Rosy, la madre de mi amigo

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Desde la bella ciudad de Monterrey, Nuevo León, en la época de la prepa, me hice de un buen amigo. Comenzamos a convivir mucho; había ocasiones en que me invitaba a su casa. Fue así que comencé a conocer a su familia, en especial a su mom, que también tiene una hermana —muy bonita, pero esa es para otra historia.

Su mom era una mujer bellísima. En ese tiempo que la conocí tenía un buen cuerpo, de esos cuerpos que sin ir al gym tienen buenas piernas, buenas caderas, buenas nalgas. De cara bonita. La verdad, desde que la conocí fantaseaba con esa mujer, toda una MILF. Aunque, claro, por ser mi amigo, jamás intenté algo más —no pasaba de mis fantasías.

Pasó la época escolar y mi amigo y yo cada quien por su lado, por lo que dejamos de hablarnos. Después supe que se casó. Pasó un tiempo y volvimos a tener contacto por redes sociales. Fue así que volví a recordar a la bellísima de su mom, a quien llamaremos Rosy.

De pronto me apareció su perfil en las sugerencias. Y ahí estaba esa belleza de mujer, más bella que nunca, más antojable, uf. Recuerdo que a cada rato entraba a su perfil con tal de que le llegara la notificación de que lo había visto. Así fue como, después de un tiempo, ella me agregó. Más rápido que pronto la acepté. Después le mandé mensaje saludando para ir entrando en confianza, preguntas típicas de cuando recién comienzas a conocer a alguien.

En ese año que comencé a platicar con ella me dijo que tenía 50 años; yo, 32. En una de tantas preguntas, me preguntó si nos conocíamos. Tal vez ella sí me recordaba, pero para mis planes no podía confirmarle que yo a ella sí la conocía ni cómo. Omití eso al principio. Platicábamos hasta muy tarde. Entre esas pláticas me contó que ya estaba divorciada —uff, mi vida, esto será pan comido, pensé entre mí—, que tenía hijos ya casados, por lo que solo se dedicaba a ella y a su estética. Para no verme sospechoso, le mandaba mensajes, no seguido pero sí frecuente, para que me tuviera presente. Y así pasó un buen tiempo de puro mensaje.

Ella suele subir estados. Es una mujer muy bonita, y fue como aproveché cada uno de sus estados para llenarla de elogios, hablarle bonito, confesar lo que sentía por ella, pero de una manera no tóxica ni intensa. Ella solía agradecer mis comentarios, me decía que era un halago que alguien tan joven pensara eso de ella.

Hasta que un buen viernes me decidí a ir por todas. Subió una foto por la mañana. Estuvimos platicando durante el día como de costumbre. Ya de tarde-noche me dijo que había tenido mucho trabajo durante el día pero que ya había bajado el ritmo, que ya solo estaba con una clienta pero por el trabajo que le hizo estaban esperando unos minutos para continuar, por lo que cerraría un poco tarde y que no tenía planes para esa noche. Le digo:

—Alístate, ponte más bella, para pasar por ti. Vamos por algo de beber o cenar, lo que tú gustes hacer.

—A poco sí, no seas pinocho. Mira que si quiero salir a despejarme un rato, eh.

—Lo digo en serio. ¿A qué hora paso por ti?

—Está bien, te espero. Pero quiero seas puntual, eh. Jaja.

Ella pensaba que solo estaba bromeando, pero le aclaré que iba en serio. Yo rápido me empecé a alistar y a pensar dónde pasar la noche con tremendo mujeron. Me dirigí a la ubicación que me compartió para pasar por ella. Ya no vive en el mismo lugar que antes, así que pude deducir que vive sola. Antes pasé a comprarle un ramo de flores, para no llegar con las manos vacías.

Cuando la vi salir… uff, qué ricura, qué delicia de mujer para mí solo. Mide unos 1.60-1.65 m. Se vistió casual, sexy: jeans ajustados que hacían resaltar su figura, unos tacones que le hacían lucir unas ricas piernotas, sus nalgotas se realzaban, una blusa tipo strapless. Seguía igual o más buenota de lo que la recordaba. Nos saludamos de beso en la mejilla. El aroma de su perfume me pedía a gritos que hiciera mía a esa mujer.

—Hola, Rosy. Aquí estoy, puntual por tan bella dama.

—Holaa, me vas a poner nerviosa, eh. Jeje.

—Toma estas flores, espero sean de tu agrado.

—Qué bonitas, están muy bonitas. Muchas gracias.

En eso me da un fuerte abrazo. Pude sentir todo su rico cuerpo pegado al mío. Tetas medianas pero sabrosas. La tomé de la mano, le abrí la puerta del coche y nos fuimos. Elegimos ir a cenar a un ambiente tranquilo y, terminando, decidiríamos qué hacer para continuar la velada. Me senté a un lado de ella. Durante la cena platicamos de cuando comenzamos a mensajear, de todo lo que hablábamos por mensajes en todos esos días. Aprovechaba cada momento para decirle lo bonita que es, que pensé que jamás me aceptaría una salida, que era para mí un honor estar con ella ahí.

—Qué caballero tan halagador es usted —me dice—. Ya me la estoy creyendo.

—Sí, debes creerlo. Es verdad todo lo que te he dicho. Me atraes, me gustas, me encantas, me fascinas.

—Pero ¿por qué? Deberías buscar una muchacha de tu edad. Ya estoy vieja para ti.

—Ya te he dicho en palabras lo que me haces sentir. Permíteme demostrártelo.

En ese momento no me importaron las demás personas ahí presentes. Tomé su mano, con mi mano derecha la tomé de la cara para girarla hacia mí y le di un beso. Ella no me rechazó; al contrario, me correspondió. Me sonrió. Nos dimos unos cuantos besos más. Yo no podía creer que después de muchísimos años iba a hacer realidad esa fantasía. Me dice:

—Qué aventado eres. Pero la verdad, yo también lo deseaba. Todo lo que me dices me hace sentir súper bien. Me tienes toda enamorada. Tan caballero, tan amable, tan amoroso. Por eso te acepté. No me vayas a decepcionar, eh.

Pedimos la cuenta. Salimos del lugar. Estuvimos un rato en el coche. Comencé a besarla, ahora ya sin detenerme. Besaba sus ricos labios, su cuellito, sus manos.

—Qué rico besas —dijo—. Me encanta. Mira cómo me pones, la piel chinita.

Yo no dejaba de besarla. Quería que se pusiera cachonda para ir a coger.

—Rosy, te deseo.

Y con muchos besos, le dije: «Mira cómo me puse». Tomé su mano y la coloqué en mi verga, que ya estaba durísima. Me la apretó. Me dijo:

—Huy, qué rica se siente.

—Vámonos a otro lugar.

Ella solo asintió. Arranqué el carro y salimos rápido. No quería desperdiciar ni un segundo. Durante el camino rumbo al motel, ella me iba acariciando la verga. Qué rico sentir la mano de la mujer que deseas poseer irte acariciando. Sentía que iba a estallar en cualquier momento. Yo, de vez en cuando, ponía mi mano sobre su pierna, hasta llegar al medio de ella.

Nos dirigimos a un motel cercano. Al llegar a la habitación, la abracé fuerte, para que sintiera mi verga durísima en sus nalgas, mientras yo acariciaba sus pechos. Bajé su blusa sin esfuerzo y ahí estaban esas ricuras de tetas. Las agarré con mis dos manos para poder lamer sus pezones. Le pasaba mi lengua por todos lados. Ella solo empezó a jadear, a gemir. Desabroché su pantalón, se lo fui bajando a besos. Esas ricas piernas las besé cada centímetro.

Pasé mi lengua por su tanga blanca. Uf, qué delicia de humedad que ya tenía entre las piernas. La llevé a la cama. A besos abrí sus piernas, bajé esa ricura de tanga y me lancé a devorar su rica panochita rosita. Uf, delicia. Cuánta humedad, cuánto deseo. Se veía que tenía tiempo de no tener sexo. Metía mi lengua, la pasaba por todos sus labios. De vez en cuando le pasaba mi lengua por su culito. Eso la hacía retorcerse de placer.

—Agggh, papi, qué rico. Qué rica lengua tienes. Uffff.

—Qué rico. Todo lo tienes rico, mi amor.

—Oh sí. Hazme tuya, papi. Hazme lo que quieras. Soy tuya. ¡Métemela ya!

Mientras con sus dos manos me hundía más en su panochita, yo moviendo la lengua en todas direcciones, succionaba su clítoris. De pronto siento que sus piernas se tensan y tiemblan. Suelta unos ricos gritos y gemidos:

—Uh, aaah, aaah, qué ricooo. Aaah, aaah.

—¿Quieres verga? ¿Quieres mi verga? ¿Quieres que te dé mi verga?

—Oh sí, dame verga, dame verga. Quiero tu verga adentro de mí. Métemela, métemela ya, papito rico. Qué rico lo haces. Nunca lo imaginé. Seré tuya por siempre, amor. Oooh, oooh, qué ricooo.

Entonces me acomodé de tal manera que mi verga quedó en su cara. Sin pedírselo, se sentó, la tomó con una mano y empezó a acariciarla de arriba abajo. Después le dio un besito, sacó la lengua, volteó a verme a los ojos y pasó la lengua por todo lo largo y grueso. Qué sensación tan placentera. Seguía sin poder asimilar lo que estaba pasando con aquella mujer buenísima, que tantos pretendientes debe tener, y yo era el ganador. Comenzó a meter mi verga por su boca. Qué rico sentir lo cálido de sus labios alrededor de mi verga. Comenzó a darme una rica mamada, uff, me volvía loco.

Mientras yo acariciaba sus tetas, sus pezones, su cabello. Aún recuerdo cómo me la mamaba y me veía a los ojos, esa carita de una tierna putita. Le pedí que parara porque sentía que una mamada más y me haría venir, y yo quería seguir disfrutando de aquel cuerpo tan rico.

La volví a acostar. Fui besando sus ricas y hermosas piernas, fui subiendo por su abdomen, por sus pechos. Me detuve un poco en sus pezones, pasé por su cuellito, llegué a sus labios, sus lóbulos. Ella solo se estremecía. Con mi mano tomé mi verga y comencé a pasarla por todos sus labios, a pasar la cabecita por toda su entrada. Sentía su humedad y calidez al máximo.

—Métela ya —suplicó—, por favor, papi. Te lo suplico.

De pronto comencé a hundir mi verga por todo su interior. Quería disfrutar todo su cuerpo, de aquella mujer tan buenota. Recordaba las veces que me la había jalado pensando en ella, de cuando la veía en su casa con shorts cortos, en falditas, en vestidos, queriendo acariciar todo su cuerpo, besarla, poseerla, hacerla mía tan intensamente. Ella solo ponía los ojos en blanco.

—Oooh, aaagh. Oooh, aaagh. Métela rico, papi. Oh Dios, mi vida, qué rica verga tienes. Qué rica verga, me llena todo. Está rica, está gruesa. Tienes buena verga, papi.

—¿Te gusta? ¿Te gusta mi verga, mi amor? ¿Te gusta cómo te entra? ¿Te gusta cómo se te va hasta adentro?

—Me encanta, me fascina. Ya tenía tiempo de no sentir esto. Mira cómo me tienes. Oooh, qué rico me la encajas.

Comencé el mete y saca, fuerte y duro. Se escuchaba cómo entraba y salía. Tenía las piernas de esa rica mujer en mis hombros, desnuda, sin nada, sudando, agitada, bien cachonda y solo para mí. Ufff. Cambiamos de posición. Ahora ella se montó en mi verga y comenzó a cabalgar de una manera riquísima. Yo, como podía, agarraba sus tetas, las metía en mi boca, succionaba sus pezones.

Ella solo se mojaba más. También agarraba sus nalgotas, le daba palmadas, le abría y tocaba el inicio de su rico culito. Ella solo gemía más y se movía más intensa. Quise meter un poco un dedo pero se quitaba. Yo quería lamer y besar todo su cuerpo, disfrutarla rico. Se empezó a mover más rápido y a temblar. Solo decía: «Oh sí, oh sí, ah, ah, ah, ufff». Quedó con las piernas temblando y abrazada a mi pecho.

—¿Te viniste riquísimo? —le pregunté.

—Uf, sí. Disculpa los gritos, pero es que hace tiempo que no cogía tan rico. Me has hecho de todo. Quién lo diría. Coges bien rico.

Le pedí que se pusiera en cuatro. Tantas veces había imaginado que la tenía así, con la tanga a media pierna, en cuatro, y yo agarrado de sus hermosas caderas. Le pasé la cabecita, pasé por su culito. Ella lo paró más por reflejo.

—Ummh, papi, por ahí nunca lo he hecho.

—Qué rico. Ese es y será mío, ¿ok?

—No, papi, por ahí no, por favor.

—Deja poner la cabecita nada más, anda, te va a gustar.

—Está bien, papi, pero no la vayas a meter.

Puse la cabecita en la entrada y enterré un poco. Ella gritó y se quitó rápido, diciendo:

—Sácala, sácala, por favor.

—Solo fue la cabecita, amor. Qué rico apretadito lo tienes.

—Métemela ya —dijo—, métela. Me tienes bien caliente. Lléname la conchita de ti.

Empecé a meterla y sacarla a un ritmo semilento. Después se la dejé entrar con fuerza. Ella solo gemía, decía: «Ah, ah, ah, ah».

—¿Te gusta, mami? Tantas veces que te he deseado y hoy tengo tu cuerpo para mí. Serás mía para siempre. Siempre te voy a coger.

—Sí, papi. Y tu verga ahora será mía. Uff, aah, qué rico me la metes.

—Te voy a llenar de lechita, para que sientas lo calientito dentro de ti.

—Ay, papi, lléname. Dame leche. Qué rica leche. Dame más, más, más.

Hicimos tantas posiciones más. Yo ya no resistía, pero viendo ese cuerpo, esas piernas, esas nalgas, todo para mí, seguía aguantando más. Hasta que le dije:

—¿Dónde quieres la lechita, amor?

—¿Dónde quieres, papi?

Quería llenarla por todos lados, pero en especial quise venirme dentro de ella. Y así lo hice. Comencé a darle más duro. Nuestros cuerpos chocaban riquísimo. La jalé con fuerza hacia mí y le dejé ir toda mi descarga: uno, dos, tres, cuatro chorros de semen caliente le aventé en su interior.

—Uff, qué rico. Qué rico culo tienes, amor.

Quedamos exhaustos. Nos acostamos abrazados, nos enredamos con nuestras piernas. Qué delicia sentir esa piel sobre la mía. Tantas veces hice fantasías con ese cuerpo y por fin se había hecho realidad. Nos quedamos dormidos un rato, pero nos despertó el teléfono: ya se había vencido nuestro tiempo. Habíamos estado cogiendo durante mucho tiempo.

Nos alistamos para salir del motel. De camino pasamos a cenar algo. Cualquier vato que pasaba se nos quedaba observando. Lejos de sentir molestia, me sentía el más afortunado de estar con esa mujer y, por supuesto, de saber que me la acababa de coger tanto como quise.

La dejé en su casa, sin antes besarla rico un rato más. Por suerte, seguimos viéndonos por mucho tiempo más a partir de esa primera vez. Algunas veces que llegaba a visitarla, nos íbamos al parque cercano y comenzábamos a besarnos rico, nos poníamos cachondos y nos íbamos a su casa a coger rico, sin prisas, con todo el tiempo disponible. Nos poníamos a cachondear por mensajes, nos enviábamos fotos, videítos, por llamada, etc. Salíamos a pasear como cualquier parejita de enamorados. Obviamente era evidente la diferencia de edades, pero lo bonita y buenota que era lo compensaba.

Después dejamos de vernos, pero digamos que estamos en buenos términos. Estoy seguro de que si la vuelvo a sonsacar va a acceder, pues hicimos muchas cosas que, según decía, con su ex jamás hizo —y todo a causa de su religión.

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