La casa en San Justo, en el oeste del Gran Buenos Aires, estaba envuelta en el silencio típico de una noche de julio bien frío. El viento silbaba entre los cables de luz y hacía temblar las ventanas de esa casita humilde de dos dormitorios. Gabriel, de 22 años, estaba tirado en el sofá del living con el control remoto en la mano. Era un pibe alto, de casi 1,85, con el cuerpo marcado por las horas en el gimnasio de la facultad privada que apenas podía costearse con tu trabajo de ayudante de mecánico. Pelo corto negro, ojos oscuros y penetrantes, mandíbula marcada y una presencia que ya no era de pendejo.
Lo que pocos sabían —ni siquiera su vieja— era que entre las piernas cargaba una pija monstruosa: 26 centímetros de carne gruesa, venosa, con una cabeza rosada y grande que parecía diseñada para abrirse paso donde fuera. Creció sin padre. Ese hijo de puta se había borrado antes de que cumpliera el año, y nunca más se supo. Su mamá, Laura, lo crio sola, laburando como secretaria en un estudio contable, haciendo malabares para pagar las cuentas y darle una vida digna.
Laura tenía 42 años y era una morocha imponente. Pelo negro largo y ondulado que le caía hasta la mitad de la espalda, cara de rasgos fuertes con labios carnosos y ojos marrones que todavía brillaban con picardía. Su cuerpo era curvilíneo, con algo de sobrepeso que le quedaba de maravilla: tetas grandes y pesadas, cintura ancha, panza suave con algunas estrías de cuando quedó embarazada de Gabriel, y sobre todo, un culo enorme, redondo, macizo y protuberante.
Ese culo era legendario en el barrio; rebotaba al caminar, se marcaba en los jeans ajustados y hacía que más de un vecino se quedara mirando. Tenía muslos gruesos, celulitis ligera en la parte de atrás que la hacía más real y cachonda, y una piel morena clara que se enrojecía fácil cuando se calentaba.
Esa noche Laura llegó pasadas las dos de la mañana. Se escuchó la llave forcejeando en la cerradura, la puerta que se abría de golpe y un taco cayendo al piso.
—Hijo de re mil puta… —murmuró ella con la voz pastosa por el alcohol.
Gabriel se sentó rápido. La vio entrar tambaleándose: vestido negro corto ajustado que se le había subido hasta casi mostrar el culo, pelo revuelto, maquillaje corrido y una sonrisa borracha mezcla de bronca y derrota.
—Mamá, ¿todo bien? Vení, sentate que te preparo un agua.
Laura soltó una risa ronca y se dejó caer en el sofá justo al lado de él. Su muslo grueso y caliente rozó el de Gabriel. Olía a vino tinto, cigarrillo y perfume dulce.
—Agua no, hijo. Ya estoy llena de mierda. Salí con Claudio, ese boludo del laburo. Me prometió una noche de aquellas y… nada. Un desastre.
Gabriel tragó saliva. Verla así, tan desarmada y hembra, le generaba algo raro en la panza.
—¿Qué pasó? Contame.
Laura se sacó los tacos y subió las piernas al sofá, abriéndose un poco sin darse cuenta. El vestido se le subió más, mostrando la carne blanda de los muslos.
—Que el tipo tenía una pija chiquita, Gabriel. Chiquita como un dedito de nene. Me la metió en el telo, me bombeó dos minutos como un conejo y ya estaba todo. Ni me tocó bien el orto, ni me comió como se debe. Me dejó caliente, mojada y con unas ganas terribles que no me pudo apagar. Hace meses que ningún tipo me coge como Dios manda. Yo soy una mujer todavía, boludo. Con este culo que tengo… —Se dio vuelta un poco y se levantó el vestido con las dos manos, mostrando las nalgas enormes, apenas tapadas por una tanguita negra que se perdía entre tanta carne—. Mirá lo que tengo. Grande, jugoso. Y nadie sabe aprovecharlo.
Gabriel sintió que se le paraba la pija al instante. El short de gimnasia no podía disimular el bulto enorme que se marcaba.
—Ma… no me digas esas cosas —susurró, pero los ojos se le fueron al culo de ella.
Laura lo miró y notó el bulto. Sus ojos se abrieron grandes, vidriosos por el vino pero llenos de un deseo repentino.
—Ay, la concha de mi vida… ¿Eso que tenés ahí es por tu mamá, Gabriel? Mirá vos… Qué paquete grande. Dejame ver.
Sin esperar respuesta, le puso la mano encima del short y apretó. Gabriel soltó un gemido bajo.
—Mamá, esto está mal… Sos mi vieja.
—Shhh, callate la boca. Esta noche estoy harta de lo que está bien. Tu padre nunca estuvo. Yo te crie sola, me banqué todo. Y ahora necesito que me des vos lo que ese pichoncito no pudo. Quiero que me cojas el orto, hijo. Con esa pija que parece de burro. Quiero sentirla toda adentro y que acabes hasta llenarme.
La borrachera y la calentura la habían desinhibido por completo. Se arrodilló en el sofá, le bajó el short de un tirón y la pija de Gabriel saltó libre: más de 25 centímetros de carne gruesa, dura como piedra, latiendo en el aire.
—Dios santo… Mirá el tamaño de esta pija. Es enorme, gruesa… Me va a romper el orto y me va a encantar —dijo Laura con admiración, tomándola con las dos manos porque una sola no alcanzaba. Empezó a lamerla despacio, desde los huevos pesados y llenos hasta la cabeza hinchada, dejando saliva brillante por todos lados. Después se la metió en la boca todo lo que pudo, chupando con ganas, gorgoteando, moviendo la cabeza mientras sus tetas grandes se balanceaban dentro del vestido.
Gabriel le agarró el pelo morocho y empujó suavemente.
—Ma… seguí chupando así… Qué boca tenés.
Laura lo mamaba con devoción, mirándolo a los ojos de vez en cuando, babeando sin vergüenza. Le hablaba entre chupada y chupada:
—Sos mucho más hombre que cualquiera que probé. Esta pija es mía ahora. De tu mamá.
Después de casi diez minutos de mamada intensa, Laura se puso de pie, se sacó el vestido por arriba y quedó casi desnuda. El corpiño negro apenas contenía sus tetas pesadas. Se dio vuelta, apoyó las manos en el respaldo del sofá y arqueó la espalda, ofreciéndole ese culo monumental.
—Vení, Gabriel. Escupí y metémela. Quiero sentir cómo me abrís.
Gabriel se paró detrás, temblando de excitación y culpa. Separó esas nalgas enormes con las manos, admirando el agujerito rosado fruncido en medio de tanta carne. Escupió varias veces, lubricó su pija gruesa y empezó a empujar.
La cabeza entró con dificultad. Laura soltó un grito ahogado.
—Ay, hijo de puta… Qué gruesa… Me estás abriendo el orto… Despacito al principio.
Centímetro a centímetro, la pija monstruosa desapareció entre las nalgas de su mamá. Cuando los huevos tocaron la carne blanda, Gabriel se quedó quieto, disfrutando el calor apretado que lo estrujaba.
—Está toda adentro, mamá… Tu orto me está apretando como si quisiera ordeñarme.
—Movete ahora. Cógeme fuerte. Haceme sentir esa pija grande que tenés.
Empezó a bombear. Al principio lento, sacando casi todo y volviendo a meter. Después más rápido. El sonido de las nalgas chocando contra su pelvis llenaba la habitación: plop, plop, plop. Laura gemía alto, sin importarle nada.
—Más fuerte, boludo… Rompeme este culo grande. Es todo tuyo.
Gabriel le agarró las caderas anchas y aceleró. Le daba cachetadas suaves en las nalgas, viendo cómo rebotaban. Sudaban los dos. El olor a sexo era espeso.
—Sos mi puta esta noche, mamá. Este orto enorme es mío.
—Sí, hijo… Soy tu puta. La mamá que te crio ahora te está dando el culo. Metémela más profundo.
Laura se tocaba el clítoris mientras la penetraban. El placer subió rápido y acabó con un grito largo, temblando entera, apretando la pija con el orto.
—Ahora vos, Gabriel… Acabá adentro. Llename el culo de leche caliente.
Él empujó hasta el fondo y se dejó ir. Chorros potentes y abundantes inundaron el interior de su mamá. Acabó tanto que cuando sacó la pija lentamente, un río blanco y espeso le chorreó por los muslos a Laura.
Se abrazaron jadeando en el sofá. Pero Laura no había terminado.
—Llevame a la cama, hijo. Quiero más. Toda la noche.
En el cuarto de Laura, la tiró en la cama matrimonial. La puso en cuatro de nuevo y volvió a penetrarla anal. Esta vez entraba más fácil, lubricada con semen anterior.
—Mirá cómo entra fácil ahora… Tu semen es el mejor lubricante —dijo ella, moviendo el culo hacia atrás para recibirlo hasta el fondo.
La segunda ronda fue más larga y salvaje. Gabriel la montó cambiando posiciones: de costado, sosteniéndole una pierna en alto; después ella arriba, cabalgándolo con ese culo enorme rebotando en su regazo, las tetas saltando. Hablaban todo el tiempo.
—¿Te gusta cogerme, Gabriel?
—Me vuelve loco, ma. Tu orto es lo más apretado y rico que probé.
Tercera ronda: Laura de espaldas, piernas flexionadas contra el pecho. Gabriel la miraba a los ojos mientras la penetraba profundo.
—Sentí cómo te lleno, mamá. Cada centímetro.
Ella le arañaba la espalda, mordiéndole el hombro.
—Acabá otra vez adentro… Quiero estar rebalsando de tu semen.
Acabó por segunda vez, llenándola más.
Al final se durmieron abrazados, con la pija semidura aún entre las nalgas de ella, goteando los restos. Esa noche cambió todo.
Por la mañana llegó Myrian, la novia de Gabriel, para desayunar antes de ir juntos a un asado familiar a la casa de los padres de ella. Los tres se sentaron juntos a la mesa, Laura aún sentía como le bajaba la leche de Gabriel adentro del culo y sonreía disimuladamente mientras servía el mate, apretando las nalgas para retener todo lo posible.
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Qué delicioso es descorchar un culito de un par de nalgotas
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