Laura quiere sexo a cualquier precio

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T. Lectura: 3 min.

El día en la oficina había sido largo, uno de esos días que dan dolor de cabeza e hinchazón estomacal.

Laura trabajaba allí desde hace seis años, enfrente de un monitor. A sus cuarenta y tantos se veía bien, no tan bien como una de veinticinco en el aspecto físico, pero la edad tenía otras ventajas. El sueldo, la posición que le permitía tener dos empleados, Juan y Mónica a su cargo. Y cierta ascendencia con su jefe más fruto de los años que de la química.

Supongo que si se lo hubiera propuesto podría haberse tirado a Juan, un tipo diez años más joven, tímido, pero con ganas. Incluso podría haberlo intentado con su jefe, aunque nunca surgió, por su parte, la necesidad de conseguir más. Estaba bien pagado su trabajo, no había tenido problema para ascender y bueno, a pesar de esas jornadas en las que había que exprimir el cerebro mientras se comía deprisa una pizza con bebida y cafeína que provocaba gases… A pesar de todo, en general, se sentía bien.

Llegó a casa a las seis y se puso pantalones ligeros y una camiseta blanca sobre la ropa interior. Le apetecía darse una ducha pero eso vendría después.

Miro el reloj de pared que colgaba del salón.

Faltaba media hora para que llegase el hombre de cincuenta con el que vivía.

No era su novio formal, ni tampoco podía calificarse de amante al uso. Era un tipo, digamos especial. Un tipo dominante. Lo que la convertía en una sumisa.

Hoy es jueves y toca follar. – dijo hablando para sí misma en voz alta.

Aquella pizza comida a toda prisa no había sido buena idea y se llevó la mano a la barriga acariciándola al tiempo que apretaba el esfínter impidiendo que un pedo se le escapase.

Le gustaba ese juego, la excitaba. Sin embargo no estaba segura de que a Pedro, así se llamaba su hombre, le hiciera gracia. Pedro era algo parco en palabras y aunque se mostraba amable cuando quería, su carácter mudaba con facilidad. Cuando se enfadaba se encerraba en sí mismo durante días y no quería nada sexual con ella.

A Laura no le gustaba la abstinencia, necesitaba sexo casi diario, le necesitaba a él. Quizás estuviera enferma o más probablemente se trataba de su obsesión, su deseo de ser tratada así, deseo consentido por su retorcida mente.

Abrió la ventana.

Se bajó los pantalones y las bragas de un tirón.

El aire de la tarde acarició sus nalgas mientras se tiraba uno ruidoso. El alivio llegó de inmediato.

Dejó unos segundos para que la brisa se llevase el aroma antes de cubrirse el trasero.

La puerta se abrió unos minutos más tarde.

—Estoy en casa. – anunció Pedro.

Laura le miró durante unos segundos y después, sin mediar palabra, se arrodilló en el sillón y se bajó los pantalones y las bragas.

—No, hoy no me apetece darte por culo. Vístete y ven aquí.

Algo decepcionada, la mujer se incorporó cubriendo su desnudez y se acercó al hombre.

Este se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones. Bajo unos boxers el bulto de su miembro había montado una tienda de campaña.

Arrodíllate y chúpamela.

Laura se arrodilló, bajó los calzoncillos del varón y observó el pene henchido que nacía de un bosque de pelos negros y gruesos.

Levantó la mirada.

Su hombre estaba serio, disgustado por algo. Durante un instante pensó que la abofetearía, pero no ocurrió nada de eso.

La mujer sacó la lengua y lamió el miembro, luego, sin más ceremonia, se lo metió en la boca y comenzó la felación.

Las nalgas de Pedro se contrajeron y de su boca se escapó un gemido de placer.

Cinco minutos después, sin llegar a eyacular, Pedro se subió los calzoncillos y los pantalones.

—¿No vas a hacerme el amor? —imploró Laura.

—No, sabes que estoy enfadado contigo.

—¿Por qué?

—Porque sí.

Y por más que insistió esa fue toda la explicación.

Laura preparó la cena y ambos se sentaron a comer.

—Quiero hacerlo… por favor, haré lo que sea, pero necesito que te contentes ya.

Pedro la miró y un ramalazo de excitación animal recorrió su cuerpo. La deseaba, pero tenía un rol que mantener, dominante, terco.

—Está bien. Haremos el amor esta noche pero…

—Lo que sea. —dijo la mujer ante la posibilidad que se abría.

—Pero tengo que castigarte.

Durante unos segundos nadie dijo nada. El silencio era tenso y Laura notó un cosquilleo en todo su cuerpo, miedo, incertidumbre, excitación.

—Te voy a pegar en el culo con el cinturón hasta que tus nalgas quemen.

La mujer tragó saliva y esperó petrificada instrucciones.

—Quítate la ropa y túmbate boca abajo sobre el sillón.

Laura obedeció.

Se quitó toda la ropa y se tumbó, totalmente desnuda, boca abajo, sobre el sillón.

Pedro no perdió el tiempo. Se quitó el cinturón, lo dobló por la mitad y golpeó el culo de la sumisa.

—Si te mueves o tratas de proteger el trasero no hay sexo.

Laura aguardó el siguiente azote con estoicismo.

Los golpes de cinturón fueron cayendo con ritmo, las nalgas danzando bajo la lluvia de latigazos.

Pronto la cara de Laura por la vergüenza se puso colorada y algunas lágrimas se escaparon. Su culo ardía y su sexo, a pesar de todo, estaba incomprensiblemente empapado.

Por fortuna Pedro decidió parar.

Sin miramientos hizo que la mujer se levantase y fuese a la habitación, allí, tumbada boca arriba, con el trasero picándola, abierta de piernas, el coño expuesto… aguardó a que el varón vistiese su palpitante verga con un condón.

La penetró con facilidad, el miembro deslizándose sin esfuerzo y el grito ahogado de placer.

Luego vino el beso en la boca, las lenguas encontrándose con ansia mientras se sucedían las embestidas del semental.

Las manos de Laura estrujando contra sí el culo velludo de su amo, el roce de su propio trasero escocido poniendo un punto de dolor que pronto fue engullido por el placer infinito un orgasmo incontrolable.

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