Don Eusebio giró la cabeza hacia mí, sorprendido, pero no apartó la linterna del culo de Sara.
—¿Usted me está hablando en serio? —preguntó con voz baja y ronca.
—Tranquilo —continué acercándome más. Mi voz era apenas un murmullo—. Mírala bien. Fíjate en lo dura que tiene la piel ahí. Es toda suave por dentro, pero se pone firme cuando la tocas.
Don Eusebio se quedó sin palabras. Miraba de mi cara al culo de Sara, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. La linterna bajó un poco, iluminando ahora el pliegue donde terminaba su espalda y comenzaba esa curva perfecta.
—Ese culazo… —dije, acercándome aún más, casi rozándolo—. Es lo que más me gusta de ella. Me encanta cómo se mueve cuando la follo por detrás. Le doy toda la polla y lo muevo así… —hice un gesto sutil con mis caderas—. Y rebota, Eusebio. Rebota como si fuera hecho para eso.
Un gruñido bajo y animal escapó de la garganta de don Eusebio. Su respiración se aceleró, y vi cómo se le endurecía el pene bajo el pantalón corto y gastado que llevaba. Ya no había fingimiento, ni excusas. Solo dos hombres compartiendo un deseo primitivo por la misma mujer.
—A veces… —seguí, disfrutando de mi poder, de mi propia perversión—. A veces, cuando está así, dormida, me la cojo mientras duerme. La levanto un poco la pierna, como la tiene ahora, y me la meto despacito. Nunca se despierta. O si lo hace, finge que sigue dormida. Creo que hasta le gusta.
La mano de don Eusebio se movió. Inconscientemente, se ajustó los huevos, apretando su erección a través de la tela. La linterna se movió con él, trazando un círculo de luz sobre el muslo de Sara, que se movió ligeramente, emitiendo un murmullo incoherente en sueños. Nos quedamos quietos, ambos conteniendo la respiración. Cuando se calmó, él me miró, y en sus ojos no había solo deseo, sino una especie de respeto, de complicidad cavernaria.
Me aparté de él y me senté de nuevo en la terraza, dejándolo solo con la luz, con la visión de mi mujer expuesta. Él se quedó allí un minuto más, bebiéndola con los ojos, devorándola a distancia. Luego, con un movimiento lento, apagó la linterna. La oscuridad nos envolvió de nuevo.
—Buenas noches, don Carlos —dijo, y su voz sonó diferente, confundido—. Descanse.
Me quedé solo, con la polla a punto de reventar. Me acerqué a la cama, levanté un poco más la pierna de Sara y la penetré despacio mientras dormía. La follé con fuerza, imaginando que don Eusebio estaba mirando, imaginando sus manos negras sobre ese mismo culazo que yo estaba agarrando. Sara se despertó a medias, gimiendo, y me pidió que fuera más fuerte.
Me corrí dentro de ella con violencia, pensando en lo que vendría mañana.
Cuando terminamos, Sara se durmió abrazada a mí con una sonrisa satisfecha. Yo me quedé despierto, mirando el techo, sabiendo que había abierto una puerta peligrosa… y que ya no quería cerrarla.
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Excelente, he tenido ese mismo deseo con mi mujer.
Que sea follada frente a mi o a mi hija también
Hola. Cómo son tu mujer y tu hija.
excelente relato, espero leer mas!!
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