Mi madre enviudó hace muchos años, cuando yo todavía era adolescente. Lo cierto es que los primeros años fueron complicados, sobre todo desde la perspectiva financiera, pero pronto pudimos salir adelante ya que mi hermana y yo comenzamos a trabajar para apoyar en los gastos de la casa. Incluso desde mi niñez recuerdo que mi madre y yo éramos muy unidos y cuando comencé a apoyarla económicamente, nuestro vínculo se fortaleció.
Hoy tengo treinta y cinco años y mi madre está por cumplir sesenta y ella se conserva de maravilla. Como siempre le ha gustado jugar tennis y comer adecuadamente, sus años los ha llevado con mucha dignidad. Nunca se ha vestido provocadoramente pero de tanto en tanto usa vestidos sin mangas y con escotes que aunque sean discretos, me dejan ver el nacimiento de sus tetas de la que hace tantos años me alimenté. Su pelo es cano y al entrenar bajo el sol tu piel tiene un bello tono bronceado. Otras veces, sobre todo cuando nos vamos de vacaciones familiares a la playa, la he podido ver en traje de baño, casi siempre de una sola pieza, pero en un par de ocasiones, se ha atrevido a usar bikinis blancos que le cubren apenas los pechos y la vulva.
La primera vez que la vi en bikini me quedé embobado mientras ella caminaba hacia los camastros donde estaba el resto de la familia. Llevaba unos lentes de sol como los de Louise en Thelma & Louise, y un sombrero de ala ancha para protegerse del sol. Tuve que disimular mi erección, cubriéndome con discreción la entrepierna. Al cabo de un rato, preferí alejarme y dejar que el agua fría del Pacífico calmara mi calentura.
No tuve oportunidad porque a los pocos minutos escuché que me llamaba desde la orilla.
—¡Andrés! Ven, que necesito tu ayuda.
Fui con rapidez para ver qué necesitaba mi madre.
—Necesito que me ayudes a colocarme bloqueador en la espalda, tu hermana se perdió con su novio y no la veo por ningún lado.
—No te preocupes, ma, yo te ayudo, ponte boca abajo —le pedí.
Al aplicar el bloqueador sobre los hombros y espaldas de mi madre y tenerla tan cerca, pude percibir su aroma. Era una mezcla de un perfume suave y el inevitable sudor provocado por el calor del verano. Mi verga volvió a reaccionar, poniéndose durísima en un instante. No supe cómo reaccionar, lo que sentía estaba mal, pero por otro lado, yo siempre había sido su apoyo financiero y emocional y además ella había estado para mí cuando me separé de mi exmujer. Nuestra relación se basaba en el amor, los mimos y la confianza. Y además olía y lucía tan bien…
Decidí aventurarme un poco y comencé a aplicar el bloqueador en la espalda baja, rozando sus nalgas por debajo de su bikini como si no quisiera.
—¿Así está bien ma? —pregunté para saber si mis lances tenían algún efecto.
—Sí, está perfecto, debo quedar bien cubierta, no me quiero quemar. También ponme en las piernas, por favor.
Apliqué bloqueador por sus torneadas piernas y seguí aprovechando para rozar sus nalgas y el interior de sus muslos, peligrosamente cerca de su vulva. Al fin tuve una reacción favorable.
—Ay, Andrés, hijito, ¿qué haces?
—Lo que me pediste mami, aplicarte bloqueador por todo el cuerpo.
—Pues sí, pero estás muy cerca de donde no llega el sol, ja,ja.
—Perdóname, mami.
—No te preocupes, pero tampoco te relajes, que no has acabado —dijo relajada y con un tono que evidenciaba que aunque apenas la había tocado, estaba excitada.
—¿De qué hablas?
—Estaba pensando que en realidad necesito bloqueador por todo el cuerpo y quiero aprovechar que ya estás aquí. Ayúdame a darme la vuelta.
—Claro que sí mami.
—¿Tu hermana anda por ahí?
—No, mami, se fue con su novio, tomaron la camioneta y se fueron al pueblo, seguro llegarán para cenar, si es que llegan en absoluto.
—Perfecto —dijo y se descubrió las tetas —aplícame bloqueador también de frente, mijito, que no me quiero quemar.
—Ma… —fue lo único que pude decir.
Sus pechos no eran muy grandes y ya mostraban los estragos de la edad, pero aún era muy atractivos, pechos de hembra madura que aún se conservaban y que eran capaces de dar y recibir placer. Sentí cómo el corazón se me aceleró.
—¿Te vas a quedar todo el día viéndome? Apúrate mijito o me voy a quemar.
—Sí mami.
Procedí a aplicarle la crema con calma, estaba embelesado con la visión de sus pechos. Sin pensarlo comencé a acariciar sus pezones usando el bloqueador como lubricante.
—Ay, Andrés, sí, así, tú sí sabes cómo ponerme bloqueador.
—¿Te gusta mami? ¿Lo estoy haciendo bien?
—Lo estás haciendo perfectamente, sigue así… —dijo con los ojos cerrados.
Mi verga no cabía en mi traje de baño, estaba erecta y empujando la tela. Ni siquiera lo pensé y aprovechando que había cerrado los ojos para relajarse, comencé a lamer uno de sus pezones. Ella reaccionó acariciando mi nuca, con un amor maternal y erótico que no había sentido nunca.
—Sí, mi amor, chúpame las tetas como hacías de bebé, haz sentir bien a mamá…
Dejé de lamer y comencé a chupar sus pezones, intercambiando entre uno y otro, mientras que deslicé mi mano debajo de la tela de su bikini para empezar a masturbarla. Estaba empapada y ya no decía nada, sólo disfrutaba. Mientras seguía dándole placer con los dedos a la mujer que me trajo al mundo, empecé a besar también todo su cuerpo, no sólo sus pechos. Besé sus hombros, su abdomen, incluso sus axilas, subí a su cuello y su cara. Besé sus mejillas hasta que sucedió lo inevitable. Después de darle un beso en la comisura de los labios, ella giró la cara para besarnos con la boca abierta, como amantes de verdad.
Ya no éramos más sólo madre e hijo, estábamos dando el siguiente paso en nuestra relación para convertirnos en marido y mujer. Nos besamos sin prisas y me coloqué sobre ella, liberando mi verga gruesa y restregándola sobre la tela de su bikini. Ella sólo gemía, mezclando palabras de amor de madre con gemidos de perra en celo.
—Ay, mi Andrés, ¡qué falta me hacía algo así! Sobre todo contigo, mi amor.
—Te amo, mami, haría lo que fuera para hacerte feliz y llevo notándote como hembra desde hace años —le dije entre beso y beso. Ahora acariciaba sus tetas con mi mano empapada de sus jugos.
—¿Y por qué no habías dicho nada?
—Porque esto, mami, aunque lo estemos gozando, está mal, imagina qué diría mi hermana si se entera…
—Ya sé que está mal, yo soy tu madre, saliste del coño que ahora masturbas, y mamaste de las tetas que ahora complaces, pero eso es precisamente lo que lo hace sentir tan bien.
—Ay, mami, qué cosas dices.
—Cállate y sígueme masturbando, me quiero venir.
—Quid pro quo.
—Ay cabroncito, sabía que me dirías algo así. Está bien, también te voy a masturbar, que mami también sabe ser complaciente. Pero algo tiene que quedar claro, mijito: esto es a lo más a lo que nos podemos atrever, darnos placer manual y algo de besos es la línea que jamás debemos cruzar, si lo aceptas, tú puedes venir a mí cada vez que necesites descargar tu semen y yo acudiré a ti cuando me urja tener un orgasmo, ¿estás de acuerdo?
—Claro mami, somos tú y yo para siempre.
—Ven, entonces.
Me coloqué junto a ella de manera que tuviera acceso a mi verga y yo pudiera seguir masturbándola.
Seguimos en silencio unos minutos, que intercalábamos con besos, caricias en sus tetas y un par de intentos fallidos de mi parte por penetrarla.
—Que no, cabrón, hasta aquí —me decía sin mucha convicción.
Seguí concentrado en complacerla hasta que al final tuvo un orgasmo. Ha sido de los orgasmos más largos que he visto en una mujer. Al final se relajó pero siguió con su labor.
—Me vengo mami, me vengo —le dije.
—Acércate más, mi vida, quiero que me eches la leche en las tetas. Me puse de rodillas frente a ella y me masturbó con lujuria hasta que descargué una espesa dosis de mi semilla en los pechos de mi madre. Para que saliera toda, sacudió mi verga entre sus tetas y acariciando sus pezones con mi glande hasta que no quedó ni una gota.
—Qué rico me vine, mami, muchas gracias —le dije dándole un beso de lengua.
—Cuando quieras mi vida —dijo embarrándose mi semen por todas sus tetas, como si fuera bloqueador sólo para volverse a cubrir con el bikini.
—¿Cuándo quieras qué o qué? —escuchamos que dijo mi hermana detrás de nosotros. Acababa de regresar y nosotros terminamos justo a tiempo, yo apenas alcancé a ponerme el traje de baño.
—Cuando quieras vamos por mariscos, le decía a tu hermano que acaban de abrir un nuevo lugar aquí cerca y todavía nos quedan varios días aquí en la playa —improvisó mi madre.
—Voy a nadar otro rato —dije y me dirigí corriendo al agua sin voltear a ver a nadie.
Esa noche no pude dejar de pensar en lo que acababa de ocurrir: ¿de verdad mi madre me había masturbado hasta hacerme eyacular sobre ella?
Quería más y a pesar de que ella había dicho que no, yo iba a conseguir lo que quería.
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Un relato transgresor de amor filial, muy bien contado. Exquisito !!!
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