Sonia

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T. Lectura: 6 min.

Me llamo Alberto, tengo 48 años, soy viudo y tengo una hija, Sonia, de 25 años. Mi mujer murió al darla a luz. Han pasado ya muchos años desde entonces. Sonia lleva cuatro casada y vive en otra provincia. Trabajo en remoto, desde casa, en una compañía de seguros, y llevo lo que se puede llamar una vida tranquila. Soy un hombre de costumbre sencillas; me levanto muy temprano —sobre las 7:00 h— y trabajo hasta, más o menos, las 13:00 h. Después me tomo algo en un bar cercano que suelo frecuentar. Allí charlo con los demás parroquianos o con Felipe, el dueño, sobre la actualidad o el futbol, y después regresó a casa, me preparo algo de comer, y luego una breve siesta.

Por la tarde salgo un poco a hacer las compras imprescindibles para el día siguiente. De vez en cuando, un par de veces al mes, me veo con una follamiga, en ocasiones en su casa, en ocasiones en la mía. Por ese lado mis necesidades sexuales las considero resueltas. En verano me tomo quince días de vacaciones en la costa, en compañía de esa misma amiga, y en invierno una semana en la montaña esquiando. Como digo, una vida sin sobresaltos.

Un día, durante mi siesta, sonó el timbre y cuando abrí, mi hija, Sonia, portando solo una pequeña maleta de cabina, se me echó encima y me abrazó entre lloros. Acababa de romper con su marido.

Nos pasamos la tarde preparando su habitación, y a la noche, tras cenar, acompañando una copas de vino, charlamos largamente sobre las causas de su separación hasta bien entrada la madrugada.

A la hora de acostarnos, sorpresivamente, me preguntó si podía dormir conmigo. Naturalmente me negué en redondo y finalmente cada uno se fue a su habitación. A medianoche me despierto y noto una presencia en mi cama, era mi hija. Le pregunto que qué hace allí, y entre ruegos y pucheros me dice que, por favor, la deje dormir junto a mí, solo esa noche, que no está acostumbrada a dormir sola… y en fin… Total que transijo. A la mañana siguiente, cuando desperté, Sonia dormía de cara a mí, un brazo sobre mi cintura. Durante unos instantes me detuve en la contemplación de su rostro, hermoso incluso en el abandono del sueño. Luego, poco a poco, para no despertarla, me fui deslizando fuera de la cama.

Mientras preparaba los desayunos apareció ella con solo su pijamita: un conjunto de seda color salmón de dos piezas. La blusa, corta y sin mangas, le dejaba el ombligo al descubierto y caía sobre sus senos, marcando apenas unos pezones que parecían mirar al cielo. El pantaloncito, corto y de perneras anchas, dejaba entrever, con cada movimiento, el nacimiento de sus muslos y el comienzo de sus nalgas, y entonces, por primera vez ante la presencia de mi hija sentí como un latido en el bajo vientre y cómo despertaba el deseo.

—Buenos días, papá.

—buenos día, hija —respondí morosamente, avergonzado por la situación.

—He dormido como un bebito —y, acercándose, me besó—. Gracias a ti, papá.

Yo, un poco incomodo, traté de desviar la conversación proponiendo:

—¿Me ayudas con las tostadas mientras yo me ocupo del bacón y los huevos?

—Claro, papá.

Yo observaba, por el rabillo del ojo, cada una de sus evoluciones: el suave balanceo de las caderas, el temblor mórbido de las nalgas bajo la seda, la leve oscilación de sus senos al acompasar el movimiento de los brazos, la línea limpia de unos hombros de contornos suaves que descendían hacía unos brazos delicadamente modelados. El pelo castaño claro, recogido en un gracioso moño improvisado, dejaba al descubierto la nuca, el cuello de cisne y el tenue latido de las sienes bajo la piel de color caramelo. Había en su manera de moverse algo que invitaba a prolongar la mirada más allá de lo decoroso

En un gesto inconsciente sacudí la cabeza para ahuyentar los pensamientos insanos que comenzaban a bullir en mi mente.

—¿Qué ocurre, papá?

—Nada, hija, que eres muy hermosa.

—Gracias, papá. Te quiero mucho. Lo sabes, ¿verdad?

—Yo también te quiero, hija.

Aquella tarde acudimos al centro comercial. Sonia tenía que comprar alguna ropa, pues aparte de un ligero vestido y sus prendas más íntimas, en la pequeña maleta que había traído consigo no cabía más.

Durante las pruebas, ella insistía en que diera mi opinión sobre cómo le sentaban las distintas prendas. Pero no era que, una vez vestida, me invitara a mirarla; era que ni siquiera se molestaba en correr la cortina del probador y se desvestía delante de mí. Ni siquiera llevaba sostén, su cuerpo quedaba expuesto sin artificios, apenas velado por unas sencillas braguitas blancas de algodón.

Yo libraba una batalla silenciosa contra el impulso de detener la mirada allí donde no debía. Procuraba concentrarme en los vestidos, en los cortes, en los tejidos, pero mis ojos terminaban regresando, una y otra vez, a la tentación que se alzaba frente a mí.

Al menos —pensé para mis adentros— no lleva uno de esos horrorosos tangas capaces de convertir la belleza natural del cuerpo femenino en una caricatura burda.

Por la noche hicimos la cena entre ambos. Sonia se movía por la cocina con una camisa mía remangada hasta los codos —decía que le encantaba ponerse algo de su papá— concentrada en cortar una verduras.

—¿Has puesto la sal? —preguntó mientras abría un cajón buscando algo. Fue entonces cuando el paño de cocina que llevaba sobre el hombro cayó al suelo.

—Yo lo cojo —dijo.

Se inclinó con naturalidad, y para mí el tiempo pareció detenerse durante un instante en ese detalle fugaz, apenas un segundo, pero suficiente para comprobar que no llevaba nada debajo.

Cuando se incorporó aparté la mirada inmediatamente. Pero ella, percibiendo mi turbación, preguntó:

—¿Pasa algo, papá?

—No nada.

Me observó un segundo. Después volvió a la encimera con una sonrisa que no supe interpretar.

Mas tarde, en el salón, la conversación pareció continuar como si nada hubiera ocurrido. Hablábamos de cualquier cosa, de una película, un viaje pendiente, pero entre ambos gravitaba una tensión no resuelta. Hasta que yo me levanté y anuncié que me iba a la cama. Cuando me estaba desnudando sentí sus pasos tras de mí y, a continuación, la pregunta que temía.

—¿Papá, puedo dormir esta noche contigo?

Me costó un esfuerzo sobrehumano, pero reuní la convicción suficiente para negar:

—No, hija, de ningún modo.

—Pero ¿por qué, papá?

—Porque yo soy tu padre, Sonia, pero también un hombre y tú… tú eres una mujer preciosa y muy deseable y si volvemos a dormir juntos ocurrirá lo que no debe ocurrir, mi pequeña. ¿Entiendes? —respondí con cada vez menos seguridad.

—Pues deja que ocurra, papá.

Aquella respuesta sonó como la invitación a comer el fruto del árbol prohibido. Y mi voluntad se desmoronó como un castillo de naipes levantado sobre un balancín.

Ella había pasado sus brazos alrededor de mi cintura y se apretaba contra mí. Sentí el calor de su vientre y sus muslos sobre mi miembro definitivamente erecto. Poco a poco, Sonia iba acercando su boca a la mía, ofreciéndomela, y yo le correspondí. Primero tanteé la comisura de sus labios, luego se los mordí muy tiernamente, hasta que nuestras lenguas se enlazaron.

El beso fue creciendo sin prisa, como si ambos temiéramos romper un instante demasiado frágil. El mundo se desdibujó a nuestro alrededor; solo existía el leve roce de su respiración, el perfume de su pelo y la cadencia con la que nuestros labios volvían a encontrarse una y otra vez.

Cuando al fin nos separamos apenas unos centímetros, ella apoyó la frente contra la mía y sonrió con los ojos entrecerrados.

—Llevaba mucho tiempo imaginando este momento, papá —susurró.

Lentamente fui desabrochándole los botones de la camisa. Ella, con un leve movimiento de los hombros, la dejó resbalar hasta el suelo y quedó desnuda ante mí, revelando un cuerpo espléndido, que habría puesto a prueba la virtud del más casto de los patriarcas del Antiguo Testamento.

La besé en la nuca y en el cuello y fui descendiendo lentamente, besando sus axilas, continuando hasta los senos, como dos medios limones, acariciando con la lengua sus pezones rosados. Después la tumbé, de través, con sus caderas sobre el borde de la cama.

Me arrodillé y me entretuve un instante en su ombligo antes de descender hasta el monte de Venus, bajo el que me recibió una vulva de labios apretaditos, apenas una leve apertura, más parecida a la de una doncella que a la de una mujer que llevaba cuatro años casada.

Deslicé mis brazos por debajo de sus muslos hasta colocarlos sobre mis hombros y entonces, así, a placer, sin prisa, jugueteé besando el interior de sus muslos, anticipando lo que habría de venir después: lamí con delectación el botoncito mágico del clítoris y hurgué con la lengua entre sus labios hasta que se abrieron como una flor, después continué mi exploración por el perineo hasta alcanzar el anillo del ano en el que introduje la lengua.

Ella gemía, agonizando de placer.

—Te deseo brutalmente, Sonia, mi vida.

Yo evitaba llamarla hija en un intento desesperado de disociar el cuerpo de la mujer de su identidad filial.

—¡Oh, dios mío! ¡Papá, papá…!

Y cada «papá» suyo era un aldabonazo en mi conciencia que me restregaba el acto sacrílego, que estaba… estábamos cometiendo. Pero lejos de aplacar mi lujuria desenfrenada, por el contrario, promovía en mí un sentimiento morboso que me encendía aún más.

Ya abandonado al fin al deseo insano, me dispuse a profanar definitivamente el cuerpo de mi hija.

—Sonia, mi vida, te tengo que penetrar.

—¡Oh, por dios, papá, hazlo ya! Entra en mí, poséeme, nada deseo más.

La penetré con toda la ternura de que fui capaz y comencé un suave vaivén cadencioso. Ella meneaba las caderas, al tiempo que me apremiaba.

—¡Empuja fuerte, papá, entrame más!

Con las piernas, sus piernas tan largas y preciosas, me atenazó la cintura al tiempo que adelantaba las caderas, atrayéndome con fuerza hacia sí, para que ni un milímetro de mi hombría quedará fuera del nido tan acogedor, húmedo y caliente, que se contraía alrededor del miembro, hasta que anuncié el despropósito final. Me iba derramar en las entrañas de mi hija. Y entonces, con un bramido ronco, casi animal, que brotó de las profundidades más tenebrosas de mi alma:

—¡Santo cielo, hija, mi niña —esta vez sí la llamé hija— me voy a correr dentro de ti!

—¡Oh, sí, hazlo papá! —exigió casi gritando—. ¡Córrete dentro de mí, lléname de tu néctar, tu semen, tu leche, quiero estar sucia de ti!

En el momento del clímax, con cada envite acudían a mí memoria, como en flashback, imágenes de nuestra vida: la primera vez que la sostuve en brazos; el primer pañal que le cambié; su primera comunión, el día de su boda… Y lejos de obrar en mí sentimientos de horror o vergüenza, por el contrario, no hizo otra cosa que exacerbar mi deseo incestuoso y me derrame en sus entrañas en una eyaculación larga, descomunal, que inundó su sexo hasta el rebose y arroyó entre sus piernas.

Después me derrengue a su lado y entrelazadas las manos, ambos guardamos silencio durante algunos minutos. Yo meditando sobre las consecuencias de la abominación que acabábamos de cometer. Hasta que ella, como, si, pudiera leer en mis pensamientos:

—Papá, hemos cometido el más horrible de los pecados, pero no me arrepiento, si hemos de quemarnos en el infierno, antes gozaremos de nuestro cielo aquí, en la tierra.

E incorporándose de medio lado, tomo mi miembro entre las manos, acercó la boca y se lo introdujo hasta las profundidades de su garganta.

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