La primera cita con él

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T. Lectura: 3 min.

Anoche viví una de las noches más intensas y humillantes de mi vida… y no cambio ni un segundo de ella.

Todo empezó cuando la vi preparándose en el baño. Su cabello negro largo todavía húmedo después de la ducha, cayendo en ondas sobre sus hombros. Las gafas azules enmarcando esa mirada traviesa, las pecas en sus mejillas y esos labios carnosos pintados de rojo intenso. Se probó varias blusas hasta elegir la que más le marcaba el escote. Luego se puso ese pañuelo negro y amarillo al cuello, ajustándolo con cuidado. Estaba espectacular.

Me miró a través del espejo y sonrió con picardía:

—¿Cómo me veo, mi amor? ¿Crees que a él le voy a gustar?

—Estás demasiado hermosa… —respondí con voz ronca.

Ella se rio bajito y se acercó, rozando sus labios contra los míos sin besarme del todo.

—Bien. Quiero que me desee desde que me vea. Quiero que esta noche me use como se le dé la gana.

La llevé hasta el punto de encuentro. Cuando él apareció, ella se bajó del auto sin dudar. Antes de cerrar la puerta me miró y dijo con voz suave pero firme:

—Pórtate bien en casa, cornudito. No me esperes despierto… o sí, como quieras. Esta noche soy de él.

La vi tomarlo del brazo y subirse a su auto. Yo volví solo a casa, con el estómago revuelto y la polla dura. Pasé horas caminando de un lado a otro, imaginando todo: cómo la besaba en el auto, cómo le metía la mano entre las piernas, cómo la desnudaba, cómo la hacía gemir. Me senté en la cama, agarré su tanga usada del cesto y me toqué oliéndola, pero me detuve antes de correrme. Quería guardar toda mi excitación para cuando ella regresara.

Las horas pasaban y mi mente no paraba. ¿Estaría ya en la cama con él? ¿Le estaría chupando la polla? ¿Estaría gritando su nombre mientras la follaba? La incertidumbre me estaba matando… de la mejor manera.

A las 4:17 am llegó su mensaje: “Ven por mí”.

Cuando subió al auto, su aspecto era el de una mujer recién follada: cabello completamente revuelto, maquillaje corrido, labios hinchados y una mirada de pura satisfacción. Olía fuertemente a sexo y a perfume de hombre.

—¿Todo bien? —pregunté, casi sin voz.

Ella soltó una risa baja y perversa, recostándose en el asiento.

—Más que bien, mi amor. Me folló como una puta barata toda la noche. Me tuvo en cuatro, me hizo gritar, me corrió tres veces… y acabó dentro de mí dos veces. Todavía siento cómo me chorreaba. ¿Quieres comprobarlo?

Aparqué en el primer lugar oscuro que encontré. Ella ya estaba separando las piernas antes de que yo me moviera. Me arrodillé entre sus muslos como el cornudo obediente que soy. Le subí la falda y aparté su tanga empapada. Su coño estaba rojo, hinchado y brillante, con gruesos hilos de semen saliendo de ella.

—Míralo… —dijo con voz burlona—. Mira cómo me dejó tu esposa. ¿Ves todo ese semen? Es de él. Más espeso y más abundante que el tuyo.

Hundí mi cara entre sus piernas sin pensarlo. Empecé a lamer con desesperación, tragando todo lo que él había depositado dentro de mi mujer. Ella gemía y me agarraba fuerte del cabello, empujándome más profundo.

—Así, cornudito… lame todo. Come el semen del hombre que me folló mejor que tú. ¿Sientes lo abierto que me dejó? Eso es porque tiene la polla más grande y sabe usarla. Tú nunca me has hecho correr así…

Seguí lamiendo y succionando, metiendo la lengua lo más profundo posible. Ella continuaba humillándome con voz entrecortada de placer:

—Eres tan patético… limpiando con la boca lo que otro dejó en tu esposa. Pero me encanta que seas así. Me encanta volver a casa sabiendo que mi cornudito me va a limpiar como una buena putita sumisa. ¿Te gusta el sabor? Dime… ¿te gusta probar lo que me hizo un hombre de verdad?

—Sí… —gemí contra su coño, sin poder parar.

Ella se rio y apretó más mi cabeza.

—Claro que te gusta. Por eso eres mi cornudo favorito. Sigue… trágatelo todo. Quiero que no quede ni una gota de él dentro de mí. Mañana puedo volver a buscar más si quiero…

La hice correrse una vez más en mi cara mientras yo seguía limpiando cada rincón. Cuando terminé, tenía la boca y la barbilla llenas de la mezcla de ella y de él.

Llegamos a casa. Se duchó rápido y se acostó. Se durmió casi de inmediato, luciendo como un ángel inocente con el cabello húmedo y ese pañuelo negro y amarillo todavía alrededor de su cuello.

Yo me quedé despierto a su lado, mirándola, con la polla palpitando y la mente llena de imágenes humillantes. Recordando cada palabra que me dijo mientras yo limpiaba el semen de su amante.

Confieso que soy un cornudo feliz y patético.

Confieso que me excita profundamente que mi esposa me humille, que me cuente cómo otro la folló mejor y que me haga limpiar las pruebas. Y confieso que no quiero que esto termine nunca.

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