De dama a golfa (3)

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Al fin es fin de curso. Trato de llevar mi relación con Apolonio lo más discreta posible, no quiero embarazarme o tener algún mal momento con su mujer, no así mi mamá, que al parecer, todo va viento en popa con su albañil.

En fin, la ceremonia de clausura transcurre sin mayores problemas, mis padres deciden acompañarme para esta ocasión y nos arreglamos de la misma forma con mi mamá, un traje sastre color beige con falda recta arriba de la rodilla, blusa blanca de manga larga con botones al frente y un saco coqueto y pegadito, zapatillas beige altas y una coqueta cola de caballo sujetada con un pasador, parecemos hermanas nos dice mi papá y es que al final mi mamá es solamente una talla mayor que yo, está muy bien conservada, casi somos de la misma altura y al parecer saqué toda su hermosa genética corporal.

Al parecer el más feliz es don Rey que a todo mundo saluda y sonríe y obviamente se sienta a lado de mi madre en el presídium.

La mujer de Apolonio me apoya en todo momento haciéndome sentir un poco extraña y más al verlo entrar casi al final de la ceremonia con un grueso ramo de flores y entregármelo personalmente.

–Es una muestra de nuestra gratitud maestra, me dice su mujer, sonrío mecánicamente tratando de ocultar mi nerviosismo.

Llegamos a casa, no pasa ni media hora cuando vemos entrar a don Rey con sus herramientas y al poco rato llega Apolonio con material, mi papá sale a recibirlos, bromean, entre risas, Apolonio baja los materiales, lo observo y el me observa sin bajar la mirada aún a pesar de la cortina que nos divide, su aspecto sucio y desgarbado, delgado tirando a flaco, viejo, se quita su sudadera vieja y deja al descubierto su pecho fuerte y recio, lleno de cicatrices, con razón no se le dificulta cargarme en vilo en nuestros encuentros.

–De que te ríes me pregunta mi mamá

–De nada, le digo sonriente mientras se fija en Apolonio

Ese sexto sentido que tenemos las mujeres le hace intuir nuestra relación.

–¿te cae? me pregunta sonriente mientras voltea la mirada para ver a don Rey, de repente una idea cruza por mi mente, le pido a mi papá que se haga cargo de entregar el mobiliario rentado en la escuela, lonas, sillas etc.

Como siempre, asiente de manera positiva despidiéndose de sus nuevos amigos.

Ambas llamamos a nuestros machos invitándolos a entrar, mi madre se va a la cocina y yo a mi recámara, solo nos divide el pasillo que sirve de bodega donde me escondí para observarla.

Ansiosa y con mi lujuria a tope observo a don Rey entrar.

–Creo que se equivocó le digo nerviosa, me asomo para avisarle a mi mamá pero esta al verme solo me guiña el ojo y cierra la puerta de la cocina.

¿O sea? ¿ya lo habían planeado? me digo a mi misma mientras don Rey se acerca y me toma de la mano y me jala hacia el interior de la recámara, cierra la puerta y me abraza con firmeza.

Trato de escapar de sus enormes brazos pero es inútil, tiene muchas fuerzas, siento sus brazos rodear mi cintura y bajar hacia mis nalgas me las aprieta con mucha fuerza, siento una descarga de éxtasis en mi interior al escuchar a mi madre gritar y reír pero aun así, una parte de mi se niega a estar en esta situación, no se me hace correcto.

Trato de librarme pero me voltea con fuerza haciendo que coloque mis manos en mi cómoda, mientras el solo sube mi falda y baja mi tanga para penetrarme de un solo envión, su verga es de tamaño normal considerando la de Apolonio que es una verdadera tranca.

El muy cabrón me toma por las caderas y empieza a culearme con violencia, trata de tomarme de las tetas sin salirse de mí, me rasguña sin dejar de penetrarme de forma salvaje, los gritos de mi madre lo incentivan así que lo acompaño con mis gritos igual tratando de llamar la atención de Apolonio.

–¡Así mi rey! ¿mi rey! grito una y otra vez

Y al parecer da resultado, porque aparece Apolonio abriendo la puerta.

–¡Como que tu rey pendeja!

Don Rey sale de la recámara como escuincle travieso riendo y haciéndose el pendejo mientras mi madre lo espera en la puerta riendo igual.

Apolonio no me deja decir nada, me reclama como marido herido mientras bajo mi falda y arreglo lo mejor que puedo mis ropas, no me deja explicarle, sale furioso diciéndome groserías y palabras que me lastiman, la gente voltea a vernos, decido ya no rogarle, de repente veo la camioneta de mi papá fuera de la casa donde la habíamos dejado al llegar, ¿o sea? ¿no se fue?

Entro y lo encuentro en la bodega observando a mi madre y su amante coger a gritos disfrutando su broma.

–¿qué clase de pinches enfermos somos? le grito a mi padre tomando las llaves de mi auto y saliendo del lugar.

Busco a Apolonio sin encontrarlo ni en su trabajo ni en su casa, regreso a la casa ya tarde, mis padres me esperan y me cuentan todo, mi padre siempre estuvo enterado de los amantes de mi mamá, con su consentimiento los hacía pasar para observarlos cogiéndosela o hacerles lo que ella no quería hacerle a él, de hecho, el lugar a donde llegamos lo habían tramitado ellos porque sabían donde encontrar a Reynaldo el albañil, no les digo nada, me retiro a pensar las cosas, ordenar mis ideas.

Pasa el tiempo y no encuentro a Apolonio, mi madre me confiesa que el no quiso cogérsela, que aun desnudándose frente a el no quiso ni siquiera observarla, entonces bromeando empezó a gritar y gemir y el optó por salirse a fumar.

La confesión de mi madre hace que me sienta aún más mal.

Pasan dos semanas, curiosamente, Apo no se había aparecido por el lugar, es raro ver el patio sin el descargando materiales, reírse o fumar, la calle sin él, diariamente al sentarme en el comedor por las mañanas inconscientemente lo busco pero nada, mi libido se alimenta de las imágenes de los novios o amantes al pasar abrazados por la calle, besándose, manoseándose, algo que no me había pasado antes en la vida, mi cuerpo me exige ser atendido, me masturbo por las noches pero no es igual, necesito estar con él.

Frustrada, empiezo a tomar pequeños paseos en mi auto para olvidar el hecho, al mismo tiempo me sirve para conocer un poco más a la comunidad, después de unos días al pasar por unas cuevas, producto de las minas de arena que hay en el cerro, ¡lo veo! ahí está, sentado justo a la entrada de uno de los enormes recovecos, detengo el auto para comprobar que efectivamente es el, lo llamo, pero solo consigo que su mujer se asome y me pregunte para que lo quiero.

Con cualquier tontería me safo de la situación.

Mi madre nos da la noticia, a sus 51 años ¡está embarazada! es increíble, después de 28 años ¡voy a tener un hermanito! en medio de la algarabía recuerdo que Apolonio me comentó que su mujer no pudo tener bebés, tampoco están casados, solo son pareja.

Estoy en la escuela tratando de distraerme con el trabajo, son vacaciones y solo la conserje me acompaña.

–Maestra la buscan, me dice precisamente la conserje

Alzo la mirada y ahí está Apolonio observándome, ¿es posible que alguien como yo se pueda llegar a enamorar de alguien como él? estoy a punto de comprobarlo, le pido a la conserje que vaya con mi mamá por unas cosas, de seguro ella al verla sabrá que hacer, me la debe me digo a mí misma.

Me acerco a él lentamente, quiere decirme algo pero lo cayo echándole las manos al cuello dándole un beso, que aunque no lo crean me encantó, lo beso como si fuera la primera vez que beso a un hombre, mi cuerpo se paraliza, mi corazón late a mil, me quedo sin palabras, ya después de esto siento que no podría vivir sin él ¿Cómo es posible que en tan poco tiempo sienta tanto cariño por alguien? Si ni siquiera sé su nombre completo ni él el mío.

Me voltea de espaldas a él para luego deslizar sus manos por mis brazos, buscando mi pecho, mi respiración autoriza su avance, me siento excitada, emocionada, no quiero decir o hacer nada que impida que él siga avanzando, sus dedos se clavan como garras en mis pechos, los amasan con furia, con deseo y entonces, busco su boca de nuevo con la mía, mis labios tiernos buscan el sabor de sus labios viejos curtidos por el sol muchos años antes de que yo naciera.

Me doy vuelta, mi lengua trepa por la apertura de su boca buscando su lengua sin embargo él se inclina para lamer mis pechos levantando el top que traigo, lo hace con destreza, comienzo a mojarme, a sentir fuego entre mis piernas, lo necesito, necesito entregarme a mi amante, deseo sentirlo dentro de mí.

Sin permitirle decir nada me desnudo, dejo caer mi ropa, tomo sus manos y las dirijo por mi cuerpo, hasta que él me acaricia torpemente con sus manos callosas.

Se quita la ropa y se dedica a admirar mi cuerpo, quita las cosas de mi escritorio bruscamente limpiándola, me siento en el borde, se inclina atrayéndome hacia él, abre mis piernas y comienza a lengüetear mi vagina, mis gemidos se hacen presentes, aprieto mis senos, cierro los muslos reteniendo su cabeza entre mis piernas explotando en un orgasmo delicioso y largo.

Lo atraigo de nuevo dándole besitos tiernos, aprende rápido, me besa muy rico como queriéndome devorar con la boca, me da vuelta tiernamente, me coloca en 4 sobre el tapete de la dirección, siento como coloca su grueso camote a la entrada de mi ano, no le digo nada, abro la boca al sentir como empieza a empujarla lentamente, mis uñas se clavan en el grueso tapete mientras siento como va avanzando dentro de mis entrañas su gruesa oruga de carne, no aguanto más, me dejo caer sobre el tapete, gimiendo, gritando, chillando de dolor.

Volteo a verlo suplicante casi al borde de las lágrimas pero haciendo caso omiso empieza a bombearme el ano, lentamente primero aumentando poco a poco sus estocadas conforme aumentan mis gemidos.

–Ah, eres mía, ¡solo mía!

Me toma de la cintura para intentar introducir sus huevos en mi pequeño y dilatado orificio anal, me nalguea mientras me culea a su gusto, me penetra como loco, como poseído.

–Soy tu chile cabrona, tu picador, tu camote ¡tu chorizo! ¿Entiendes?

–Si, uf, soy tu funda, tu esclava, tu ramera, tu prostituta, ¡tu amante! lo incentivo con la cabeza clavada en el tapete mordiendo mi mano y sujetando mis senos con la otra.

Apolonio explota en gruesos chisguetazos que siento en mi adolorido anito, no me deja caer, me toma con una de sus gruesas manos de la cintura y con la otra termina de masturbarse sobre mi espalda.

Mis senos ahora están completamente rígidos y tocan el sucio tapete levemente, siento su semen recorriendo mi espina dorsal lentamente al igual que el que sale de mi vagina en un momento encontrándose en mi mentón, mi mano se mueve instintivamente dirigiendo este delicioso coctel de fluidos hacia mis labios,

Apolonio se desprende lentamente, aprovecho para recostarme en el tapete, siento el dolor y escozor en mi ano, quiero quejarme pero mi mirada se cruza con la de él, por algunos segundos nos miramos fijamente quizá tratando de adivinar mutuamente nuestros pensamientos, se recuesta a lado mío tranquilizándome diciéndome palabras tiernas, su boca busca mi cuello, me llena de chupetones, como queriendo marcar a su hembra, coloca sus labios encima de los míos, abro mi boca y mi lengua sale gustosa al encuentro de la de él fundiéndonos en un delicioso e interminable beso de amor.

Mis brazos de nuevo rodean su cuello atrayéndolo hacia mi dejando caer su curtido cuerpo en mi delgado y plano vientre cubriéndome por completo, mis piernas se abren en automático correspondiendo a sus cada vez más fuertes movimientos copulatorios, lo observo disfrutar con mi joven cuerpo, la diferencia de edad es evidente, su arrugada piel se aplasta ante la presión de mis brazos en su cuello, su respiración es pesada y ansiosa, parece un jovenzuelo desesperado.

Le sonrío mientras siento su barra acero candente introducirse dentro de mí; abriéndose paso decididamente, tocando fibras que mi ex marido nunca había tocado, suelto el aire retenido en un gemido de angustia provocado por el excitante dolor que me causa el poderoso armatoste de mi Apolonio mientras me llena a más no poder, su lengua recorre mi cuello de nuevo.

Sus caderas responden a mis ansias desesperadas de hembra, atacándome sin piedad con poderosas embestidas, apuñalándome duro y sabroso, es algo muy morboso y rico dejar a un viejo que podía ser mi padre o mi abuelo gozar de mí, el mete y saca, cada vez es más frenético, la tremenda cogida que me está dando mi macho me arranca gritos de placer.

Explotamos juntos, siento sus chorros candentes de mocos inundando mi útero acompañando mis espasmos en explosiones violentas y mutuas, los fluidos son tan abundantes que se empiezan a derramar por las comisuras de mi vagina en chasquidos gloriosos, al mismo tiempo siento que me ahoga con sus labios en mi cuello abiertos a todo lo que dan sin morderme, respirando agitadamente, los cuales empiezan a ceder al igual que sus chisguetes de leche en mi útero.

Mi maduro amante resopla y resopla intentando recuperarse, lo trato de reconfortar pero me aparta con esa actitud machista que me encanta, sonríe triunfante, busco con que limpiarme toda esa cantidad de semen recorriendo mi blanca piel, es indudable que su semen me enloquece pero no quiero dar de que hablar.

Salimos de la escuela primero él y después yo y nos reencontramos en un pequeño paraje solitario a orillas de la carretera, no sé si es mi edad o él quiere complacerme, pero trata de estar a mi nivel haciéndome sonreír en todo momento, besándonos, abrazándonos diciéndonos cosas dulces o promesas, como un par de enamorados.

–¿y si tenemos un hijo? le digo con mi cabeza recostada en su pecho

No me dice nada, solo me abraza más fuerte como cobijándome del frío que empieza a sentirse.

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