Una semana con él

1
10458
T. Lectura: 4 min.

Mi esposa se fue una semana entera a la capital con su amante. Yo pedí vacaciones y me quedé en casa con los niños para que ella pudiera vivir esos días sin ninguna preocupación ni límite. Desde el primer momento supe que no iba a ser una simple escapada. Ella lo necesitaba y yo aceptaba mi lugar.

Durante toda la semana me mantuvo al tanto de cada detalle. Cada foto y cada audio que recibía era una nueva muestra de lo que yo no podía darle.

Primer día:

Apenas llegó al hotel, su amante la recibió con hambre. La empujó contra la puerta apenas entró. Le subió el suéter rojo hasta la cintura y la lencería roja de encaje quedó completamente expuesta. Le bajó la braguita solo lo necesario y le metió dos dedos dentro mientras la besaba profundamente. Ella me mandó una foto con los dedos todavía dentro de su coño brillante. “Ya estoy empapada”, escribió. Esa misma noche la folló contra la pared, levantándole una pierna. Sus tetas grandes saltaban con cada embestida fuerte y profunda. Me mandó un audio de sus gemidos mientras él la penetraba sin parar. Yo estaba en casa, con la polla en la mano, escuchando cómo otro hombre le daba lo que ella siempre había querido: duración, grosor y esa intensidad que la hacía temblar.

Segundo día:

Por la mañana me envió fotos de ella de rodillas. El suéter rojo todavía puesto, la lencería desordenada. Tenía la verga de él dentro de la boca, mirándolo a los ojos mientras se la chupaba despacio y profunda. Por la tarde volvió a escribirme. Esta vez la tenía a cuatro patas sobre la cama. Él la penetraba desde atrás con fuerza, agarrándola de las caderas, haciendo que sus tetas pesadas se balancearan. “Me está follando tan profundo… no paro de mojarme”, me dijo en un mensaje de voz. Me contó que se corrió dos veces seguidas antes de que él se corriera dentro de ella. Esa noche me masturbé tres veces escuchando el audio repetido, sabiendo que mi esposa estaba recibiendo placer de un nivel que yo nunca había logrado darle.

Tercer día:

Me mandó una foto después de ducharse. El suéter rojo abierto, la lencería roja pegada a su piel húmeda y marcas suaves en los pechos donde él la había agarrado con fuerza. Esa noche la folló durante más de una hora. Cambiaba de posición constantemente: primero de lado, luego ella encima, luego de nuevo a cuatro patas. Me describió cómo la tenía contra el espejo del baño, viéndose a sí misma mientras él la penetraba por detrás. “Me miraba a los ojos por el espejo y me decía que mi coño era suyo esta semana”, me escribió. Yo leí ese mensaje sentado en nuestra cama, masturbándome lentamente, sintiendo cómo crecía la humillación y la excitación al mismo tiempo.

Cuarto día:

Esta vez me envió varias fotos seguidas. Una de ella chupándosela en la orilla de la cama, con saliva cayéndole por la barbilla. Otra de él penetrándola en misionero, con sus piernas abiertas y el collar moviéndose al ritmo de las embestidas. La última foto era ella con las piernas abiertas, el coño hinchado y rojo, con el semen de él escurriendo lentamente. “Hoy me corrió dos veces dentro”, me escribió. Después me mandó un audio largo donde se escuchaba su voz cansada pero satisfecha: “Nunca me habían follado tantas veces seguidas… me siento tan llena”. Yo me corrí escuchando ese audio, completamente consciente de que otro hombre estaba satisfaciendo a mi esposa de una forma que yo no podía.

Quinto y sexto día:

Los días más intensos. Me contó que una noche la tuvo casi toda la noche. Empezaron en la cama, luego en el sofá del hotel, después contra la ventana con las cortinas abiertas. La folló en todas las posiciones posibles. Me describió cómo la hizo sentarse en su regazo de espaldas y le metió los dedos en la boca mientras la penetraba. Otra noche la puso de rodillas en el piso y le folló la boca hasta que le corrió en la lengua. Ella me mandó una foto con el semen en sus labios y el suéter rojo todavía puesto. “Me gusta que veas lo que él me hace”, me escribió. Cada mensaje me recordaba mi lugar: yo era el marido que se quedaba en casa, el que aceptaba que otro hombre disfrutara del cuerpo de su esposa mientras yo me masturbaba con las pruebas.

Séptimo día:

La última noche antes de volver. Me mandó una foto de ella recién follada, acostada en la cama con el suéter rojo abierto, las tetas marcadas, el coño hinchado y brillante. “Mañana vuelvo… pero quiero que sepas que esta ha sido la mejor semana de mi vida”, me escribió. Esa noche me masturbé hasta quedarme vacío, sabiendo que al día siguiente regresaría con el cuerpo usado por otro hombre.

Cuando ella volvió a casa:

Llegó el domingo por la tarde. Los niños ya dormían. Apenas entró, me miró con esa sonrisa satisfecha y me dijo que me sentara en la cama. Todavía llevaba puesto el suéter rojo. Se lo quitó lentamente frente a mí, quedando solo con la lencería roja que había usado toda la semana. Tenía el cuerpo marcado, los pechos con huellas suaves de manos ajenas, los muslos con leves moretones.

Se sentó frente a mí y empezó a contarme todo con lujo de detalles, hablando despacio, mirándome a los ojos:

—Empezó apenas llegué. Me besó con ganas y me metió los dedos sin aviso. Estaba tan mojada que me corrió rápido. Después me folló contra la puerta. Me levantó una pierna y me penetró profundo, fuerte. Me dijo que se había imaginado esto todo el mes. Yo gemía como nunca gimo contigo.

Mientras hablaba, me bajó el pantalón y empezó a masturbarme con lentitud, sin prisa.

—El segundo día me tuvo casi toda la tarde. Me puso a cuatro patas y me folló durante mucho rato. Cambiaba de ritmo. A veces lento y profundo, a veces fuerte y rápido. Me corrí dos veces seguidas. Me dijo que mi coño se apretaba muy rico cuando me corría. Después me hizo chupársela hasta que se corrió en mi boca. Me hizo tragar todo.

Yo gemía bajo su mano, completamente humillado.

—Una noche me abrió las piernas en la orilla de la cama y me penetró tan profundo que sentía que me llegaba al estómago. Me miraba a los ojos y me preguntaba si tú me follabas así. Le dije que no… que tú nunca me habías follado así. Eso lo puso más duro.

Continuó contándome posición por posición, orgasmo por orgasmo. Cómo la tenía contra el espejo, cómo la folló en la ventana, cómo la hizo arrodillarse y le metió los dedos en la boca mientras la penetraba por detrás. Cómo se corrió dentro de ella varias veces y luego la hizo chupársela para limpiarlo.

—Sabía que tú estabas en casa, cuidando todo, masturbándote con mis fotos —dijo mirándome directamente—. Y eso me excitaba más. Me gustaba imaginarte humillado y duro, sabiendo que otro hombre me estaba dando lo que tú no puedes.

Me siguió masturbando más rápido mientras terminaba de contarme los últimos detalles. Cuando ya no pude más, me corrió en su mano, mirándome con esa mezcla de ternura y superioridad.

—Esta semana fue increíble —me susurró cerca del oído—. Y quiero que siga pasando. Tú te quedas aquí, cuidando la casa… y yo sigo yendo con él cuando necesite que me follen como se debe.

Me limpió la mano con lentitud, besándome en la frente con cariño.

—Gracias por dejarme disfrutar —dijo suavemente—. Eres un buen marido… de esta forma.

Loading

1 COMENTARIO

  1. ***No se admiten datos personales en los comentarios***
    Las redes sociales y el correo electrónico del autor los encontrarás en su perfil, si este así lo ha decidido.
    Cualquier otro dato será eliminado, así como también los links a cualquier otro sitio que no pertenezca a CuentoRelatos.

    Administración de CuentoRelatos

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí