El negro brillante era su segunda piel

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El hombre se miró una última vez en el espejo del vestíbulo antes de salir. El catsuit de látex negro le ceñía cada músculo de su torso ancho, cada curva de sus hombros y brazos, con un brillo húmedo y perfecto. La cabeza totalmente cubierta por una capucha con espacio para sus ojos y boca, las mangas largas terminaban en guantes integrados y el material se estiraba sobre su entrepierna masculina con una presión constante y excitante. En los pies llevaba botas altas masculinas de charol negro, de caña gruesa y suela firme, que hacían resonar cada paso con un eco profundo y dominante sobre el suelo de madera.

La noche comenzaba en el club de fetichistas. Había sido invitado y esperaba encontrar a alguien con gustos afines. Al ingresar al área común, un espacio de luces cálidas, lo esperaba su anfitriona, una mujer de cabello castaño largo y liso, labios entreabiertos y ojos oscuros. Vestía un catsuit negro ceñido hasta el extremo, que resaltaba el relieve suave de sus pechos y la curva de su vientre femenino. Cuando el hombre entró, ella se giró despacio, las manos apoyadas en las caderas. El látex de ambos crujió al rozarse.—Te queda perfecto —susurró ella, pasando los dedos enguantados por el pecho del hombre, sintiendo cómo el material brillaba bajo las luces, lo beso amistosamente.

El sabor del látex en los labios, el olor a goma caliente y el roce continuo de dos cuerpos envueltos en ese material resbaladizo, hice lo distrajera mientras lo llevó hasta el sofá. Entonces ella se sentó a horcajadas sobre él. El látex de sus muslos redondos se deslizaba contra el de las piernas fuertes del hombre mientras se frotaban; el calor corporal hacía que el traje sudara por dentro. Las manos de ella exploraban su pecho masculino, apretando, tirando del material hasta que los pezones de él se marcaban con nitidez bajo el brillo negro.

Él le devolvió el gesto con dedos más grandes y firmes, acariciando el contorno de sus senos, bajando hasta la entrepierna donde el látex se hundía en un pliegue perfecto y femenino. Entonces se masturbaron mutuamente, todavía envueltos en sus trajes: ella, con sus manos enguantadas, jugaba con la polla del hombre; él hacía lo mismo con el coño de la mujer, donde solo ella le permitió jugar con su sexo.

Después de que ambos se satisficieron onanisticamente, ella lo llevó a una habitación lateral donde otra figura los esperaba. Le presentó a una mujer de silueta más atlética y femenina, también completamente envuelta en látex negro, pero con un arnés de cuero y metal que cruzaba sus caderas estrechas. Un gran anillo de acero colgaba justo sobre el montículo del pubis, y correas sujetaban los muslos redondeados. Guantes largos hasta el codo. El hombre, por instinto, se arrodilló frente a ella. El olor a látex y cuerpo lo embriagó.

A instancias de la anfitriona, pasó la lengua por el anillo y mordisqueó el látex, mientras sus manos enguantadas recorrían las correas, tirando de ellas para apretar más el arnés contra la carne cubierta. La mujer gimió, empujando su pelvis hacia adelante. Él introdujo dos dedos bajo el borde del arnés, rozando el látex tenso que cubría su sexo femenino, sintiendo la humedad que se acumulaba dentro. Ella lo agarró de la cabeza encapuchada y lo obligó a frotar su cara contra el brillo negro, dejando que el material frío y resbaladizo se impregnara de su saliva, hasta que alcanzó un orgasmo dentro de su traje.

Más tarde, después de descansar un momento, la anfitriona lo llevó a otra esquina del club. Allí encontró a una tercera figura de espalda, totalmente envuelta en un traje zentai de látex, con los brazos cruzados detrás de la espalda y las manos enguantadas entrelazadas. El látex formaba pliegues perfectos en la cintura estrecha y las nalgas redondas y femeninas. El hombre se acercó por detrás y, a instancia de la anfitriona, la rodeó con sus brazos. Su pecho amplio y muscular se aplastó contra la espalda de ella. Deslizó una mano por el frente, encontrando la cremallera vertical que bajaba desde el cuello hasta la entrepierna.

La abrió lentamente, solo unos centímetros, lo suficiente para introducir dos dedos y acariciar la piel caliente y sudorosa debajo. La mujer arqueó la espalda, empujando el culo contra la erecta entrepierna masculina del hombre. El látex de ambos crujía con cada movimiento. Él la masturbó así, con la cremallera entreabierta, los dedos enguantados resbalando entre labios hinchados y el material brillante, hasta que ella tembló y se corrió en silencio, el orgasmo contenido por el zentai.

Casi al final de la noche, la anfitriona lo felicitó por haberse contenido y haber dado placer a sus amigas sin propasarse.—Te voy a premiar —le dijo.

Él no entendía; creía haber explorado todo por esa jornada. Entonces le presentó a ella. Estaba en el jardín trasero, de pie sobre el césped artificial, de espaldas a la casa. Su redondeada figura lucía un catsuit negro impecable, botas de tacón femeninas y una máscara capucha que le cubría por completo la cabeza, sin dejar ver ni un centímetro de piel aparte de sus labios. Solo la forma perfecta de su cuerpo femenino, con sus nalgas redondas y firmes. El hombre se acercó con el sonido firme de sus botas altas masculinas. Ella se giró ligeramente. No había rostro, solo el brillo negro de la máscara. Sin hablar, se tocaron.

Manos enguantadas explorando curvas enguantadas, las de él más grandes y potentes, las de ella más delicadas y suaves. El látex de ambos sudaba bajo el calor de la noche. La anfitriona los llevó de vuelta al interior, a una habitación blanca y limpia.—Vendré aquí mañana al anochecer —dijo—. Espero que tengan sus nuevas pieles. Y sin que tuvieran chances de reaccionar los encerró en la habitación, poniendo en la puerta varios, sin posibilidad de escape. Entonces allí, ambos se miraron y decidieron de a poco, frente a frente, desnudarse con lentitud deliberada.

Primero ella bajó la cremallera de su catsuit, de arriba abajo, revelando pechos firmes, su hermoso vientre redondeado y su sexo húmedo. El látex se despegó de sus hombros, de sus caderas, de sus piernas, hasta quedar solo con la máscara-casco que aún ocultaba su rostro. El hombre hizo lo mismo: el material se separó de sus hombros anchos, de su pecho, de su entrepierna erecta y masculina, dejando al descubierto cada centímetro de piel hasta que solo le quedaron las botas y la máscara.

Cuando quedaron casi desnudos, se miraron. Se tocaron sin prisa, los dedos gruesos en pezones rosados, bocas en cuellos, manos explorando cada centímetro de piel que hasta entonces había estado prisionera del látex. Se besaron profundamente a través de las aberturas de las máscaras, se frotaron, se probaron. Él la lamió entre las piernas hasta que ella se corrió contra su lengua; ella lo chupó con lentitud, saboreando el sabor de su propio deseo masculino. Se conocieron sin prisa, sin la segunda piel, solo piel contra piel, la dureza de él contra la suavidad de ella. Pero ambos sabían que el verdadero placer estaba en el material. Cuando terminaron de explorarse, se quitaron por fin las máscaras.

Ella reveló un cabello oscuro, ojos intensos y labios carnosos. Él, el rostro que ella ya había imaginado. Se miraron un instante más, desnudos de verdad, y se conversaron largamente, para su sosrpresa se dieron cuenta la anfitriona había escogido bien ya que sus intereses eran muy afines, al terminar la jornada se diría se enamoraron, cuando el sol empezó a amainar, volvieron a vestirse. Esta vez con las nuevas pieles que había preparado la anfitriona, eran exquisitos catsuits negros de látex grueso, guantes y máscaras de gas completas. La del hombre era negra mate con visor transparente y filtros laterales; la de ella, similar, con un tubo corrugado que conectaba ambos respiradores.

Se ayudaron mutuamente a ajustar las correas. El sonido de la respiración se volvió metálico, profundo, erótico. Él se calzó de nuevo las botas altas masculinas sobre el látex; el contraste entre la caña gruesa y el brillo del traje acentuaba aún más la diferencia de sus cuerpos.

Una vez completamente encapsulados, el mundo se redujo al olor a goma, al sonido de su propia respiración filtrada y al roce constante del látex. El hombre la empujó contra la pared. El tubo se tensó entre ellos. Abrió la cremallera de la entrepierna de ella con dedos torpes por los guantes y la penetró de un solo embate. El látex de sus caderas masculinas y potentes chocaba con el de las caderas redondas de ella con un sonido húmedo y brillante. Ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura. Cada embestida hacía crujir el material; cada gemido se convertía en un jadeo amplificado por los filtros. El tubo se movía entre ellos como un cordón umbilical perverso.

Después, ella se colocó de rodillas, él detrás, las manos enguantadas apretando sus caderas brillantes. Le excitaba cuando el catsuit rozaba contra su vientre con cada embestida. La respiración de ambos se aceleró; los filtros silbaban. Cuando ella se corrió, el cuerpo entero se tensó bajo el látex y el orgasmo la sacudió en oleadas contenidas. Él la siguió segundos después, llenándola mientras el material negro brillaba con el sudor de ambos.

Se quedaron abrazados sobre la cama, máscaras juntas, respirando el mismo aire filtrado. Él la rodeaba con un brazo fuerte, el cuerpo masculino envuelto en látex brillante apretado contra el de ella. Ella le devolvía el abrazo, una pierna alzada y envuelta en bota de tacón alto descansando sobre la de él. El negro brillante de sus trajes reflejaba la luz tenue de la habitación; el tubo corrugado colgaba entre ambos como un lazo íntimo. El látex todavía pegado a la piel, el corazón latiendo al unísono bajo dos capas de goma negra y brillante: la dureza masculina de él contra la suavidad femenina de ella.

En ese silencio metálico, ambos sabían que habían encontrado a su igual.

Cuando la anfitriona abrió la habitación y los encontró en esa posición, solo pudo esbozar una sonrisa de satisfacción, sabia había servido de celestina en este mundo de fetichismos y perversiones.

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